jueves, 24 de marzo de 2011

La comedia involuntaria

En el escenario de nuestra vida, todos los individuos participamos continuamente de un género espontáneo y oficioso al que podríamos denominar “Comedia Involuntaria”.
Lo protagonizamos y fomentamos aun sin ser conscientes de ello, a diario, en el hogar y en el trabajo, cuando salimos a divertirnos y cuando nos toca cumplir con nuestras obligaciones cotidianas, las que sean, renovar el carné de identidad o ponerle gasolina al coche, comprar una botella de lejía o relacionarnos sexualmente, lo que sea, ya digo.
Otra fascinante cualidad de este subgénero adscrito a la comedia humana es su capacidad de constante renovación y actualización. Al mismo ritmo incesante que se suceden las noticias en los medios, nosotros, inconscientes comediantes, seguimos sumando méritos para ganarnos el Oscar hipotético a la interpretación más desternillante (y la competencia es feroz, os lo aseguro).
Sin ir más lejos, estaba yo ayer esperando la cola para pagar en la caja del supermercado, cuando reparé en la conversación que mantenían las tres personas que me precedían. No iban juntas, pero supongo que decidieron improvisar aquella tertulia para combatir el tedio mientras aguardaban su turno.
Si os preguntáis por qué no me uní al debate, la razón es que prefiero aburrirme solo que en grupo. Probablemente sea extraño, no lo voy a negar, pero reconozco que soy de esos que eligen pasar por siesos o huraños antes que arriesgarse a soportar la soflama reaccionaria de un taxista o el culebrón verbalizado del desconocido que se te sienta al lado en el tren.
Volviendo al supermercado, debo reconocer que, aunque no me metiera en la conversación, tampoco pude evitar enterarme de su contenido. El trío dicharachero departía sobre la reciente tragedia sufrida en el Japón, y, tal vez influidos por el entorno, habían centrado el interés de la charla en la posibilidad de que los alimentos venidos de aquel país pudieran estar contaminados por la radiación nuclear.
Fue aquí cuando el drama devino comedia, justo en el instante en que una de aquellas personas afirmó: “Pues mira que a mí me encanta ir a comer al chino de vez en cuando, pero después de esto, cualquiera va, ¿eh?”
Lo gracioso fue que ninguno de los otros dos pareció sorprenderse ante tales palabras, y, lejos de corregir a su compañero contertulio, ambos se limitaron a asentir en aparente señal de aprobación.
Desde entonces no he podido parar de pensar en las supuestas consecuencias que el terremoto japonés podría empezar a causar en los comercios de alimentación y restaurantes chinos de España.
Para que luego digan que no somos cachondos. Si Confucio levantara la cabeza…

4 comentarios:

Lorena. dijo...

Me alegra ver que compartimos la misma opinión.Pero que sepas que más de uno y de una, me ha dicho ya lo de la radiación y los restaurantes chinos. Lamentablemente, no eres el primero al que se lo oigo comentar.
¡Qué se le va a hacer! Así está el patio.
Con respecto a lo que has llamado "la comedia involuntaria", yo misma, el otro día, me convertí en la protagonista principal de la obra. Pero, en este caso, mejor me guardo la anécdota para mí. Hay cosas que no se deben contar en un blog. :)

Un saludo.

El último peatón dijo...

Si todos publicáramos en Internet nuestros momentos de comedia involuntaria, colapsaríamos los servidores del planeta...
Así que mejor nos los quedamos para nuestra intimidad (y si alguno se nos olvida por el camino, pues mejor todavía...).

Asun dijo...

Cuando suenen en tus oidos los halagos, recuerda tambien las risas que provocaste con tus fracasos. Lo dijo alguien, no recuerdo quien, pero si es seguro que no tenia serrin en la cabeza.
Nada como convertirse en el protagonista involuntario de una situacion absurda, a veces son los demas quienes te colocam ella por desconocimiento o simple " mala leche", para aprender en ella esa " cosa" que solia llamarse humildad pero que shora suena a termino trasnochado, entre otra cosas, gracias a supuestas corrientes antropologicas, disfradas de autoestima que no esconden mas que orgullo y egoismo.

Asun dijo...

Cuando hay pocas ganas de hacer las cosas bien, que rapido las transformamos a nuestro antojo. No te parece?