jueves, 27 de enero de 2011

Paseo por la cartelera (6)


El discurso del rey, de Tom Hooper

Siento cierta envidia cuando veo una película como El discurso del rey, ya que me gustaría que los cineastas de aquí tuvieran de vez en cuando la ocurrencia y el acierto que demuestran sus colegas de otros países para retratar momentos y personajes de la historia más reciente.
Últimamente se han estrenado atractivas (algunas incluso maestras) obras provenientes de Italia (Il Divo, de Paolo Sorrentino), Gran Bretaña (The Queen, de Stephen Frears), Alemania (El hundimiento, de Oliver Hirschbiegel), Estados Unidos (El desafío: Frost contra Nixon, de Ron Howard) o Francia (Presidente Miterrand, de Robert Guédiguian).
La historia contemporánea de nuestro país ha dado sucesos potencialmente golosos para el celuloide, como el 23-F, los GAL (sí, se hizo una película, pero resultó ser un fiasco monumental), los innumerables casos de corrupción política (desde FILESA hasta Gürtel, pasando por Malayas, Galgos y otras operaciones con nombres de tebeo), o la Transición en sí misma. Acontecimientos que se han aprovechado (o más bien desaprovechado) tan sólo como excusa para parir discretos telefilmes o infumables engendros seudo cinematográficos.
Y eso por no hablar del ingente plantel de jugosos personajes a los que hincarles el diente cinéfilo, empezando por el rey Juan Carlos I y su familia, y continuando por otros políticos y personalidades de diversa influencia o peculiaridad, tales como Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Manuel Fraga, Felipe González, los hermanos Guerra, José María Aznar o, fuera del ámbito estricto de la política, gente como Mario Conde, Baltasar Garzón, Jesús Gil o Luis Roldán.
De momento, se quedan en carne para la parodia humorística, sin que nadie se haya atrevido hasta la fecha a ofrecerles el salto al séptimo arte, como sí lo han hecho directores y guionistas de otras latitudes.
Es verdad que la figura de Franco se ha tratado en varias ocasiones, y sin ser ninguna de ellas especialmente brillante o genial, podemos considerarla no obstante la excepción que confirma la regla: Espérame en el cielo, de Antonio Mercero (la mejor de todas); Dragón Rapide, de Jaime Camino; Buen viaje, excelencia, de Albert Boadella; Madregilda, de Francisco Requeiro.
Centrándonos ya en la película de Tom Hooper, deciros que tiene todos los números para ser un éxito en el sentido más amplio del término. Gustará al público, a la crítica y a los colectivos que se dedican a dar premios. ¿La razón? Contiene los ingredientes adecuados, que no figuran escritos en ningún lugar pero que la experiencia se ha encargado de consolidar en la opinión colectiva y generalizada: historia basada en hechos reales, con personajes verídicos y poderosos puestos en la tesitura de la gente corriente, con un trasfondo añadido de reivindicación de valores como el espíritu de superación o la conquista de la autoestima, y con la guinda de unos intérpretes sublimes que combinan humanidad y elegancia en un contexto de pompa y circunstancia, hasta el punto de derivar la importancia del drama a lo puntual y doméstico, y no tanto a lo que a día de hoy sabemos ya como históricamente relevante.
Hablando en plata: uno de los principales méritos del filme es centrar la tensión en la incertidumbre de si el rey tartamudeará o no cuando pronuncie su discurso, y no en el hecho de que el contenido de dicho discurso sea nada menos que la confirmación de la entrada de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial.
Y funciona. A las mil maravillas. Sobresaliente.




