domingo, 27 de febrero de 2011

Breve historia del orgullo

Por supuesto que soy feliz, Violeta, hija de puta, por qué te fuiste.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Mis premios (2010)

Como siempre, por estas fechas, nos viene la época de premios cinematográficos. Cada evento, festival o academia tiene los suyos, de muy variopintos diseños: desde conchas hasta espigas, pasando por osos, palmas, globos, biznagas, bustos de pintor o esculturas en miniatura —las más famosas— que, según dicen, recuerdan al tío de alguien y por eso se llaman como se llaman.
Y para no perder la costumbre iniciada el año pasado, esta bitácora seguidora y admiradora del séptimo arte presenta sus premios del 2010, totalmente oficiosos, informales y subjetivos.
El símbolo elegido, por pura coherencia conceptual, no es un pintor, ni una planta, ni un animal.
He aquí los semáforos verdes, ámbar y rojos a las películas estrenadas en el 2010.



Semáforo verde
Aquí está lo mejor, lo que más me ha calado o dejado huella, las imprescindibles que no faltarán en mi filmoteca casera, las sorpresas más agradables, los proyectos de clásicos, los momentazos del año.

La cinta blanca, de Michael Haneke
Up in the air, de Jason Reitman
Shutter Island, de Martin Scorsese
Un profeta, de Jacques Audiard
El escritor, de Roman Polanski
Two lovers, de James Gray
Toy story 3, de Lee Unkrich
Origen, de Christopher Nolan
Buried, de Rodrigo Cortés
La red social, de David Fincher
The town, de Ben Affleck
Poesía, de Lee Chang-Dong
Balada triste de trompeta, de Álex de la Iglesia
El discurso del rey, de Tom Hooper



Semáforo ámbar
Alumnos aventajados, debutantes prometedores, alegrías inesperadas, celebradas resurrecciones, nombres a tener en cuenta a partir de ahora… No llegan a lo más alto pero la mayoría de ellas lo rozan

Un tipo serio, de Joel y Ethan Coen
En tierra hostil, de Kathryn Bigelow
La carretera, de John Hillcoat
An education, de Lone Scherfig
Corazón rebelde, de Scott Cooper
Ajami, de Scandar Copti y Yaron Shani
Ciudad de vida y muerte, de Lu Chuan
Nadie sabe nada de gatos persas, de Bahman Ghobadi
A propósito de Elly, de Ashgar Farhadi
Kick-Ass, de Matthew Vaughn
The cove, de Louie Psihoyos
La vida en tiempos de guerra, de Todd Solondz
Un juego de inteligencia, de Hans Weingartner
Carancho, de Pablo Trapero
Pa negre, de Agustí Villaronga
Ladrones, de John Luessenhop
18 comidas, de Jorge Coira
NEDS, de Peter Mullan
Bon appétit, de David Pinillos
Tamara Drewe, de Stephen Frears





Semáforo rojo
Los aburridos, los pedantes, los enteraos, los insufribles, los timos y la estafas, las decepciones, los malos de siempre y los buenos con un mal día.

Habitación en Roma, de Julio Medem
Canino, de Giorgos Lanthimos
Legión, de Scott Stewart
Airbender, de M. Night Shyamalan
Todo lo que tú quieras, de Achero Mañas
Machete, de Robert Rodríguez
Stone, de John Curran
La mosquitera, de Agustí Vila
Skyline, de Colin Strause y Greg Strause
The tourist, de Florian Henckel von Donnesmark


