viernes, 29 de abril de 2011

Certificado de autenticidad (in inglis, plis)


Muchas de las historias que conocemos popularmente como leyendas urbanas suelen nacer de entradillas como “Me han contado que..”, o “Un amigo me ha dicho que...”, o incluso “Un amigo me ha dicho que un conocido suyo le ha contado que...”.
Por regla general, solíamos recurrir a los medios de comunicación para amparar la historia que contábamos y certificar de algún modo que era real, auténtica, verídica. “Lo he leído en la prensa” o “Ha salido por la televisión” eran afirmaciones que bastaban para demostrar la veracidad de un suceso.
Internet ha contribuido a que se haya ido perdiendo de forma progresiva la fe en los medios de comunicación como notarios de la verdad incuestionable. La libertad de publicación que ofrece la Red venía ya con ese efecto secundario implícito. Es decir, la fiabilidad se resiente cuando no existe filtro alguno, y al final lo acusa nuestra credulidad. Ninguno queremos resucitar la práctica siniestra de la censura, pero al mismo tiempo debemos ser conscientes de que el inabarcable foro cibernético es tan prolijo en información como susceptible de cargarse de infundios y falacias. Cuidado con los “sabios de Wikipedia”, en otras palabras.
Así pues, ¿qué nos queda? Visto (y oído) lo que hay por ahí, diría que el sistema actual de determinación o certificación de la veracidad pasa por la conversión idiomática de los conceptos. Es decir, tendríamos que empezar a aplicar la misma norma oficiosa que ya se viene imponiendo desde hace tiempo respecto a ciertos fenómenos, sucesos o roles, y que sería algo así como “Si hay una palabra en inglés para denominarlo, es que existe”.
Por ejemplo, las putadas en el colegio son una histórica lacra que se remonta a tiempos aun anteriores a los de El Florido Pensil. Alumnos acosados, marginados, maltratados, ninguneados, acribillados a collejas, rebautizados con hirientes apodos, todos lo hemos visto (espero que ninguno de los que esto leéis lo hayáis sufrido en vuestras carnes). De repente, un día, los medios comienzan a introducir el término bullying y la alarma se multiplica, la preocupación se extiende, y en consecuencia se nos transmite la impresión (probablemente errónea) de que hoy se acosa y se putea en los colegios más que antaño. Hemos tenido que traducir el palabro para tomar conciencia del problema. O eso parece.
Lo mismo si hablamos de mobbing. Los jefes que hacen la vida imposible a sus subordinados, los miserables que se valen de su posición poderosa para abusar sexualmente de quien no puede defenderse en términos jerárquicos, los compañeros trepas, tiralevitas, chismosos, traicioneros, insolidarios, desaprensivos, de eso hay y ha habido siempre desde que nos vimos en la sufrida obligación de currar para llegar a fin de mes.
Y qué decir de las personas sin pareja, los solteros, como se han denominado siempre y como todavía figuran definidos en los diccionarios. Las lumbreras del marketing descubrieron recientemente que si se nos imponía el anglosajón single para referirnos a este sector de la sociedad, las posibilidades de hacer negocio a su costa se multiplicarían por mucho. Y la verdad es que funciona. Supongo que si alguien, a día de hoy, anunciara la organización de un baile, un crucero o una caravana para solteros, la imagen que se impondría sería una más bien decadente, o anacrónica, la de una legión de mozos talluditos ávidos de aliviar necesidades elementales por la vía más primitiva y menos elegante.
Así pintan las cosas. La palabra “soltero” ha quedado relegada al ámbito de lo chusco y populachero, a las despedidas de soltero y los partidos de solteros contra casados en las fiestas de los pueblos (imaginad lo ridícula que sonaría la expresión “partido de singles contra casados”). Con el uso cada vez más extendido de single, la soltería —algo que para muchos, no sé bien por qué, sigue siendo un estigma— queda dignificada y elevada a los altares del glamour y la vanguardia. Se acabaron las solteronas que quedaron para vestir santos y los llamados mozos viejos.
Ya lo sabéis. En caso de confusiones de identidad o de crisis existencial inminente, corred a la embajada británica más cercana y pedid la nacionalidad.

