martes, 29 de marzo de 2011

Tormenta y porvenir


El tiempo, nuestro comodín predilecto para combatir los violentos silencios en un ascensor o en las salas de espera. Y los meteorólogos. Esos profesionales relegados a las postrimerías de los espacios informativos, nuestros proveedores de vacuidad dialéctica para momentos incómodos o de rutinaria cortesía. Nos fiamos de su palabra relativamente. Sabemos que su materia no es una ciencia exacta, pero acudimos a ellos como beatos en vísperas de vacaciones y periodos de esparcimiento. Pensemos en Mateo Humbrelas. Aún joven, pero con casi veinte años de experiencia como hombre del tiempo. Sus predicciones se seguían con fidelidad inquebrantable por un 24% de la audiencia. Ayudaba su estilo campechano, afable, ameno, carente de tecnicismos y otras pedanterías científicas. Más que el portavoz de la atmósfera parecía nuestro asesor personal para el clima. Su credibilidad se basaba en la familiaridad de su tono, en esa manera un tanto paternal de aconsejarnos la bufanda en invierno o las visitas a la sombra en verano. Un tipo listo. Sabía que el público es indulgente con la ambigüedad, pero nunca con la mentira. Por eso evitaba ser tajante. Como algunos médicos. Si te equivocas, la culpa es tuya, pero yo ya te avisé. Algo así. Los problemas para Mateo Humbrelas aparecieron cuando esa prudente falta de concreción le fue impuesta. Hasta entonces, huía de los juicios categóricos por propia convicción e iniciativa, pero fue en los días previos a la Semana Santa del último año cuando, por orden de la alta dirección, se le obligó a proporcionar los partes meteorológicos con antelación a su emisión en el noticiario, concretamente a un comité revisor de nueva creación y cuya razón de ser parecía provenir de la época en que se despellejaba vivo a alguien por insinuar que la noche era la consecuencia de un movimiento planetario y no de que Dios apagara el sol a las diez para mandarnos a la cama. Mateo, siempre obediente y enemigo del conflicto, aceptó la nueva orden creyendo ingenuamente que se trataba de simple burocracia. Sin embargo, cuando sus informes le eran devueltos, éstos estaban llenos de tachaduras y enmiendas escritas en rojo. Su estilo ya de por sí evasivo estaba siendo radicalmente girado hacia la falacia descarada. La nueva medida era a todas luces injusta, pero tenía una explicación. De los miembros del consejo de administración de la cadena había dos propietarios de redes hoteleras y seis empresarios relacionados de una u otra manera con la restauración y el turismo. Sin ser consciente de ello, Mateo les había irritado semanas atrás, cuando en la predicción del viernes vaticinó 72 horas seguidas de rayos, trenos, centellas y chuzos de punta. Intolerable. Pérdidas considerables en tiempos de crisis. Una aberración que no podía repetirse. El íntegro Humbrelas adujo que mentir era incompatible con la ética periodística. Ni hablar. De ninguna manera. “¿Quién dijo mentir?” Sus jefes habían pensado en todo, que para eso mandaban. Ellos eran los primeros interesados en que nadie dudara de la profesionalidad de su equipo. La sospecha de un hombre del tiempo falaz era un riesgo que tampoco iban a asumir. Se trataba de otra cosa. Tan inherente al periodismo como las cinco uves dobles y el premio Pulitzer. Se llama eufemismo tendencioso, circunloquio, retórica hueca, sesgo; no es pisotear la verdad, sino pasar de puntillas sobre ella. Si el meteorólogo advierte que va a llover durante todo el fin de semana, deberá disfrazar su pronóstico de tal manera que deje lugar a la esperanza sin que nadie pueda acusarlo después (cuando regrese el domingo, frustrado y calado hasta la médula) de embustero. ¿Complicado? Para nada. Bastaba con emplear fórmulas como “Se espera un fin de semana agradable, pero no está de más echar un paraguas a la maleta, que con la primavera nunca se sabe”. Así de sencillo. No se anulan las reservas, la gente sale, viaja, caravanas y domingueros, escapadas a la sierra y a la playa… Y si resulta que el tiempo no acompaña, ya lo dijimos: “Con la primavera, nunca se sabe”. Si no te acordaste del paraguas, te jodes. Demasiado para Mateo. Podría haber funcionado, pero ni siquiera se atrevió a intentarlo. Hoy, Mateo Humbrelas opera oculto tras el seudónimo Mr. Ozono en un exiguo local a pocos pasos de la Plaza del Ayuntamiento. En el rótulo de la entrada se afirma que se adivina el futuro a cambio de 20 euros. Tampoco ha cambiado tanto su trabajo. Él sabe que la videncia urbana se alimenta de la desesperación humana del mismo modo que el horóscopo de los periódicos (por algo lo incluyen junto a los pasatiempos y las viñetas cómicas). No necesita esforzarse demasiado. Basta con echar mano de tres o cuatro vaguedades universales sobre la suerte de los perseverantes, la media naranja y el destino de los decentes. Todos se van felices y convencidos. Cuestión de fe. Además, por si acaso no fuera bastante con la eficacia de los clichés, Mateo regala a cada cliente una predicción sobre el tiempo que —ésa sí— no falla jamás. Con ello se asegura el respeto de quienes le visitan y, de regalo, él se siente absurdamente más adivino.