miércoles, 16 de febrero de 2011

Mando

En tiempos se conocía como bastón de mando y ahora lo llamamos mando a distancia. En el ámbito doméstico, el control remoto del televisor equivale al dominio del universo, un poder que se van alternando mis hijos y mi mujer sin que nunca, hasta la fecha, haya tenido oportunidad de disfrutarlo.
Y ahora lo tengo ahí. A mi alcance. Ella lo ha dejado sobre el brazo del sillón y se ha levantado de repente. Quizá un apretón intestinal irresistible, o el recuerdo urgente de alguna tarea pendiente, o tal vez se le quema el asado en el horno, cualquiera sabe… Ellos, los pequeños, tampoco parecen prestarle atención. Se hallan ensimismados en sus consolas portátiles de videojuegos, batiendo records, aniquilando criaturas invasoras, conquistando reinos mitológicos, lo que sea.
Por unos minutos, nos hemos liberado de su tiranía de dibujos animados, y en la pantalla del televisor un hombre de rostro aburrido y vestido de manera aún más aburrida recita una letanía de noticias que parecen escritas expresamente para no interesar a nadie.
El mando sigue ahí, sobre el reposabrazos. Un mundo entero de alternativas a mi disposición. Una parrilla de programación donde elegir entre deportes, películas, concursos, entrevistas, reportajes, adivinos o animales, da igual, yo elijo, yo decido, pondré lo que me dé la gana, no importa si es divertido o tedioso, porque lo habré elegido yo, yo tengo el mando.
Lo agarro por fin, y ya que lo tengo entre los dedos, pienso: “Lo que verdaderamente quiero no es cambiar de canal, sino irme yo, zapearme y trasladarme a otra cadena, quiero otro programa”.
Me concentro y pulso la tecla (mientras lo hago, cierro los ojos para no dejar duda de que mi deseo tiene mucho de plegaria desesperada). Cuando abro los ojos estoy en un salón comedor amueblado con gusto vanguardista, no demasiado acogedor, pero el sofá es cómodo y el ambiente que se respira es agradablemente austero.
A mi derecha, la mujer que no es mi mujer sostiene un volumen enorme, un libraco de más de mil páginas y de un tamaño considerable. Las páginas que están a la vista muestran fotografías de fachadas e interiores de edificios. Seguramente se trate de un libro sobre arquitectura, aunque no estoy seguro porque está todo en inglés.
A mi izquierda, sentados sobre la alfombra con las piernas cruzadas como los fakires, los dos niños que no son mis hijos leen también. Uno de ellos, con circunspección adulta y un tanto repelente, pasea su vista por una partitura mientras mueve los labios dejando escapar un casi imperceptible tarareo. El otro, en silencio absoluto, clava sus ojos en la farragosa y críptica prosa de una Biblia escrita en francés.
De pronto, se me hace un nudo en la garganta del tamaño de un calcetín arrugado. Ya he tenido suficiente, y ahora quiero volver. Miro desesperadamente a un lado y a otro, pero no encuentro lo que busco. Caigo en la cuenta de que lo que tengo enfrente ya no es un televisor, sino un cuadro impresionista tasado en un precio equivalente al producto interior bruto de todo el continente africano. No obstante, sigo buscando, aunque en el fondo ya sé que es inútil. En este salón comedor, claro, no hay mando.