Animal kingdom, de David Michôd

De Australia nos llega una alternativa minimalista (y no por ello menos contundente) a las espectaculares odiseas criminales de las familias mafiosas tradicionales.
Animal kingdom es una gran película, pero cuidado con confundirse. Nada de tragedia griega y conexiones con los altos poderes políticos y religiosos, a lo Corleone. Tampoco veréis a los gangsters posmodernos de Tarantino ni a los hampones gamberros y videocliperos de Guy Ritchie.
Los protagonistas de esta película son como personajes de Ken Loach liberados del trasfondo panfletario y expuestos al público con el inquietante realismo de los camorreros de Gomorra (Mateo Garrone) o del ascendente buscavidas de El profeta (Jacques Audiard).
David Michôd parece plantearse si la delincuencia podría llegar a ser un atributo escrito en los propios genes, y para ello nos mete en la piel de un adolescente atrapado en la encrucijada que supone vivir hoy como testigo forzoso, mañana como cómplice involuntario y, tal vez, en el futuro, tener que elegir entre ser un recluso o un fugitivo. Es decir, la desgracia de nacer en un entorno que decide tu destino lo quieras o no, con el agravante de que la mejor versión de dicho destino se aleja mucho de los sueños típicos de un joven al uso.
Una película gélida y concisa, dura sin recrearse en truculencias, y aun así perturbadora (ojo al desenlace), con unos actores inquietantemente creíbles, entre los que destacan el chaval James Frecheville (la primera secuencia lo dice todo), el hermano mayor y cabeza visible de la banda-clan, al que Ben Mendelsohn otorga las dosis perfectas de carisma y siniestra contención, y la sorprendente matriarca interpretada por Jackie Weaver, un personaje que crece en importancia a medida que avanza la película y que ha entrado con justicia en la quiniela de los Oscar.
En suma, una historia que dice mucho sin explicar demasiado, que transmite sin necesidad de subrayar ni enfatizar, y que, como en el caso de La cinta blanca (Michael Haneke), le deja a uno rumiando lo que ha visto durante varios días.
No es cine para palomitas ni para evadirse de las preocupaciones de todos los días, pero sí altamente recomendable para cualquiera con una mínima debilidad cinéfila, y también para los amantes de la sociología del crimen.
La versión australiana del gran James Gray. Un notable muy alto.





También la lluvia, de Icíar Bollaín

El cine de Icíar Bollaín siempre ha tenido una virtud que no es fácil de conseguir: un perfecto equilibrio entre el deseo de plasmar ciertas realidades sociales injustas o conflictivas y la intención de hacer primar el elemento humano y cotidiano sobre el ideológico y reivindicativo.
Hasta la fecha, la directora madrileña lo ha logrado sin excepción en Hola, ¿estás sola?, Flores de otro mundo, Te doy mis ojos y Mataharis.
En su último proyecto, También la lluvia, se añadía el peligro de contar por vez primera con un guionista como Paul Laverty —nada menos que el autor de algunos de los más notorios filmepanfletos de Ken Loach—, y confieso que no las tenía todas conmigo, pese a que Bollaín es una de mis cineastas preferidas.
Por suerte, el atractivo planteamiento se materializa en una interesante y a ratos emocionante aventura, la de un equipo de rodaje, encabezado por el productor Costa (un Luis Tosar que suma y sigue a lo grande), que viaja a Bolivia para rodar una película nada complaciente sobre el descubrimiento de América. De hecho, se nos muestra a un Colón (Karra Elejalde, en su mejor papel) tirano y desaprensivo, en contrapunto con los monjes Montesinos y De las Casas, que ejercen de voz de la conciencia y, de algún modo, de alter ego del propio Laverty.
En paralelo a las vicisitudes del rodaje, surge en Bolivia la llamada guerra del agua, un enfrentamiento aguerrido (y de matices ancestrales) entre los indígenas y las multinacionales, es decir, una enésima metáfora sobre la eterna batalla entre el pueblo llano y el poder capitalista.
La intención de Bollaín y su guionista es evidente, quizá tanto que es por ello el punto flaco de la película. No es descabellado, ni mucho menos, establecer conexiones entre las atrocidades genocidas de los antiguos conquistadores y algunas de las operaciones mercantiles de los grandes magnates de nuestros siglo, pero este peatón prefiere la sutileza (hasta ahora, seña de identidad de esta directora) al mitin filmado, y También la lluvia coquetea en algún momento con éste último, aunque sin llegar a meterse de lleno en el charco, todo sea dicho.
Por tanto, el paralelismo entre ambos sucesos —el Descubrimiento y la guerra del agua— funciona más por simetría dramática que por verdadero parentesco histórico.
Me agrada, eso sí, el momento en que los responsables de una película supuestamente contestataria y solidaria con los débiles del pasado, son conscientes de que están dispensando el mismo trato a sus subalternos que el que emplearon siglos atrás los temibles invasores contra sus víctimas nativas.
En el plano interpretativo, aparte de los mencionados Tosar y Elejalde, destacan el debutante Juan Carlos Aduviri, obligado a desempeñar casi el mismo papel en su vida y en la película en la que colabora como extra, y un Gael García Bernal que maneja muy bien su personaje desde el apasionamiento inicial hasta la dolorosa frustración de la parte final.
Un notable, para no perder la costumbre.