jueves, 24 de marzo de 2011

La comedia involuntaria

En el escenario de nuestra vida, todos los individuos participamos continuamente de un género espontáneo y oficioso al que podríamos denominar “Comedia Involuntaria”.
Lo protagonizamos y fomentamos aun sin ser conscientes de ello, a diario, en el hogar y en el trabajo, cuando salimos a divertirnos y cuando nos toca cumplir con nuestras obligaciones cotidianas, las que sean, renovar el carné de identidad o ponerle gasolina al coche, comprar una botella de lejía o relacionarnos sexualmente, lo que sea, ya digo.
Otra fascinante cualidad de este subgénero adscrito a la comedia humana es su capacidad de constante renovación y actualización. Al mismo ritmo incesante que se suceden las noticias en los medios, nosotros, inconscientes comediantes, seguimos sumando méritos para ganarnos el Oscar hipotético a la interpretación más desternillante (y la competencia es feroz, os lo aseguro).
Sin ir más lejos, estaba yo ayer esperando la cola para pagar en la caja del supermercado, cuando reparé en la conversación que mantenían las tres personas que me precedían. No iban juntas, pero supongo que decidieron improvisar aquella tertulia para combatir el tedio mientras aguardaban su turno.
Si os preguntáis por qué no me uní al debate, la razón es que prefiero aburrirme solo que en grupo. Probablemente sea extraño, no lo voy a negar, pero reconozco que soy de esos que eligen pasar por siesos o huraños antes que arriesgarse a soportar la soflama reaccionaria de un taxista o el culebrón verbalizado del desconocido que se te sienta al lado en el tren.
Volviendo al supermercado, debo reconocer que, aunque no me metiera en la conversación, tampoco pude evitar enterarme de su contenido. El trío dicharachero departía sobre la reciente tragedia sufrida en el Japón, y, tal vez influidos por el entorno, habían centrado el interés de la charla en la posibilidad de que los alimentos venidos de aquel país pudieran estar contaminados por la radiación nuclear.
Fue aquí cuando el drama devino comedia, justo en el instante en que una de aquellas personas afirmó: “Pues mira que a mí me encanta ir a comer al chino de vez en cuando, pero después de esto, cualquiera va, ¿eh?”
Lo gracioso fue que ninguno de los otros dos pareció sorprenderse ante tales palabras, y, lejos de corregir a su compañero contertulio, ambos se limitaron a asentir en aparente señal de aprobación.
Desde entonces no he podido parar de pensar en las supuestas consecuencias que el terremoto japonés podría empezar a causar en los comercios de alimentación y restaurantes chinos de España.
Para que luego digan que no somos cachondos. Si Confucio levantara la cabeza…

sábado, 19 de marzo de 2011

Visita nuestro bar, pequeño


Me he cerciorado de que, efectivamente, el escritor irlandés Jonathan Swift falleció en el siglo XVIII y, por tanto, es imposible que concibiera la creación de su obra más conocida, Los viajes de Gulliver, tras la hipotética visita a una sala de cine.
Bueno, debería referirme más concretamente al
bar de una sala de cine. ¿Alguien ha reparado en el peculiar sentido de la proporción y del tamaño que poseen estos establecimientos?


Podemos empezar hablando de los precios, claro. Estratégicamente hiperbolizados hasta el punto de que los propios empresarios de las salas reconocen que los escasos beneficios que puede reportarles su negocio provienen fundamentalmente de las chucherías y los refrescos, y no de las entradas.
No obstante, lo que más llama mi atención, y de ahí mi estrafalario afán de paralelismo con la novela de Swift, es el criterio que establecen para clasificar los productos que venden en función de su tamaño.


