domingo, 3 de abril de 2011

Paseo por la cartelera (8)



Inside job, de Charles Ferguson

Inside job merece infinitos elogios: por su atrevimiento, por su voluntad de transparencia, por su contundencia, por el rigor que se le adivina, por su necesidad justo en este momento, en fin, por mil cuestiones más, pero me vais a permitir que destaque una en especial, acaso la menos relevante: porque me ha gustado a mí.
Sí, a mí, que no sé un carajo de economía, que nunca he entendido cómo funciona la bolsa (y mira que me lo han intentado explicar), que me dan alergia las páginas color salmón del periódico. Así es. La economía no me resulta atractiva ni como materia académica ni como ciencia ni como contenido informativo ni como nada.
Pero estamos en plena crisis, la actualidad manda y afortunado aquél que no se haya visto afectado. Cómo no prestar atención a un documental como éste, que además viene avalado por el Oscar de su categoría.
He de confesar, eso sí, que me perdí en medio de la maraña retórica de algunos de los testimonios, pero no menos cierto es que la impresión, al final, es satisfactoria en el sentido de que uno cree haber aprendido algo más, que como mínimo le han revelado las principales causas por las que hoy estamos como estamos.
Que vivimos por encima de nuestras posibilidades económicas es harto consabido. Que las hipotecas y las tarjetas de crédito nos han impuesto una idea equivocada de holgura financiera y poder adquisitivo está más que claro. Lo que este peatón desconocía es que los bancos, o sea, los malos de la película, los que nos han engañado convenciéndonos de que contratar una hipoteca a 35 años es una inversión de futuro, esos mismos, resulta que vivían igual que nosotros, especulando con dinero que no tenían, empeñados hasta las bisagras de la caja fuerte y jugando a la ruleta (rusa, en según qué casos) con el mismo material que luego el estado nos sangrará vía impuestos, precisamente para que sus amigos de la banca salgan del bache. Una espiral delirante. Y espeluznante.
Me impactan de manera especial algunas revelaciones, como la de alguien que describe la codiciosa competición de las entidades financieras (la causa de la burbuja que, al explotar, nos ha llevado a la recesión) como un vulgar “concurso de meadas”. Es decir, una competición de machitos, de marcar paquete, de a ver quién la tiene más larga o quién llega más lejos con el chorro.
Nada raro, si atendemos también al testimonio de una mujer que habla de millones de dólares invertidos en putas, drogas y viajes, un dinero que los campeones de Wall Street destinaban a combatir el estrés y que, por supuesto, cargaban después a la empresa como gastos profesionales. Un psicólogo experto en tratar a dichos individuos nos confirma que, cuando cierran un negocio y sienten el olor de la pasta, se les estimula misma zona del cerebro que cuando esnifan farlopa.
¿Se veía venir la deblace? La ministra de economía francesa nos lo aclara al recordar su preocupación durante una cumbre del G-7: “Vemos que se avecina un tsunami y ustedes sólo nos aconsejan sobre qué bañador tenemos que ponernos”.
Y es que todo era un circo, una pantomima para engañar con falsas promesas de prosperidad mientras los cuatro espabilados se enriquecían y, al mismo tiempo, nos ocultaban el desenlace al que irremediablemente nos conducían. Los causantes de la crisis sabían que ocurriría esto. Las agencias de calificación actuaban movidas por interés, mintiendo impunemente, otorgando la máxima certificación de solvencia a empresas que se declaraban en quiebra dos días después, generando falsas expectativas y contribuyendo a la provocación del desastre.
Pero no queda ahí la manipulación: también está, al parecer, en el origen, en los embriones, en las facultades de economía, donde algunos catedráticos desarrollan una labor proselitista y sibilina, vinculados por un lado a ciertos negocios lucrativos y ejerciendo por otro de sacerdotes para inculcar a sus pupilos la fe en la economía no regulada.
Bastantes de los personajes citados se negaron a ser entrevistados para el documental. Otros de los que sí se atrevieron protagonizan reveladores y grotescos momentos de balbuceo y atasco verbal. Y un dato más: leo en el diario El País que esta película, con su Oscar recién estrenado, sólo se proyecta en un cine de Madrid y otro de Barcelona, con un total de tan sólo cinco copias en toda España. ¿Creéis que es casual?
Queda claro que los bancos son los malos. La duda está en decidir qué papel jugamos nosotros. ¿Somos los buenos, o sólo los primos?
Desde luego que no es la película para pasar un rato entretenido el fin de semana. Pero como testimonio didáctico de nuestra época no tiene precio.
Un notable cum laude por la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales.