No controles, de Borja Cobeaga

De niño disfruté a lo grande con las comedias de los Hermanos Marx. Su humor alocado y surrealista siempre me hizo mucha gracia, y procuraba no perderme sus películas pese a que había en ellas dos elementos que se repetían invariablemente para mi disgusto: los dichosos números musicales (el de Chico al piano y el de Harpo al harpa) y la deleznable costumbre (imposición del estudio, supongo) de alternar el disparate genial de Groucho y compañía con una historia de amor plana y manida, protagonizada por dos tortolitos cursis, pánfilos y con menos alma que los novios de un pastel de boda.
Uno sabía que ese era el precio que tenía que pagar a cambio de las tronchantes barrabasadas de la familia más divertida de la historia del cine. Y compensaba.
El caso de No controles no es tan acusado, aunque se da en ella un fenómeno similar. Unax Ugalde y Alexandra Jiménez tienen talento y encanto, pero quedan totalmente eclipsados por un huracán de histrionismo y verborrea, ese Juancarlitros interpretado por Julián López, que resulta a la postre el verdadero protagonista, o, como mínimo, el personaje que queda en la memoria cuando sales del cine.
Tal vez Borja Cobeaga se ha equivocado en el enfoque. Su anterior película y opera prima, Pagafantas, destacaba precisamente por hacer girar la trama de una comedia romántica en torno al freak perdedor (eso que los norteamericanos llaman nerd). Sus antecedentes televisivos (Vaya semanita, uno de los mejores programas de los últimos tiempos) también indicaban que el director dominaba la ironía afilada y se movía a gusto en el terreno de la incorrección política. Por ello, quizá, esta apuesta de Cobeaga por los patrones más canónicos de la peripecia sentimental juvenil (aderezada con nostalgia ochentera) deja una sensación de tibieza y acomodo que hace saltar las alarmas.
No controles es entretenida, agradable, y a ratos deja entrever el lado más canalla de su autor, pero es igualmente inofensiva y un tanto previsible. Puede que si se hubiera invertido el punto de vista, convirtiendo a Juancarlitros en protagonista y a los amantes en sus comparsas, la cosa cambiase a mejor.
En fin, Cobeaga, confío en ti. A ver cómo te sale la próxima. Aprobado.




Amor y otras drogas, de Edward Zwick

La comedia romántica es el género del que más desconfío. Por eso debo hacer un esfuerzo previo de mentalización antes de enfrentarme a una. A veces triunfa la excepción y termino sorprendido y feliz (Buscando un beso a medianoche, de Alex Holdridge, o 500 días juntos, de Marc Webb). Otras veces, en cambio, la cosa empieza prometiendo una cierta originalidad para acabar reconduciéndose al eterno sumidero de los lugares comunes. (Obvio mencionar aquellos casos en que se ve venir la debacle de antemano, porque en ellos ni siquiera me molesto en entrar al cine.)
El primer dato chocante de Amor y otras drogas es el nombre de su director. Edward Zwick nos tiene acostumbrados a la épica y la grandilocuencia (Tiempos de gloria, Leyendas de pasión, El último samurai, En honor a la verdad), y de pronto parece haber dado un giro hacia el intimismo romántico con guiños al cine independiente.
Algo hay de eso, pero no tanto. El enfoque inicial apunta hacia una saludable lejanía de lo convencional, y es cierto que, en términos generales, la película no es tan ñoña o empalagosa como la mayoría de sus parientes.
Sin embargo, hay en ella dos factores que la lastran hasta provocar que uno quiera mandarla al saco de las mediocridades. El primero de ellos tiene que ver con un personaje concreto, el del hermano del protagonista. Mientras que Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway defienden más que dignamente sus roles como pareja de enamorados, el papel de Josh Gad (una burda mezcla de Jack Black y Jonah Hill) es una apología recalcitrante de uno de los estereotipos más irritantes del cine contemporáneo: el gordo salido y guarro que va de graciosillo (con el agravante en este caso de que, en teoría, el energúmeno en cuestión es un triunfador de las finanzas o algo así, con lo que uno se explica todavía menos el porqué de convertirlo en una suerte de adolescente chabacano y pajillero).
El segundo inconveniente, y en realidad el más grave, concierne al desarrollo de la propia historia. El amago de sátira contra las mafias del negocio farmacéutico es a priori un buen acompañamiento para compensar la inevitable sucesión de tópicos románticos, pero a Zwick se le va la mano por contradictorio (el mendigo que logra rehacer su vida gracias al hallazgo accidental de Prozac) y por romper de forma quizá demasiado radical el clima de comedia para convertir la película en un dramón con enfermo crónico y —aun así— un final carente de riesgo.
Le doy un aprobado por su primera mitad y porque estoy seguro de que satisfará a los amantes del género.

