martes, 1 de febrero de 2011

Paseo por la cartelera (7)


El demonio bajo la piel
, de Michael Winterbottom

Existe un principio bastante discutible dentro de la teoría narrativa, el cual sostiene que es necesaria la identificación del público con el protagonista de la historia que se cuenta. Tampoco es que dicho protagonista tenga que ser siempre un héroe al uso, pero quienes defienden el mencionado precepto parecen descartar taxativamente la posibilidad de que una obra que gire en torno a un individuo repulsivo o despreciable pueda ser del interés y del gusto de alguien.
Este peatón se permite discrepar, ya que está más que comprobado que hubo, hay y habrá autores capaces de construir historias apasionantes, hipnóticas e irresistibles usando como personaje principal a un inmundo malnacido del que nada querríamos saber si lo tuviéramos como vecino, compañero o familiar.
Podríamos hablar de novelas como El túnel, de Ernesto Sábato, o Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, o La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (por otra parte, encuentro repelentes a los protagonistas de El incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, y de La soledad de los números primos, de Paolo Giordano, aunque es obvio que la intención de sus respectivos autores era otra bien distinta, o eso imagino).
Así pues, aquél que sólo encuentre placer en la ficción cuando se identifica con el héroe de turno, mejor será que elija otra película, ya que El demonio bajo la piel es una invitación a ponernos en el pellejo y a colarnos en la mente enferma de un agente de la ley con doble cara, un Mister Hyde taciturno y maltratador de mujeres en la asfixiante y pringosa atmósfera del profundo sur estadounidense.
Cine negro como el de toda la vida, pero sin el encanto canallesco de un Bogart o un Mitchum. Aquí, el prolijo y heterogéneo Winterbottom (posiblemente, el director que más géneros distintos ha cultivado en toda la historia), se vale de la novela El asesino dentro de mí, de Jim Thompson (autor de la impactante 1.280 almas, y de quien Peckimpah y Donaldson adaptaron La huida, Frears Los timadores y Kubrick Atraco perfecto) para pervertir de algún modo el género y emparentarlo con un tipo de cine que aspira a investigar e incluso a comprender la psicología del criminal, y que acumula ya numerosos ejemplos en las filmotecas y videotecas, tales como la recientemente estrenada Animal kingdom (David Michôd) o las destacables Henry, retrato de un asesino (John McNaughton), Las horas del día (Jaime Rosales) y Chopper (Andrew Dominik).
Es decir, se toma al asesino como centro e hilo conductor de la trama y se nos invita a acompañarlo en sus fechorías, mostrando éstas con tal concisión y objetividad que a veces cuesta mantener la mirada fija en la pantalla, ya que más que un festival de hemoglobina y vísceras salpicando a la platea, lo que vemos es una escenificación de la brutalidad casi documental, escalofriante por su verosimilitud y no por su exageración.
Casey Affleck parece haber nacido para el papel (si Hitchcock hubiera rodado Psicosis en el 2011, seguro que lo habría escogido a él para hacer de Norman Bates), y la incontestable sensualidad de Jessica Alba ayuda a subir la temperatura de una atmósfera ya de por sí agobiante.
Un notable sobrado y no apto para sensibilidades frágiles.