miércoles, 20 de abril de 2011

Decálogo para cinéfilos despistados


Sigue habiendo mucho despistado por ahí que parece haberse empollado el manual del intelectual de almanaque, o sea, que da la impresión de elegir sus opciones de ocio o cultura más para presumir de ello que para disfrutarlo. Esto, que es respetable al fin y al cabo, se convierte en algo insoportable y repelente cuando el individuo en cuestión pretende dar lecciones, al tiempo que manifiesta alarmantes carencias de información.
Por esta razón, a menudo hablo aquí de aquellos a quienes denomino “cinéfilos vegetarianos”. Se trata de presuntos amantes del séptimo arte que renuncian a nuestra naturaleza omnívora a cambio de una dieta muy limitada, altísima en pretensiones y escasa en variedad. Por resumir, digamos que se caracterizan por renegar categóricamente del cine norteamericano y, aunque no siempre, también bastante a menudo del español (da igual el género, el autor, el argumento, los actores… les importa más el origen geográfico que el contenido; como a los xenófobos, por cierto).
A ellos especialmente va dedicado el siguiente decálogo. Por si sirve de ayuda (nunca se sabe).

  1. Las películas españolas malas no son malas por españolas, sino por malas.
  2. Las películas coreanas malas no son buenas por coreanas. Siguen siendo malas.
  3. Donde en el punto anterior se dice “coreanas”, léase igualmente turcas, francesas, búlgaras, vietnamitas, canadienses, ecuatorianas, egipcias, afganas, bielorrusas, israelíes, australianas, panameñas, indias, senegalesas, irlandesas…
  4. En contra de lo que muchos promueven, no es mejor aburrirse con una película iraní que divertirse con una norteamericana.
  5. Que nadie se esfuerce: quedarse a leer los títulos de crédito de una película japonesa no le hace a uno parecer más listo, ni más profundo, ni más intelectual.
  6. Por increíble que pueda parecer, disfrutar con el cine hecho en Estados Unidos no está tipificado en el código penal como apología del imperialismo y la guerra ilegal.
  7. Si alguien que se jacte de no ver películas norteamericanas presume a su vez de ser un gran cinéfilo, sería igual que si un vegetariano abstemio se atreviera a considerarse un gran gourmet.
  8. Efectivamente, las películas buenas europeas son mejores que las películas malas de Hollywood. Sorprendentemente, las películas buenas de Hollywood también son mejores que las películas malas europeas.
  9. Por si alguien aún no lo tiene claro, conviene recordar que Estados Unidos fue la patria cinematográfica de Orson Welles, Howard Hawks, Alfred Hitchcock, Billy Wilder, John Ford, Joseph L. Mankiewicz, Fritz Lang, John Huston, Anthony Mann, Sam Packimpah, Arthur Penn, Stanley Kubrick, Sydney Pollack, Blake Edwards o Sydney Lumet, y lo sigue siendo de otros cineastas como Woody Allen, Clint Eastwood, Martin Scorsese, los hermanos Coen, Francis Ford Coppola, Quentin Tarantino, Steven Spielberg, David Fincher, Christopher Nolan o Paul Thomas Anderson.
  10. Si a pesar de todo lo anterior, alguien sigue pensando que el buen cine es patrimonio exclusivo de nombres como Manoel de Oliveira, José Luis Guerin, Theo Angelopoulos, Abbas Kiarostami, Víctor Erice, Eliseo Subiela o Apichatpong Weerasethakul, le recomiendo que eleve una queja al Ministerio de Cultura exigiendo que cierren las salas de cine y se limite la proyección de películas a los museos y ferias de arte contemporáneo.

