miércoles, 28 de diciembre de 2011

Paseo por la cartelera (10)


The artist, de Michel Hazanavicius

Que la favorita para la próxima edición de los Oscar sea una película muda y en blanco y negro es una alegre excentricidad cinéfila que, no obstante, está lejos de reflejar la realidad.
The artist es una gozada en sí misma, pero sobre todo por lo que tiene de sorpresa y de homenaje a un concepto del séptimo arte que ya se ha perdido, tanto por la colonización casi absoluta de las redes de multisalas como por la grotesca fatuidad de la nueva cinefilia, empeñada en reivindicar un cine presuntuoso e inaccesible como sello inconfundible (para ellos) de calidad.
Porque lo primero que pensé tras ver el filme de Hazanavicius fue que esta obra —hoy por hoy de culto, regalo para fans nostálgicos y ratas de filmoteca, niña mimada de la crítica y oasis de pureza entre tanto vendaval bullicioso y digital—, esta misma película, de haberse estrenado en la fecha en la cual se ambienta y que recrea con admirable efectividad (finales de los años 20 y principios de los 30; es decir, la transición del cine mudo al sonoro), habría sido un producto para llenar salas y arrastrar marabuntas de público. Una historia bien contada pero tirando a convencional, que juega su mejor baza en la melancolía y no tanto en el genuino dramatismo, que se entiende perfectamente y no sucumbe a experimentos cronológicos ni estructurales en su mecanismo narrativo, una historia como las de antes, rodada como las de antes y con las pretensiones de antaño. Ante semejante material, el cinéfilo vegetariano o el fatuo espectador de arte y ensayo huiría despavorido en busca de minimalismo alternativo, pues su organismo sensible no suele soportar la mera expectativa de una de platea completa y una taquilla boyante.
Como aquella fórmula que el personaje de Alan Alda exponía en Delitos y faltas (Woody Allen, 1989) y que demostraba que comedia era igual a tragedia más tiempo, en este caso parece aplicarse una ecuación similar, por medio de la cual afirmaríamos algo así como: “obra maestra es igual a película corriente menos color y sonido”.
He tratado de imaginarme cómo se habría filmado este mismo guión si el proyecto hubiera caído en manos de un productor hollywoodiense al uso. La película resultante, con sonido, color, diálogos y formato actuales, protagonizada, pongamos, por George Clooney y Natalie Portman, probablemente entraría en la quiniela del Oscar, aunque nunca en la privilegiada lista de las favoritas de la élite.
Pero sería injusto reducir The artist tan sólo a tales apreciaciones. He disfrutado mucho viéndola, admirando sus virtudes técnicas, que son infinitas, y también el trabajo impecable de los actores, haciendo creíbles sus personajes en su recorrido dramático e igualmente superando el reto de componer una gestualidad anacrónica imprescindible para la veracidad del relato.
Si un telespectador actual se encontrara esta película zapeando, seguro que cambiaría ipso facto de canal. La ironía está en que es muy posible que cientos de esos hipotéticos espectadores estén acudiendo a los cines a ver The artist durante las últimas semanas, movidos por el canto de sirena de la publicidad. Pues bienvenida sea esta vez. No está de más que el público (sobre todo los más jóvenes) recuerde de vez en cuando que, antes de la tele, el top manta, la piratería internauta y el 3D, hubo un espectáculo capaz de atiborrar teatros y provocar aplausos, risas y hasta bailes.
Un notable alto.




El topo, de Tomas Alfredson

Perdonad que insista, pero creo que la gente debería informarse bien antes de elegir qué película va a ver. Parece que hable en boca del mismísimo Perogrullo, ¿verdad? Bueno, pues fueron siete, hasta donde llegué a contar, las personas que abandonaron la proyección de El topo, y eso que en total no seríamos más de veinte en toda la sala.
¿La razón? Desde luego que no tiene que ver con la película, que es, en mi opinión, soberbia. La causa de ésta y otras espantadas similares (véanse El árbol de la vida o incluso La red social) no es otra que la desinformación.
La pereza hacia la lectura que caracteriza a nuestros contemporáneos acentúa el riesgo de decepción frente a la pantalla del cine. A muchos (empiezo a sospechar que en el fondo hay más masoquistas de lo que parece) les basta el título (a menudo horrendo, sobre todo si es traducido) y el nombre de un actor para elegir. Allá ellos.
El topo es una de espías, sí, pero no al estilo de James Bond ni de Jason Bourne, y tampoco tiene que ver con la reciente (y más que notable) saga de Misión Imposible.
Bastaría con leer un par de reseñas. Y si no fuera suficiente con ello, está el dato esclarecedor (el que siempre deberíamos consultar antes que cualquier otro) del nombre de su director. Tomas Alfredson, aparte del autor de la que es probablemente la mejor película de terror de la última década, Déjame entrar, es un realizador cuyas señas de identidad remiten a la pausa, la observación minuciosa, el tono reposado y la sugerencia por encima de la explicación.
Todo ello se repite en esta adaptación de la novela de John Le Carré, y da como resultado una película que contiene su principal valor en el retrato casi entomológico del espía como esclavo burócrata, en el lado opuesto del héroe de acción que desactiva bombas in extremis, se lanza en paracaídas o pilota aviones de guerra.
El hierático Smiley, que tan bien encarna Gary Oldman, y sus compañeros de odisea oficinesca (un elenco de liga de campeones, con John Hurt, Colin Firth, Ciarán Hinds, Toby Jones, Mark Strong y Tom Hardy, entre otros ilustres nombres del cine británico) son hombres amohinados y taciturnos, víctimas del trabajo sucio que realizan en aras del orden mundial, individuos solitarios o atormentados condenados al fracaso sentimental, gente despojada del derecho fundamental a poseer una vida privada intacta.
Se nota que el director ha puesto todo su empeño en el dibujo de estos tipos turbios y desconsolados, en trasladarnos de una forma elegante y sutil tanto sus vicisitudes laborales como sus íntimos disgustos (en este sentido, Alfredson en un maestro, capaz de explicarnos sentimientos de todo tipo e incluso de resumirnos un episodio biográfico con un plano de pocos segundos: una avispa dentro de un coche cerrado, una mirada por la ventana durante una fiesta, la ejecución de un pájaro intruso, el reencuentro con una vieja colega cuando el pasado ya no es lo que era…).
Por supuesto que también hay una trama de intriga internacional, de espionaje clásico, y es aquí donde quizá se abra la brecha entre la propuesta de Alfredson y los prejuicios del público contemporáneo. La trama es compleja y exige atención —como en El buen pastor (Robert de Niro, 2006), Los tres días del cóndor (Sydney Pollack, 1975) o Syriana (Stephen Gaghan, 2005)—, algo que, por desgracia, veo desaparecer progresivamente de nuestras salas de cine, plagadas de móviles que pervierten el obligado ritual de oscuridad y silencio.
Así pues, cuidado (especialmente para los que elijan la sesión nocturna, por eso del sueño), y que no os influyan los ecos de próximos premios, a los que sin duda El topo optará. Si buscáis evasión, adrenalina y ritmo, tenéis a Tom Cruise y compañía, que cumplen sobradamente las expectativas sugeridas en los trailers y demás soportes promocionales.
Y si elegís El topo… La verdad, no sabría decir cuál es la clave para disfrutar de esta película. Desde luego que no es entretenida ni trepidante, aunque no por ello deje de ser apasionante e hipnótica. Me encanta cómo está filmada y montada, la música me parece estupenda y los intérpretes son de matrícula de honor. Tengo ganas de volver a verla, y para mí no hay mejor diagnóstico. Sobresaliente.