domingo, 23 de enero de 2011

Spoiler de Nabokov

Por regla general, las sinopsis y comentarios que encontramos en las contraportadas de los libros son textos puramente promocionales, elaborados, eso sí, con una cuidada retórica que pretende dignificar de alguna manera su condición de mero reclamo comercial.
Lo normal es que se nos den un par de simples pinceladas sobre el argumento de la novela o las tramas de los cuentos correspondientes, sin entrar en profundidad para no desvelar más de lo debido. Se trata, en suma, del aperitivo que uno se toma para despertar el apetito. Un bocado que, lejos de saciarnos, nos provoca, muy al contrario, un incremento de la sensación de hambre que seguramente ya teníamos.
En el cine es tristemente habitual la proliferación de trailers criminales que explican más de la cuenta, que destripan los giros sorpresa de la historia, revelan el clímax del thriller o adelantan los mejores gags de la comedia.
Más raro es encontrar algo así en la literatura. Por eso me ha chocado tanto advertir semejante despropósito en la contracubierta de la novela Risa en la oscuridad, de Vladimir Nabokov, y más aún teniendo en cuenta que está publicada por Anagrama, una editorial por la que siento gran respeto y cuyo catálogo incluye algunos de los escritores que más me gustan.
Esta estupenda novela de Nabokov tiene (en la versión de Compactos Anagrama) 240 páginas. La sinopsis mencionada ocupa unas diez líneas, y uno piensa al leerla que lo que se describe en la misma es solamente el punto de partida, el arranque de una historia que después continuará por sabe Dios qué derroteros.
Sin embargo, a medida que iba avanzando en la lectura del libro me iba arrepintiendo de haber leído la dichosa sinopsis (y de paso, cagándome en la sombra del que la perpetró). Cuando llegué a la página 206 de la novela (ojo al dato: ¡206!, de 240), comprobé que el resumen de la contraportada alcanzaba justo hasta ahí.
Afortunadamente, el talento de autores como Nabokov hace que el solo placer de leerlos supere el interés por el propio relato, pero aun así, en esas diez líneas que condensan lo ocurrido a lo largo de 206 páginas, se destapan acontecimientos que es mucho mejor no conocer y que atañen tanto al desarrollo de la historia como a la evolución de los personajes.
Es una novela romántica y a la vez perversa, algo misógina pero también cruel con su elenco masculino. El amor, la fidelidad, los celos, la venganza, la culpa, el destino, el arte y la vida, todo eso contiene, aparte de una trama que gana en interés y misterio a medida que crece, y con alguna que otra sorpresa de propina.
Muy recomendable, pero ya sabéis: prohibido asomarse a la parte de atrás…

martes, 18 de enero de 2011

El escritor narcoléptico


Es esa misma sensación, que parece sacada de un sueño inquietante, de la pesadilla urdida por una mala digestión, igual que cuando se pisa el acelerador y la carretera no sólo no mengua, sino que parece multiplicarse, prolongarse hacia el infinito, atrapándonos en un bucle que es lineal y no circular, pero tanto da, es la angustia de verse atrapado, la conciencia definitiva de que en verdad existe la eternidad y que ésta es mera repetición, y una vez aquí ya no existe el freno ni mucho menos la marcha atrás, es el destino de no tener destino, caer para ggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg


