martes, 4 de enero de 2011

Las dos Españas profundas

En los últimos años se han rodado en España obras tan sobresalientes como Camino, La soledad, Casual day, Salvador, Azuloscurocasinegro, REC o la reciente Buried, por citar sólo un puñado de ejemplos (prometo que habría unas cuantas más, aunque a algunos les cueste creerlo). Pese a ello, sigue circulando entre el público una definición oficiosa del término “película española” que vendría a ser algo como “Drama costumbrista ambientado en la guerra o posguerra civil”, admitiéndose asimismo una variante del tipo “Comedia de enredo estilo vodevil, generosa en tetas, culos y tacos”. Triste, pero me temo que bastante ajustado a la realidad.
El encasillamiento genérico bastaría ya para explicar la poca fe que los espectadores le profesan al séptimo arte ibérico, pero existe otro factor más —ya comentado aquí hace tiempo— que contribuye a dividir y exasperar a la audiencia soberana: la politización excesiva y sistemática de todo lo cinematográfico, presente no sólo en las historias filmadas y sus correspondientes enfoques, sino también en el constante alarde ideológico, militante y reivindicativo de los miembros del citado colectivo (con especial énfasis en la figura de los actores; es decir, la cara más visible del sector).
Álex de la Iglesia siempre ha parecido estar por encima de todo esto, ir por libre, a su bola. Por eso, seguramente, se ha confirmado como el director ideal para una academia tradicionalmente crispada y plañidera.
De la Iglesia, cuarentón que aún conserva su pinta de freak de tienda de comics, director rebelde, iconoclasta e irreverente —y que lleva, por tanto, el sarcasmo grabado en su propio apellido—, es, sin duda, el elemento idóneo para dar el puñetazo en la mesa y poner firmes a todos aquellos que llevan años de espaldas al patio de butacas, vomitando trascendencia acartonada y pretensiones de festival elitista.
El genio que parió El día de la bestia, Muertos de risa, La comunidad, Perdita Durango, Crimen ferpecto y Los crímenes de Oxford no es el típico progre de catálogo y paladín de la eterna subvención. Su cine es arriesgado, brutal, libre como pocos, respetuoso heredero de los clásicos y a la vez rabiosamente contemporáneo.
Uno puede deducir sin dificultad hacia dónde se inclinan sus preferencias ideológicas, pero el cineasta vasco es tan profesional e inteligente que huye de sesgar al público con panfletos y soflamas. Mientras otros se perpetúan en el manierismo de la sempiterna idea de las dos Españas, él opta por burlarse de lo grotesco del propio concepto, de lo absurdo de una dualidad fratricida y trasnochada que ya deberíamos ir superando de una vez por todas.
De la Iglesia, además, puede presumir de ser el único que se atreve a hacer calimocho con un gran reserva (o agua de Valencia con Dom Perignon, ya puestos). Porque así es su cine. No apto para prejuiciosos ni puristas. Algunos se arrodillan ante sus mitos y nos los presentan como intocables, y él se los lleva de farra y los sienta a nuestra mesa (o a nuestro retrete, incluso). De este modo, en el universo De la Iglesia conviven Buñuel, Berlanga y Almodóvar con Ozores, Esteso y Pajares; Tarantino con Torrente, el gore con Cine de Barrio, los cánones de Hitchcock con la astracanada carpetovetónica, los monstruos lúgubres de Todd Browning con los frikis de la era del zapping y el videojuego.