jueves, 14 de abril de 2011

Todo encaja


Introduje una tableta de turrón en el VHS, pulsé el play y apareció en el televisor un reportaje sobre el municipio alicantino de Xixona. Lo previsible. Animado por el éxito, metí el teléfono en el microondas, programé 3 minutos a 600 W y, cuando lo saqué (aparte de casi abrasarme las yemas de los dedos), marqué el número de Patricia: nuestra conversación, lejos de la insulsa gelidez acostumbrada, resultó esta vez un intercambio calenturiento de insinuaciones digno de la hora punta en la centralita de un 906. Ni siquiera me dijo aquello de “cariño, tengo que dejarte, que entro a una reunión”. Todo encajaba. Con la emoción me había olvidado de la hora que era. Juan estaba a punto de salir del colegio. Llegaría tarde sin remedio. Entonces se me ocurrió bajar al garaje, abrir el maletero del coche y dar un trago de la lata de gasolina. Recorrí cuatro manzanas en menos de veinte segundos (en coche hubiera tardado mucho más, entre los semáforos y el tráfico abundante de esas horas). Ya en casa, dejé al niño en su cuarto haciendo los deberes y me dispuse a hacer la colada. Durante los 45 minutos que duraba el programa de la lavadora aproveché para poner Guerra y Paz en la batidora. Los dos volúmenes cundían sobradamente, así que me zampé el primero y guardé el puré del segundo en un tupper, para el día siguiente. Me sienta mejor la literatura rusa decimonónica que las novelas del boom latinoamericano, que tienen una digestión más complicada. Ya soy todo un experto en Dostoievski y Tolstói, y en breve comenzaré la dieta Chéjov (confieso que días atrás derretí en el horno un libro de Fernández Mallo y lo unté en una rebanada de pan de molde, pero me supo más a morteruelo que a Nocilla, y además sigo sin tener ni idea de lo que me metí en el cuerpo). La lavadora finalizó y saqué la cartilla del banco. Antes de tenderla al sol la ojeé por si acaso, y, en efecto, los ingresos provenientes de aquel chanchullo con el apartamento de la costa habían quedado impolutos, convertidos ahora en dinero ganado dignamente con el sudor de mi sobaco.
Todo encajaba. Cuando llegó Patricia me contó que había tenido que echar una aspirina al depósito de la moto porque se ve que no andaba demasiado bien, y además hacía un ruido extraño. Por lo demás, un día rutinario como tantos otros. Excepción hecha, claro está, de nuestra conversación telefónica de la mañana. Rememorarla me puso cachondo como un adolescente en viaje de fin de curso. Nos plantamos en la cama en dos saltos (y sin necesidad de combustible adicional); ella algo reticente al principio, también es verdad. Todo encajaba. Seguía encajando. Pero me topé con un obstáculo imprevisto. Por más que lo intentaba, no había manera. El ariete chocaba inútilmente contra la puerta del castillo. Miré entonces entre su piernas. Nada. Es decir, una región árida y tersa, una llanura de piel sin asomo de grieta. El molde se tornó muro.
Algo no encaja, pero aún no he descubierto qué es.

