martes, 29 de marzo de 2011

Tormenta y porvenir


El tiempo, nuestro comodín predilecto para combatir los violentos silencios en un ascensor o en las salas de espera. Y los meteorólogos. Esos profesionales relegados a las postrimerías de los espacios informativos, nuestros proveedores de vacuidad dialéctica para momentos incómodos o de rutinaria cortesía. Nos fiamos de su palabra relativamente. Sabemos que su materia no es una ciencia exacta, pero acudimos a ellos como beatos en vísperas de vacaciones y periodos de esparcimiento. Pensemos en Mateo Humbrelas. Aún joven, pero con casi veinte años de experiencia como hombre del tiempo. Sus predicciones se seguían con fidelidad inquebrantable por un 24% de la audiencia. Ayudaba su estilo campechano, afable, ameno, carente de tecnicismos y otras pedanterías científicas. Más que el portavoz de la atmósfera parecía nuestro asesor personal para el clima. Su credibilidad se basaba en la familiaridad de su tono, en esa manera un tanto paternal de aconsejarnos la bufanda en invierno o las visitas a la sombra en verano. Un tipo listo. Sabía que el público es indulgente con la ambigüedad, pero nunca con la mentira. Por eso evitaba ser tajante. Como algunos médicos. Si te equivocas, la culpa es tuya, pero yo ya te avisé. Algo así. Los problemas para Mateo Humbrelas aparecieron cuando esa prudente falta de concreción le fue impuesta. Hasta entonces, huía de los juicios categóricos por propia convicción e iniciativa, pero fue en los días previos a la Semana Santa del último año cuando, por orden de la alta dirección, se le obligó a proporcionar los partes meteorológicos con antelación a su emisión en el noticiario, concretamente a un comité revisor de nueva creación y cuya razón de ser parecía provenir de la época en que se despellejaba vivo a alguien por insinuar que la noche era la consecuencia de un movimiento planetario y no de que Dios apagara el sol a las diez para mandarnos a la cama. Mateo, siempre obediente y enemigo del conflicto, aceptó la nueva orden creyendo ingenuamente que se trataba de simple burocracia. Sin embargo, cuando sus informes le eran devueltos, éstos estaban llenos de tachaduras y enmiendas escritas en rojo. Su estilo ya de por sí evasivo estaba siendo radicalmente girado hacia la falacia descarada. La nueva medida era a todas luces injusta, pero tenía una explicación. De los miembros del consejo de administración de la cadena había dos propietarios de redes hoteleras y seis empresarios relacionados de una u otra manera con la restauración y el turismo. Sin ser consciente de ello, Mateo les había irritado semanas atrás, cuando en la predicción del viernes vaticinó 72 horas seguidas de rayos, trenos, centellas y chuzos de punta. Intolerable. Pérdidas considerables en tiempos de crisis. Una aberración que no podía repetirse. El íntegro Humbrelas adujo que mentir era incompatible con la ética periodística. Ni hablar. De ninguna manera. “¿Quién dijo mentir?” Sus jefes habían pensado en todo, que para eso mandaban. Ellos eran los primeros interesados en que nadie dudara de la profesionalidad de su equipo. La sospecha de un hombre del tiempo falaz era un riesgo que tampoco iban a asumir. Se trataba de otra cosa. Tan inherente al periodismo como las cinco uves dobles y el premio Pulitzer. Se llama eufemismo tendencioso, circunloquio, retórica hueca, sesgo; no es pisotear la verdad, sino pasar de puntillas sobre ella. Si el meteorólogo advierte que va a llover durante todo el fin de semana, deberá disfrazar su pronóstico de tal manera que deje lugar a la esperanza sin que nadie pueda acusarlo después (cuando regrese el domingo, frustrado y calado hasta la médula) de embustero. ¿Complicado? Para nada. Bastaba con emplear fórmulas como “Se espera un fin de semana agradable, pero no está de más echar un paraguas a la maleta, que con la primavera nunca se sabe”. Así de sencillo. No se anulan las reservas, la gente sale, viaja, caravanas y domingueros, escapadas a la sierra y a la playa… Y si resulta que el tiempo no acompaña, ya lo dijimos: “Con la primavera, nunca se sabe”. Si no te acordaste del paraguas, te jodes. Demasiado para Mateo. Podría haber funcionado, pero ni siquiera se atrevió a intentarlo. Hoy, Mateo Humbrelas opera oculto tras el seudónimo Mr. Ozono en un exiguo local a pocos pasos de la Plaza del Ayuntamiento. En el rótulo de la entrada se afirma que se adivina el futuro a cambio de 20 euros. Tampoco ha cambiado tanto su trabajo. Él sabe que la videncia urbana se alimenta de la desesperación humana del mismo modo que el horóscopo de los periódicos (por algo lo incluyen junto a los pasatiempos y las viñetas cómicas). No necesita esforzarse demasiado. Basta con echar mano de tres o cuatro vaguedades universales sobre la suerte de los perseverantes, la media naranja y el destino de los decentes. Todos se van felices y convencidos. Cuestión de fe. Además, por si acaso no fuera bastante con la eficacia de los clichés, Mateo regala a cada cliente una predicción sobre el tiempo que —ésa sí— no falla jamás. Con ello se asegura el respeto de quienes le visitan y, de regalo, él se siente absurdamente más adivino.

3 comentarios:

Lorena. dijo...

Interesante.

J. G. dijo...

e intenso, vale la pena.

El último peatón dijo...

Gracias... y puedo prometeros algo: este fin de semana hará buen tiempo.