domingo, 10 de abril de 2011

Hoy por ti, mañana... ya veremos


En uno de los comentarios a la entrada ¿Nos hacemos unas pajillas (mentales)?, L. M. hacía mención a algo por lo que seguramente todos hemos pasado en ciertos momentos de nuestra vida. Me refiero a esa especie de sacrificio menor que contribuye a reafirmar nuestro compromiso sentimental o de amistad hacia alguien a quien queremos o respetamos.
¿Quién no ha asistido a un concierto insufrible o se ha tragado una obra de teatro infumable por complacer a su pareja o a un amigo?
Si hago memoria de mi propia antología de momentos “Hoy por ti, mañana por mí”, puedo rescatar desde un concierto del Nuevo Mester de Juglaría (aún tardaré otros veinte años más en superar las secuelas) hasta una exposición de escultura tan confusamente vanguardista que el público se detenía ante los extintores de incendios y los letreros de las salidas de emergencia por si acaso eran también piezas del artista (antes muertos que pasar por cazurros).
Ah, y cómo olvidarme de aquella mítica visita al desquiciado microuniverso de Cortilandia, en compañía de las dos sobrinas de un proyecto de novia que se quedó en eso (sí, amigos, un proyecto y poco más; demasiado precio a cambio de una tumultuosa jornada prenavideña digna de la odisea de Chencho y Pepe Isbert en la Plaza Mayor).
Esto me hace reflexionar sobre si no sería justo, llegado el momento de la ruptura, los reproches y las demandas de devolución de objetos prestados o aun regalados, reclamarle a la otra parte que nos devuelva también el tiempo malgastado y, sobre todo, el orgullo prostituido en aras de mantener la armonía y ser fieles al pacto oficioso de mutua claudicación que todo compromiso personal lleva escrito en su letra pequeña.
Estos oídos de peatón han escuchado escalofriantes relatos, como el de un fan de Echo & The Bunnymen, The Cure y Lords of the New Church un par de días antes de compartir con su amada un recital de Mocedades; o el impagable testimonio de una joven entregada a la felicidad de su mejor amiga, que emprendió junto a ella un viaje al rincón más desapacible del planeta con la única función de ayudarla a encontrar a cierto maromo del que había quedado prendada tiempo atrás; esto, como ya imaginaréis, significaba que, en el mejor de los casos, la susodicha terminaría ejerciendo el papel de carabina, pero lo que ocurrió fue todavía peor: localizado el objeto de sus anhelos, la platónica mujer se encontró con que el individuo ni siquiera la recordaba y, por supuesto, rechazó cualquier oferta de iniciar una relación, entre otras cosas porque aquel tipo resultaba estar casado y plenamente conforme con su estado civil. Consecuencia: un viaje de vuelta precipitado y espantoso, anegado de lágrimas y con empacho de valeriana y Lexatin. Visto lo visto, casi hubiera sido mejor quedarse sujetando el cirio.
Hay excepciones, no obstante. Me acuerdo, por ejemplo, de aquella vez en que un amigo me pidió que fuera con él a una especie de fiesta que una conocida suya organizaba en un bar. Es el tipo de oferta que uno casi nunca rechaza, salvo en casos como aquél, en que los anfitriones de dicho sarao eran, al parecer, viejos camaradas de los boy scouts. Ejem.
Sólo puedo decir que la única razón por la que los boy scouts no son el colectivo que más grima me provoca es porque, de momento, sigue existiendo la tuna estudiantil. No descarto que algún día se intercambien los puestos.
El caso es que aquel plan no sonaba demasiado estimulante, pero los amigos son los amigos, así que fui, y traté de motivarme pensando que, al fin y al cabo, en un bar siempre existe la posibilidad de refugiarse del mundanal espanto a base de lingotazos. Y eso fue en realidad lo que terminó sucediendo, pero no a causa de mis deseos de evasión, sino por la concatenación de una serie de encuentros inesperados que ni el más perturbado guionista de culebrones habría podido concebir.
Primero fue la conocida de mi amigo quien nos invitó a un cubata por la deferencia de asistir a su fiesta. Al ir a la barra en busca de la segunda ronda, descubrí que una de las camareras era una chica a la que conocía ligeramente (y que me gustaba también ligeramente, para qué negarlo), la cual creyó oportuno celebrar nuestro reencuentro invitándonos a mi amigo y a mí a las copas. En plenos prolegómenos de la tercera ronda, uno de los presentes nos abordó con la siempre sospechosa excusa de que nuestras caras le resultaban familiares. No se equivocaba. Era un viejo compañero del colegio, al que, obviamente, hacía lustros que no veíamos. Total, que, como no podía ser de otra manera, aquel personaje venido de nuestro pasado cual alucinación etílica, insistió en invitarnos al siguiente trago.
A esas alturas del evento, la visita al baño era ya urgente. Camino de los servicios, me fijé en una pareja que se magreaba en un rincón del local. No, no soy ningún voyeur de la clase más cutre. Si reparé especialmente en el par de voraces tórtolos fue porque, oh casualidad, los conocía. Lo mejor es que no tenían nada que ver ni con la amiga de mi amigo, ni con mis aventuras colegiales, ni mucho menos con la simpática camarera. A estos los conocía porque eran paisanos de otro amigo, y lo mejor es que, hasta entonces, ni yo (ni, como supe a continuación, nadie más) sabía que estaban enrollados. La exclusiva del romance me daba igual, pero ellos no tenían por qué saberlo, así que, tal vez como soborno para contrarrestar mis hipotéticos deseos de airear su idilio furtivo, ambos tuvieron a bien pagarnos el par de copas que ingeriríamos a la vuelta del vaciado de vejiga.
Llevábamos ya cuatro cubatas y nuestro bolsillo permanecía virgen. La fiesta se acababa y el garito estaba a punto de cerrar. Más por vergüenza que otra cosa, acordamos invitar a nuestro antiguo compañero de estudios a una última y apresurada consumición. Y, bueno, así se saldó la noche. Todo ello por el módico precio de medio cubata.
Excepciones, ya digo. Lo normal, sin embargo, es lo contrario. Si merece o no la pena, es cuestión de cada cual. Por lo que a mí respecta, doy por buenos los esfuerzos y aburrimientos en honor a los amigos. Cuando el sacrificio o la claudicación se hace por amor… madre mía. Mejor ni pensarlo. Es lo que tiene el síndrome de Estocolmo.

4 comentarios:

TGRJ dijo...

Lorena: ¿te acuerdas de cuándo...? Noooo, no lo diré aquí. ¿A qué ya te habías asustado?

Peatón:me ha gustado lo que has escrito.

El último peatón dijo...

Bueno, pensemos que todas las idioteces que hayamos hecho en el pasado se han quedado, como mucho, en la memoria de alguien.
Diría que es peor ahora, que todo queda grabado, registrado o twitteado...
Así que mantengamos en el "lado oscuro" nuestros recuerdos bochornosos, que están muy bien ahí :)

satxoska dijo...

Que bueno! Los sacrificios por la pareja, en principio, los hacemos de buen agrado... Qué importa si no nos gustan, si la recompensa merece la pena? Sin embargo, según se van acumulando y si no se basan en la reciprocidad acaban haciendo un efecto detonador que finalmente estalla.

Un saludo Nacho! Espero que todo vaya bien. Sacha.

Asun dijo...

Veo que no careces de experiencia. De todo tipo. Confio en que, al menos, eso haya hecho de ti un hombre mejor.