Balada triste de trompeta es, a priori, eso que se conoce como una obra de transición, un interludio para reponer fuerzas tras años de ardua pelea por los derechos para adaptar el cómic La marca amarilla, un proyecto finalmente abandonado (como ya le sucediera años atrás con su soñada película sobre Fu-Manchú). Así pues, cuando sus admiradores esperábamos un filme menor (como las últimas de Woody Allen, para entendernos), va y nos regala uno de sus mejores espectáculos, tan retorcido y sádico como El día de la bestia, tan desmelenado y sardónico como La comunidad, si bien su pariente más directo es Muertos de risa, una película que siempre mereció mayor reconocimiento (a mí me encanta, y nunca he entendido el porqué de su relativo poco éxito), y cuyos patrones repite ahora una década después, especialmente en lo referido al contexto histórico de la Transición y las referencias de la época (en Muertos de risa eran el 23-F, los JJOO de Barcelona, Verano Azul, Flaggolosina, Uri Geller, Un dos tres…; en Balada triste de trompeta están Raphael, los payasos de la tele, el atentado a Carrero Blanco, el Valle de los Caídos, el mismísimo Franco…), jugando ligeramente con la ucronía a lo Tarantino en Malditos bastardos, aunque con menor contundencia en este caso.
Elementos autorreferenciales que conviven con ecos de Los Santos Inocentes, Espérame en el cielo o El amor perjudica seriamente la salud, sin olvidarnos de una secuencia de títulos de crédito fabulosa y casi enciclopédica.
Pero por encima de todo ello y de la obvia metáfora sobre la que se articula la historia (el triángulo amoroso como símbolo de los dos extremos que se pelean por el amor de la patria), está la firma de un autor con el que debe comulgarse de antemano necesariamente.
Comprendo que no todo el mundo esté por la labor, pero es imprescindible aceptar el “tono” o el “toque” De la Iglesia para no exponerse a sorpresas que desemboquen luego en indignación (absténganse amantes del rigor documental e intolerantes al registro del absurdo).
Sin esa previa complicidad, el espectador desinformado corre el riesgo de salir gravemente indispuesto de esta película tétrica, salvaje, brutal y sangrienta. Y aunque estamos ante un cine que podríamos calificar como costumbrista y en cierto sentido nostálgico, no hay que olvidar que quien maneja el cotarro detrás de la cámara es un tipo capaz de convertir un episodio de Cuéntame cómo pasó en una pesadilla de la noche de Halloween.
La dirección de actores es posiblemente el mayor factor de desencuentro entre Álex de la Iglesia y el público más reticente. Todas sus películas acusan un desequilibrio más o menos evidente en este aspecto, y, para ser sincero, a menudo me cuesta dilucidar cuánto hay de intencionado y cuánto de inconsciente. Intérpretes solventes comparten escena con viejas glorias de los tiempos del destape y con cómicos que funcionan más por naturalidad y carisma que por destreza en la composición. Ocurre casi siempre, y Balada triste de trompeta no es una excepción.
Antonio de la Torre destaca sobre un elenco desigual, en el que brilla un sorprendente Carlos Areces, Goya cantado al actor revelación del año.
Una película incómoda para muchos, incluso insoportable, o aun ridícula, pero una auténtica gozada para otros. No es de esas en que se dice: “Psé, no está mal”. Es de las que se defienden con entusiasmo o se atacan con violencia. A menudo, es éste el sino de las grandes obras.

3 comentarios:

Edwing Salas dijo...

Muy interesante tu blog, me he quedado leyendo varios de tus articulos, de verdad que lo visitaré más a menudo. Tambien soy seguidor de Álex de la Iglesia, Borja Cobeaga, Nacho Vigalondo , Carlos Antanes y una gran lista de realizadores españoles. Muchos exitos para Ti !!!

Aqui te dejo el link de mi blog

http://notansimpaticocomovos.blogspot.com

Palimp dijo...

La vi hace poco. Creo que fui el único de la sala (pequeña, en logroño) a la que le gustó. Mi mujer se quedó sin palabras (solo me dijo 'es buena, pero no para mí').

Lo que menos me gustó fue la historia, la trama, floja y sin dirección. Una excusa para encadenar escenas.

Pero que película, dios mío. A veces tenía ganas de aplaudir algunas secuencias. Que imágenes.

Y eso que a mí el cine no me gusta.

El último peatón dijo...

Edwing: Muchas gracias por pasar y por tus elogios.
Incluyo tu blog en mi itinerario peatonal de visitas cibernéticas.

Palimp: Está claro que no es la típica película para recomendar a todo el mundo... pero qué gozada para la vista y para los turbios instintos. Puro espíritu navideño, vamos.