jueves, 27 de enero de 2011

Paseo por la cartelera (6)


El discurso del rey, de Tom Hooper

Siento cierta envidia cuando veo una película como El discurso del rey, ya que me gustaría que los cineastas de aquí tuvieran de vez en cuando la ocurrencia y el acierto que demuestran sus colegas de otros países para retratar momentos y personajes de la historia más reciente.
Últimamente se han estrenado atractivas (algunas incluso maestras) obras provenientes de Italia (Il Divo, de Paolo Sorrentino), Gran Bretaña (The Queen, de Stephen Frears), Alemania (El hundimiento, de Oliver Hirschbiegel), Estados Unidos (El desafío: Frost contra Nixon, de Ron Howard) o Francia (Presidente Miterrand, de Robert Guédiguian).
La historia contemporánea de nuestro país ha dado sucesos potencialmente golosos para el celuloide, como el 23-F, los GAL (sí, se hizo una película, pero resultó ser un fiasco monumental), los innumerables casos de corrupción política (desde FILESA hasta Gürtel, pasando por Malayas, Galgos y otras operaciones con nombres de tebeo), o la Transición en sí misma. Acontecimientos que se han aprovechado (o más bien desaprovechado) tan sólo como excusa para parir discretos telefilmes o infumables engendros seudo cinematográficos.
Y eso por no hablar del ingente plantel de jugosos personajes a los que hincarles el diente cinéfilo, empezando por el rey Juan Carlos I y su familia, y continuando por otros políticos y personalidades de diversa influencia o peculiaridad, tales como Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Manuel Fraga, Felipe González, los hermanos Guerra, José María Aznar o, fuera del ámbito estricto de la política, gente como Mario Conde, Baltasar Garzón, Jesús Gil o Luis Roldán.
De momento, se quedan en carne para la parodia humorística, sin que nadie se haya atrevido hasta la fecha a ofrecerles el salto al séptimo arte, como sí lo han hecho directores y guionistas de otras latitudes.
Es verdad que la figura de Franco se ha tratado en varias ocasiones, y sin ser ninguna de ellas especialmente brillante o genial, podemos considerarla no obstante la excepción que confirma la regla: Espérame en el cielo, de Antonio Mercero (la mejor de todas); Dragón Rapide, de Jaime Camino; Buen viaje, excelencia, de Albert Boadella; Madregilda, de Francisco Requeiro.
Centrándonos ya en la película de Tom Hooper, deciros que tiene todos los números para ser un éxito en el sentido más amplio del término. Gustará al público, a la crítica y a los colectivos que se dedican a dar premios. ¿La razón? Contiene los ingredientes adecuados, que no figuran escritos en ningún lugar pero que la experiencia se ha encargado de consolidar en la opinión colectiva y generalizada: historia basada en hechos reales, con personajes verídicos y poderosos puestos en la tesitura de la gente corriente, con un trasfondo añadido de reivindicación de valores como el espíritu de superación o la conquista de la autoestima, y con la guinda de unos intérpretes sublimes que combinan humanidad y elegancia en un contexto de pompa y circunstancia, hasta el punto de derivar la importancia del drama a lo puntual y doméstico, y no tanto a lo que a día de hoy sabemos ya como históricamente relevante.
Hablando en plata: uno de los principales méritos del filme es centrar la tensión en la incertidumbre de si el rey tartamudeará o no cuando pronuncie su discurso, y no en el hecho de que el contenido de dicho discurso sea nada menos que la confirmación de la entrada de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial.
Y funciona. A las mil maravillas. Sobresaliente.