Éste es uno de los centenares de textos hallados —y gentilmente cedidos por su abogado y albacea— en el domicilio de Gaspar Tucadamba, para muchos la gran esperanza truncada de las letras hispanas.
Son todos ellos párrafos incompletos, interrumpidos bruscamente sin aparente razón y rematados invariablemente por una única letra que se prolonga durante varios renglones.
Sus más allegados conocían que Gaspar padecía de narcolepsia, por lo que, para ellos —al igual que para los muchos fans que ya había conseguido aunar en torno a su obra, pese a que ésta no fuera otra cosa que mera expectativa inflada estratégicamente por ciertos editores orgullosos de su presunta visión de futuro—, la explicación a este raro fenómeno tipográfico era más que evidente: al quedarse dormido en mitad del proceso de escritura, la consecuente cabezada provocaba que la nariz del malogrado autor quedara incrustada en alguna de las letras del teclado (a veces era la g, como en el ejemplo arriba expuesto, y otras podía ser la p, la h o la j, o incluso cualquier otra o aun un número o un asterisco).
Circula no obstante otra versión, mucho más maliciosa y tal vez avivada por ciertas envidias (sin entrar ahora en que pudieran estar totalmente justificadas), y es la que sostiene que la razón por la que Gaspar Tucadamba se quedaba dormido mientras trabajaba en sus textos no se debía a cuestiones de tipo médico o patológico, sino que era el propio sopor producido por la tediosa espesura de su narrativa el que lo hacía caer frito una y otra vez.
Tucadamba falleció el 9 de febrero de 2002. Se encontraba en la cocina, tratando de preparar una cafetera (un remedio que siempre resultó inútil en su batalla contra el sueño impertinente e inoportuno), y el azar quiso que su enésima cabezada le sobreviniera justo antes de poder encender la llama del quemador. Murió como consecuencia del gas inhalado.
Su obra enigmática y fragmentada podrá verse próximamente expuesta en la Galería Carrincho, de Miami, con motivo del IV Simposio Internacional de Arte Nonato y Post mortem. Casi nada.

martes, 11 de enero de 2011

Menos humos

En pocos años hemos pasado de la permisividad absoluta con los fumadores a su marginación extrema, enviándoles a fumar literalmente a la puta calle.
Entiendo el cabreo que tienen los muchos adictos al tabaco que existen en España, pero me parece que se está empezando a extender una corriente de exaltado victimismo entre los mismos que, honestamente, considero desmedida.
Por supuesto que no apoyo el nuevo enfoque que dicta la ley y que define al fumador como un proscrito enemigo de la ciudadanía, al cual se tortura además de forma cruel, permitiendo —y fomentando por el bien de la economía— que pueda comprar alegremente el veneno al que está enganchado, pero reduciendo cada vez más las posibilidades de consumirlo en sociedad.
Ahora bien, la gran mayoría de los que ahora lloran y se desgañitan reivindicando su derecho legítimo a emponzoñar sus pulmones olvidan que, tradicionalmente, los no fumadores hemos vivido casi obligados a transigir por norma, a claudicar o a resignarnos a volver a casa con los ojos como una plañidera y la ropa apestando a tabacazo como precio por nuestro derecho —también legítimo— a frecuentar bares, discotecas, restaurantes y otros locales de ocio, alterne, cachondeo y nocturnidad.
Que yo recuerde, hasta hace no mucho los planes se definían en función de las necesidades de los fumadores, y no al contrario. Si se organizaba una cena o un viaje en un grupo de amigos, bastaba que hubiera tan sólo uno de ellos que fumase para que se eligiera la mesa o el vagón de fumadores. Es decir, aun en los casos en que se encontraran en minoría, los amantes del pitillo gozaban mayoritariamente de la deferencia del resto, hasta el extremo de que todos dábamos por hecho —aunque nos molestara o resultara incómodo— que si era legal fumar en un restaurante, cualquiera podía encender su cigarrillo delante de nuestras narices, a pesar de que a lo mejor andábamos todavía liados con el filete o el postre. La buena o mala educación era cuestión de cada cual, y la legislación no intervenía para ayudar a los posibles perjudicados.
Por ello, sea esta nueva ley más o menos acertada, más o menos justa, más o menos sibilina con los fumadores, espero que nadie olvide que durante innumerables años hemos sido otros los que estuvimos en idéntica tesitura de discriminación. Lo digo porque empiezo a observar a mucho tabaquista contestatario y envalentonado amenazando con pasarse la ley por la cúpula del escroto. A ver si ahora va a resultar que el no fumador que se queja y pide que se apague el cigarrillo es un repelente aguafiestas y el insolente yonqui de la nicotina que te ahuma la cena es un pobrecito oprimido por el sistema.
Aparentemente, la solución al conflicto es bien sencilla. Que existan bares donde se permita fumar y bares donde no. La pregunta que yo me sigo haciendo es: ¿cuántas veces el fumador aceptaría ir al bar libre de humos por deferencia a sus amigos no fumadores? Me temo que pocas. Casi nunca, vamos. Así que terminaríamos todos como al principio de los tiempos, cediendo invariablemente ante las necesidades del que fuma.
La que has liado, Pajín.