Perros de paja, de Rod Lurie

Perros de paja (Sam Peckimpah, 1971) es una de las primeras películas “para adultos” que recuerdo haber visto cuando se suponía que aún no tenía edad para ello. Sólo por eso ya ocupa un lugar privilegiado en mi memoria filmófila, pero es que además el filme de Peckimpah era realmente bueno, una historia dura y sin concesiones, de esas que te dejan la vista salpicada de sangre y el cerebro rumiando durante varios días.
Pese a ello, no pertenezco a la legión de los fundamentalistas que denuestan y pisotean los remakes antes siquiera de verlos. Ya sabemos que lo de hacer nuevas versiones es innecesario, más aún cuando partimos de obras que ya eran brillantes en su versión original. Eso no evita que, de vez en cuando, alguien pueda sorprendernos, o bien que, en determinadas circunstancias (avances tecnológicos, nuevos enfoques intelectuales o morales, tendencias de todo tipo, rigores de la actualidad, etc.), según qué remakes puedan resultar incluso oportunos.
Siempre me remito al mismo ejemplo. La versión que realizó Scorsese de El cabo del miedo (una película que ya era buena) aportó tales mejoras respecto a su modelo que, tal como yo lo veo, llegó a superarlo. No sólo actualizó determinados elementos, como la violencia o el diseño del villano, sino que añadió complejidad a los personajes para restar maniqueísmo a la historia y sumar, en consecuencia, mayor intriga al conjunto.
Nada de esto hay en la película de Rod Lurie, si bien creo que contiene ingredientes lo suficientemente dignos como para haber corrido mejor suerte (en el momento en que estéis leyendo estas líneas, es posible que la película ya haya desaparecido de la cartelera, devorada por dibujos animados, pastelones románticos y restos de temporada diversos).
A lo mejor es que el espectador de hoy está demasiado acostumbrado a un tratamiento de la violencia que es más pirotécnico que carnal. Es obvio que el estilo de Peckimpah está en las antípodas de los mamporros de Jackie Chan y los destrozos colosales de los Transformers. Y aunque Lurie se muestra algo contenido respecto a Peckimpah, los arranques violentos de su película quizá sigan siendo excesivos de cara a un público convencional.
En cuanto al contenido sexual, más de lo mismo. Se nota demasiado la dictadura de la corrección política que hoy en día gobierna en el territorio de la ficción, y no me refiero exclusivamente al aspecto visual (que al fin y al cabo es lo de menos; no estamos ante una película porno). Aquí, y al contrario de lo que sí hizo Scorsese, se ha optado por suprimir la ambigüedad para distinguir radicalmente a los buenos de los malos (y evitar, supongo, interpretaciones equívocas y ofensas colectivas de esas que tanto abundan). Una pena, pues era ésta una de las cualidades más interesantes de la obra original.
Tampoco descarto que el tema del hombre urbano enfrentado a la hostilidad de la naturaleza y el entorno rural haya dejado de interesarle a la gente. Será por ello que la estupenda Bosque de sombras (Koldo Serra, 2006), clara heredera de Perros de paja, pasó desapercibida hasta para los premios Goya. Y no sé si a cualquiera de vosotros os provocaría a día de hoy el mismo escalofrío que a mí aquella escena al inicio de Deliverance (John Boorman, 1972), en la que un niño deficiente tocaba el banjo y daba más miedo que si hubiera empuñado un arma.
Comparaciones aparte, me parece que esta nueva Perros de paja es, como mínimo, un producto decente, sobre todo pensando en quienes no conozcan la película de Peckimpah, que intuyo no serán pocos.
Un aprobado sobrado.

sábado, 17 de diciembre de 2011

En3lazados: Nuevos retos y un secreto


Ahora que Palimp ha tenido el detalle de publicar una reseña sobre En3lazados en su web Cuchitril Literario (podéis leerla aquí, con video incluido), aprovecho para compartir las últimas noticias sobre el libro y desvelar de paso un pequeño secreto que tiene que ver con el acto de presentación que celebramos el pasado 18 de noviembre en El Corte Inglés de Barcelona.

Lo primero, informaros de que En3lazados ha cruzado el charco y en estos momentos está paseando su triple palmito por México, con Ana Marín como embajadora.

También tenemos fecha confirmada para la presentación del libro en Tarragona. Será el 10 de febrero, a las 19 horas, de nuevo en El Corte Inglés.

De momento son las dos siguientes paradas confirmadas, pero habrá más…

Y ahora el secreto:
Al más puro estilo Follonero de La Sexta, mis queridos amigos (los muy cachondos) de los encuentros Bitácoras y Libros me propusieron un reto para el día de la presentación, y este peatón, que es débil ante según qué tentaciones, no pudo por más que aceptarlo.
Se trataba de introducir durante mi intervención, y de la manera que fuese, el nombre de nuestra musa y fetiche, o sea, Terelu, quien por entonces hacía pocos días que había aparecido en cueros en la revista Interviú.
Si cumplí o no el reto, lo sabréis viendo la grabación que encontraréis junto a la reseña del libro en Cuchitril Literario.

Seguiremos informando. Mientras tanto, os dejo con unas instantáneas de la presentación en Barcelona.





 

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Felices y odiadas fiestas


Odiar la Navidad se ha convertido en una especie de cliché contracultural más estereotípico aún que las propias tradiciones navideñas, y ya es decir.
Supongo que la ausencia de creencias religiosas contribuye en mi caso a que este periodo inevitable que se repite cada final de año no me produzca ninguna clase de exacerbación, ni en lo bueno ni en lo malo.
En realidad, me aprovecho de que exista y así debo reconocerlo, ya que sería hipócrita por mi parte renegar de algo que me proporciona un buen puñado de días de vacaciones y otros tantos momentos de esparcimiento y exceso, sobre todo en lo referente a banquetes y reuniones con amigos.
Allá cada cual, pero yo recomendaría a los activistas antinavideños, tan aguerridos ellos por estas fechas, que se relajaran, por su bien.
Si de verdad quieren desmarcarse de la presión consumista (que no es poca) basta con que se declaren abiertamente objetores y por tanto aleguen sus razones para declinar invitaciones y regalos. Eso sería lo más sencillo, amén de lo más coherente.
Pero mucho me temo que circula por ahí mucho protestante de boquilla. Porque, seamos sinceros: ¿quién estaría dispuesto a renunciar a sus días festivos por razones de alergia navideña? Seguro que muy pocos.
Así pues, reconozcamos que más allá de nuestras creencias o nuestro fundamentalismo laico, en el fondo nos interesa claudicar y sacarle partido al costumbrismo religioso que permanece incrustado en el calendario y que, aparte de la Navidad, nos obsequia con Semanas Santas y demás festividades en honor a santos, vírgenes y patrones diversos.
Puedo entender que los más beatos o tradicionalistas protesten contra la invasión mercantil que eclipsa los motivos espirituales originales. Lo que ocurre es que suelo comprobar igualmente que quienes más pestes echan contra la parafernalia navideña son también quienes menos comulgan (nunca mejor dicho) con cualquier rito que provenga de las instituciones religiosas, con lo que al final todo se convierte en un sufrimiento continuo y un empeño crónico por estar disconforme. Me canso sólo de pensarlo.
Por ello, mi naturaleza pragmática me dicta adaptarme al entorno y sobrevivir. No tomo uvas, porque no me gustan, ni voy a la misa del gallo ni decoro mi casa con belenes o árboles. Pero recibo con agrado los regalos y procuro disfrutar de los momentos “El Almendro” con mi familia. Tampoco es para tanto, y además se pasa volando.
Lo único que prohibiría si estuviese en mi mano es ese martirio auditivo conocido como villancico, un horror musical que mantiene una encarnizada lucha con la Tuna por el primer puesto en la clasificación de mis fobias melódicas.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Sobrevivir a una tarde de domingo oscura y fría (1)


Libro:

Herzog, de Saul Bellow


Película:

Misery, de Rob Reiner


Disco:

Astronomía razonable, de El Último de la Fila


Y a las 19'45, Athletic-Racing...