Animal kingdom, de David Michôd

De Australia nos llega una alternativa minimalista (y no por ello menos contundente) a las espectaculares odiseas criminales de las familias mafiosas tradicionales.
Animal kingdom es una gran película, pero cuidado con confundirse. Nada de tragedia griega y conexiones con los altos poderes políticos y religiosos, a lo Corleone. Tampoco veréis a los gangsters posmodernos de Tarantino ni a los hampones gamberros y videocliperos de Guy Ritchie.
Los protagonistas de esta película son como personajes de Ken Loach liberados del trasfondo panfletario y expuestos al público con el inquietante realismo de los camorreros de Gomorra (Mateo Garrone) o del ascendente buscavidas de El profeta (Jacques Audiard).
David Michôd parece plantearse si la delincuencia podría llegar a ser un atributo escrito en los propios genes, y para ello nos mete en la piel de un adolescente atrapado en la encrucijada que supone vivir hoy como testigo forzoso, mañana como cómplice involuntario y, tal vez, en el futuro, tener que elegir entre ser un recluso o un fugitivo. Es decir, la desgracia de nacer en un entorno que decide tu destino lo quieras o no, con el agravante de que la mejor versión de dicho destino se aleja mucho de los sueños típicos de un joven al uso.
Una película gélida y concisa, dura sin recrearse en truculencias, y aun así perturbadora (ojo al desenlace), con unos actores inquietantemente creíbles, entre los que destacan el chaval James Frecheville (la primera secuencia lo dice todo), el hermano mayor y cabeza visible de la banda-clan, al que Ben Mendelsohn otorga las dosis perfectas de carisma y siniestra contención, y la sorprendente matriarca interpretada por Jackie Weaver, un personaje que crece en importancia a medida que avanza la película y que ha entrado con justicia en la quiniela de los Oscar.
En suma, una historia que dice mucho sin explicar demasiado, que transmite sin necesidad de subrayar ni enfatizar, y que, como en el caso de La cinta blanca (Michael Haneke), le deja a uno rumiando lo que ha visto durante varios días.
No es cine para palomitas ni para evadirse de las preocupaciones de todos los días, pero sí altamente recomendable para cualquiera con una mínima debilidad cinéfila, y también para los amantes de la sociología del crimen.
La versión australiana del gran James Gray. Un notable muy alto.





También la lluvia, de Icíar Bollaín

El cine de Icíar Bollaín siempre ha tenido una virtud que no es fácil de conseguir: un perfecto equilibrio entre el deseo de plasmar ciertas realidades sociales injustas o conflictivas y la intención de hacer primar el elemento humano y cotidiano sobre el ideológico y reivindicativo.
Hasta la fecha, la directora madrileña lo ha logrado sin excepción en Hola, ¿estás sola?, Flores de otro mundo, Te doy mis ojos y Mataharis.
En su último proyecto, También la lluvia, se añadía el peligro de contar por vez primera con un guionista como Paul Laverty —nada menos que el autor de algunos de los más notorios filmepanfletos de Ken Loach—, y confieso que no las tenía todas conmigo, pese a que Bollaín es una de mis cineastas preferidas.
Por suerte, el atractivo planteamiento se materializa en una interesante y a ratos emocionante aventura, la de un equipo de rodaje, encabezado por el productor Costa (un Luis Tosar que suma y sigue a lo grande), que viaja a Bolivia para rodar una película nada complaciente sobre el descubrimiento de América. De hecho, se nos muestra a un Colón (Karra Elejalde, en su mejor papel) tirano y desaprensivo, en contrapunto con los monjes Montesinos y De las Casas, que ejercen de voz de la conciencia y, de algún modo, de alter ego del propio Laverty.
En paralelo a las vicisitudes del rodaje, surge en Bolivia la llamada guerra del agua, un enfrentamiento aguerrido (y de matices ancestrales) entre los indígenas y las multinacionales, es decir, una enésima metáfora sobre la eterna batalla entre el pueblo llano y el poder capitalista.
La intención de Bollaín y su guionista es evidente, quizá tanto que es por ello el punto flaco de la película. No es descabellado, ni mucho menos, establecer conexiones entre las atrocidades genocidas de los antiguos conquistadores y algunas de las operaciones mercantiles de los grandes magnates de nuestros siglo, pero este peatón prefiere la sutileza (hasta ahora, seña de identidad de esta directora) al mitin filmado, y También la lluvia coquetea en algún momento con éste último, aunque sin llegar a meterse de lleno en el charco, todo sea dicho.
Por tanto, el paralelismo entre ambos sucesos —el Descubrimiento y la guerra del agua— funciona más por simetría dramática que por verdadero parentesco histórico.
Me agrada, eso sí, el momento en que los responsables de una película supuestamente contestataria y solidaria con los débiles del pasado, son conscientes de que están dispensando el mismo trato a sus subalternos que el que emplearon siglos atrás los temibles invasores contra sus víctimas nativas.
En el plano interpretativo, aparte de los mencionados Tosar y Elejalde, destacan el debutante Juan Carlos Aduviri, obligado a desempeñar casi el mismo papel en su vida y en la película en la que colabora como extra, y un Gael García Bernal que maneja muy bien su personaje desde el apasionamiento inicial hasta la dolorosa frustración de la parte final.
Un notable, para no perder la costumbre.