domingo, 10 de abril de 2011

Hoy por ti, mañana... ya veremos


En uno de los comentarios a la entrada ¿Nos hacemos unas pajillas (mentales)?, L. M. hacía mención a algo por lo que seguramente todos hemos pasado en ciertos momentos de nuestra vida. Me refiero a esa especie de sacrificio menor que contribuye a reafirmar nuestro compromiso sentimental o de amistad hacia alguien a quien queremos o respetamos.
¿Quién no ha asistido a un concierto insufrible o se ha tragado una obra de teatro infumable por complacer a su pareja o a un amigo?
Si hago memoria de mi propia antología de momentos “Hoy por ti, mañana por mí”, puedo rescatar desde un concierto del Nuevo Mester de Juglaría (aún tardaré otros veinte años más en superar las secuelas) hasta una exposición de escultura tan confusamente vanguardista que el público se detenía ante los extintores de incendios y los letreros de las salidas de emergencia por si acaso eran también piezas del artista (antes muertos que pasar por cazurros).
Ah, y cómo olvidarme de aquella mítica visita al desquiciado microuniverso de Cortilandia, en compañía de las dos sobrinas de un proyecto de novia que se quedó en eso (sí, amigos, un proyecto y poco más; demasiado precio a cambio de una tumultuosa jornada prenavideña digna de la odisea de Chencho y Pepe Isbert en la Plaza Mayor).
Esto me hace reflexionar sobre si no sería justo, llegado el momento de la ruptura, los reproches y las demandas de devolución de objetos prestados o aun regalados, reclamarle a la otra parte que nos devuelva también el tiempo malgastado y, sobre todo, el orgullo prostituido en aras de mantener la armonía y ser fieles al pacto oficioso de mutua claudicación que todo compromiso personal lleva escrito en su letra pequeña.
Estos oídos de peatón han escuchado escalofriantes relatos, como el de un fan de Echo & The Bunnymen, The Cure y Lords of the New Church un par de días antes de compartir con su amada un recital de Mocedades; o el impagable testimonio de una joven entregada a la felicidad de su mejor amiga, que emprendió junto a ella un viaje al rincón más desapacible del planeta con la única función de ayudarla a encontrar a cierto maromo del que había quedado prendada tiempo atrás; esto, como ya imaginaréis, significaba que, en el mejor de los casos, la susodicha terminaría ejerciendo el papel de carabina, pero lo que ocurrió fue todavía peor: localizado el objeto de sus anhelos, la platónica mujer se encontró con que el individuo ni siquiera la recordaba y, por supuesto, rechazó cualquier oferta de iniciar una relación, entre otras cosas porque aquel tipo resultaba estar casado y plenamente conforme con su estado civil. Consecuencia: un viaje de vuelta precipitado y espantoso, anegado de lágrimas y con empacho de valeriana y Lexatin. Visto lo visto, casi hubiera sido mejor quedarse sujetando el cirio.
Hay excepciones, no obstante. Me acuerdo, por ejemplo, de aquella vez en que un amigo me pidió que fuera con él a una especie de fiesta que una conocida suya organizaba en un bar. Es el tipo de oferta que uno casi nunca rechaza, salvo en casos como aquél, en que los anfitriones de dicho sarao eran, al parecer, viejos camaradas de los boy scouts. Ejem.
Sólo puedo decir que la única razón por la que los boy scouts no son el colectivo que más grima me provoca es porque, de momento, sigue existiendo la tuna estudiantil. No descarto que algún día se intercambien los puestos.
El caso es que aquel plan no sonaba demasiado estimulante, pero los amigos son los amigos, así que fui, y traté de motivarme pensando que, al fin y al cabo, en un bar siempre existe la posibilidad de refugiarse del mundanal espanto a base de lingotazos. Y eso fue en realidad lo que terminó sucediendo, pero no a causa de mis deseos de evasión, sino por la concatenación de una serie de encuentros inesperados que ni el más perturbado guionista de culebrones habría podido concebir.
Primero fue la conocida de mi amigo quien nos invitó a un cubata por la deferencia de asistir a su fiesta. Al ir a la barra en busca de la segunda ronda, descubrí que una de las camareras era una chica a la que conocía ligeramente (y que me gustaba también ligeramente, para qué negarlo), la cual creyó oportuno celebrar nuestro reencuentro invitándonos a mi amigo y a mí a las copas. En plenos prolegómenos de la tercera ronda, uno de los presentes nos abordó con la siempre sospechosa excusa de que nuestras caras le resultaban familiares. No se equivocaba. Era un viejo compañero del colegio, al que, obviamente, hacía lustros que no veíamos. Total, que, como no podía ser de otra manera, aquel personaje venido de nuestro pasado cual alucinación etílica, insistió en invitarnos al siguiente trago.
A esas alturas del evento, la visita al baño era ya urgente. Camino de los servicios, me fijé en una pareja que se magreaba en un rincón del local. No, no soy ningún voyeur de la clase más cutre. Si reparé especialmente en el par de voraces tórtolos fue porque, oh casualidad, los conocía. Lo mejor es que no tenían nada que ver ni con la amiga de mi amigo, ni con mis aventuras colegiales, ni mucho menos con la simpática camarera. A estos los conocía porque eran paisanos de otro amigo, y lo mejor es que, hasta entonces, ni yo (ni, como supe a continuación, nadie más) sabía que estaban enrollados. La exclusiva del romance me daba igual, pero ellos no tenían por qué saberlo, así que, tal vez como soborno para contrarrestar mis hipotéticos deseos de airear su idilio furtivo, ambos tuvieron a bien pagarnos el par de copas que ingeriríamos a la vuelta del vaciado de vejiga.
Llevábamos ya cuatro cubatas y nuestro bolsillo permanecía virgen. La fiesta se acababa y el garito estaba a punto de cerrar. Más por vergüenza que otra cosa, acordamos invitar a nuestro antiguo compañero de estudios a una última y apresurada consumición. Y, bueno, así se saldó la noche. Todo ello por el módico precio de medio cubata.
Excepciones, ya digo. Lo normal, sin embargo, es lo contrario. Si merece o no la pena, es cuestión de cada cual. Por lo que a mí respecta, doy por buenos los esfuerzos y aburrimientos en honor a los amigos. Cuando el sacrificio o la claudicación se hace por amor… madre mía. Mejor ni pensarlo. Es lo que tiene el síndrome de Estocolmo.

