martes, 1 de marzo de 2011

Barcelona sin guiris

Había un bar de copas en la calle Principe, de Madrid, que se llamaba Black Jack. Los responsables del mismo tuvieron la idea de publicar un anuncio en prensa en el que se garantizaba la presencia habitual en dicho local de un 60% de mujeres.
Sin entrar en que tal vez dicho reclamo publicitario pudiera resultar un tanto pedestre (un llamamiento al macho salido y ávido de pillar cacho en el turbulento entorno de la noche golfa madrileña), lo cierto es que semejante contundencia en el mensaje provocó justamente un efecto contrario al deseado.
Porque lo que ocurrió, como ya habréis imaginado, es que el mencionado bar se terminó llenando de hombres espoleados por el anuncio, con lo que supongo que los porcentajes se invirtieron hasta el punto de que la realidad acabó por confirmar que el prometido 60% (si no más, incluso) pasó a ocuparlo el elenco masculino. Confieso que este peatón llegó a ir al bar de marras, con un grupo de amigos (todos hombres), y lo que vimos distaba de parecerse a los augurios optimistas de la publicidad.
Me he acordado de esto al descubrir que existe un libro titulado Barcelona sense guiris (Barcelona sin guiris), escrito por Mónica García. El objetivo de esta obra es ofrecer alternativas de ocio y cultura alejadas de lo manido y convencional, una lista de lugares de interés que no aparecen en los folletos de las agencias de viajes. Hasta ahí, perfecto. La cuestión es si quienes regentan esos sitios recomendados en la guía opinarán lo mismo. Es decir, entiendo que los dueños de los restaurantes, museos, discotecas, bares y tiendas seleccionados aspirarán a sumar un mayor número de visitantes y clientes como consecuencia de su inclusión en el libro, con lo que tal vez se llegue a producir un fenómeno de contradicción idéntico al que he empezado describiendo.
Salvo, claro está, que lo que se pretenda con Barcelona sense guiris no sea tanto evitar la masificación como sesgar al público objetivo.
Creo que es injusto echarle la culpa a los guiris de algo que promovemos y secundamos los autóctonos. Nadie viene aquí demandando una paella pintada de amarillo con rotulador Carioca, ni una sangría mezclada con queroseno, ni calamares de porexpán.
Se lo comen porque se lo damos, porque no les queda otra, porque aterrizan en un país desconocido y no siempre pueden distinguir entre la impostura y lo genuino.
Por otra parte, es lógico que los turistas quieran ver los lugares y monumentos emblemáticos de la ciudad. Si somos nosotros quienes montamos los establecimientos más cutres y estafadores alrededor de los reclamos turísticos, no vale después que intentemos justificarlo amparándonos en falacias sobre la ley de la oferta y la demanda.
Ya sabemos que a menudo lo mejor de la ciudad está escondido en barrios alejados del tumulto o incluso en recónditos callejones. Nosotros lo conocemos, porque vivimos aquí. Pero me pongo en el pellejo de un alemán, un tailandés, un turco, un chileno, un canadiense o un ruso que decide pasar un fin de semana en Barcelona. ¿Le merecerá la pena recorrerse la ciudad de punta a punta sólo para comer medianamente bien, o establecerá como preferencia aprovechar su tiempo en poder ver de cerca ciertas obras de arte y pasear por determinadas calles de renombre o contrastada popularidad?
Me da rabia, por eso, leer y oír comentarios despectivos hacia los visitantes (que, no lo olvidemos, se dejan su buena pasta en nuestras cajas registradoras), criticarles que coman bocadillos deprisa y corriendo en vez de sentarse ante la buena mesa mediterránea.
Si nadie ofreciera porquería, nadie la consumiría.
Así pues, y volviendo al libro de Mónica García, me queda la duda de si dicha guía tiene como objetivo informar preferentemente al turista nativo o más bien establecer una dudosa distinción clasista. O sea, parece un libro escrito para que la gente de aquí no tenga que pasar por el deshonroso trance de compartir espacio vital y tiempo de ocio con la gregaria y apestosa patulea de guiris que transita por nuestra querida urbe expandiendo el virus de la ignorancia.
En lugar de denunciar la hostelería chapucera y ladrona, preferimos consolarnos yendo de listillos por el sólo hecho de huir de los turistas como si fuesen leprosos. Pues vale.

4 comentarios:

María. dijo...

Me encanta este texto, lo has dicho todo con mucha gracia y estilo.

El último peatón dijo...

Gracias por el piropo, y espero volver a saludarte por aquí (este sitio virtual no es exclusivo ni clasista, todos sois bienvenidos).

Anónimo dijo...

He estado leyendo el blog,me gusta tu forma de escribir, no tardaré en comprarme alguno de tus libros,lo tengo en "tareas pendientes" desde hace algún tiempo,pero muy pronto eso va a cambiar.
¡Muy bien hecho!

El último peatón dijo...

Mil gracias, anónimo viandante. Y lo mismo digo: ¡Muy bien hecho!