No controles, de Borja Cobeaga

De niño disfruté a lo grande con las comedias de los Hermanos Marx. Su humor alocado y surrealista siempre me hizo mucha gracia, y procuraba no perderme sus películas pese a que había en ellas dos elementos que se repetían invariablemente para mi disgusto: los dichosos números musicales (el de Chico al piano y el de Harpo al harpa) y la deleznable costumbre (imposición del estudio, supongo) de alternar el disparate genial de Groucho y compañía con una historia de amor plana y manida, protagonizada por dos tortolitos cursis, pánfilos y con menos alma que los novios de un pastel de boda.
Uno sabía que ese era el precio que tenía que pagar a cambio de las tronchantes barrabasadas de la familia más divertida de la historia del cine. Y compensaba.
El caso de No controles no es tan acusado, aunque se da en ella un fenómeno similar. Unax Ugalde y Alexandra Jiménez tienen talento y encanto, pero quedan totalmente eclipsados por un huracán de histrionismo y verborrea, ese Juancarlitros interpretado por Julián López, que resulta a la postre el verdadero protagonista, o, como mínimo, el personaje que queda en la memoria cuando sales del cine.
Tal vez Borja Cobeaga se ha equivocado en el enfoque. Su anterior película y opera prima, Pagafantas, destacaba precisamente por hacer girar la trama de una comedia romántica en torno al freak perdedor (eso que los norteamericanos llaman nerd). Sus antecedentes televisivos (Vaya semanita, uno de los mejores programas de los últimos tiempos) también indicaban que el director dominaba la ironía afilada y se movía a gusto en el terreno de la incorrección política. Por ello, quizá, esta apuesta de Cobeaga por los patrones más canónicos de la peripecia sentimental juvenil (aderezada con nostalgia ochentera) deja una sensación de tibieza y acomodo que hace saltar las alarmas.
No controles es entretenida, agradable, y a ratos deja entrever el lado más canalla de su autor, pero es igualmente inofensiva y un tanto previsible. Puede que si se hubiera invertido el punto de vista, convirtiendo a Juancarlitros en protagonista y a los amantes en sus comparsas, la cosa cambiase a mejor.
En fin, Cobeaga, confío en ti. A ver cómo te sale la próxima. Aprobado.