Uno se dispone a pedir su consumición con la absurda (y anacrónica) idea de que las opciones se dividirán en Grande, Mediano y Pequeño. Así pues, el primer impacto sobreviene cuando comprobamos que en algunas salas la lista de alternativas para elegir un simple refresco puede abarcar una escala que va de Maxi Gigante a Mini, pasando, cómo no, por Gigante, Mega Grande, el vulgar y anticuado Grande, a secas, y después el igualmente carroza y simplón Mediano, que hace de punto de inflexión para introducirnos de lleno en la familia de los diminutos, con tantas alternativas como enanos salían en el cuento de Blancanieves: Regular, Normal, Mini, o el ramplón y aun así meridiano Pequeño.


Es cierto que a veces uno se encuentra con la presuntamente agradable sorpresa de que las opciones se limitan a las tres de toda la vida (Grande, Mediano y Pequeño), pero insisto en lo de la presunción, porque, cuando finalmente nos decidimos por el tamaño pequeño, el amable dependiente nos trae un vaso cuyo contenido liquido serviría para llenar el
jacuzzi donde se bañaban Jesús Gil y su caballo Imperioso. Es aquí donde suele iniciarse un diálogo de besugos más o menos como el que sigue:


“¿Seguro que éste es el tamaño pequeño?”
“Sí, señor”, responde el dependiente, señalando la lista de precios.
“¿Pero no lo hay más pequeño?”
“Bueno, tenemos el tamaño Mini”.
“¿Y por qué no me has traído ése?”
“Porque usted me pidió un refresco pequeño”.
“Ya, pero yo creí que cuando uno decía ‘un refresco pequeño’ se sobreentendía que lo que estaba pidiendo era ‘el más pequeño que tuvierais’”.
“Bueno, pero usted pidió el pequeño, con esa misma palabra, y nosotros tenemos uno que se llama Pequeño, ahí lo dice, y por eso le he traído éste”.
“Está bien. Da igual. ¿Me lo puedes cambiar por el Mini?”
“Por supuesto”.


Creéis que todo acaba aquí, ¿verdad?. Ingenuos.
El dependiente regresa con un recipiente que, de acuerdo, no es tan grande como el anterior, pero en el que igualmente podríamos poner en remojo las toneladas de garbanzos necesarias para preparar el cocido de Aldeas Infantiles.
Vuelta al debate de mendrugos:


“¿Éste es el refresco Mini?”
“Sí”.
“¿Seguro?”
“Claro. El que usted ha pedido”.
“¿Y de verdad que no tenéis otro más pequeño?”
“Es que ya tendría que ser el Infantil”.


Atención: nuevo concepto introducido. Infantil.


“¿Cómo es exactamente el Infantil?”
“Es éste de aquí”.


Entonces nos muestra un vaso vacío, en cuyo borde superior podemos leer: “50 cl.”
Medio litro. Ése es el tamaño infantil. Cabe la suficiente cantidad de caldo como para que se le quede a uno cuerpo de embarazada. Quizá por eso lo llamen Infantil, después de todo. (Y eludo mencionar las secuelas para la próstata.)


“Está bien. Pues ponme el Infantil, si es que no hay otro aún más pequeño” (llegados a este punto de surrealismo, no sería extraño que existiese el tamaño Lactante, o incluso Espermatozoide, ya puestos).


“De acuerdo. Pero si quería éste, ¿por qué no lo pidió desde el principio?”
“¡Porque tengo más de cuarenta tacos! ¿Cómo quieres que se me ocurra pedirte un refresco Infantil?”


En fin.
Huelga decir que la misma experiencia, calcada, podría vivirse al pedir palomitas, patatas fritas o bombones. Si os fijáis en las repisas o los cajones bajo el mostrador, identificaréis cubos mucho más grandes que los que usáis en casa para tirar la basura, y si tenéis el arrojo de preguntar, seguramente descubriréis que son el recipiente que se corresponde con el tamaño Individual (los del tamaño Familiar los deben de dar desmontados y con un plano, como en Ikea, porque si no, no cabrían en el local).


En un tiempo remoto, cuando los dinosaurios del Technicolor y la Sesión Continua habitaban la Tierra, los bares de los cines se llamaban ambigú, un nombre sugerente que casi incitaba a la tertulia cultureta cerveza en ristre, y en el intermedio de los programas dobles, además, solía emitirse un anuncio con el eslogan “Visite nuestro bar”, una pieza audiovisual que a día de hoy debe de cotizarse como una joya retro entre los coleccionistas.
Por aquel entonces, el tamaño importaba, sí, pero no tanto a la hora de pedir en el bar como en el momento de pasar a la acción en la llamada “fila de los mancos”. Qué mayores nos hacemos.


miércoles, 16 de marzo de 2011

¿Nos hacemos unas pajillas (mentales)?

