lunes, 13 de diciembre de 2010

Qué bello es sufrir

Si hay una costumbre arraigada en estas fechas navideñas que se avecinan, por encima incluso del anuncio de Freixenet, la cabalgata de Reyes, la Misa del Gallo, el sorteo de la lotería o la cena de empresa, es la emisión por TV de la película de Frank Capra Qué bello es vivir.
Este año, con eso de la crisis galopante, se ve que el director mejicano Alejandro González Iñárritu ha decidido sumarse a la tradición invirtiendo los términos, y nos trae su nueva película, Biutiful, que es algo así como una oda al sufrimiento extremo a través de una antología de desgracias encadenadas, las cuales conmueven en un principio pero terminan empachando por acumulación excesiva.
A Iñárritu, para qué negarlo, siempre le ha ido la marcha en este sentido. Su excepcional Amores perros no era precisamente un cuento de abuelitas, y las posteriores 21 gramos y Babel continuaban esa línea de exploración de la tragedia con su correspondiente contrapartida de arrepentimientos y expiaciones.
Pero al margen de la evidente truculencia dramática que rezumaban las mencionadas tres películas, había en ellas historias bien construidas y entrelazadas, que se seguían a pesar de su dureza gracias a unas buenas dosis de intriga, aliñadas con no menos brillantes interpretaciones.
Por supuesto que el sector gourmet de la crítica nunca vio con buenos ojos el cine de Iñárritu por efectista y superficial, algo que a mí me trae sin cuidado si la historia me engancha y está bien narrada, como era el caso. Esta virtud —constato ahora tras el visionado de Biutiful— le correspondía en un porcentaje igual o aun mayor al guionista Guillermo Arriaga, sin el cual Iñárritu conserva los ingredientes, aunque sin ser capaz de encontrarle el punto al guiso.
Biutiful se aguanta fundamentalmente por un inconmensurable Javier Bardem, que huele a enésima nominación al Goya y posiblemente al Oscar. El resto, es como coger un episodio del programa Callejeros y convertirlo en largometraje, quitándole, eso sí, todo atisbo de humor y simpatía.
Además, en ésta su primera aventura europea, el cineasta mejicano se ha contagiado de uno de los vicios más irritantes del cine de autor continental: la manía de poner al límite nuestra capacidad auditiva a base de diálogos que a veces son susurros y a veces difusos sonidos guturales y obviamente indescifrables; a esto, sumémosle los acentos de algunos de los personajes y una tendencia a elevar el sonido ambiental por encima de las voces de los actores, y el resultado es, aparte de una involuntaria apología de la sordera, un galimatías de afectación y un innecesario subrayado de las intenciones del autor, las cuales imagino orientadas a la denuncia social o cualquiera de sus trilladísimos sucedáneos.
Pero insisto: me importa más el resultado que las pretensiones, y en Biutiful la balanza se inclina desgraciadamente (nunca mejor dicho) por las segundas, con el agravante de que, cuando se ve tanto el plumero, lo que deberíamos admirar como un acto de coraje artístico se queda en un bien calculado artificio para satisfacer a aquellos que creen que la culpa de los males del mundo la tienen las películas de tiros.
Menos mal que, para empacharnos como es debido de tragedia, melodrama y truculencia, siempre nos quedarán esas nueve horas irrepetibles del mejor cine, agrupadas bajo el título de El Padrino.

1 comentario:

Asun dijo...

Existe la costumbre, cada vez mas arraigada de salir huyendo de palabras como "enfermedad, dolor, sufrimiento,hastio".

No pretendo llevar la contraria pero no me queda otra.
En el sufrimiento, senores, es donde nos definimos. Donde crecemos, vaya. Poco se consigue en tiempos de paz. Pero cuantos grandes genios, artistas, politicos, estrategas y santos(si, esos tios raros que no estan de moda) se fraguaron en la guerra?
Escondemos el dolor. No es valido. Si sufres, mejor vete al psiquiatra. Como si sufrir no fuera un proceso natural. Natural y necesario.
En la alegria y la concordia, no se madura.Por supuesto, la felicidad te aporta "otros " valores.Cuando uno es feliz, se nota. Por su modo de hablar, de mirar, de sonreir. Como si todo lo bueno que hay en uno, de repente tomara cuerpo.Todo resulta mas sencillo. Incluso aguantar a la suegra. O al vencino del quinto , que toca el piano, "el muy cabron", a las dos de la manana.
No sera que nos resulta mas comodo? Lo de no sufrir. O , mejor dicho, lo de endilgarle al projimo que se lo haga mirar y listo.Un poquito de serotonina hace maravillas.Verdad?
Todo, claro, con tal de no mover ni un dedo en favor del que sufre.Que se las arregle, pero que no nos cuente historias. Voy a perder yo el tiempo, haciendo una simple llamadita preguntando como esta. Hombre!
"Que le jodan" Que yo tengo toda una vida por vivir y no tengo tiempo.
No sera tambien que nos da miedo sufrir? Por lo desconocido, porque no nos gusta pasarlo mal, porque no tenemos ganas, porque preferimos la rutinaria y monocorde felicidad de un dia a dia sin sobresaltos, porque sabemos que nos dejaran de lado, que no nos comprenderan, ni aguantaran, que nos dejaran a la deriva y encima nos criticaran con este y con aquel.
Pero, sobretodo, porque no hemos entendido aun que el dolor casi nunca es gratuito, que suele llevar de la mano una o varias enseñanzas personales que aunque no lo sepamos, resulta que las necesitamos. Si hasta el pero de los canceres puede enseñarte algo.
Lo que pasa es que al sufrimiento lo vemos como una privacion. Y no es asi.Puede hacernos muy grandes.
Conocí a una,por ejemplo, que al verse rechazada de mala manera por el hombre que amaba, aprendio lo que era la piedad. Conoci a otra,que al ponerse enferma y ver su vida reducida a nada, entendio de pronto lo que significa el "no puedo". Y aprendio una mejor forma de amar a sus semejantes, de comprenderles.
Podria poner tantos ejemplos!
Lo dicho, senores, el dolor es necesario. Y bueno.
Aunque no hace falta ser masoquista.