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Escépticos y encuestados



La víspera de las elecciones (no se me ocurre una fecha más indicada) asistí por vez primera al encuentro Escépticos en el Pub, evento al que hacía tiempo que tenía ganas de acudir. En esta ocasión, la charla versó sobre las magufadas en el ámbito de los Recursos Humanos y la Empresa, un entorno que conozco de primera mano y que se presta como pocos al delirio gratuito, el alarde seudocientífico, la paparrucha retórica, la venta de humo a granel y el surrealismo estratégico.
Espero no perderme los próximos encuentros, pues material hay de sobra para llenar un sinfín de jornadas (desde los libros de autoayuda y similares, hasta las dietas milagrosas o los endocrinos de taberna o cafetería de empresa, que cada vez abundan más). Se me ocurre, por ejemplo, que estaría bien dedicar una sesión a las encuestas o la estadística en general. Ya sabéis, esa presunta ciencia que establece cosas como que los españoles practicamos el sexo 3,6 veces al mes (¿Qué carajo significa ese 0,6? ¿Un interruptus? ¿Un gatillazo? ¿Una paja? ¿Un ligue frustrado?); sí, amigos, esa misma ciencia que determina que más del 80 por ciento de las personas que fallecen por ahogamiento estaban nadando, de lo cual se deduce que el riesgo de morir ahogado incrementa entre los nadadores, y de ahí, como conclusión, esa especie de oxímoron que viene a advertirnos: “Si no quieres morir ahogado, no aprendas a nadar”.
¿Sirven para algo las encuestas? Y, por cierto; dejando a un lado las que hacen las marcas comerciales para sus estudios de mercado, ¿a alguien le han hecho alguna vez una encuesta? Quiero decir, una encuesta sobre los supuestos “grandes temas” que en teoría nos preocupan a los ciudadanos: el paro, la inseguridad ciudadana, la economía, el terrorismo, el aborto, el hambre en el tercer mundo, las guerras, etc.
Días atrás leía un artículo de Elvira Lindo en el que reflexionaba sobre lo poco fiables que somos ante la estadística o ante la posibilidad de que nuestras palabras vengan a sumarse a eso que se conoce (con excesivo respeto, creo yo) como la Opinión Pública. Estoy de acuerdo en que lo que aparentemente nos preocupa al responder una encuesta no se corresponde realmente con nuestras inquietudes o sufrimientos cotidianos. Nos sentimos obligados a contestar “el terrorismo”, “las injusticias del mundo”, “el cambio climático”, “la recesión económica” y cosas por el estilo cuando nos invitan a participar en un sondeo. Pero en el día a día nuestros dolores de cabeza provienen mayoritariamente de conflictos domésticos, sentimentales o laborales de rango más bien privado o muy localizado. No es que no nos preocupe el paro como amenaza social o global, sino que lo que de verdad nos da miedo es quedarnos nosotros en el paro. No sé si me explico.
Y eso por no hablar de los estudios de audiencia que miden (sic) el público que ve u oye un programa de radio o televisión. El director de la interesante película Un juego de inteligencia, Hans Weingartner, se planteaba el siguiente enigma: ¿Alguien conoce a alguien que tenga en su casa un audímetro? Es más, ¿alguien sabe de alguien que le haya contado que conoce a alguien que haya tenido el dichoso aparato?
Pues eso.
Nuestras conversaciones diarias nos hacen sospechar de la sinceridad de los demás respecto a lo que afirman ver y lo que ven realmente en la televisión.
Ocurre con casi todo, y de ahí mi escepticismo sobre la materia. En este sentido, a menudo me parece más determinante la gramática que la pura estadística en el resultado de ciertas encuestas. Aunque la intención del estudio sea la misma (por ejemplo, averiguar si los españoles somos racistas), no es igual plantear ¿Cree usted que vivimos en un país racista?, que preguntar directamente ¿Es usted racista?
En el primer caso, probablemente saldría que sí, mientras que en el segundo (por supuesto), el resultado nos diría que no.
¿Sirven para algo las encuestas? El autosondeo efectuado sobre este peatón determina que el 50% dice que sí y el otro 50% que no.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Desentrenado


La última vez que había cenado a solas con un ser humano sin pene había pagado la cuenta en pesetas. También hacía ni se sabía el tiempo que no se ponía colonia, y su camisa más nueva era un regalo de tres Navidades atrás.
En un cuento convencional se diría que su estado de inquietud ante el encuentro era similar al de su primera cita, pero en realidad era mucho peor. La inexperiencia a los quince años no sólo se comprende, sino que se da por sentada. A su edad, dicha carencia lo colocaba en la nómina de los marcianos.
Llegó puntual, y le alegró comprobar que ella ya estaba allí. Pidió lo mismo para beber y se acomodó en la barra, a su lado. Se dieron dos besos mecánicos y tímidos, como si una tercera persona hubiera hecho las presentaciones pertinentes, aunque su verdadero celestino no estaba ni allí ni en ninguna otra parte, o más bien en todos los sitios a la vez.
En su perfil él tenía una foto de Homer Simpson, con lo que el riesgo de ella era a priori mayor. Él —estaba seguro— nunca habría quedado con nadie de quien no poseyera al menos la confirmación de sus rasgos elementales.
Tenía preparado su discurso para relajar la tensión y eludir la bazofia diplomática. Lo había leído en una revista puntera del gremio de la frivolidad, pero aun así parecía un consejo recomendable para situaciones como aquélla.
Le preguntó qué había estado haciendo en las horas previas a la cita. Ella no disimuló su sorpresa ante la inesperada curiosidad, aunque no se mostró en absoluto reticente ni disgustada. En la revista se afirmaba que la actividad realizada en esos momentos precedentes retrataba a la persona y decía mucho sobre su verdadero interés en la cita. Al parecer, sumaba bastante a favor el hecho de que el pretendiente no hubiera dedicado su tiempo a actividades que requirieran cualquier tipo de concentración. Dicho de otra manera: si alguien era capaz de desarrollar una labor con sus facultades mentales intactas, daría la impresión de que la inminencia del encuentro no le provocaba ningún tipo de ansiedad, ni de nerviosismo, ni nada de ese desasosiego del enamorado que le altera las ganas de comer y le colapsa las funciones cerebrales.
Lo mejor que uno podía escuchar en tales circunstancias era que el otro había pasado la tarde paseando de acá para allá sin rumbo definido, o comiendo pasteles compulsivamente, o tratando de dormir la siesta sin conseguirlo, o entregándose a cualquier fruslería doméstica con el único objetivo de no estar ocupado contando los segundos, los minutos y las horas.
La respuesta de ella fue quizá algo ambigua, aunque no menos estimulante. Se había dado un baño relajante acompañado de una copa de vino, como en las películas (la gente que bebe metida en la bañera sólo existe en las películas; que nadie lo dude).
Y a continuación, era justo que ella pidiera su parte. Quid pro quo.
Él tenía bien pensada su respuesta. De hecho, bastaba con decir la verdad.
“Bueno, mirando la tele, pasando de un canal a otro. Gente chillando, otros cantando muy mal, gente con micrófono persiguiendo a gente sin micrófono, anuncios de adivinos, ya sabes. Tampoco es que le preste mucha atención”.
“No sé cómo puedes tragarte eso”, dijo ella, y las alarmas se dispararon. Luego añadió: “Donde esté un buen libro…”.
Entonces abrió el bolso y sacó el susodicho libro, invitándole a tomarlo y ojearlo. Se titulaba Cartas de amor de Emma Guranda y Robert H. Kaminsky. Ella le aclaró que se trataba de una recopilación de la correspondencia que ambos personajes habían mantenido durante dos décadas. La señora Guranda, casada con un importante político, era una pintora impresionista que había tenido un affaire sexual con el tal Kaminsky, reputado poeta y actor teatral. Pese a que aquella aventura fue puntual y fugaz, ambos quedaron fuertemente enganchados y decidieron prolongar su idilio mediante el intercambio epistolar. El golpe de efecto definitivo venía en una de las últimas cartas, en la cual Emma Guranda, conocedora ya de su enfermedad sin cura, le confesaba a su amante que el nombre de su hijo de 21 años, Roberto, no era tan sólo producto de un homenaje platónico, sino que venía a ser más bien la confirmación de la identidad de su verdadero padre. Kaminsky, que se había casado dos veces y nunca tuvo descendencia, se comprometía en la última de sus cartas a velar por el futuro de ese joven que llevaba sus genes. Una nota final del editor revelaba que, tres días después de echar al buzón aquella misiva, Kaminsky fue asesinado por su segunda esposa, enterada ésta de su idilio epistolar por casualidad, mientras ponía patas arriba armarios y cajones en el fragor de una limpieza general de la casa.
Al devolverle el libro, él improvisó una sonrisa bobalicona que quería demostrar un compendio de ternura y complicidad. Sin embargo, lo que su pensamiento rumiaba era: “Eres una cotilla, igual que yo. Aunque esto lo pongan en un libro y lo vendan en la sección de Cultura. Es cotilleo”.
Pero no dijo nada, claro. Muchos años sin pillar.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Disidente