A cada estreno de una nueva aventura del ex madero casposo Torrente, resurgen cual marabunta encabritada las ofendidas voces de ciertos individuos heridos en lo más profundo de su sagrada integridad intelectual.
Parece ser que todavía hay gente, después de trece años y cuatro entregas, que no se ha enterado bien de lo que pretende Santiago Segura cada vez que filma una película. Hablamos, por supuesto, de ganar dinero, pero también de ofrecer un producto a medida y basado más en la complicidad sistemática que en el factor sorpresa o la originalidad.
Aun así, leo y oigo estos días ciertas críticas que analizan Torrente 4 con una mezcla de saña y voluntad académica que no termino de comprender. Que a estas alturas alguien (y más un crítico especializado) pudiera albergar según qué expectativas artísticas o creativas es sencillamente grotesco.
Por otra parte, resulta ya cansina la eterna letanía con que nos machacan determinados próceres de la salud cultural (sic), convencidos de que “el hecho de que las películas de Torrente sean las más taquilleras, es la prueba irrefutable de que el nivel intelectual de los españoles es alarmantemente bajo”, o algo por el estilo.
Vamos a ver. ¿Cuáles diríais que son las películas más taquilleras en Francia? ¿Las de Tavernier, Cantet, Audiard y Téchiné? ¿Los ciclos de la filmoteca sobre autores de la nouvelle vague? Pues no. El último bombazo cinematográfico que batió todos los records en el país vecino fue Bienvenidos al Norte, que, para entendernos, es como una revisión en clave gala del arquetipo Martínez Soria, o sea, el humor basado en el contraste pueril y reaccionario entre lo rural y lo urbano, y que ya tiene remake italiano (Bienvenidos al Sur, recién estrenada aquí). Aclaro el tema para que nadie se sienta el ciudadano más cazurro de Europa sólo por ser espectador de las odiseas torrentianas.
En serio. Diría que para medir el nivel intelectual de un pueblo se precisan argumentos más consistentes. Y aunque imagino que no existen estadísticas concretas al respecto, estoy seguro de que la humanidad en general se gasta más dinero en bares que en librerías. Este revelador dato (escalofriante, sin duda; apocalíptico, incluso) no deja duda de que habitamos un planeta superpoblado por millones de analfabetos borrachos. ¿A qué es una conclusión ridícula? Pues eso.
Esto no es nuevo. Durante años se utilizó el fútbol como chivo expiatorio. Después, ha sido la televisión el blanco preferido para que los pretenciosos desubicados clavaran sus dardos. Y cada cinco o seis años, aparece un nuevo Torrente a quien masacrar para sentirnos más civilizados y menos necios.
Querer interpretar Torrente 4 como una obra de arte es como pedir la carta de vinos en el Burguer King. O como ir a la ópera y preguntar dónde venden las palomitas.
No nos hagamos pajas mentales, por favor.
Y eso que la película tiene mucho donde exigir ciertas mejoras, a sabiendas, sobre todo, de las muestras que Segura ha dado de su capacidad como comediante a lo largo de estos años.
El "amiguete" Santiago no es el mejor director de cine del mundo, pero es sin duda el mejor director de marketing de este país. Asimismo, se le puede acusar de cualquier cosa menos de deshonesto. Publicita sus trabajos con eslóganes del tipo “La obra cumbre del cine chusco”, y acostumbra a apellidarlos con sarcásticos subtítulos como “El brazo tonto de la ley” o “Lethal Crisis”, además de incluir a veces alguna que otra coña en los créditos (en la primera entrega de la saga se decía “Una película perpetrada por Santiago Segura”). Más claro, ginebra de garrafa.




