martes, 11 de enero de 2011

Menos humos

En pocos años hemos pasado de la permisividad absoluta con los fumadores a su marginación extrema, enviándoles a fumar literalmente a la puta calle.
Entiendo el cabreo que tienen los muchos adictos al tabaco que existen en España, pero me parece que se está empezando a extender una corriente de exaltado victimismo entre los mismos que, honestamente, considero desmedida.
Por supuesto que no apoyo el nuevo enfoque que dicta la ley y que define al fumador como un proscrito enemigo de la ciudadanía, al cual se tortura además de forma cruel, permitiendo —y fomentando por el bien de la economía— que pueda comprar alegremente el veneno al que está enganchado, pero reduciendo cada vez más las posibilidades de consumirlo en sociedad.
Ahora bien, la gran mayoría de los que ahora lloran y se desgañitan reivindicando su derecho legítimo a emponzoñar sus pulmones olvidan que, tradicionalmente, los no fumadores hemos vivido casi obligados a transigir por norma, a claudicar o a resignarnos a volver a casa con los ojos como una plañidera y la ropa apestando a tabacazo como precio por nuestro derecho —también legítimo— a frecuentar bares, discotecas, restaurantes y otros locales de ocio, alterne, cachondeo y nocturnidad.
Que yo recuerde, hasta hace no mucho los planes se definían en función de las necesidades de los fumadores, y no al contrario. Si se organizaba una cena o un viaje en un grupo de amigos, bastaba que hubiera tan sólo uno de ellos que fumase para que se eligiera la mesa o el vagón de fumadores. Es decir, aun en los casos en que se encontraran en minoría, los amantes del pitillo gozaban mayoritariamente de la deferencia del resto, hasta el extremo de que todos dábamos por hecho —aunque nos molestara o resultara incómodo— que si era legal fumar en un restaurante, cualquiera podía encender su cigarrillo delante de nuestras narices, a pesar de que a lo mejor andábamos todavía liados con el filete o el postre. La buena o mala educación era cuestión de cada cual, y la legislación no intervenía para ayudar a los posibles perjudicados.
Por ello, sea esta nueva ley más o menos acertada, más o menos justa, más o menos sibilina con los fumadores, espero que nadie olvide que durante innumerables años hemos sido otros los que estuvimos en idéntica tesitura de discriminación. Lo digo porque empiezo a observar a mucho tabaquista contestatario y envalentonado amenazando con pasarse la ley por la cúpula del escroto. A ver si ahora va a resultar que el no fumador que se queja y pide que se apague el cigarrillo es un repelente aguafiestas y el insolente yonqui de la nicotina que te ahuma la cena es un pobrecito oprimido por el sistema.
Aparentemente, la solución al conflicto es bien sencilla. Que existan bares donde se permita fumar y bares donde no. La pregunta que yo me sigo haciendo es: ¿cuántas veces el fumador aceptaría ir al bar libre de humos por deferencia a sus amigos no fumadores? Me temo que pocas. Casi nunca, vamos. Así que terminaríamos todos como al principio de los tiempos, cediendo invariablemente ante las necesidades del que fuma.
La que has liado, Pajín.

4 comentarios:

T.M. dijo...

Soy fumadora, pero sinceramente hasta a mí me molestaba llegar a casa con pestazo a tabaco. Y tienes toda la razón del mundo con respecto a todo lo que habéis aguantado. Ahora nos toca a nosotros, yo lo acepto.
Otra cosa son las pérdidas que está generando, pero bueno...supongo que poco a poco la cosa se irá normalizando y se seguirá yendo a bares etc con la frecuencia de antes. Es cuestión de cambiar de hábitos.
Saludos.

Palimp dijo...

El problema con el tabaco es que es una adicción y por lo tanto siempre que un fumador pueda fumar lo hará, aunque moleste a los demás (salvo escasas excepciones).

A la larga creo que esta ley va a beneficiar a todos, aunque no entiendo como no se permiten mecanismos para que se pueda fumar si, por ejemplo, se instala una buena ventilación en algunos sectores del bar o inventos similares.

Yo por suerte lo dejé hace años, si no sería uno de los furibundos victimistas llamando a las barricadas.

Franco Chiaravalloti dijo...

Coincido en lo que dices que el abismo tan grande que hemos saltado. De viva a muera la pepa en un plisplás. Pero el mismo escándalo se había montado
al prohibirse fumar en el lugar de trabajo. Antes era de lo más normal y hoy se ve como un crimen de lesa humanidad. Opino que lo mismo ocurriráen este caso, sólo es cuestión de aguantar la natural rabia del "mientras tanto". En Italia, el caso que conozco, hoy es de lo más normal salir a fumar con siete bajo cero en la acera, pero en su momento en la tele emitían debates enteros sólo para cagarse en la falta de libertad fumeril.

Y con la boca pequeña: también yo, como no fumador, no puedo dejar de sentir una gratificante sensación de venganza...

El último peatón dijo...

Pues sí, amigos. Yo también creo que es cuestión de darnios un tiempo y acostumbrarnos.
Lo que no sé es qué pasaría si de repente aprobaran una nueva ley para prohibir el carajillo o el sol y sombra de los currelas a las siete de la mañana...