Desde el pasado lunes, he tenido la sensación de que alguien me seguía. No soy ningún paranoico, y quien por aquí se asome a menudo sabrá ya lo categóricamente que reniego del más odioso de los refranes, aquél que sostiene que pensando mal siempre se acierta.
Sin embargo, llevo varios días notando un aliento en el cogote, unos pasos a mis espaldas, un ojo escondido que se asoma a mi intimidad y que no puedo ver aunque sí percibir de algún modo.
He intentado sobreponerme y obviar las sospechas, pero reconozco que la aprensión ha acabado venciéndome, así que no he tenido más remedio que actuar, aun a riesgo de protagonizar un vergonzoso espectáculo público.
Guiado por una intuición dudosa (la que se deriva de estereotipos novelescos y fílmicos) he decidido que mi sombra amenazadora era el tipo con gabardina que leía el periódico dos taburetes más allá de donde yo estaba sentado tomando el café.
Impostando un valor del que carezco en condiciones normales, me he acercado y le he espetado: “Bueno, vale ya, ¿no? ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué no me dejas en paz?”
Justo en ese instante se me ha ocurrido que tal vez exista una variante empresarial del archifamoso Cobrador del Frac, denominada el Cobrador de la Gabardina. Puede que le deba dinero a alguien, pero no hasta el punto de llegar a plantearse tales medidas.
Lejos de alterarse, el fulano, con una media sonrisa en su cara, me ha invitado a acompañarle a los baños. Entonces me ha venido otra imagen igualmente estereotípica, pero esta vez más bien de tebeo: el hombre de los caramelos, el exhibicionista plantado a la puerta del colegio. Demasiado cómico para ser cierto.
Ya en los aseos, el tipo ha improvisado una especie de interrogatorio express. Lo sabía todo: mi nombre, mis apellidos, mi lugar y fecha de nacimiento, dónde vivo y trabajo, etcétera. Y, finalmente, ha añadido: “¿Dónde estaba usted el pasado lunes entre las diez y las doce de la noche?”
Se lo he dicho sin problema: en el cine. “¿Qué película vio?” Con el aplomo del que posee una coartada irrefutable, he vuelto a contestarle: “Las aventuras de Tintín”. (¿Coartada? ¿Por qué? ¿Acaso soy sospechoso de cargarme a alguien?)
“Ajá”, ha dicho el hombre de la gabardina; y después: “¿Se puede saber por qué no estaba viendo el debate, como todo el mundo? ¿Es usted un elemento subversivo peligroso para el sistema? ¿Son sólo ganas de llamar la atención? ¿Tiene algún problema de autoestima? ¿Es eso? ¿Pretende demostrar algo? ¿Se cree un revolucionario por ello?”
Un Real Madrid-Barça, por poner un ejemplo, es un espectáculo que nunca procuro perderme. Pero la repetición un Real Madrid-Barça, cuyo resultado ya sé que es empate a cero, seguro que no lo veré. Esto es lo que me hubiera gustado explicarle a mi perseguidor. No lo he hecho, claro. Todavía mantengo intacto el instinto de supervivencia.
Al marcharse, el siniestro individuo me ha dejado un recado: “Recuerde que el día 20 estaremos ahí, atentos a todo”.
Ahora no voy a tener más cojones que ir a votar.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Ha nacido "En3lazados"


Con sumo gusto os anuncio la publicación del libro En3lazados, editado por Hijos del Hule y escrito a tres bandas, a seis manos (y a una cantidad considerable de cervezas y cafés), por Ana Marín, Dolores Ferrer y un servidor.

Lo presentamos oficialmente el próximo 18 de noviembre, a las 19 horas, en El Corte Inglés de Portal del L’ Àngel (Planta 6 – Ámbito Cultural).

Estáis todos invitados a pasaros por allí y compartir con nosotros el momentazo.



¿Qué es En3lazados?

En3lazados presenta una experiencia literaria singular:

Tres autores de estilos e inquietudes diferentes abordan el reto de escribir sobre los mismos temas, partiendo de premisas comunes y desarrollando cada historia a su manera personal.

El resultado, una obra rica en matices y puntos de vista, y al mismo tiempo unida por una serie de detalles y elementos compartidos: guiños, cameos y personajes “prestados” que de repente aparecen en el relato de otro autor.

Las quince piezas que componen En3lazados son independientes y a la vez parientes. Un libro triple y tres libros en uno. (Ideal para tiempos de crisis.)

Descúbrelo el próximo 18 de noviembre, a las 19 horas, en El Corte Inglés de Portal de L’ Àngel (Planta 6 – Ámbito Cultural).








jueves, 27 de octubre de 2011

Ah...


“…no es sólo la superficie, por supuesto; se trata de ver más allá. ¿No te irrita la vulgaridad de los que le buscan el significado a todo? Qué horror. ¿Y este cuadro qué quiere decir? ¿Y esta escultura qué significa? Por el amor de Dios… hay que darles todo mascado. Necios. Ni idea de lo que es el arte, la creación en estado puro. Fíjate bien. No es la forma, el objeto, la cosa. Mira la textura, la composición, y ese goteo blanco que no está ahí por casualidad, ¿eh? El blanco… claro, el color del jugo de la vida. No es la pintura, ni el color, obviamente. Es la imagen del símbolo. Ahí es donde no llegan las mentes simples. Ellos ven salpicaduras blancas sobre maderas cruzadas, y nada más, pero nosotras sabemos mirar el alma de la obra, de su creador, eso es el arte. Fíjate en la sombra, cómo se proyecta sobre la pared. Tampoco es baladí, ¿verdad? Sí, seguro que está ahí porque no podría estar en otro sitio. No hace falta que lo digas, sé que tú lo ves igual que yo. Perdona… es que me troncho… cada vez que me acuerdo. Cuando estuve con ellas la semana pasada, aquí mismo, donde estás tú. ¿Pero esto qué es? No paraban de decirlo, delante de cada pieza. ¿Cómo que qué es? ¡Es una obra de arte! ¡No tiene que ser nada! ¿Te das cuenta? Necesitan reconocer una forma concreta, asociarla con un objeto conocido para que tenga sentido. Desconocen el significado de la palabra alegoría, o metáfora, o, sobre todo, libertad. ¿Te das cuenta? Esa es la diferencia entre nosotras y ellas. Que nosotras sabemos mirar, somos libres, no necesitamos que esto sea algo. Lo observamos y sentimos, nos dejamos seducir por lo intangible, por la fuerza de la simple composición y no por su definición oficial. ¿Recuerdas la exposición de la bienal de Hamburgo? Sí, eso es, la de… sí, Entrañas, creo que se llamaba así. A eso voy. ¿Sabes lo que veían? ¿Te lo imaginas?... Me da hasta vergüenza repetirlo. Veían vómitos. Tal cual. De acuerdo, sí, eran vómitos, en sentido literal. Pero esa no es la cuestión. Lo verdaderamente importante, en el arte, no es la materia prima, ¿no crees? Son las manos del artista que la transforma. Son incapaces de comprenderlo. Menos mal que puedo venir contigo aquí. No sé si soportaría otra visita con ellas. Qué vida más triste, ¿no te parece? Me refiero a lo triste que debe de ser el sentirse incapacitado para valorar algo como esto, esta composición aparentemente caótica y a la vez tan llena de matices, esa madera astillada, ese moteado blanco, esa sombra, todo, es de una espontaneidad poética, no sé, casi me deja… ¿Eh? ¿Sí? ¿Qué pasa?”
“Disculpe, señora”.
“¿Qué ocurre?”
“La escalera. Tenemos que llevárnosla para pintar el techo del descansillo”.
“Ah…”

¡Ah! El arte.

viernes, 21 de octubre de 2011

Greguerías peatonales


He mantenido innumerables conversaciones sobre el tan delicado asunto del terrorismo. Mi postura a este respecto, aparte del obvio rechazo hacia las prácticas violentas en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, siempre ha sido la de resignarme a la convicción de que, para que la violencia cese, habrá que renunciar obligatoriamente a una porción de justicia. Dicho así puede sonar a herejía, pero no es tan raro. No hace falta mirar muy atrás. La transición política de los años 70, el paso de la dictadura franquista a la monarquía juancarlista, fue posible, en parte, gracias a ciertas capitulaciones y necesarios “olvidos históricos”. Será por eso que me extraña tanto que los que claman al cielo y se rasgan su falsa piel de cordero cada vez que un ayuntamiento de izquierdas retira una estatua ecuestre o rebautiza una calle, sean justo los mismos que se muestran más reacios a palabras como negociación o acuerdo en materia terrorista. Intuyo que algunos de ellos no habrán pisado la cárcel en su día gracias precisamente a ello, a lo mismo que ahora les crispa. Que se lo hagan mirar.



Será que nunca he tenido un Mac, ni un iPad, ni un iPod, ni un iPhone, ni un iNada. No sé, tal vez sea por eso; porque soy un simple y vulgar usuario de PC y de Windows (y tampoco esto significaría que Bill Gates estuviera presente en mis oraciones en caso de que fuera de los que rezan oraciones, que no es el caso).
El mundo entero se ha sentido necesitado de expresar su pena por el fallecimiento de Steve Jobs, y yo sin enterarme de que era casi obligatorio. No me refiero tan sólo a los medios de comunicación masivos; mis amigos y conocidos, a través de sus correos electrónicos y perfiles de redes sociales se han volcado en el pésame y la consternación, elevando al mencionado magnate de Apple a la categoría de leyenda. Que cada cual tenga los mitos que quiera, faltaría más. Pero mi olfato me chiva que los honores al fallecido, en el fondo, se rinden más por sus logros como empresario que por sus innegables virtudes profesionales o científicas. Por si acaso, me permito un breve apunte: hace unas tres semanas murió Wilson Greatbatch, el inventor del marcapasos, y yo me he enterado de chiripa (oyendo el fútbol por la radio, y no es broma). Supongo que existirán estadísticas, las cuales desconozco, sobre el número de vidas que se habrán salvado gracias al ingenio de este señor. Ponernos aquí a debatir si es mejor el iPad que el marcapasos sería simplón, absurdo y demagógico. Aun así, me apetecía decirlo.