martes, 4 de enero de 2011

Las dos Españas profundas

En los últimos años se han rodado en España obras tan sobresalientes como Camino, La soledad, Casual day, Salvador, Azuloscurocasinegro, REC o la reciente Buried, por citar sólo un puñado de ejemplos (prometo que habría unas cuantas más, aunque a algunos les cueste creerlo). Pese a ello, sigue circulando entre el público una definición oficiosa del término “película española” que vendría a ser algo como “Drama costumbrista ambientado en la guerra o posguerra civil”, admitiéndose asimismo una variante del tipo “Comedia de enredo estilo vodevil, generosa en tetas, culos y tacos”. Triste, pero me temo que bastante ajustado a la realidad.
El encasillamiento genérico bastaría ya para explicar la poca fe que los espectadores le profesan al séptimo arte ibérico, pero existe otro factor más —ya comentado aquí hace tiempo— que contribuye a dividir y exasperar a la audiencia soberana: la politización excesiva y sistemática de todo lo cinematográfico, presente no sólo en las historias filmadas y sus correspondientes enfoques, sino también en el constante alarde ideológico, militante y reivindicativo de los miembros del citado colectivo (con especial énfasis en la figura de los actores; es decir, la cara más visible del sector).
Álex de la Iglesia siempre ha parecido estar por encima de todo esto, ir por libre, a su bola. Por eso, seguramente, se ha confirmado como el director ideal para una academia tradicionalmente crispada y plañidera.
De la Iglesia, cuarentón que aún conserva su pinta de freak de tienda de comics, director rebelde, iconoclasta e irreverente —y que lleva, por tanto, el sarcasmo grabado en su propio apellido—, es, sin duda, el elemento idóneo para dar el puñetazo en la mesa y poner firmes a todos aquellos que llevan años de espaldas al patio de butacas, vomitando trascendencia acartonada y pretensiones de festival elitista.
El genio que parió El día de la bestia, Muertos de risa, La comunidad, Perdita Durango, Crimen ferpecto y Los crímenes de Oxford no es el típico progre de catálogo y paladín de la eterna subvención. Su cine es arriesgado, brutal, libre como pocos, respetuoso heredero de los clásicos y a la vez rabiosamente contemporáneo.
Uno puede deducir sin dificultad hacia dónde se inclinan sus preferencias ideológicas, pero el cineasta vasco es tan profesional e inteligente que huye de sesgar al público con panfletos y soflamas. Mientras otros se perpetúan en el manierismo de la sempiterna idea de las dos Españas, él opta por burlarse de lo grotesco del propio concepto, de lo absurdo de una dualidad fratricida y trasnochada que ya deberíamos ir superando de una vez por todas.
De la Iglesia, además, puede presumir de ser el único que se atreve a hacer calimocho con un gran reserva (o agua de Valencia con Dom Perignon, ya puestos). Porque así es su cine. No apto para prejuiciosos ni puristas. Algunos se arrodillan ante sus mitos y nos los presentan como intocables, y él se los lleva de farra y los sienta a nuestra mesa (o a nuestro retrete, incluso). De este modo, en el universo De la Iglesia conviven Buñuel, Berlanga y Almodóvar con Ozores, Esteso y Pajares; Tarantino con Torrente, el gore con Cine de Barrio, los cánones de Hitchcock con la astracanada carpetovetónica, los monstruos lúgubres de Todd Browning con los frikis de la era del zapping y el videojuego.