Su forma de entender el humor puede ser discutible (como todas, por otra parte), demasiado zafia y previsiblemente vulgar, quizá, pero al mismo tiempo contiene dosis de incorrección política más que encomiables en estos tiempos de melindre, sobreprotección e hipersensibilidad colectiva.
Es evidente que José Luis Torrente, el personaje, representa todo lo que Santiago Segura, el cineasta, repudia. Su capacidad de provocación ha perdido intensidad con el tiempo, es verdad, pero aun así sigo entendiendo (o creo entender) que la torrentada juega en la misma liga que las corrosivas comedias de Larry Charles y Sacha Baron Cohen (Borat, Brüno) y la legendaria cruzada iconoclasta de la revista El Jueves (más cerca de Vaya Semanita que de Escenas de matrimonio, por decirlo de otra manera).
Dicho esto, Torrente 4, aun mejorando lo visto en la secuela anterior, acusa dos debilidades esenciales. La primera, una palpable sensación de desgaste y repetición (la escatología y el onanismo tienen sus limitaciones como materia prima para el chiste). La segunda, y más grave a mi parecer, es la progresiva renuncia a valerse de actores profesionales para ceder la casi totalidad del apartado interpretativo a los famosos y los frikis.
Probablemente, razones de presupuesto hayan terminado influyendo en ello (los honorarios de un actor, por breve que sea su papel, serán siempre más elevados que lo que sea que reciban personajes como Carmen de Mairena o Cañita Brava por sus intervenciones), y así se ha podido invertir más en tecnología y efectos, incluyendo el prescindible 3D.
En este sentido, resulta especialmente significativa la asignación del rol del ayudante o compañero de fatigas del inefable ex policía. Hasta ahora, Segura había elegido de forma acertada a actores de contrastada experiencia en la comedia (Javier Cámara, Gabino Diego, Javier Gutiérrez, José Mota), mientras que en esta última ocasión opta por ceder los honores a Kiko Rivera (el artista antes conocido como Paquirrín). El tirón popular del personaje es tan indiscutible como discutible su vis cómica fuera de su hábitat natural (algo me dice que Rivera debe de ser el rey de la juerga y el cachondeo cuando sale con sus colegas por Sevilla, pero para hacer reír delante de una cámara hacen falta otros atributos).
Siguiendo en esta línea, echo de menos un plantel de solventes secundarios. Desde luego que una de las armas más efectivas de todos los Torrentes la constituyen los cameos, y sin ellos también notaríamos algo a faltar. Pero ocurre que el cameo pintoresco ha terminado absorbiendo por completo al papel de reparto propiamente dicho, lo cual no es una buena noticia.
Es decir, hemos pasado de que los frikis de turno alternen metraje con Tony Leblanc, Manuel Manquiña, Juan Luis Galiardo, Jorge Sanz, Chus Lampreave, Javier Bardem, Álex Angulo, José Luis López Vázquez, Neus Asensi, Jesús Bonilla, Antonio Resines o Ariadna Gil, a que la práctica totalidad de roles suplementarios (con la excepción del sempiterno Leblanc, el gran Enrique Villén y dos o tres actores más) estén protagonizados por figuras más o menos conocidas de la martingala televisiva, el deporte, la crónica mugrosa y el papel satinado, gente como Ana Obregón, Carmen Martínez-Bordiú, El Dioni, los cantantes Francisco y Bisbal, los futbolistas Agüero, Ramos, Fábregas, Arbeloa e Higuaín, la periodista Patiño, el tertuliano Matamoros, el karateka poligonero John Cobra, o ese esperpento maledicente llamado Belén Esteban (cuya gestualidad fecal es todavía más repugnante en tres dimensiones).
Son, como digo, detalles susceptibles de revisar y enmendar, pero en conjunto Torrente 4 da lo que se espera de ella, y si alguien se espanta, será que finge, o que ha vivido en otro planeta durante los últimos quince años, o —quién sabe— tal vez sea masoquista y le guste indignarse con algo que se ve venir y que no esconde sus cartas.
Este peatón se ha reído a ratos y, a ratos también, ha tenido la sensación de déjà vu que ya sabía que tendría antes de entrar al cine. Nada nuevo. Para lo bueno y para lo malo. Como en la barra libre de una boda o una fiesta de fin de año; con la predisposición positiva a beber y divertirse, pero sin pensar en la marca del güisqui que nos echan en el vaso.