Una muy peatonal, para acabar. La empresa de ferrocarriles urbanos de Cataluña (FGC) ha colocado recientemente unos carteles en sus dependencias (concretamente, en las paredes anexas a las escaleras mecánicas) en los que se nos ruega respeto a los usuarios que, por la razón que sea, no siempre nos pegamos al lado derecho de la mencionada escalera mecánica para dejar pasar a los que suben o bajan andando. Lo de echarse a un lado era, hasta ahora, una convención informal, una norma oficiosa. Estaré yo obsesionado, no lo sé. Me consta que algunos discrepáis conmigo en esto, porque no es la primera vez que saco el tema. Pero nadie me va a quitar la razón, y creo que hay un argumento irrebatible digno de Perogrullo: el sentido de inventar algo como la escalera mecánica está que en que la gente no tenga que caminar sobre ella. A partir de aquí, y asumiendo que pocos se atreverán a desmentir tan rotunda afirmación, me arriesgo a sugerir a la insigne compañía ferroviaria que su campaña tiene un error de enfoque de exactamente 180 grados. ¿No deberían haber dirigido el mensaje precisamente a los viajeros apresurados o atléticos que suben y bajan siempre andando, en vez de a los que desean darle a la escalera mecánica el uso para el cual fue creada? Señores viajeros: por respeto a las personas que utilizan las escaleras mecánicas, si van a subir o bajar andando, les rogamos utilicen las escaleras convencionales, las de piedra, de ladrillo o metálicas, las de toda la vida, las que no se mueven. Está chupado, coño.

lunes, 17 de octubre de 2011

Barcelona on the rocks


Vivimos tiempos de fundamentalismo en materia de corrección política, lo que provoca la sensación (a quienes escribimos, al menos) de tener siempre soplando en el cogote el aliento de algún fanático buscador de agravios. Lo digo porque es posible que haya quien interprete esta reseña como una apología o una frivolidad, opciones poco aconsejables cuando tratamos un tema tan grave como esa enfermedad llamada alcoholismo.
Nada hay de eso en mi intención, y menos en la de quienes, como los autores del libro que nos ocupa, se limitan a exponer con alegre naturalidad algo que pertenece al acervo de nuestra cultura local y que, en sus múltiples variantes y límites, ofrece genuinos motivos para llamar a la diversión y el buen rollo.
Si nos sentimos felices cuando toca ir al bar será por algo. El bar es el verdadero templo de nuestra vida cotidiana, o así lo veo yo. Unos amigos italianos me comentaban en cierta ocasión que los españoles necesitábamos pasar por el bar para cualquier cosa, que todos nuestros encuentros y eventos sociales iban invariablemente acompañados de bebida y comida. Quedar con alguien para prestarle o devolverle un libro, unos apuntes o una corbata; ver un partido de fútbol, jugar una partida de cartas, saludar a un conocido que está de paso por nuestra ciudad, cerrar un trato o un negocio, celebrar lo que sea. Incluso quedamos en un bar para decirle a nuestra pareja que la dejamos… Todo lo hacemos en el bar, en la tasca, en la taberna, en la bodega, en el pub, en el garito, con una taza de café o una caña de cerveza o un lingotazo o una ración de croquetas o un chocolate con churros encima de la mesa o de la barra.
Después de casi catorce años viviendo en Barcelona, todavía mucha gente me sigue preguntando si echo algo de menos de Madrid, la ciudad en la que viví anteriormente y durante casi treinta años. Siempre contesto que ambas ciudades —pese a que rivalidades deportivas y políticas quieran enfatizar lo contrario— se parecen bastante más de lo que se da a entender y por consiguiente muchos ciudadanos desinformados tienden a creer. Pero si tuviera que elegir un aspecto diferenciador que de verdad pueda afirmar que echo de menos, quizá sea aquello que he comenzado mencionando: el arraigo del bar en el paisaje de nuestro costumbrismo, algo que en Barcelona se aprecia en muy notable medida pero que, aun así, dista bastante de la forma en que se manifiesta en la capital madrileña.
No me limito a lo tópico y consabido (la tapa gratis, que es un lujazo, creedme), sino que amplío el catálogo a otros detalles como los mismos horarios, o las medidas estándar de las consumiciones (la caña de Madrid es pequeña porque lo raro es beber sólo una, mientras que la medida habitual aquí es la “mediana”, es decir, el tercio de litro, y sin tapa), o la curiosa costumbre de pagar por separado, que muchos madrileños interpretarían erróneamente como prueba irrefutable del tópico catalán por excelencia, o, por decir una más (y éste es un lamento puramente personal), que no haya churros y mucho menos porras en los bares a la hora de desayunar.
En fin, Fernando y Sergio me sabrán perdonar esta introducción autobiográfica que he creído necesaria, ya que de lo que quiero hablar en realidad es de Barcelona on the rocks, el libro que este verano han publicado Fernando Muñiz y Sergio Fidalgo y que tan bien está funcionando, repercusión mediática incluida.
Y me alegro de veras. Primero, por sus autores, y segundo, porque es un libro que ayuda a poner en tela de juicio justo lo que acabo de explicar unas líneas más arriba. ¿Es Barcelona una ciudad de bares, con cultura de bar, o son dichos bares simples paradas esporádicas y estandarizadas sin nada atractivo más allá del género a consumir?
Barcelona on the rocks se lee como un libro de relatos, porque no es la típica guía desabrida y funcional. Fernando y Sergio han llenado su libro de anécdotas y curiosidades, de historias peculiares, algunas contadas en primera persona por sus protagonistas (desde Ferrán Monegal, Jordi Costa o Pepe Colubi, hasta Kiko Amat, Carles Flavià o Miqui Puig), fotografías de rótulos singulares y otras sorpresas de variada índole.
Una obra contada desde dentro de la tasca, con su olor característico y su calor humano correspondiente, lo que le da al lector una visión que va más allá del menú del día y las especialidades de la casa. El fútbol, los comics, el flamenco o el porno, todo vale y todo cabe en este recorrido por una fauna barcelonesa prácticamente inédita para el grueso de los mortales, aparte de un guiño hacia aquellos ejemplares en peligro de extinción, como los bares del metro o los tugurios con cabezas de animales decorando sus paredes.
El mito de la taberna ha nacido. ¡Salud!

martes, 11 de octubre de 2011

Víctimas de la actualidad


No es que quiera dármelas de profeta ni nada parecido, pero ya dije allá por el mes de febrero que el follón monumental que se montó con el asunto Wikileaks (sí, sí, aquél que iba a desmoronar los cimientos del orden mundial y todo eso) pasaría de largo y terminaría soterrado bajo la aplastante sucesión de nuevas noticias e interminables escándalos.
Wikileaks es sólo un ejemplo más, un porcentaje mínimo del total de sucesos y acontecimientos que nos quitaban el sueño meses o aun días atrás y parecían destinados a alterar nuestro futuro, a cambiar nuestras vidas o a eso que algunos amantes de la hipérbole gratuita llaman “marcar una época”.
Hoy he oído en la radio que hace justo cinco meses del terremoto de Lorca, y que muchos de los habitantes damnificados continúan a la espera de sus respectivos arreglos e indemnizaciones; que pasada la avalancha de iniciativas solidarias en los días inmediatamente posteriores a la catástrofe nadie se acuerda ya ni de Lorca ni de Murcia ni de los terremotos en general.
Vienen elecciones y tal vez los voraces asesores de los candidatos estimen oportuno redirigir el foco hacia aquella parte del mapa, que los gestos humanitarios se multiplican por papeletas, o eso parece.
En fin, que si este peatón no hubiera sintonizado la emisora de radio en cuestión esta mañana, posiblemente no estaría hoy hablando de esto. Aunque sólo sea por quitarle un poco de naftalina a nuestra conciencia, dicho queda.

martes, 4 de octubre de 2011

Paseo por la cartelera (9)


El hombre de al lado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat

Comienza la proyección y uno se asusta un poco, la verdad. Corremos el peligro de que todos los tics del cine de autor más afectado se abalancen contra el patio de butacas: planificación milimétrica (estilo cortometraje), planos fijos y primerísimos (con protagonismo para los objetos y los espacios tanto como para los humanos), abundante silencio y escaso diálogo (ruido sí; palabras, menos)… Pero no.
Enseguida, la historia arranca, avanza y se va nutriendo. Los protagonistas están vivos, y cómo. Pasamos entonces de manera progresiva y brillante a una peculiar versión en clave de comedia negra de cierto tipo de thrillers (De repente, un extraño o El cabo del miedo serían parientes más o menos cercanos) apoyados en la guerra psicológica entre dos personajes que mantienen un duelo tenso y vibrante, donde la amenaza se cuece en un guiso que combina ingredientes cómicos y trágicos.
Una visión mordaz sobre ese accidente geográfico conocido como vecindad en un mundo cada vez más asocial y desconfiado. Y, de regalo, un impagable rapapolvo (con mucha gracia y mala baba) al gafapastismo y la impostura alternativa.
Los actores se merecen todos los premios del mundo —especialmente Daniel Aráoz— y que su agenda esté completa para proyectos futuros.
La sorpresa del verano, junto a Un cuento chino, de Sebastián Borensztein. Sobresaliente.