El mundo según Barney, de Richard J. Lewis

Siempre he creído que uno de los mayores prodigios derivados de la ficción (en cualquiera de sus variantes, ya sea literaria, cinematográfica o de cualquier otro tipo) es la capacidad para engrandecer lo simple, para construir una aventura apasionante partiendo de la anécdota más banal, para convertir en protagonista a quien, en la vida real, sería el sujeto más insignificante del planeta.
En este sentido, El mundo según Barney es todo un ejemplo de ese tipo de cine que los norteamericanos saben hacer tan bien y para el que podríamos inventar un subgénero denominado “Como la vida misma”. Suelen catalogarse estas películas como comedias, pero su tono no es realmente desenfadado, sino ligeramente dramático o, por así decir, alternativamente serio y sarcástico; puedes reír en una secuencia y llorar justo en la siguiente. Lo dicho. Como la vida misma.
Este peatón siente una debilidad especial hacia ese tipo de obras. Disfruto adentrándome en la cotidianidad de los personajes de American Beauty, Entre copas o Up in the air, aun sabiendo que hay tanto de base real como de interesada deformación en esos retratos incisivos y también condescendientes de lo que vendría a ser el ciudadano medio contemporáneo.
El tal Barney no sólo es un individuo de tantos, sino que puede resultar incluso antipático, un detalle que la interpretación magistral de Paul Giamatti eleva a la categoría de contradictorio objeto de admiración. No es que le envidiemos ni queramos ponernos en su lugar —más bien lo contrario—, pero hay algo que hace que sigamos su biografía apócrifa como si fuera la vida de una celebridad histórica. Ese algo es humanidad, credibilidad, talento para trasladarnos lo que le ocurre por dentro y olvidarnos de que lo que tenemos en frente es ficticio. Hay pocos actores que se desenvuelvan tan bien en la piel del tipo corriente y moliente como Giamatti (American Splendor, Entre copas, Cinderella man, El ilusionista), que parece postularse como el elegido para tomar el relevo arquetípico de quien hizo lo propio durante tantos años y que (puede que con toda la intención del mundo) interpreta curiosamente a su padre en la película, el gran Dustin Hoffman.
Barney Panofsky no es ni Forrest Gump ni Benjamin Button. Produce culebrones infumables, acumula fracasos matrimoniales, no es el mejor ejemplo para sus hijos, y para colmo tiene a un detective cual mosca cojonera pegado al cogote, que le atribuye un crimen desde tiempos inmemoriales. No hay nada espectacular en la película de Lewis, es cierto. Y no hace falta.
Están los espectadores que desean ruido y pirotecnia, y después los que exigen mensaje y compromiso. Ambos suelen olvidarse del placer de disfrutar de una historia sobre esa cosa tan común y al mismo tiempo tan extraordinaria que es la vida, la ordinaria y terrenal, la que reparte juergas y tragedias y nunca garantiza que el final sea feliz.
Notable alto.




Nunca me abandones, de Mark Romanek

Una novela de Kazuo Ishiguro sirvió hace dieciocho años para que James Ivory derrochara estilo y sensibilidad en una obra maestra sobre el sentimiento humano del amor (y, especialmente, sobre su contención), la admirable Lo que queda del día, en la que Anthony Hopkins y Emma Thompson daban un recital interpretativo sobresaliente y conmovedor.
Ahora es Mark Romanek, autor de la interesante (y tal vez infravalorada por culpa de la publicidad engañosa) Retratos de una obsesión, quien recurre al escritor anglo-japonés para llevarnos nuevamente de visita al terreno de la confusión y la contención sentimental, también en el marco flemático de la Gran Bretaña canónica, pero añadiendo elementos filosóficos y científicos que emparentan su película con títulos fundamentales de la ciencia ficción contemporánea como Blade Runner o Gattaca.
Se trata de una película extraña, pero no porque lo que cuente no sea perfectamente comprensible y familiar para casi cualquier espectador, sino por determinadas características formales y conceptuales que dificultan su encasillamiento dentro de un género concreto.
Puede considerarse ciencia ficción teniendo en cuenta su propuesta distópica basada en la experimentación genética, aunque no hay nada en su estética ni en sus efectos visuales que remita a los estereotipos relacionados con batallas galácticas, fenómenos paranormales e ingeniería cibernética.
El tema clave de esta historia sobrecogedora es la fecha de caducidad aplicada a las personas, un asunto peliagudo donde los haya. Porque todos somos conscientes de nuestra mortalidad, pero aun así diría que nuestra capacidad para vivir felices se cimienta precisamente en la incertidumbre acerca de cuándo se producirá exactamente el momento de la expiración. Si a esto le añadimos una invitación al debate respecto al papel que la ciencia puede jugar en nuestro deseo ancestral de acercarnos a la inmortalidad (o, como mínimo, de garantizarnos cada vez una longevidad mayor), merodearemos territorios donde Phillip K. Dick y el doctor Mengele se convierten en vecinos.
Una película, en suma, donde se mezclan la frialdad y la intensidad de una manera extrañamente efectiva. Y ojo a la joven Carey Mulligan, que cada vez apunta más alto y demuestra que las expectativas levantadas por su papel en An education no eran casuales.
Un notable.

2 comentarios:

T. dijo...

El tema económico me suena mucho. Lo tengo tan oído.
Pero siempre es bueno escuchar otra opinión.
¿Verdad que si?
Tu resumen de la cartelera, está muy bien hecho, te lo has currado mucho.Pero, honestamente, no creo que vaya a ver ninguna de las tres películas porque no van con mi estilo.Ahora mismo la cartelera de Barcelona no me dice mucho así que prefiero salir a cenar y al teatro.Ya vendrán tiempos mejores.

T.M. dijo...

Le tengo ganas a Inside Job, de este finde no pasa...si sigue en cartelera claro...

Saludos.