miércoles, 6 de abril de 2011

Letras fecales

Me consta que existe un libro recopilatorio de textos escritos en servilletas de bares. Del mismo modo, imagino que debe de circular por ahí (aunque todavía no tenga constancia de ello) algún que otro volumen que recoja el ingente material literario que decora las paredes y puertas de los baños públicos de todo el mundo.Ya sé que, igual que nos quejamos de tanto cochino incapaz de atinar con el chorro del pis o de permitirse el detalle de tirar de la cadena después de aliviarse las tripas, no deberíamos exaltar la práctica del graffiti en los servicios de uso comunitario, pero lo cierto es que de vez en cuando encuentra uno auténticas joyas escritas por ahí, ya sea en prosa, en verso o en arameo.
Mi afición juvenil a la cerveza y otros brebajes diuréticos me dio la oportunidad de enriquecer mis lagunas culturales a base de innumerables leyendas y rúbricas que aún hoy recuerdo, a pesar de que la lectura de muchas de ellas se produjera hace un par de décadas y en un estado de embriaguez considerable. A veces eran pueriles chascarrillos (“Si eres buen titiritero, llega con la picha a este letrero”) y otras profundas reflexiones (“La muerte está tan segura de su victoria, que te da toda la vida de ventaja”). El caso es que la costumbre de pintarrajear retretes nos ha dejado un legado testimonial que abarca todos los géneros, desde la fábula costumbrista hasta el ensayo urgente, desde la lírica barriobajera hasta la consigna ideológica, con espacio igualmente para el refranero popular y la rima canallesca, y sin olvidar el piropo, la declaración de amor o de odio, los emblemas generacionales y la simbología universal (en pocos lugares que no sean un váter público pueden encontrarse esvásticas, estrellas de David, hoces con martillos y yugos con fechas conviviendo como si fueran cromos de una misma colección).
En los evacuatorios comunes tenemos, además, el antepasado directo de los chats y foros de Internet. Quién no se ha entretenido alguna vez observando el discurrir de una cadena de pintadas que cierto día se inició con un simple “Pedro tonto”, y a la que el tal Pedro añadió: “Tu madre”, para que, posteriormente, algún amigo o extraño más cachondo completara la frase con un “cobra por follar”, y entonces, lo que finalmente queda inmortalizado sobre los azulejos o la madera desconchada de la puerta es: “Pedro tonto, tu madre cobra por follar”, y así es hasta que Pedro se da cuenta y añade: “con tu padre”, y la siguiente vez que entramos a hacer nuestras necesidades comprobamos que la historia ha avanzado y ahora está en la fase en que la madre de Pedro cobra por follar con el padre de un amigo suyo (posiblemente, el que hizo la primera pintada).
En fin, sabida es la tradición popular de leer sentados en el retrete, y muchos han asegurado a lo largo de la historia poseer una pequeña biblioteca en su cuarto de baño. Hay que recordar que hubo un tiempo en que no existían ni el bífidus ni los lácteos de Coronado, con lo que la labor de distraer el estreñimiento no era asunto para tomarse a broma (y qué mejor entretenimiento para una sala de espera que un buen libro).
Siempre he pensado que deberían fabricarse rollos de papel higiénico impreso con extractos de obras literarias. Imaginad que en cada una de esas hojitas en que se divide el rollo encontráramos una cita de Shakespeare, un poema de Machado, una descripción de García Márquez, un diálogo de Cervantes, una rima de Quevedo o un pensamiento de Aristóteles.
Es verdad que puede sonar un tanto ofensivo y contradictorio, si tenemos en cuenta que el destino de ese pedazo de papel será ir a parar a las cloacas cubierto de excrementos. Pero pensemos que, al menos, antes de sufrir la escatológica humillación de la higiene anal, aquellos párrafos o versos habrán sido leídos, y quién sabe si incluso memorizados. Mejor eso que penar el abandono en una triste estantería de biblioteca o librería, cubriéndose de polvo o del tinte amarillo del olvido. Si hay que acercar la literatura al pueblo, por qué descartar precisamente uno de los escenarios populares por antonomasia.
Esto me hace recordar, por cierto, una pintada que leí alguna vez en el servicio de un bar: “Caga el rey, caga el Papa, y de cagar nadie se escapa”. Es burdo, ya lo sé, pero todo sea por el fomento de la lectura.