domingo, 13 de marzo de 2011

Hombre muerto

Perdonarte no es lo más difícil. Tú sabes igual que yo que lo que se destruye con la infidelidad no es el amor, sino la confianza.
La herida en la espalda de tu puñalada cicatrizará. Durante meses ocuparé mis sueños y mis tiempos muertos con la imagen de un tipo fornicando contigo.
Pero eso no evitará que te siga queriendo. Y tal vez, como ya he dicho, hasta podría llegar a autoprovocarme una suerte de amnesia redentora que borrara la peor versión de ti, esa que ahora acarreo y que me hace sentir como la víctima de un timador cualquiera.
Contra lo que no puedo luchar es contra la desconfianza. Aceptaría tus disculpas, sí, y te abrazaría otra vez, sin duda, pero ¿qué pasará entonces cada vez que salgas por la puerta, cada vez que no estés al alcance de mi vista?
Los amigos se convertirán en tapaderas y los viajes en coartadas. Me duele saberme ahora capaz de albergar los recelos más vulgares y elementales. Saber que sufriría cuando te retrasaras a la vuelta del trabajo o cuando salieras con uno de esos viejos amigos que nunca me he empeñado en conocer por respeto a tu pasado y por miedo a comportarme como un esposo entrometido y caduco.
Tampoco me habría enfadado especialmente al saber que, una vez terminado aquel maldito congreso, decidiste sacarte el anillo del dedo y dejarlo en la habitación del hotel para salir con tus compañeros a cenar por ahí y relajaros después de una larga jornada de trabajo.
Puede que hasta me hubiera hecho gracia descubrir ese prurito de coquetería en ti. Con la confianza intacta, llegaría a creerme que lo hiciste sólo para divertirte y encajar en el ambiente, para volver a experimentar el placer egocéntrico de quitarse de encima a una legión de babosos que, cubata en mano, te adulan torpemente y exprimen el repertorio trillado del conquistador ibérico.
Y si, al acercarse a ti cualquiera de aquellos trovadores etílicos y preguntarte si estabas sola, tú hubieras respondido afirmativamente, quizá la cuerda se habría tensado más de lo debido, para qué negarlo, pero jamás tanto como para romperse del todo, tal como está ahora.
No fue eso lo que ocurrió. En efecto, alguien se te acercó con intención de seducirte. Antes de lanzarse, quiso saber si eras una mujer libre. Tú no te limitaste a asentir. No dijiste “Estoy sola”, sin más. Ni siquiera te declaraste una mujer soltera, lo cual, aun fastidiándome, estaría todavía lejos de la dolorosa realidad.
El tipo te abordó y te preguntó si estabas casada o tenías novio. Entonces, tú le respondiste: “Soy viuda”.
Viuda.
Tengo un centenar de llamadas tuyas registradas en la memoria de mi teléfono móvil. No pienso cogerlo. Tampoco voy a decirte dónde estoy. En cuatro días no habré dormido más de un par de horas. A veces me siento flotando por algún extraño paraje ajeno a la dimensión que conocemos. Hasta yo mismo me creo estar muerto.
Algunas mentiras son tan cabronas que acaban convertidas en verdades. Sólo para joder, supongo.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Papel de fumar


Ya se sabe. No mentar la soga en casa del ahorcado, y esas cosas. ¿Superstición? Sí, de acuerdo, pero lo que practican periodistas y comentaristas diversos es otra cosa. Me refiero a la costumbre —supuestamente digna, higiénica, elegante— de recurrir a la elipsis y otros retorcidos atajos retóricos para eludir la mención directa a una marca publicitaria o a un medio de la competencia.
Se esfuerzan tanto a veces en sortear la elocuencia que la pretendida discreción termina tornándose burda comedia. Pero lo más gracioso, sin duda, es que dicho afán elíptico o eufemístico consigue con frecuencia el resultado opuesto, es decir, se induce al espectador a adivinar la respuesta omitida en lugar de disuadirle de cualquier interés hacia la misma.
Los publicitarios saben bien que la sugerencia es el mejor recurso para seducir al consumidor. También comprobamos a menudo que la insinuación erótica nos activa y enciende mucho más que la pornografía explícita.
Por eso, cuando oigo salir de la boca de algún presentador, invitado o tertuliano frases como “Estaban comprando en unos conocidos grandes almacenes del centro de Madrid”, no puedo evitar pensar en El Corte Inglés; y cuando se refieren a “Tomaban una bebida refrescante con burbujas”, mi subconsciente reproduce una Coca Cola efervescente y obscenamente helada y no tengo más remedio que ir corriendo a la nevera o, en su defecto, bajar a la taberna de guardia más cercana. Y lo mismo, ya digo, cuando un individuo en Telecinco dice “Esto o aquello salió o se dijo en una cadena de la competencia”; parece que nos esté invitando a que compongamos en nuestra mente el logotipo de Antena 3 (ídem cuando el que menta a la bicha es de Antena 3, que se le viene a uno a la cabeza el imperio Vasile, nos pongamos como nos pongamos).
Si de verdad no se quieren dar pistas, bastaría con mencionar que los famosos de turno fueron de compras por Madrid, sin más, o que tomaron “algo” en una cafetería o un restaurante, o que alguien hizo tales declaraciones “a la prensa”, así, en general. Bien sencillo.
Pero probablemente lo más absurdo de todo se produce cuando contemplamos el titánico esfuerzo del reportero por esquivar verbalmente la marca publicitaria de turno, valiéndose de alambicadas evasivas del tipo “En una conocida cadena de tiendas de ropa deportiva” o “En una entidad bancaria cántabra líder de su sector” o “Comiendo en una famosa franquicia norteamericana de hamburgueserías”, sí, así de retorcido y de ridículo, mientras, por otra parte, nos enseña en primer plano y sin atisbo de pudor el cocodrilo estampado en su suéter (ya sabéis, “una conocida firma textil con un reptil como imagen de marca”) o luce con la hiperbólica ostentación de un mafioso balcánico unas enormes gafas de sol en cuya patilla podemos reconocer las iniciales de un diseñador súper cool o súper trendy o lo que sea.
Tiene recochineo que, en esta época en que el banco tal nos presenta la información nacional, el coche cual las noticias deportivas y el teléfono móvil tal la previsión del tiempo, todavía haya quien se la coja con papel de fumar (no diré marcas de tabaco, líbreme Dios) a la hora de nombrar una tienda o un producto cualquiera.
Si de verdad queréis huir de la publicidad, la única solución es irse a un bazar chino. Allí todo es de la misma marca; o sea, “del Chino”.