Balada triste de trompeta es, a priori, eso que se conoce como una obra de transición, un interludio para reponer fuerzas tras años de ardua pelea por los derechos para adaptar el cómic La marca amarilla, un proyecto finalmente abandonado (como ya le sucediera años atrás con su soñada película sobre Fu-Manchú). Así pues, cuando sus admiradores esperábamos un filme menor (como las últimas de Woody Allen, para entendernos), va y nos regala uno de sus mejores espectáculos, tan retorcido y sádico como El día de la bestia, tan desmelenado y sardónico como La comunidad, si bien su pariente más directo es Muertos de risa, una película que siempre mereció mayor reconocimiento (a mí me encanta, y nunca he entendido el porqué de su relativo poco éxito), y cuyos patrones repite ahora una década después, especialmente en lo referido al contexto histórico de la Transición y las referencias de la época (en Muertos de risa eran el 23-F, los JJOO de Barcelona, Verano Azul, Flaggolosina, Uri Geller, Un dos tres…; en Balada triste de trompeta están Raphael, los payasos de la tele, el atentado a Carrero Blanco, el Valle de los Caídos, el mismísimo Franco…), jugando ligeramente con la ucronía a lo Tarantino en Malditos bastardos, aunque con menor contundencia en este caso.
Elementos autorreferenciales que conviven con ecos de Los Santos Inocentes, Espérame en el cielo o El amor perjudica seriamente la salud, sin olvidarnos de una secuencia de títulos de crédito fabulosa y casi enciclopédica.
Pero por encima de todo ello y de la obvia metáfora sobre la que se articula la historia (el triángulo amoroso como símbolo de los dos extremos que se pelean por el amor de la patria), está la firma de un autor con el que debe comulgarse de antemano necesariamente.
Comprendo que no todo el mundo esté por la labor, pero es imprescindible aceptar el “tono” o el “toque” De la Iglesia para no exponerse a sorpresas que desemboquen luego en indignación (absténganse amantes del rigor documental e intolerantes al registro del absurdo).
Sin esa previa complicidad, el espectador desinformado corre el riesgo de salir gravemente indispuesto de esta película tétrica, salvaje, brutal y sangrienta. Y aunque estamos ante un cine que podríamos calificar como costumbrista y en cierto sentido nostálgico, no hay que olvidar que quien maneja el cotarro detrás de la cámara es un tipo capaz de convertir un episodio de Cuéntame cómo pasó en una pesadilla de la noche de Halloween.
La dirección de actores es posiblemente el mayor factor de desencuentro entre Álex de la Iglesia y el público más reticente. Todas sus películas acusan un desequilibrio más o menos evidente en este aspecto, y, para ser sincero, a menudo me cuesta dilucidar cuánto hay de intencionado y cuánto de inconsciente. Intérpretes solventes comparten escena con viejas glorias de los tiempos del destape y con cómicos que funcionan más por naturalidad y carisma que por destreza en la composición. Ocurre casi siempre, y Balada triste de trompeta no es una excepción.
Antonio de la Torre destaca sobre un elenco desigual, en el que brilla un sorprendente Carlos Areces, Goya cantado al actor revelación del año.
Una película incómoda para muchos, incluso insoportable, o aun ridícula, pero una auténtica gozada para otros. No es de esas en que se dice: “Psé, no está mal”. Es de las que se defienden con entusiasmo o se atacan con violencia. A menudo, es éste el sino de las grandes obras.