domingo, 3 de abril de 2011

Paseo por la cartelera (8)



Inside job, de Charles Ferguson

Inside job merece infinitos elogios: por su atrevimiento, por su voluntad de transparencia, por su contundencia, por el rigor que se le adivina, por su necesidad justo en este momento, en fin, por mil cuestiones más, pero me vais a permitir que destaque una en especial, acaso la menos relevante: porque me ha gustado a mí.
Sí, a mí, que no sé un carajo de economía, que nunca he entendido cómo funciona la bolsa (y mira que me lo han intentado explicar), que me dan alergia las páginas color salmón del periódico. Así es. La economía no me resulta atractiva ni como materia académica ni como ciencia ni como contenido informativo ni como nada.
Pero estamos en plena crisis, la actualidad manda y afortunado aquél que no se haya visto afectado. Cómo no prestar atención a un documental como éste, que además viene avalado por el Oscar de su categoría.
He de confesar, eso sí, que me perdí en medio de la maraña retórica de algunos de los testimonios, pero no menos cierto es que la impresión, al final, es satisfactoria en el sentido de que uno cree haber aprendido algo más, que como mínimo le han revelado las principales causas por las que hoy estamos como estamos.
Que vivimos por encima de nuestras posibilidades económicas es harto consabido. Que las hipotecas y las tarjetas de crédito nos han impuesto una idea equivocada de holgura financiera y poder adquisitivo está más que claro. Lo que este peatón desconocía es que los bancos, o sea, los malos de la película, los que nos han engañado convenciéndonos de que contratar una hipoteca a 35 años es una inversión de futuro, esos mismos, resulta que vivían igual que nosotros, especulando con dinero que no tenían, empeñados hasta las bisagras de la caja fuerte y jugando a la ruleta (rusa, en según qué casos) con el mismo material que luego el estado nos sangrará vía impuestos, precisamente para que sus amigos de la banca salgan del bache. Una espiral delirante. Y espeluznante.
Me impactan de manera especial algunas revelaciones, como la de alguien que describe la codiciosa competición de las entidades financieras (la causa de la burbuja que, al explotar, nos ha llevado a la recesión) como un vulgar “concurso de meadas”. Es decir, una competición de machitos, de marcar paquete, de a ver quién la tiene más larga o quién llega más lejos con el chorro.
Nada raro, si atendemos también al testimonio de una mujer que habla de millones de dólares invertidos en putas, drogas y viajes, un dinero que los campeones de Wall Street destinaban a combatir el estrés y que, por supuesto, cargaban después a la empresa como gastos profesionales. Un psicólogo experto en tratar a dichos individuos nos confirma que, cuando cierran un negocio y sienten el olor de la pasta, se les estimula misma zona del cerebro que cuando esnifan farlopa.
¿Se veía venir la deblace? La ministra de economía francesa nos lo aclara al recordar su preocupación durante una cumbre del G-7: “Vemos que se avecina un tsunami y ustedes sólo nos aconsejan sobre qué bañador tenemos que ponernos”.
Y es que todo era un circo, una pantomima para engañar con falsas promesas de prosperidad mientras los cuatro espabilados se enriquecían y, al mismo tiempo, nos ocultaban el desenlace al que irremediablemente nos conducían. Los causantes de la crisis sabían que ocurriría esto. Las agencias de calificación actuaban movidas por interés, mintiendo impunemente, otorgando la máxima certificación de solvencia a empresas que se declaraban en quiebra dos días después, generando falsas expectativas y contribuyendo a la provocación del desastre.
Pero no queda ahí la manipulación: también está, al parecer, en el origen, en los embriones, en las facultades de economía, donde algunos catedráticos desarrollan una labor proselitista y sibilina, vinculados por un lado a ciertos negocios lucrativos y ejerciendo por otro de sacerdotes para inculcar a sus pupilos la fe en la economía no regulada.
Bastantes de los personajes citados se negaron a ser entrevistados para el documental. Otros de los que sí se atrevieron protagonizan reveladores y grotescos momentos de balbuceo y atasco verbal. Y un dato más: leo en el diario El País que esta película, con su Oscar recién estrenado, sólo se proyecta en un cine de Madrid y otro de Barcelona, con un total de tan sólo cinco copias en toda España. ¿Creéis que es casual?
Queda claro que los bancos son los malos. La duda está en decidir qué papel jugamos nosotros. ¿Somos los buenos, o sólo los primos?
Desde luego que no es la película para pasar un rato entretenido el fin de semana. Pero como testimonio didáctico de nuestra época no tiene precio.
Un notable cum laude por la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales.