viernes, 11 de febrero de 2011

Traidores a la patria

No seré yo quien afirme que Javier Bardem y Penélope Cruz son personajes especialmente accesibles, simpáticos y generosos con los medios de comunicación.
Admitido esto, he de confesar que me asombra la animadversión extrema que la pareja despierta entre los miembros de la prensa —y aquí es necesario matizar que nos referimos a la prensa en general, y en particular a la de sociedad, del corazón, del cotilleo, y no a la especializada en cine, ya que nunca he leído ni oído quejas de esta parte concreta de la profesión—; es increíble, como digo, que dos personas que han triunfado tan ostensiblemente en sus carreras y que, fuera de ello, no han protagonizado nada más allá de lo ordinario y común que casarse y tener un hijo, se hayan convertido en el blanco de puñaladas traperas y balas envenenadas que los mismos periodistas jamás emplean contra dictadores, políticos corruptos, delincuentes habituales, famosillos chupasangres y demás calaña indigna de respeto.
Que el uno no sea la delicadeza en persona y que la otra no sea el colmo de la campechanía no me parecen argumentos suficientes como para nombrarles los enemigos públicos número uno de este país.
Porque, repasemos, ¿qué podrían haber hecho Bardem y Cruz para ganarse tanto odio?
A priori, la excusa que se nos da es la de su renuencia a conceder entrevistas o declaraciones a los medios españoles. Aquí, insisto, conviene dejar claro que los medios supuestamente marginados son las revistas y los programas del corazón, y no los dedicados al séptimo arte y la interpretación.
¿Alguien les reprocharía a Messi, o a Nadal, o a Iniesta, que sólo hablaran para la prensa deportiva y no para el resto?
Es más, ¿por qué Fernando Alonso, un tipo como mínimo igual de antipático (a mí me lo parece todavía más) que Pe y Javier, no les parece tan endemoniadamente maligno a esos mismos periodistas y su entregado público?
Creo que sé el porqué de esta corriente de acoso y despelleje contra los dos únicos actores españoles que han ganado un Oscar de Hollywood.
Sí, amigos, la razón es la de siempre. La (puta) política.
Javier Bardem ha sentido siempre debilidad por las manifestaciones y los actos reivindicativos. Que si el “no a la guerra”, que si el chapapote, que si el problema del Sahara… Por si esto fuera poco, su madre, la actriz Pilar Bardem, representa uno de los ejemplos más claros del activismo izquierdista de pancarta y megáfono, o sea, de meterse en todos los fregados en los que exista atisbo de polémica ideológica o crispación social, y eso incomoda mucho a una parte importante de la clase política y sus respectivos medios afines (esos que han acuñado el término “titiriteros” para referirse al colectivo de los actores españoles).
Para rematar la faena, Penélope Cruz ha dado a luz a su primer hijo en Estados Unidos, y se arma la de San Quintín, resucitan Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz y el Generalísimo en pose ecuestre y sable en ristre. Resulta que ahora es un pecado mortal y una afrenta imperdonable el hecho de parir fuera de la madre patria, aunque (como es el caso) la parturienta resida y trabaje fuera de la misma.
Julio Iglesias vive en Miami y tiene hijos americanos. Pero no es malo. No es Satanás encarnado en titiritero. ¿Por qué? Porque da exclusivas al ¡Hola!, supongo. Y también, imagino, porque aunque se le adivine más o menos por dónde van sus tiros en materia ideológica, nunca se ha manifestado abiertamente al respecto.
He leído en estos últimos días expresiones tan ridículas como “Falta de respeto a sus compatriotas” o “Desprecio a su país” en referencia al alumbramiento del bebé Bardem-Cruz en Los Angeles.
Seguro que quienes eso escriben, y también quienes lo suscriben, no han reparado en que existen españoles como Fernando Torres o Pau Gasol que también trabajan y residen fuera de nuestras fronteras. Seguro que a nadie le extrañará que sus hijos nazcan en Gran Bretaña o Estados Unidos, que tengan doble nacionalidad y que estudien en inglés, del mismo modo que a día de hoy nadie se altera (y tendría motivos) cuando comprueba que hay niños nacidos en Galicia, Extremadura o Murcia que se llaman Norton Kevin o Jessica Wendy.
Y lo más sangrante es que no pocos de estos reaccionarios y ultrabeatos ofendidos por el comportamiento del par de actores suelen jactarse de, por ejemplo, enviar a sus hijos a estudiar a prestigiosas universidades extranjeras, y tampoco parecen ver la sombra de Belcebú en personajes que fijan su residencia estratégicamente lejos de su pueblo para no pagar impuestos y gestionar con mayor libertad sus negocios o chanchullos.

