viernes, 4 de febrero de 2011

Dos puntos (suspensivos) sobre la ley Sinde

Pasa siempre, y esta ley, por mucho nombre de ministra que la avale y mucho revuelo que esté formando en la totalidad de los medios, foros y estamentos donde se tiene la libertad de opinar, no se librará del típico olvido por desgaste o sucesión que sufren todas las noticias, incluidas las que más nos impactan o conmueven.
Atentados, terremotos y otras catástrofes naturales, bombardeos, asesinatos en serie o de masas, corrupciones institucionales y fiscales, juicios conflictivos y eternos, fallecimientos repentinos de ídolos o inocentes anónimos, accidentes terribles, éxitos deportivos o artísticos, descubrimientos científicos, leyes prohibitivas, escándalos y operaciones de espionaje de magnitud mundial… Todo queda relegado al olvido —cada vez más instantáneo— a cada nueva edición del telediario.
Todo apuntaba a que la población española se extinguiría en breve a causa de un genocidio fratricida motivado por la implantación de la ley antitabaco, y lo que ha sucedido más bien es que las terrazas de los bares están sorprendentemente llenas aun en pleno invierno. Wikileaks iba ha desmoronar los cimientos del orden mundial y del imperio yanqui omnipotente y, por lo que se ve, hasta Hollywood ha descartado de momento hacer la película sobre el tal Assange (que es, como si dijéramos, la versión pseudointelectual de El Dioni: alguien que ha cometido el delito que a muchos nos hubiera gustado cometer y no nos atrevimos o no nos pudimos permitir. Por lo demás, toda su historia tiene que ver más con el cotilleo de altos vuelos que con una supuesta causa en favor del derecho a la información).
Así pues, la ley Sinde se borrará de nuestra actualidad (y de la memoria de muchos) antes incluso de que la susodicha deje su cargo, ya sea por jubilación, destitución, dimisión o fuerza mayor electoral.
En esta bitácora se ha opinado sobre el particular, a veces de manera tangencial y otras algo más directa, por lo que no voy a repetirme.
Simplemente, recalcaré dos puntos que, si bien no se han destacado como principales en los innumerables debates y fuegos cruzados al respecto, a mí me parecen esenciales.

Punto número uno: La piratería nunca se erradicará con leyes. No digo que no puedan paliarse o suavizarse sus efectos, pero tengo la impresión de que el problema se enfoca desde una perspectiva equivocada, como si el acto de piratear fuese el efecto directo de una causa concreta y, por consiguiente, controlable y regulable.
Tal como yo lo veo, la piratería es más bien una cuestión de cultura, de educación, de comportamiento o costumbrismo. Copiar o “bajarse” una obra es como irse sin pagar del bar, colarse en el metro o —como bien decía el cineasta Jaime Rosales días atrás en El País— copiar en los exámenes.
Podemos creer que hacer más barato el ocio ayudaría a evitar un porcentaje considerable de pirateo. Yo también lo creo, pero con reservas. Mientras siga existiendo la posibilidad del “por la patilla”, el pirata convencido seguirá siéndolo. Entre gratis y barato, ya sabéis qué elegirá. El billete de metro vale un euro y la gente se cuela. Lo dicho; cuestión de carácter, de la educación o los valores que mamamos.
No es demagogia: los que grabamos en su día discos en cintas de casete y películas de la tele en cintas de VHS hemos hecho más por la música y el cine que muchos de los que se enriquecen con sendas industrias. Sin embargo, nunca apoyaré el célebre “top manta”, ya que me parece la peor versión de la competencia desleal, aparte de una estafa mayúscula para los consumidores, y (para el que quiera añadirle el matiz comprometido y todo ese rollo) un caldo de cultivo más que sustancioso para las mafias que funcionan a costa de los inmigrantes.

Punto número dos: La ley que verdaderamente haría falta (y esto, lo reconozco, más que demagogia es directamente utopía) es aquella que modifique el sistema actual de retribución de derechos para los autores.
Os pido que os olvidéis durante unos segundos de factores empresariales o políticos. Apliquemos la forma más sencilla de eso que conocemos como lógica. Pongamos como ejemplo a un escritor, que es el caso que conozco bien de cerca. Hoy por hoy, el autor, el creador de la obra, el que se la imagina y la construye, el que la concibe y la escribe, el padre de la criatura, el inventor de aquello que después se venderá y generará ciertos ingresos, esa persona sin la cual dicha obra no existiría percibe habitualmente el 10% del dinero que se ingresa por la explotación comercial de su libro. El otro 90% se reparte entre otros actuantes e intermediarios, más o menos necesarios, según el caso.
Desde luego que no pretendo quitarle a nadie el trabajo. Que sigan existiendo, por supuesto, editores, y agentes literarios, y distribuidores y libreros. Pero, ¿por qué no replantearse las proporciones del reparto? ¿No sería más lógico, por apuntar una posibilidad, que el autor (repetimos: el creador de la obra, el que se la imagina y la construye, el que la concibe y la escribe, el padre de la criatura, el inventor de aquello que después se venderá y generará ciertos ingresos, esa persona sin la cual dicha obra no existiría) se lleve, pongamos, el 50%, y la otra mitad se reparta entre los demás? ¿Es de verdad una locura insinuar que el autor debería ganar un porcentaje mayor de dinero por su obra que esa ínfima décima parte?

2 comentarios:

Palimp dijo...

Completamente de acuerdo en las dos cosas. De la primera ya se dará cuenta la industria cuando se aprueben leyes y la piratería siga igual -o peor.

La segunda, aunque tengas más razón que un santo, tiene poco remedio. Pasa lo mismo con los tomates. Pero hay esperanza: si llega el momento en que el libro digital sea la norma lo natural será que el autor se lleve un mayor porcentaje.

El último peatón dijo...

Aparte de esto, yo siempre he defendido la posibilidad del escritor a sueldo, escritor oficinista, escritor funcionario o como queramos llamarlo.
Pero se ve que pesa más el mito del artista bohemio y muerto de hambre, aunque en realidad, cualquiera que escriba novelas sabe que lo que hay que hacer es currar todos los días, disciplina y constancia... o sea, como un oficinista.