El mundo según Barney, de Richard J. Lewis

Siempre he creído que uno de los mayores prodigios derivados de la ficción (en cualquiera de sus variantes, ya sea literaria, cinematográfica o de cualquier otro tipo) es la capacidad para engrandecer lo simple, para construir una aventura apasionante partiendo de la anécdota más banal, para convertir en protagonista a quien, en la vida real, sería el sujeto más insignificante del planeta.
En este sentido, El mundo según Barney es todo un ejemplo de ese tipo de cine que los norteamericanos saben hacer tan bien y para el que podríamos inventar un subgénero denominado “Como la vida misma”. Suelen catalogarse estas películas como comedias, pero su tono no es realmente desenfadado, sino ligeramente dramático o, por así decir, alternativamente serio y sarcástico; puedes reír en una secuencia y llorar justo en la siguiente. Lo dicho. Como la vida misma.
Este peatón siente una debilidad especial hacia ese tipo de obras. Disfruto adentrándome en la cotidianidad de los personajes de American Beauty, Entre copas o Up in the air, aun sabiendo que hay tanto de base real como de interesada deformación en esos retratos incisivos y también condescendientes de lo que vendría a ser el ciudadano medio contemporáneo.
El tal Barney no sólo es un individuo de tantos, sino que puede resultar incluso antipático, un detalle que la interpretación magistral de Paul Giamatti eleva a la categoría de contradictorio objeto de admiración. No es que le envidiemos ni queramos ponernos en su lugar —más bien lo contrario—, pero hay algo que hace que sigamos su biografía apócrifa como si fuera la vida de una celebridad histórica. Ese algo es humanidad, credibilidad, talento para trasladarnos lo que le ocurre por dentro y olvidarnos de que lo que tenemos en frente es ficticio. Hay pocos actores que se desenvuelvan tan bien en la piel del tipo corriente y moliente como Giamatti (American Splendor, Entre copas, Cinderella man, El ilusionista), que parece postularse como el elegido para tomar el relevo arquetípico de quien hizo lo propio durante tantos años y que (puede que con toda la intención del mundo) interpreta curiosamente a su padre en la película, el gran Dustin Hoffman.
Barney Panofsky no es ni Forrest Gump ni Benjamin Button. Produce culebrones infumables, acumula fracasos matrimoniales, no es el mejor ejemplo para sus hijos, y para colmo tiene a un detective cual mosca cojonera pegado al cogote, que le atribuye un crimen desde tiempos inmemoriales. No hay nada espectacular en la película de Lewis, es cierto. Y no hace falta.
Están los espectadores que desean ruido y pirotecnia, y después los que exigen mensaje y compromiso. Ambos suelen olvidarse del placer de disfrutar de una historia sobre esa cosa tan común y al mismo tiempo tan extraordinaria que es la vida, la ordinaria y terrenal, la que reparte juergas y tragedias y nunca garantiza que el final sea feliz.
Notable alto.




