miércoles, 16 de febrero de 2011

Mando

En tiempos se conocía como bastón de mando y ahora lo llamamos mando a distancia. En el ámbito doméstico, el control remoto del televisor equivale al dominio del universo, un poder que se van alternando mis hijos y mi mujer sin que nunca, hasta la fecha, haya tenido oportunidad de disfrutarlo.
Y ahora lo tengo ahí. A mi alcance. Ella lo ha dejado sobre el brazo del sillón y se ha levantado de repente. Quizá un apretón intestinal irresistible, o el recuerdo urgente de alguna tarea pendiente, o tal vez se le quema el asado en el horno, cualquiera sabe… Ellos, los pequeños, tampoco parecen prestarle atención. Se hallan ensimismados en sus consolas portátiles de videojuegos, batiendo records, aniquilando criaturas invasoras, conquistando reinos mitológicos, lo que sea.
Por unos minutos, nos hemos liberado de su tiranía de dibujos animados, y en la pantalla del televisor un hombre de rostro aburrido y vestido de manera aún más aburrida recita una letanía de noticias que parecen escritas expresamente para no interesar a nadie.
El mando sigue ahí, sobre el reposabrazos. Un mundo entero de alternativas a mi disposición. Una parrilla de programación donde elegir entre deportes, películas, concursos, entrevistas, reportajes, adivinos o animales, da igual, yo elijo, yo decido, pondré lo que me dé la gana, no importa si es divertido o tedioso, porque lo habré elegido yo, yo tengo el mando.
Lo agarro por fin, y ya que lo tengo entre los dedos, pienso: “Lo que verdaderamente quiero no es cambiar de canal, sino irme yo, zapearme y trasladarme a otra cadena, quiero otro programa”.
Me concentro y pulso la tecla (mientras lo hago, cierro los ojos para no dejar duda de que mi deseo tiene mucho de plegaria desesperada). Cuando abro los ojos estoy en un salón comedor amueblado con gusto vanguardista, no demasiado acogedor, pero el sofá es cómodo y el ambiente que se respira es agradablemente austero.
A mi derecha, la mujer que no es mi mujer sostiene un volumen enorme, un libraco de más de mil páginas y de un tamaño considerable. Las páginas que están a la vista muestran fotografías de fachadas e interiores de edificios. Seguramente se trate de un libro sobre arquitectura, aunque no estoy seguro porque está todo en inglés.
A mi izquierda, sentados sobre la alfombra con las piernas cruzadas como los fakires, los dos niños que no son mis hijos leen también. Uno de ellos, con circunspección adulta y un tanto repelente, pasea su vista por una partitura mientras mueve los labios dejando escapar un casi imperceptible tarareo. El otro, en silencio absoluto, clava sus ojos en la farragosa y críptica prosa de una Biblia escrita en francés.
De pronto, se me hace un nudo en la garganta del tamaño de un calcetín arrugado. Ya he tenido suficiente, y ahora quiero volver. Miro desesperadamente a un lado y a otro, pero no encuentro lo que busco. Caigo en la cuenta de que lo que tengo enfrente ya no es un televisor, sino un cuadro impresionista tasado en un precio equivalente al producto interior bruto de todo el continente africano. No obstante, sigo buscando, aunque en el fondo ya sé que es inútil. En este salón comedor, claro, no hay mando.

4 comentarios:

T.M. dijo...

ufff qué angustia al final... nunca estamos contentos con lo que tenemos.

malditas musas dijo...

Me gusta el tono tremendista de esa cotidianidad no tan remota :)

Besos

Franco Chiaravalloti dijo...

En otros países hispanoparlantes, el mando se llama control remoto. Incluso con esta denominación funcionaría también (y tan bien) la total falta de mando. Remotamente controlados por uno, absolutamente controlados por otros...

Un abrazo afectuoso desde el lejano distrito de Waltham Forest...

El último peatón dijo...

Ya lo veis. A algunos no les bastaría con el zapping, y lo mejor es que le den directamente al botón "Off"...
Que no nos pase nunca.

Gracias por vuestra visita.

Abrazos.