El árbol de la vida, de Terrence Malick

Cuando un director más o menos accesible al público (pongamos Ridley Scott, Alan Parker u Oliver Stone) demuestra un especial interés por la estética de sus imágenes y por acompañar éstas de una música de fondo pop o rock, la crítica suele tildar peyorativamente a su cine de “videoclip”. Si un autor de los considerados comprometidos, arriesgados o alternativos hace exactamente lo mismo, pero cambiando la música moderna por la clásica, su cine se califica (y venera) como “poema visual”.
He dicho varias veces aquí que huyo de la palabra poesía aplicada al cine como de la peste bubónica. No me fío. Y la carrera de Terrence Malick es un buen ejemplo de cómo el interés por sus películas puede decaer debido a su empeño en pasar progresivamente de la prosa cuidada al verso pedante.
Malas tierras y Días del cielo eran historias interesantes y bien rodadas, apreciables tanto en la superficie como en el interior. A La delgada línea roja le sobraba la voz en off lírica, pero no estaba nada mal. Con El nuevo mundo (imaginaos: una versión de Pocahontas en clave contemplativa y sesuda) se encendieron las alarmas.
El árbol de la vida adolece de los mismos delirios de grandeza que la sobrevalorada 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Es brillante en lo visual y espesa en lo narrativo. Es tan pretenciosa, tan cósmica, tan sinfónica, tan grandilocuente, tan espiritual, tan metafórica, tan simbólica, tan existencial, tan consciente de su propia ambición, que termina por recibirse como un auténtico adoquín, un apabullante sermón y un desconcertante ejercicio híbrido que tiene tanto de largometraje convencional como de documental de La 2. Confieso que a veces no sé si estoy oyendo a un aspirante a evangelista o a Jorge Bucay después de un carajillo en ayunas. Y eso que Brad Pitt, Jessica Chastain y el chaval Hunter McCracken se ganan bien el sueldo.
Obtuvo el premio gordo en Cannes y podría darles a Malick y Pitt sus respectivos Oscars, pero no os engañéis: estamos ante una película que encaja más con el esnobismo festivalero que con la fanfarria hollywoodiense.
Un aprobado muy justito, de esos de profesor cabrón (de los que te ponían un 4,9 para acojonarte).
 
 

No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu

Las mejores películas españolas del año, según mi opinión, son, curiosamente, thrillers, películas de misterio o intriga, policíacas o de miedo, es decir, de género. Ni la Guerra Civil ni los autores consagrados de siempre. Después de la divertida Carne de neón y la acojonante (en ambos sentidos) Secuestrados, viene la nueva de Enrique Urbizu, un hombre con dos méritos más que contrastados y que repite en esta ocasión para deleite de muchos, entre los que me incluyo.
El primero de ellos es su buen tino para manejar el thriller, ya apuntado en la pionera Todo por la pasta y confirmado con nota una década después en La caja 507.
En No habrá paz para los malvados asistimos a la odisea personal de un madero en decadencia, autodestructivo, lastrado por su pasado y desesperado por atar un cabo suelto que acabará conectado con otras tramas más ambiciosas o de mayor calado y que, sin embargo, a mí me interesan mucho menos. No obstante, el equilibrio compensa el total.
El segundo mérito de Urbizu es sacarle partido a un actor encasillado y defenestrado por la televisión, el cual sigue siendo para la mayoría popular “el tío de los yogures para cagar” o, en el mejor de los casos, “el tipo inexpresivo de una serie sobre periodistas”.
Hablo de Jose Coronado, claro. Aquí, como en la anterior película de Urbizu (La vida mancha) hace un papelón de esos que parecen destinados a saturar vitrinas (aunque luego se vaya de vacío o ni siquiera lo nominen, como le sucedió con La vida mancha, y también con La vida de nadie, de Eduard Cortés, un trabajo que merecía candidaturas, premios y reverencias y que nadie pareció dispuesto a reconocer). Puede que ahora llegue por fin su momento, y su Santos Trinidad se convierta en el equivalente al Antón Chigurgh de Bardem o el Malamadre de Tosar. Cualidades para ello, las tiene.
Decía Robert Mitchum que el oficio de actuar consistía sencillamente en aprenderse los diálogos y no chocar contra los muebles. Si esto lo hubiera afirmado Victor Mature, poco caso habríamos de hacerle, pero viniendo de Mitchum tiene su aquél.
Poco más parece hacer Coronado que estar ahí y hablar de vez en cuando, eso es cierto; pero no menos cierto es que la historia del cine está llena de actores de registro único y economía expresiva que terminaron convertidos en grandes profesionales y aun en mitos (recordemos a Bogart, a John Wayne o a Clint Eastwood). A Coronado le queda mucho para alcanzar ese estatus, y aun así, cuando un director le sabe sacar el jugo (y Urbizu es el número uno en eso), nos encontramos con alguien capaz de hacer creíble una historia de corrupción policial en el Madrid de la crisis y el pánico integrista sin que echemos de menos los suburbios neoyorquinos o la América profunda y fronteriza.
Sé que es imposible luchar contra los prejuicios, y me consta que muchos de vosotros los tenéis, respecto al cine español y sus actores en general, y seguramente respecto a Coronado en particular. Allá cada cual. Para mí, no hay duda: sobresaliente.



Con derecho a roce, de Will Gluck

El concepto “comedia romántica” sugiere una cualidad proporcional que, en la práctica, casi nunca se da. Suelen ser películas románticas y escasamente cómicas, con una composición del 70% de romanticismo frente al 30% de comedia, o aun del 80-20 en no pocas ocasiones.
A veces salen bien, con la proporción justa (ya no digo al 50%, pero sí un agradecido 60-40, como mínimo), y entonces nos encontramos con El apartamento, Annie Hall, Cuando Harry encontró a Sally o 500 días juntos.
Con derecho a roce se presenta como una película con intenciones de proporción e incluso con ánimo de ser iconoclasta. Aguanta el tipo durante aproximadamente media hora, y uno llega a pensar que hasta es posible el milagro.
Y no. Al final, la ironía se va edulcorando hasta perder su sabor auténtico, y lo que en un principio parecía una rebelión contra los clichés termina, como siempre, sucumbiendo a los imponderables de la platea de piñón fijo.
He mencionado Cuando Harry encontró a Sally, una estupenda comedia de Rob Reiner cuyo único punto flaco era precisamente esa cierta contradicción respecto a la tesis inicial que ponía en marcha la trama. Sus protagonistas discutían sobre si era posible la amistad entre un hombre y una mujer sin que el sexo terminara interfiriendo y convirtiendo, por tanto, la amistad en otra cosa.
En su título, Con derecho a roce lo deja todo bien claro, y uno ya sabe que seguirá sin hallar respuesta a lo que planteaban Billy Crystal y Meg Ryan en el filme de Reiner.
Al menos, Mila Kunis y Justin Timberlake tienen un puntito más canallesco que los habituales polloperas y barbies que habitan el universo de los fanáticos de San Valentín y los teóricos de la media naranja. Menos es nada. Un aprobado con cariño, pero sin derecho a roce.



La piel que habito, de Pedro Almodóvar

Respecto a las películas de Pedro Almodóvar se ha terminado estableciendo la dudosa obligación de recibirlas invariablemente de manera categórica, tajante, extrema. Un filme con el sello del manchego debe provocarnos por decreto orgasmo o náusea, trasladarnos al nirvana o al apocalipsis, descubrirnos el secreto de la felicidad eterna o emponzoñarnos de vergüenza ajena irreversible.
Un nuevo Almodóvar es (y eso lo entiendo) como un Real Madrid-Barça. Si eres aficionado, tienes que verlo, sean cuales sean tus colores. Aparte de esto, lo cierto es que el cine de Almodóvar siempre me ha interesado, aunque no siempre me haya convencido.
Me gustan más sus comedias que sus afectados melodramones, y el componente excéntrico (o petardo, o freak, o kitsch, o lo que sea) que introduce en todas sus obras, sean del género que sean y tengan el tono que tengan, casi nunca me chirría, prueba irrefutable de que tengo bastante asumido que, cuando he de enfrentarme a un Almodóvar, o entro en su mundo de pleno o no hay nada que hacer. También reconozco que, más allá de lo que me cuente, admiro su manera de filmar, su forma de componer cada plano y cada escena, su tratamiento de los objetos, del color, del vestuario y de los detalles pequeños.
De La piel que habito se han dicho barbaridades tanto para denostarla como para alabarla. Sinceramente, ni me parece una obra maestra imprescindible ni una bazofia eficaz contra el insomnio y el estreñimiento. No veo esa pieza sublime y profunda sobre la obsesión y la dualidad de la naturaleza humana que algunos han celebrado, ni tampoco creo que haya que meter en la cárcel a su director por algo que no haya hecho antes cientos de veces sin provocar tanto revuelo.
La vi, me interesó a ratos, a ratos un poco menos, me entretuve razonablemente, y ya está. Es Almodóvar, para bien y para mal. Aprobado.




Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua

Las películas policiacas de los 70 acostumbraban a ser viriles, ambiguas y crepusculares, por resumirlo en tres adjetivos. Este peatón creció amorrado a la pantalla viendo las películas de Lumet, Friedkin, Siegel o Carpenter, historias de inspectores y agentes de la ley duros, a veces expeditivos, convencidos de su deber pero, al mismo tiempo, aficionados a pisar la línea fronteriza e incluso a traspasarla. Uno podía distinguir a los buenos y a los malos en el contexto del filme, pero no siempre esa condición de héroe era extrapolable al cien por cien a la vida real.
Tenían esas películas una estética y un tratamiento de la violencia muy característicos, más cercanos al realismo que al espectáculo de acción.
Los policiacos actuales son más bien (y por seguir con el triple epíteto) canallas, frenéticos y truculentos. La influencia lógica de autores como Tarantino o los hermanos Coen ha volteado las bases del género, hasta el punto de que tal vez sería más correcto denominarlo criminal o delictivo, en lugar de policiaco, ya que hoy por hoy suelen ser los gangsters los héroes de la función.
Me encantan Tarantino y los Coen, y he disfrutado mucho con el trabajo de directores modernos como Guy Ritchie o Wayne Kramer. Sin embargo, echo de menos el estilo setentero del thriller.
Por suerte, sigue habiendo quien opta por la excepción a las tendencias, y gracias a ello se van rodando obras como La noche es nuestra (James Gray), Cuestión de honor (Gavin O’Connor) o Trainning day (Antoine Fuqua).
Precisamente Fuqua regresa ahora al ámbito de su mejor película, y aunque quizá no alcance el mismo nivel, Los amos de Brooklyn es un oasis nostálgico que deleitará a los espectadores como un servidor y enervará seguramente a esos cinéfilos que esgrimen como norma inquebrantable la huida despavorida de todo lo que huela a genuinamente norteamericano (eso sí: si alguien piensa que ésta es una película como las de Steven Segal, Vin Diesel o Jason Statham, mejor que no lo diga en voz alta, porque hará el ridículo).
El reparto ayuda a hacer atractiva la visita al cine (o la descarga ilegal, que ahora hay que matizarlo todo para que no lo llamen a uno desfasado o delincuente de la SGAE), destacando el papel de Ethan Hawke y a un Richard Gere que, como demostró en Asuntos sucios —otro buen policiaco de Mike Figgis—, supera mejor sus limitaciones pistola en ristre que luciendo palmito de galán. Un notable muy alto.



Somewhere, de Sofia Coppola

Sofia Coppola parece instalada (como Terrence Malick, por cierto) en la peligrosa atalaya de la solemnidad contemplativa. Desde su privilegiada posición (¿debería decir “pose”? nos observa a los vulgares humanos que acudimos a las salas de cine en busca de una narración tradicional, de que nos cuenten historias de personas a las que les pasan cosas. Qué ordinariez, debe de pensar la hija del gran Francis.
Y así es Somewhere, un ejercicio de minimalismo fundamentalista y exasperante a ratos, con secuencias ejemplares en el retrato de la soledad y el vacío existencial, y con pasajes interminables y alargados hasta lo humanamente insoportable por santo capricho de la directora.
No me parece mal la idea de contar el reverso tedioso y deprimente de un actor de éxito que mata literalmente (asesina, incluso) el tiempo que le queda entre fiestas, entrevistas y otros glamurosos compromisos a base de puterío decadente, lingotazos y abulia 100% genuina. Le salió bien a Coppola la experiencia similar en Lost in translation (de largo, su mejor película), pero en este caso se le ha ido la mano hasta resultar pedante y aburrida durante una buena parte del metraje. Lo mejor, la parte central, en la que el protagonista se ve obligado a cuidar de su hija. Esto le salva del suspenso. Así que sólo un aprobadito, Sofia, por lista.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Hombría en peligro


Días atrás, el presidente del F.C. Barcelona, Sandro Rosell, era preguntado en una entrevista acerca de las palabras que acababa de pronunciar el futbolista del eterno rival, Cristiano Ronaldo, autocalificándose como “Guapo, rico y buen jugador”.
Concretamente, se le pedía a Rosell su opinión sobre la presunta belleza de Ronaldo, a lo cual, el directivo blaugrana se fue por la tangente, respondiendo que, si tuviera que elegir un novio para su hija, él escogería a Messi (que para eso juega en su club, claro). Lo mejor del asunto es que el amigo Sandro se sintió obligado a matizar un par de veces (no una, sino dos) en su breve respuesta que él “no entendía de hombres, ¿eh?”.
Me hace gracia que aún exista este temor a poner la virilidad en tela de juicio por el mero hecho de reconocer a otro hombre como guapo. Es un prejuicio bastante troglodita y carente de sentido, como si la heterosexualidad fuese incompatible con la capacidad objetiva de apreciación de la belleza y ejerciera por el contrario un efecto restrictivo insuperable entre personas del mismo sexo.
Pero absurdos prejuicios aparte, lo verdaderamente cómico es que esos mismos individuos que necesitan justificarse declarándose incapacitados para opinar sobre si un hombre es o no guapo, no muestran en cambio titubeo alguno cuando deciden calificar a otro varón como feo, o aun horroroso o caraculo (especialmente si ese otro tipo se ha ligado a la mujer que nos gusta).
Si se tiene criterio para reconocer e incluso valorar la fealdad, por fuerza se ha de gozar de la misma capacidad para juzgar lo opuesto, pues un concepto necesita al otro, a su antagónico, para poder ser asimilado y comprendido convenientemente.
Bastaría apuntar algo todavía más obvio: todos nos miramos en el espejo y procuramos arreglarnos o acicalarnos en función de una idea subjetiva de lo que significa estar más o menos guapo. Si un día el reflejo me devolviera la imagen de George Clooney, me diría: “Hoy estoy que lo rompo”, mientras que si lo que me mostrara el cristal fuese el careto de El Dioni, tendría que reconocer que mi belleza, de existir, estaría en todo caso en mi interior.
Así que tranquilo, Rosell, que no es usted menos culé ni menos “hombre” por opinar sobre el físico de un futbolista del Real Madrid. Y tampoco se vaya a asustar si alguna vez sorprende a su hija reconociendo que Irina Shayk (la novia de CR7, para más datos) está buena, porque se estará limitando a decir la verdad… aunque luego se case con Messi, como es su deseo de padre.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Volviendo...

A punto de finalizar las vacaciones y de regresar a mis rutinas, sólo dejar constancia de que continúo vivo y sin carné de conducir, y dar las gracias a todos los que habéis dejado vuestras propuestas en el blog o en la dirección de e-mail. Toidas ellas serán complacidas periódicamente a lo largo de la temporada en esta página.

Hasta ya mismo.

domingo, 21 de agosto de 2011

Peatón a la carta

Se supone que la existencia de una bitácora como ésta responde más al deseo individual de expresarse de su autor que a la noble intención de servir a las demandas de un hipotético plantel de lectores. Para bien o para mal, me veo incapaz de separar una cosa de la otra, y por eso, durante estos días de descanso y desconexión, me he preguntado si tal vez no sería buena idea sondearos a vosotros, transeúntes cibernéticos, acerca de lo que os gustaría ver aquí reflejado.


Por ello, pongo a vuestra disposición dos medios para que me hagáis llegar, si es vuestro deseo, sugerencias, demandas o desafíos; es decir, dos vías para que me propongáis temas o argumentos sobre los que escribir en este blog:

- La dirección de e-mail elultimopeaton@gmail.com

- El apartado de “Comentarios” de esta entrada (o de cualquier otra del blog, ya puestos).