viernes, 4 de febrero de 2011

Dos puntos (suspensivos) sobre la ley Sinde

Pasa siempre, y esta ley, por mucho nombre de ministra que la avale y mucho revuelo que esté formando en la totalidad de los medios, foros y estamentos donde se tiene la libertad de opinar, no se librará del típico olvido por desgaste o sucesión que sufren todas las noticias, incluidas las que más nos impactan o conmueven.
Atentados, terremotos y otras catástrofes naturales, bombardeos, asesinatos en serie o de masas, corrupciones institucionales y fiscales, juicios conflictivos y eternos, fallecimientos repentinos de ídolos o inocentes anónimos, accidentes terribles, éxitos deportivos o artísticos, descubrimientos científicos, leyes prohibitivas, escándalos y operaciones de espionaje de magnitud mundial… Todo queda relegado al olvido —cada vez más instantáneo— a cada nueva edición del telediario.
Todo apuntaba a que la población española se extinguiría en breve a causa de un genocidio fratricida motivado por la implantación de la ley antitabaco, y lo que ha sucedido más bien es que las terrazas de los bares están sorprendentemente llenas aun en pleno invierno. Wikileaks iba ha desmoronar los cimientos del orden mundial y del imperio yanqui omnipotente y, por lo que se ve, hasta Hollywood ha descartado de momento hacer la película sobre el tal Assange (que es, como si dijéramos, la versión pseudointelectual de El Dioni: alguien que ha cometido el delito que a muchos nos hubiera gustado cometer y no nos atrevimos o no nos pudimos permitir. Por lo demás, toda su historia tiene que ver más con el cotilleo de altos vuelos que con una supuesta causa en favor del derecho a la información).
Así pues, la ley Sinde se borrará de nuestra actualidad (y de la memoria de muchos) antes incluso de que la susodicha deje su cargo, ya sea por jubilación, destitución, dimisión o fuerza mayor electoral.
En esta bitácora se ha opinado sobre el particular, a veces de manera tangencial y otras algo más directa, por lo que no voy a repetirme.
Simplemente, recalcaré dos puntos que, si bien no se han destacado como principales en los innumerables debates y fuegos cruzados al respecto, a mí me parecen esenciales.

Punto número uno: La piratería nunca se erradicará con leyes. No digo que no puedan paliarse o suavizarse sus efectos, pero tengo la impresión de que el problema se enfoca desde una perspectiva equivocada, como si el acto de piratear fuese el efecto directo de una causa concreta y, por consiguiente, controlable y regulable.
Tal como yo lo veo, la piratería es más bien una cuestión de cultura, de educación, de comportamiento o costumbrismo. Copiar o “bajarse” una obra es como irse sin pagar del bar, colarse en el metro o —como bien decía el cineasta Jaime Rosales días atrás en El País— copiar en los exámenes.
Podemos creer que hacer más barato el ocio ayudaría a evitar un porcentaje considerable de pirateo. Yo también lo creo, pero con reservas. Mientras siga existiendo la posibilidad del “por la patilla”, el pirata convencido seguirá siéndolo. Entre gratis y barato, ya sabéis qué elegirá. El billete de metro vale un euro y la gente se cuela. Lo dicho; cuestión de carácter, de la educación o los valores que mamamos.
No es demagogia: los que grabamos en su día discos en cintas de casete y películas de la tele en cintas de VHS hemos hecho más por la música y el cine que muchos de los que se enriquecen con sendas industrias. Sin embargo, nunca apoyaré el célebre “top manta”, ya que me parece la peor versión de la competencia desleal, aparte de una estafa mayúscula para los consumidores, y (para el que quiera añadirle el matiz comprometido y todo ese rollo) un caldo de cultivo más que sustancioso para las mafias que funcionan a costa de los inmigrantes.

Punto número dos: La ley que verdaderamente haría falta (y esto, lo reconozco, más que demagogia es directamente utopía) es aquella que modifique el sistema actual de retribución de derechos para los autores.
Os pido que os olvidéis durante unos segundos de factores empresariales o políticos. Apliquemos la forma más sencilla de eso que conocemos como lógica. Pongamos como ejemplo a un escritor, que es el caso que conozco bien de cerca. Hoy por hoy, el autor, el creador de la obra, el que se la imagina y la construye, el que la concibe y la escribe, el padre de la criatura, el inventor de aquello que después se venderá y generará ciertos ingresos, esa persona sin la cual dicha obra no existiría percibe habitualmente el 10% del dinero que se ingresa por la explotación comercial de su libro. El otro 90% se reparte entre otros actuantes e intermediarios, más o menos necesarios, según el caso.
Desde luego que no pretendo quitarle a nadie el trabajo. Que sigan existiendo, por supuesto, editores, y agentes literarios, y distribuidores y libreros. Pero, ¿por qué no replantearse las proporciones del reparto? ¿No sería más lógico, por apuntar una posibilidad, que el autor (repetimos: el creador de la obra, el que se la imagina y la construye, el que la concibe y la escribe, el padre de la criatura, el inventor de aquello que después se venderá y generará ciertos ingresos, esa persona sin la cual dicha obra no existiría) se lleve, pongamos, el 50%, y la otra mitad se reparta entre los demás? ¿Es de verdad una locura insinuar que el autor debería ganar un porcentaje mayor de dinero por su obra que esa ínfima décima parte?