Nunca me abandones, de Mark Romanek

Una novela de Kazuo Ishiguro sirvió hace dieciocho años para que James Ivory derrochara estilo y sensibilidad en una obra maestra sobre el sentimiento humano del amor (y, especialmente, sobre su contención), la admirable Lo que queda del día, en la que Anthony Hopkins y Emma Thompson daban un recital interpretativo sobresaliente y conmovedor.
Ahora es Mark Romanek, autor de la interesante (y tal vez infravalorada por culpa de la publicidad engañosa) Retratos de una obsesión, quien recurre al escritor anglo-japonés para llevarnos nuevamente de visita al terreno de la confusión y la contención sentimental, también en el marco flemático de la Gran Bretaña canónica, pero añadiendo elementos filosóficos y científicos que emparentan su película con títulos fundamentales de la ciencia ficción contemporánea como Blade Runner o Gattaca.
Se trata de una película extraña, pero no porque lo que cuente no sea perfectamente comprensible y familiar para casi cualquier espectador, sino por determinadas características formales y conceptuales que dificultan su encasillamiento dentro de un género concreto.
Puede considerarse ciencia ficción teniendo en cuenta su propuesta distópica basada en la experimentación genética, aunque no hay nada en su estética ni en sus efectos visuales que remita a los estereotipos relacionados con batallas galácticas, fenómenos paranormales e ingeniería cibernética.
El tema clave de esta historia sobrecogedora es la fecha de caducidad aplicada a las personas, un asunto peliagudo donde los haya. Porque todos somos conscientes de nuestra mortalidad, pero aun así diría que nuestra capacidad para vivir felices se cimienta precisamente en la incertidumbre acerca de cuándo se producirá exactamente el momento de la expiración. Si a esto le añadimos una invitación al debate respecto al papel que la ciencia puede jugar en nuestro deseo ancestral de acercarnos a la inmortalidad (o, como mínimo, de garantizarnos cada vez una longevidad mayor), merodearemos territorios donde Phillip K. Dick y el doctor Mengele se convierten en vecinos.
Una película, en suma, donde se mezclan la frialdad y la intensidad de una manera extrañamente efectiva. Y ojo a la joven Carey Mulligan, que cada vez apunta más alto y demuestra que las expectativas levantadas por su papel en An education no eran casuales.
Un notable.

sábado, 2 de abril de 2011

Ayuda

Lanzo esta llamada de auxilio al ciberespacio bloggero, ya que mis limitados recursos me impiden hallar explicación al fenómeno paranormal que experimenta esta página desde hace algunos días. Si os fijáis en este texto, sin ir más lejos, veréis que no hay saltos de línea. Y he ahí el problema. Algo me impide introducir dicho salto de línea, y también el punto y aparte, con lo que los textos quedan publicados con este aspecto de "tocho"(y para muestra de ello, igualmente, la entrada anterior, Tormenta y porvenir, cuyo estilo compacto y apelmazado no es un homenaje a Ensayo sobre la ceguera ni nada parecido). Por supuesto que he revisado la configuración del blog para cerciormarme de que la opción "Salto de línea" estaba activada (mis limitaciones son grandes, pero hasta ahí llego). En fin, si algun colega bitacorero y usuario de esta aplicación (Blogger) está sufriendo la misma incidencia o incluso conoce el modo de resolverla, agradeceré sus comentarios. Gracias.