domingo, 6 de marzo de 2011

Haneke desintelectualizado

¿Qué tienen en común Michael Haneke, José Luis Moreno y Wes Craven? La respuesta más satisfactoria a tan retorcida pregunta la encontramos al visionar Secuestrados, segundo largometraje de Miguel Ángel Vivas.
Una de miedo, pero miedo de verdad. Auténtico, cercano, verosímil, inquietantemente cotidiano.
Vivas se olvida de los vampiros, los licántropos, las brujas, los zombies, las criaturas de la noche en general. Tampoco le van los delirios oníricos más o menos siniestros, ni las posesiones demoníacas, ni las invasiones alienígenas.
En Secuestrados sentimos una clase de terror al que estamos estadísticamente expuestos, aunque no vivamos en un lujoso chalet como el de la familia protagonista. Estamos ante un horror que no proviene de leyendas ancestrales sino de los periódicos que leemos todos los días. La invasión violenta del hogar, el llamado secuestro express, un riesgo que parece reservado tan sólo a los más pudientes, pero del que cualquiera de nosotros no está exento del todo.
La premisa nos recuerda mucho a la de Funny Games, aunque Vivas no es tan ambicioso en su discurso como Haneke. En una decisión tan respetable como acertada, el director español prescinde de mensajes de advertencia sobre nuestra sobreexposición a la violencia de los medios de comunicación y se concentra en despachar un ejercicio de género puro, brillante en su realización, con un uso invariable del plano secuencia que mira de frente a ilustres antecesores como Hitchcock, Berlanga y Brian DePalma, sin un segundo de respiro, con un crescendo modélico, con un desarrollo bien manejado para garantizar la incertidumbre (quien conozca la teoría del clavo de Chéjov puede adivinar de antemano la importancia que determinado objeto tendrá en un momento especialmente dramático, pero es un simple detalle que no perjudica a la tensión ni a la intriga) y un desenlace atrevido, más afín a los cánones macabros del subgénero que a las concesiones típicas de los productos orientados a una buena recaudación.
Entre La última casa a la izquierda y La habitación del pánico, con un equilibrio admirable entre el suspense y el slasher, Secuestrados es tanto un filme de terror como el reality show más cruento que uno pueda imaginar.
Por otra parte, solemos dar por sentado que el cine de determinados géneros está reñido con la solvencia interpretativa, cosa que afortunadamente no ocurre en la película de Vivas, con una Manuela Vellés entregada en cuerpo y garganta al sufrimiento heroico, y con Fernando Cayo y Ana Wagener cumpliendo dignamente para que sintamos esa espeluznante familiaridad con su odisea doméstica.
De nuevo, queda demostrado que cuando se dejan de lado los complejos se pueden parir obras como REC, 3 días, 25 kilates, Celda 211 o Buried. Lo diré por enésima vez: el cine ibérico tiene interesantes alternativas a la posguerra y el telefilme hinchado.
Resumiendo: angustia y sobresalto, con dosis medidas pero contundentes de sangre y brutalidad. Si os van las de miedo, no os perdáis ésta.