Más allá de la vida, de Clint Eastwood

La cita anual con el octogenario maestro nos invita en esta ocasión a reflexionar sobre lo que nos aguarda después de morir. Pero no es ésta una película de fantasmas, espíritus o muertos vivientes. De hecho, es una película de vivos y de supervivientes.
Por si algún amante del cine fantástico anda despistado, ya le aviso desde aquí que Más allá de la vida, pese a su título, sólo se permite el viaje a la otra dimensión en un par de flashes efímeros y difusos, precisamente lo menos llamativo de la película (la típica representación del más allá como un pasillo iluminado y poblado por borrosas siluetas).
El habitual tono melancólico y la igualmente común parsimonia en el ritmo del relato —señas de identidad del director— encajan con la gravedad de su propuesta argumental, pero quizá resulten más disuasorios que nunca para el público de las multisalas, acostumbrado al estruendo y la histeria en movimiento.
Eastwood aplica la fórmula del relato de vidas cruzadas (como Magnolia, de Paul Thomas Anderson; Babel, de Alejandro González Iñárritu; Grand Canyon, de Lawrence Kasdan, o la propia Vidas cruzadas, de Robert Altman), concretamente a través de tres historias, dos de ellas mejor definidas y, a la postre, más interesantes (la del parapsicólogo solitario y renegado interpretado por Matt Damon, y la del niño, hijo de madre drogadicta, que pierde a su hermano gemelo). La tercera trama, que gira en torno a una periodista que vive una experiencia de visita exprés al otro barrio, es la más floja en términos dramáticos, aunque contiene la escena más espectacular de la película (los efectos devastadores del tsunami en Indonesia).
No obstante, el hecho de que dichas tramas se entremezclen, hace que las unas compensen a las otras, y aunque el desenlace no me termina de convencer, reconozco que, como de costumbre, el hombre de Malpaso logra cautivarme y, a ratos, emocionarme a base de su bien entendido sentido del clasicismo y su incomparable visión de los sentimientos humanos desde la cumbre de la madurez.
Como detalle puntual, destacar que a Clint Eastwood le bastan dos secuencias (la seducción más o menos taimada durante el curso de cocina y la posterior ¿culminación? de la cita en casa del parapsicólogo) para contar una historia de amor mucho más apasionante y estremecedora que la suma total de todo el metraje empleado en el 99% de las comedias románticas vistas en los últimos diez años.
Un notable subjetivo, pero a ver quién es el valiente que le tose a Harry el Sucio.



Carne de neón
, de Paco Cabezas

Espero que llegue un día en que no sea necesario especificarlo, pero, aunque me duela hacerlo, creo que la mejor forma de definir Carne de neón para un público repleto de prejuicios hacia el cine español, es aclarando que se trata de una película española que no parece española.
El modelo es más que evidente: el británico Guy Ritchie; concretamente, el Ritchie de Lock & Stock, Snatch (cerdos y diamantes) y Rock’ n Rolla.
Aquél que haya disfrutado con las películas mencionadas lo hará sin duda alguna con ésta de Paco Cabezas. Lo único que se lo impediría serían los prejuicios, como ya digo, pero muy grandes deberían ser estos, ya que Carne de neón es un calco literal de la técnica, la estética y la temática de los filmes del ex marido de Madonna.
El ritmo caótico y vertiginoso, el montaje frenético y psicodélico, el guión churrigueresco, los títulos de crédito, los rótulos que presentan a los personajes, la fotografía videoclipera, el uso apabullante de la música, todo, absolutamente todo es igual, con el mismo nivel de acabado y con las únicas diferencias del idioma que hablan los personajes y de determinados aspectos de caracterización, los cuales, en mi opinión, suponen todo un acierto (la idiosincrasia y la jerga de los maleantes es innegablemente autóctona, pero Cabezas las sabe integrar perfectamente en un contexto de cine policíaco anglosajón).
Casi milagroso es comprobar cómo los actores se desenvuelven a las mil maravillas y sin chirriar en unos roles prácticamente inéditos por estas tierras. Y como suele ocurrir también en este tipo de películas, son los secundarios los que más seducen. Aunque Mario Casas está correcto como protagonista (en un registro más o menos del estilo Juan José Ballesta), son Ángela Molina, Darío Grandinetti, Dámaso Conde, Luciano Cáceres, Macarena Gómez, Antonio de la Torre y, especialmente, Vicente Romero (un actorazo que poco a poco va encontrando el hueco y la presencia que merece; os invito a que lo veáis en 7 vírgenes, La noche de los girasoles, Celda 211 o Padre coraje) quienes se apropian de los mejores momentos.
Ésta sí que es para palomitas y despiporre general. Ojo los delicados con el tema de la violencia, porque haberla, hayla, y con generosidad.
En suma, una película que no es original en términos absolutos (sí lo es en términos de cosecha ibérica), pero que merece un notable por su desparpajo, su falta de complejos y porque es entretenida, que no es poco.

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