martes, 1 de febrero de 2011

Paseo por la cartelera (7)


El demonio bajo la piel
, de Michael Winterbottom

Existe un principio bastante discutible dentro de la teoría narrativa, el cual sostiene que es necesaria la identificación del público con el protagonista de la historia que se cuenta. Tampoco es que dicho protagonista tenga que ser siempre un héroe al uso, pero quienes defienden el mencionado precepto parecen descartar taxativamente la posibilidad de que una obra que gire en torno a un individuo repulsivo o despreciable pueda ser del interés y del gusto de alguien.
Este peatón se permite discrepar, ya que está más que comprobado que hubo, hay y habrá autores capaces de construir historias apasionantes, hipnóticas e irresistibles usando como personaje principal a un inmundo malnacido del que nada querríamos saber si lo tuviéramos como vecino, compañero o familiar.
Podríamos hablar de novelas como El túnel, de Ernesto Sábato, o Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, o La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (por otra parte, encuentro repelentes a los protagonistas de El incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, y de La soledad de los números primos, de Paolo Giordano, aunque es obvio que la intención de sus respectivos autores era otra bien distinta, o eso imagino).
Así pues, aquél que sólo encuentre placer en la ficción cuando se identifica con el héroe de turno, mejor será que elija otra película, ya que El demonio bajo la piel es una invitación a ponernos en el pellejo y a colarnos en la mente enferma de un agente de la ley con doble cara, un Mister Hyde taciturno y maltratador de mujeres en la asfixiante y pringosa atmósfera del profundo sur estadounidense.
Cine negro como el de toda la vida, pero sin el encanto canallesco de un Bogart o un Mitchum. Aquí, el prolijo y heterogéneo Winterbottom (posiblemente, el director que más géneros distintos ha cultivado en toda la historia), se vale de la novela El asesino dentro de mí, de Jim Thompson (autor de la impactante 1.280 almas, y de quien Peckimpah y Donaldson adaptaron La huida, Frears Los timadores y Kubrick Atraco perfecto) para pervertir de algún modo el género y emparentarlo con un tipo de cine que aspira a investigar e incluso a comprender la psicología del criminal, y que acumula ya numerosos ejemplos en las filmotecas y videotecas, tales como la recientemente estrenada Animal kingdom (David Michôd) o las destacables Henry, retrato de un asesino (John McNaughton), Las horas del día (Jaime Rosales) y Chopper (Andrew Dominik).
Es decir, se toma al asesino como centro e hilo conductor de la trama y se nos invita a acompañarlo en sus fechorías, mostrando éstas con tal concisión y objetividad que a veces cuesta mantener la mirada fija en la pantalla, ya que más que un festival de hemoglobina y vísceras salpicando a la platea, lo que vemos es una escenificación de la brutalidad casi documental, escalofriante por su verosimilitud y no por su exageración.
Casey Affleck parece haber nacido para el papel (si Hitchcock hubiera rodado Psicosis en el 2011, seguro que lo habría escogido a él para hacer de Norman Bates), y la incontestable sensualidad de Jessica Alba ayuda a subir la temperatura de una atmósfera ya de por sí agobiante.
Un notable sobrado y no apto para sensibilidades frágiles.