Acepto el reto desde ya, y prometo dar respuesta a todas las peticiones (todo vale: ficción, opinión, crítica, lo que sea; y si algún cibernauta perverso me pide que escriba sobre cálculo infinitesimal o sobre la influencia de la curva de Hochner en la bajada del precio de la aceituna negra en los mercados emergentes, me buscaré la vida, palabra de peatón).

Asimismo, confirmo que respetaré el anonimato de los solicitantes salvo que ellos mismos me comuniquen el deseo expreso de ser nombrados como autores de la propuesta en cuestión.

Más allá de que esta iniciativa sea una manera de mantener viva la bitácora durante las vacaciones, espero estar en condiciones de prolongarla el tiempo que haga falta (mientras siga habiendo valientes que se atrevan a pisar esta acera, por mí encantado).

Buenas vacaciones a todos (incluidos a los que ya se os han terminado).

jueves, 4 de agosto de 2011

La ley de la inercia


A menudo me acuerdo de un programa de televisión de hace bastantes años, en el que un reportero sarcástico y sibilino abordaba a los transeúntes preguntándoles cosas como “¿Qué haría usted si su hijo le dijera que es heterosexual?”, o “¿Ha conducido alguna vez sobrio?”.
Era gracioso, pues los peatones encuestados solían sin excepción dar respuestas del tipo “Yo lo querría igual que si fuese normal, porque es mi hijo”, o “Jamás. Nunca bebo si tengo que ponerme al volante”.
Fijaos cómo todo el mundo creía oír “homosexual” cuando el reportero decía “heterosexual” y, en el otro caso, interpretaba “ebrio” cuando en realidad se había dicho “sobrio” (sobre lo de la palabra normal en el primero de los casos no voy a comentar nada, aunque sé que sería motivo para escribir un artículo monográfico sobre el particular).
Pasa con más frecuencia de lo que probablemente creemos. Reaccionamos, contestamos y actuamos movidos por la inercia de lo consabido y rutinario, sin prestar atención a lo que de verdad se nos pide o inquiere.
Mi estimado colega Yamandú Sabini bien lo sabe. Lleva desde tiempos inmemoriales pidiendo una Coca-Cola sin limón y los camareros se empeñan en traérsela sin hielo. Lo repito, por si no ha quedado claro (la ley de la inercia también se cumple cuando leemos): él dice “Una Coca-Cola sin limón”, y le sirven una botella o lata del susodicho refresco junto a un vaso vacío con una rodaja de limón en su interior. Es posible que, a lo largo de su vida, mi amigo haya pronunciado la frase “Había dicho sin limón, no sin hielo” muchas más veces que “Buenos días”, “Hola” o “Adiós”.
En agosto el censo de la ciudad se reduce ostensiblemente, y estoy seguro de que los dependientes, camareros y empleados de comercio en general se aburren igual que los guardas jurados el resto del año, así que ayer se me ocurrió un pasatiempo para animarles un poco la faena.
Primero fui al supermercado del barrio y le pregunté a uno de los chicos que deambulaba por sus pasillos haciendo ver (o anhelando la posibilidad, incluso) que ordenaba estanterías: “Por favor, ¿tenéis Coca-Cola descafeinada?” El chaval permaneció como diez segundos en una especie de trance fangoso, igual que si le hubiera hablado en húngaro. Por fin volvió en sí, y me aclaró: “Tenemos light, Zero, sin cafeína y también normal”. Lo que suponía. No obstante, quise asegurarme: “Vale. Entones sí la tenéis, ¿no?”. Esta vez entornó los ojos como si con ello los estuviera afilando: “No sé, mire por ahí. En el tercer pasillo”.
No me hizo falta mirar nada, claro está. La fórmula “sin cafeína” es sobradamente popular entre el gremio de la alimentación, pero cuando les cambias la morfología (“descafeinada”) pierden también la semántica (aunque sea idéntica), y el cliente se convierte en un extranjero hostil.
Me faltaba culminar el experimento, esta vez en sentido inverso. Fui a un bar (me costó encontrar uno abierto en estas fechas y a aquellas horas) y pedí amablemente (lo juro) un café sin cafeína. La mujer de detrás de la barra me miró como si fuera el Follonero o cualquier otro emisario de un programa de cámara oculta destinado a dejarla en ridículo delante de la humanidad entera. “¿Perdón?”, me espetó, antes de echar mano del garrote, la cachiporra, la barra de hierro o lo que fuese que guardara bajo el mostrador para espantar cacos y convencer a clientes remolones en el pago. “Un café sin cafeína, gracias”. Silencio de cuenta atrás. Tic, tac… Yo conté hasta trece, pero sin duda iba más acelerado de lo normal (era una cuenta atrás para despegar y salir pitando de allí si la cosa se ponía jodida de verdad). “Un descafeinado, ¿eh?”, dijo al fin, y sonó más a amenaza que a ofrecimiento (como la pregunta de un concurso en la que uno pierde millones de euros si falla). “Es lo que he dicho”. Y era verdad. Milagros del lenguaje.
El calor y el seudo experimento me habían dejado exhausto, así que cené poca cosa y me metí en la cama enseguida. Mientras cerraba los ojos me salió un “Yo también te quiero”, pese a que hace ya varios meses que duermo solo. La inercia.

martes, 19 de julio de 2011

Aproximaciones imposibles


Parece ser que existen forenses o expertos capaces de adivinar el sexo, la edad, la altura y hasta la hora en que falleció una persona con sólo analizar un cabello, un fragmento de hueso machacado o una gota de cualquier sustancia orgánica.
También hay peritos y especialistas que pueden determinar el momento preciso en que se produjo un incendio o una explosión, si el siniestro se originó en una u otra dependencia, si fue provocado o accidental, o si intervinieron agentes químicos o eléctricos, todo ello con la sola ayuda de una montaña de escombros o de ruinas chamuscadas.
A nadie le extrañará tampoco que un arqueólogo sepa calcular la época en que se realizó un grabado, se embalsamó un cadáver o se construyó una columna, aunque dicho momento histórico se remonte a miles de años antes de Cristo.
La ciencia lleva siglos resolviendo enigmas relacionados con el tiempo y el espacio. Hoy en día podemos conocer la distancia que nos separa de planetas a los que no ha viajado nadie y a los que nunca podremos viajar, estamos más o menos familiarizados con teorías sobre agujeros negros, estallidos de materia y universos paralelos, con conceptos como “año luz” o “barrera del sonido”; aspiramos, en definitiva, a la tan presuntuosa como fútil tarea de medir lo inabarcable, de ponerle límites al universo y fronteras al infinito.
Claro que, desde que la informática pasó a ser el organismo que rige el funcionamiento de la vida cotidiana, da la impresión de que sólo existe aquello que puede medirse, calcularse, cronometrarse, delimitarse, programarse.
Somos burocracia y estadística, contabilidad y aritmética.
¿Cabe la imperfección en un mundo tan controlado y exacto? Cabe; doy fe de ello.
Os invito a que os acerquéis a cualquier tienda en la que vendan películas en DVD (o a que consultéis vuestra propia colección, si es que la tenéis). Tomad una cualquiera y echadle un vistazo a la carátula posterior del estuche, allí donde suelen figurar los datos técnicos del filme. Concretamente, debéis prestar atención al texto que indica la duración de la película. Sí, así es. Parece increíble, pero normalmente os encontraréis con que pone “Duración aproximada: 95 (o 108, o 124) minutos”. ¿Aproximada?
Es cierto que hay otra variante, que viene a ser la misma, no obstante: “Duración: 95 (o 108, o 124) minutos aprox. ¿Aprox.?
¿Cómo que aprox.? ¿Cómo que aproximada?
Pero bueno, ¿tan difícil es calcular lo que dura una película? Mi reproductor de DVD, que no es de los más caros ni de los más modernos, tiene incorporado un reloj digital que va contando los segundos, minutos y horas mientras reproduce la película.
En algunas competiciones deportivas, como el atletismo, el ciclismo o el baloncesto, se pueden decidir los resultados por una centésima de segundo. Hay personas encargadas de medir dichas marcas, y cuentan para ello con la tecnología adecuada.
Eso por no hablar de la factura del teléfono. Cada mes me llega un listado en el que se detallan de forma exhaustiva todas las llamadas que he realizado, los números marcados y el tiempo exacto que estuve hablando o escuchando, con minutos y segundos.
Vamos, que no hay quien se trague que no exista un ser humano capaz de decirnos lo que dura una película, aunque ésta sea de Theo Angelopoulos (individuo que acostumbra a rodar solemnes pedanterías de más de tres horas, tan tediosas que acaban haciéndose más largas que una noche en urgencias).
Ahora entiendo por qué me llaman “raro” cuando voy al cine y quiero quedarme a leer los títulos de crédito hasta el final. Hay que joderse.