Amor y otras drogas, de Edward Zwick

La comedia romántica es el género del que más desconfío. Por eso debo hacer un esfuerzo previo de mentalización antes de enfrentarme a una. A veces triunfa la excepción y termino sorprendido y feliz (Buscando un beso a medianoche, de Alex Holdridge, o 500 días juntos, de Marc Webb). Otras veces, en cambio, la cosa empieza prometiendo una cierta originalidad para acabar reconduciéndose al eterno sumidero de los lugares comunes. (Obvio mencionar aquellos casos en que se ve venir la debacle de antemano, porque en ellos ni siquiera me molesto en entrar al cine.)
El primer dato chocante de Amor y otras drogas es el nombre de su director. Edward Zwick nos tiene acostumbrados a la épica y la grandilocuencia (Tiempos de gloria, Leyendas de pasión, El último samurai, En honor a la verdad), y de pronto parece haber dado un giro hacia el intimismo romántico con guiños al cine independiente.
Algo hay de eso, pero no tanto. El enfoque inicial apunta hacia una saludable lejanía de lo convencional, y es cierto que, en términos generales, la película no es tan ñoña o empalagosa como la mayoría de sus parientes.
Sin embargo, hay en ella dos factores que la lastran hasta provocar que uno quiera mandarla al saco de las mediocridades. El primero de ellos tiene que ver con un personaje concreto, el del hermano del protagonista. Mientras que Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway defienden más que dignamente sus roles como pareja de enamorados, el papel de Josh Gad (una burda mezcla de Jack Black y Jonah Hill) es una apología recalcitrante de uno de los estereotipos más irritantes del cine contemporáneo: el gordo salido y guarro que va de graciosillo (con el agravante en este caso de que, en teoría, el energúmeno en cuestión es un triunfador de las finanzas o algo así, con lo que uno se explica todavía menos el porqué de convertirlo en una suerte de adolescente chabacano y pajillero).
El segundo inconveniente, y en realidad el más grave, concierne al desarrollo de la propia historia. El amago de sátira contra las mafias del negocio farmacéutico es a priori un buen acompañamiento para compensar la inevitable sucesión de tópicos románticos, pero a Zwick se le va la mano por contradictorio (el mendigo que logra rehacer su vida gracias al hallazgo accidental de Prozac) y por romper de forma quizá demasiado radical el clima de comedia para convertir la película en un dramón con enfermo crónico y —aun así— un final carente de riesgo.
Le doy un aprobado por su primera mitad y porque estoy seguro de que satisfará a los amantes del género.

5 comentarios:

Sonia dijo...

Quiero hablarte de tu libro Bolero Envenenado.Seguramente este no es el sitio más indicado.Lo siento.

Lo que cuenta este texto no entra dentro de lo que yo catalogaría como una relación sexual sana.Ni contigo mismo ni con terceros. ¿Tú has experimentado todo esto? ¿Cuál es tu problema?¿Curiosidad malsana?¿Adicción sexual o falta de ella?¿Qué priorizas en una relación, el amor o el sexo?¿Te pasas todo el día masturbándote o qué?
Lo que más me sorprende son los comentarios.¿Clavar un sentimiento? ¿Qué sentimiento? Si es solo sexo.
¿No le das demasiadas vueltas a este tema?

Sonia dijo...

Aclaración, los comentarios a los que hago referencia están en internet.

El último peatón dijo...

Sonia: antes que nada, gracias por leer el libro; para mí es lo más importante.
Por otra parte, está claro que la relación del protagonista con su amante del pasado no es lo que vulgarmente se conoce como "sana". Se trata de alguien para quien el miedo es la más poderosa de las emociones, por encima del amor, el odio o cualquier otra, y que, para más inri, descubre que algo que él tenía idealizado se torna un cuento de terror. Esa es la historia, más o menos resumida, que se cuenta en la novela.
A partir de ahí, las otras preguntas que planteas no me correspondería a mí responderlas, sino al personaje del libro.
No tengo por costumbre hablar de mis posibles manías, perversiones, desviaciones u otras sórdidas intimidades en un medio público como éste, seguro que lo comprendes. No obstante, algo me dice que tu breve interrogatorio surge de una identificación literal del protagonista con el autor de la novela, lo cual, sin ser cierto, tal vez sea al fin y al cabo un síntoma de que la historia funciona.
Sea como sea, insisto: gracias.

Sonia dijo...

Sigues siendo el escritor.Puedes informarte pero hasta un cierto punto. Si no sabes nada sobre medicina es complicado que hables de ello. Pues lo mismo. Pero acepto tu respuesta igual que has aceptado mi comentario.

El último peatón dijo...

Bueno, yo puedo asegurarte que se puede escribir sobre asesinos sin haber matado nunca a nadie, del mismo modo que se puede escribir sobre la muerte sin haber estado nunca muerto. Los escritores trabajamos con información, pero también, y sobre todo, con la imaginación. Si sólo se pudiera escribir de lo que uno ha vivido o experimentado, este oficio sería bastante aburrido...