Más allá de la vida, de Clint Eastwood

La cita anual con el octogenario maestro nos invita en esta ocasión a reflexionar sobre lo que nos aguarda después de morir. Pero no es ésta una película de fantasmas, espíritus o muertos vivientes. De hecho, es una película de vivos y de supervivientes.
Por si algún amante del cine fantástico anda despistado, ya le aviso desde aquí que Más allá de la vida, pese a su título, sólo se permite el viaje a la otra dimensión en un par de flashes efímeros y difusos, precisamente lo menos llamativo de la película (la típica representación del más allá como un pasillo iluminado y poblado por borrosas siluetas).
El habitual tono melancólico y la igualmente común parsimonia en el ritmo del relato —señas de identidad del director— encajan con la gravedad de su propuesta argumental, pero quizá resulten más disuasorios que nunca para el público de las multisalas, acostumbrado al estruendo y la histeria en movimiento.
Eastwood aplica la fórmula del relato de vidas cruzadas (como Magnolia, de Paul Thomas Anderson; Babel, de Alejandro González Iñárritu; Grand Canyon, de Lawrence Kasdan, o la propia Vidas cruzadas, de Robert Altman), concretamente a través de tres historias, dos de ellas mejor definidas y, a la postre, más interesantes (la del parapsicólogo solitario y renegado interpretado por Matt Damon, y la del niño, hijo de madre drogadicta, que pierde a su hermano gemelo). La tercera trama, que gira en torno a una periodista que vive una experiencia de visita exprés al otro barrio, es la más floja en términos dramáticos, aunque contiene la escena más espectacular de la película (los efectos devastadores del tsunami en Indonesia).
No obstante, el hecho de que dichas tramas se entremezclen, hace que las unas compensen a las otras, y aunque el desenlace no me termina de convencer, reconozco que, como de costumbre, el hombre de Malpaso logra cautivarme y, a ratos, emocionarme a base de su bien entendido sentido del clasicismo y su incomparable visión de los sentimientos humanos desde la cumbre de la madurez.
Como detalle puntual, destacar que a Clint Eastwood le bastan dos secuencias (la seducción más o menos taimada durante el curso de cocina y la posterior ¿culminación? de la cita en casa del parapsicólogo) para contar una historia de amor mucho más apasionante y estremecedora que la suma total de todo el metraje empleado en el 99% de las comedias románticas vistas en los últimos diez años.
Un notable subjetivo, pero a ver quién es el valiente que le tose a Harry el Sucio.



Carne de neón
, de Paco Cabezas

Espero que llegue un día en que no sea necesario especificarlo, pero, aunque me duela hacerlo, creo que la mejor forma de definir Carne de neón para un público repleto de prejuicios hacia el cine español, es aclarando que se trata de una película española que no parece española.
El modelo es más que evidente: el británico Guy Ritchie; concretamente, el Ritchie de Lock & Stock, Snatch (cerdos y diamantes) y Rock’ n Rolla.
Aquél que haya disfrutado con las películas mencionadas lo hará sin duda alguna con ésta de Paco Cabezas. Lo único que se lo impediría serían los prejuicios, como ya digo, pero muy grandes deberían ser estos, ya que Carne de neón es un calco literal de la técnica, la estética y la temática de los filmes del ex marido de Madonna.
El ritmo caótico y vertiginoso, el montaje frenético y psicodélico, el guión churrigueresco, los títulos de crédito, los rótulos que presentan a los personajes, la fotografía videoclipera, el uso apabullante de la música, todo, absolutamente todo es igual, con el mismo nivel de acabado y con las únicas diferencias del idioma que hablan los personajes y de determinados aspectos de caracterización, los cuales, en mi opinión, suponen todo un acierto (la idiosincrasia y la jerga de los maleantes es innegablemente autóctona, pero Cabezas las sabe integrar perfectamente en un contexto de cine policíaco anglosajón).
Casi milagroso es comprobar cómo los actores se desenvuelven a las mil maravillas y sin chirriar en unos roles prácticamente inéditos por estas tierras. Y como suele ocurrir también en este tipo de películas, son los secundarios los que más seducen. Aunque Mario Casas está correcto como protagonista (en un registro más o menos del estilo Juan José Ballesta), son Ángela Molina, Darío Grandinetti, Dámaso Conde, Luciano Cáceres, Macarena Gómez, Antonio de la Torre y, especialmente, Vicente Romero (un actorazo que poco a poco va encontrando el hueco y la presencia que merece; os invito a que lo veáis en 7 vírgenes, La noche de los girasoles, Celda 211 o Padre coraje) quienes se apropian de los mejores momentos.
Ésta sí que es para palomitas y despiporre general. Ojo los delicados con el tema de la violencia, porque haberla, hayla, y con generosidad.
En suma, una película que no es original en términos absolutos (sí lo es en términos de cosecha ibérica), pero que merece un notable por su desparpajo, su falta de complejos y porque es entretenida, que no es poco.