martes, 1 de marzo de 2011

Barcelona sin guiris

Había un bar de copas en la calle Principe, de Madrid, que se llamaba Black Jack. Los responsables del mismo tuvieron la idea de publicar un anuncio en prensa en el que se garantizaba la presencia habitual en dicho local de un 60% de mujeres.
Sin entrar en que tal vez dicho reclamo publicitario pudiera resultar un tanto pedestre (un llamamiento al macho salido y ávido de pillar cacho en el turbulento entorno de la noche golfa madrileña), lo cierto es que semejante contundencia en el mensaje provocó justamente un efecto contrario al deseado.
Porque lo que ocurrió, como ya habréis imaginado, es que el mencionado bar se terminó llenando de hombres espoleados por el anuncio, con lo que supongo que los porcentajes se invirtieron hasta el punto de que la realidad acabó por confirmar que el prometido 60% (si no más, incluso) pasó a ocuparlo el elenco masculino. Confieso que este peatón llegó a ir al bar de marras, con un grupo de amigos (todos hombres), y lo que vimos distaba de parecerse a los augurios optimistas de la publicidad.
Me he acordado de esto al descubrir que existe un libro titulado Barcelona sense guiris (Barcelona sin guiris), escrito por Mónica García. El objetivo de esta obra es ofrecer alternativas de ocio y cultura alejadas de lo manido y convencional, una lista de lugares de interés que no aparecen en los folletos de las agencias de viajes. Hasta ahí, perfecto. La cuestión es si quienes regentan esos sitios recomendados en la guía opinarán lo mismo. Es decir, entiendo que los dueños de los restaurantes, museos, discotecas, bares y tiendas seleccionados aspirarán a sumar un mayor número de visitantes y clientes como consecuencia de su inclusión en el libro, con lo que tal vez se llegue a producir un fenómeno de contradicción idéntico al que he empezado describiendo.
Salvo, claro está, que lo que se pretenda con Barcelona sense guiris no sea tanto evitar la masificación como sesgar al público objetivo.
Creo que es injusto echarle la culpa a los guiris de algo que promovemos y secundamos los autóctonos. Nadie viene aquí demandando una paella pintada de amarillo con rotulador Carioca, ni una sangría mezclada con queroseno, ni calamares de porexpán.
Se lo comen porque se lo damos, porque no les queda otra, porque aterrizan en un país desconocido y no siempre pueden distinguir entre la impostura y lo genuino.
Por otra parte, es lógico que los turistas quieran ver los lugares y monumentos emblemáticos de la ciudad. Si somos nosotros quienes montamos los establecimientos más cutres y estafadores alrededor de los reclamos turísticos, no vale después que intentemos justificarlo amparándonos en falacias sobre la ley de la oferta y la demanda.
Ya sabemos que a menudo lo mejor de la ciudad está escondido en barrios alejados del tumulto o incluso en recónditos callejones. Nosotros lo conocemos, porque vivimos aquí. Pero me pongo en el pellejo de un alemán, un tailandés, un turco, un chileno, un canadiense o un ruso que decide pasar un fin de semana en Barcelona. ¿Le merecerá la pena recorrerse la ciudad de punta a punta sólo para comer medianamente bien, o establecerá como preferencia aprovechar su tiempo en poder ver de cerca ciertas obras de arte y pasear por determinadas calles de renombre o contrastada popularidad?
Me da rabia, por eso, leer y oír comentarios despectivos hacia los visitantes (que, no lo olvidemos, se dejan su buena pasta en nuestras cajas registradoras), criticarles que coman bocadillos deprisa y corriendo en vez de sentarse ante la buena mesa mediterránea.
Si nadie ofreciera porquería, nadie la consumiría.
Así pues, y volviendo al libro de Mónica García, me queda la duda de si dicha guía tiene como objetivo informar preferentemente al turista nativo o más bien establecer una dudosa distinción clasista. O sea, parece un libro escrito para que la gente de aquí no tenga que pasar por el deshonroso trance de compartir espacio vital y tiempo de ocio con la gregaria y apestosa patulea de guiris que transita por nuestra querida urbe expandiendo el virus de la ignorancia.
En lugar de denunciar la hostelería chapucera y ladrona, preferimos consolarnos yendo de listillos por el sólo hecho de huir de los turistas como si fuesen leprosos. Pues vale.