sábado, 19 de marzo de 2011

Visita nuestro bar, pequeño


Me he cerciorado de que, efectivamente, el escritor irlandés Jonathan Swift falleció en el siglo XVIII y, por tanto, es imposible que concibiera la creación de su obra más conocida, Los viajes de Gulliver, tras la hipotética visita a una sala de cine.
Bueno, debería referirme más concretamente al
bar de una sala de cine. ¿Alguien ha reparado en el peculiar sentido de la proporción y del tamaño que poseen estos establecimientos?


Podemos empezar hablando de los precios, claro. Estratégicamente hiperbolizados hasta el punto de que los propios empresarios de las salas reconocen que los escasos beneficios que puede reportarles su negocio provienen fundamentalmente de las chucherías y los refrescos, y no de las entradas.
No obstante, lo que más llama mi atención, y de ahí mi estrafalario afán de paralelismo con la novela de Swift, es el criterio que establecen para clasificar los productos que venden en función de su tamaño.


Uno se dispone a pedir su consumición con la absurda (y anacrónica) idea de que las opciones se dividirán en Grande, Mediano y Pequeño. Así pues, el primer impacto sobreviene cuando comprobamos que en algunas salas la lista de alternativas para elegir un simple refresco puede abarcar una escala que va de Maxi Gigante a Mini, pasando, cómo no, por Gigante, Mega Grande, el vulgar y anticuado Grande, a secas, y después el igualmente carroza y simplón Mediano, que hace de punto de inflexión para introducirnos de lleno en la familia de los diminutos, con tantas alternativas como enanos salían en el cuento de Blancanieves: Regular, Normal, Mini, o el ramplón y aun así meridiano Pequeño.


Es cierto que a veces uno se encuentra con la presuntamente agradable sorpresa de que las opciones se limitan a las tres de toda la vida (Grande, Mediano y Pequeño), pero insisto en lo de la presunción, porque, cuando finalmente nos decidimos por el tamaño pequeño, el amable dependiente nos trae un vaso cuyo contenido liquido serviría para llenar el
jacuzzi donde se bañaban Jesús Gil y su caballo Imperioso. Es aquí donde suele iniciarse un diálogo de besugos más o menos como el que sigue:


“¿Seguro que éste es el tamaño pequeño?”
“Sí, señor”, responde el dependiente, señalando la lista de precios.
“¿Pero no lo hay más pequeño?”
“Bueno, tenemos el tamaño Mini”.
“¿Y por qué no me has traído ése?”
“Porque usted me pidió un refresco pequeño”.
“Ya, pero yo creí que cuando uno decía ‘un refresco pequeño’ se sobreentendía que lo que estaba pidiendo era ‘el más pequeño que tuvierais’”.
“Bueno, pero usted pidió el pequeño, con esa misma palabra, y nosotros tenemos uno que se llama Pequeño, ahí lo dice, y por eso le he traído éste”.
“Está bien. Da igual. ¿Me lo puedes cambiar por el Mini?”
“Por supuesto”.


Creéis que todo acaba aquí, ¿verdad?. Ingenuos.
El dependiente regresa con un recipiente que, de acuerdo, no es tan grande como el anterior, pero en el que igualmente podríamos poner en remojo las toneladas de garbanzos necesarias para preparar el cocido de Aldeas Infantiles.
Vuelta al debate de mendrugos:


“¿Éste es el refresco Mini?”
“Sí”.
“¿Seguro?”
“Claro. El que usted ha pedido”.
“¿Y de verdad que no tenéis otro más pequeño?”
“Es que ya tendría que ser el Infantil”.


Atención: nuevo concepto introducido. Infantil.


“¿Cómo es exactamente el Infantil?”
“Es éste de aquí”.


Entonces nos muestra un vaso vacío, en cuyo borde superior podemos leer: “50 cl.”
Medio litro. Ése es el tamaño infantil. Cabe la suficiente cantidad de caldo como para que se le quede a uno cuerpo de embarazada. Quizá por eso lo llamen Infantil, después de todo. (Y eludo mencionar las secuelas para la próstata.)


“Está bien. Pues ponme el Infantil, si es que no hay otro aún más pequeño” (llegados a este punto de surrealismo, no sería extraño que existiese el tamaño Lactante, o incluso Espermatozoide, ya puestos).


“De acuerdo. Pero si quería éste, ¿por qué no lo pidió desde el principio?”
“¡Porque tengo más de cuarenta tacos! ¿Cómo quieres que se me ocurra pedirte un refresco Infantil?”


En fin.
Huelga decir que la misma experiencia, calcada, podría vivirse al pedir palomitas, patatas fritas o bombones. Si os fijáis en las repisas o los cajones bajo el mostrador, identificaréis cubos mucho más grandes que los que usáis en casa para tirar la basura, y si tenéis el arrojo de preguntar, seguramente descubriréis que son el recipiente que se corresponde con el tamaño Individual (los del tamaño Familiar los deben de dar desmontados y con un plano, como en Ikea, porque si no, no cabrían en el local).


En un tiempo remoto, cuando los dinosaurios del Technicolor y la Sesión Continua habitaban la Tierra, los bares de los cines se llamaban ambigú, un nombre sugerente que casi incitaba a la tertulia cultureta cerveza en ristre, y en el intermedio de los programas dobles, además, solía emitirse un anuncio con el eslogan “Visite nuestro bar”, una pieza audiovisual que a día de hoy debe de cotizarse como una joya retro entre los coleccionistas.
Por aquel entonces, el tamaño importaba, sí, pero no tanto a la hora de pedir en el bar como en el momento de pasar a la acción en la llamada “fila de los mancos”. Qué mayores nos hacemos.


7 comentarios:

Lorena. dijo...

Me has hecho reír mucho con este texto.¿Será porque me han ocurrido cosas muy parecidas y me he sentido identificada?

Por cierto Nacho, me estaba preguntando al leer tu texto,si ya te comiste esos churros,digo, porras.

Ya me lo contarás. :)

Terine dijo...

Tengo una anécdota parecida de cuando estaba en Estados Unidos, allí son muy exagerados con las cantidades y un día, ya cansada del tema entré en una cafetería y pedí el café con leche más pequeño que tuvieran.
Me trajeron una taza de medio litro, sin exagerar. Y a mí me dio por reír. Tengo una foto para demostrarlo, con la taza y yo al fondo en pleno ataque de risa.

Se quedaron conmigo, totalmente.

El último peatón dijo...

Lorena: Ay, las porras... Aún están en la columna de "saldo pendiente", pero este fin de semana se regularizará la situación.

Terine: Yo también he experimentado el peculiar sentido de la proporción de los estadounidenses. En una cafetería pedí la mitad de una ración pequeña de tarta, y menos mal que éramos tres...

María José dijo...

Como me he reído. Estamos desfasaos!!!
Un beso

El último peatón dijo...

Eso está bien. Hay que reírse, que está la cosa para pocas risas...
Besos.

María. dijo...

Yo también me he reído.Me suena, todo esto.

El último peatón dijo...

Ya sabes: a partir de ahora, mejor el tamaño infantil, porque además las películas vienen durando una media de 145 minutos, y eso es más de lo que una vejiga humana puede soportar en condiciones normales...