jueves, 23 de diciembre de 2010

Poesía sin contraindicaciones

La palabra poesía aplicada al cine me causa pavor. A menudo me encuentro con que la hipotética intención lírica parece poco más que un ardid para justificar gratuitas excentricidades y monumentales brotes de arrogancia por parte de autores que se tienen mucho en cuenta a sí mismos y olvidan que existe algo llamado público (sin lo cual, su oficio no tendría razón de ser).
La expresión “poema filmado” siempre me remite a una película aburrida, críptica y carente de eso tan vulgar para algunos (no para mí) que se conoce como “trama” o “historia”.
Afortunadamente, el título de esta película de Lee Chang-Dong no es un vaticinio fatal, sino una excelente manera de resumir una historia conmovedora en la que la belleza convive con la tragedia de una manera tan elegante como efectiva.
La cadencia narrativa, pausada y detallista, y la delicadeza con que retrata a sus protagonistas —y en especial a esa anciana que carga con todo el peso del drama— recuerdan al mejor Clint Eastwood, al prosista de lujo que se fija en los más débiles y vulnerables (los ancianos, los niños, los perdedores) y nos acerca a su mundo con la misma dosis de crudeza que de ternura.
En un panorama cinematográfico saturado de tridimensionalidad pueril y desmadre adolescente, Poesía es un oasis de madurez y un homenaje a ese segmento de población que vive la paradoja de ser el más numeroso y al mismo tiempo el menos considerado en términos mediáticos.
Pero lo mejor es que la visión de la vejez que hace Lee Chang-Dong no es condescendiente ni edulcorada. No nos presenta abuelitas marchosas ni entrañables sabios con una barba blanca hasta los pies; el director de Secret Sunshine apuesta por la humanidad literal, con sus fortalezas y debilidades, y por eso la odisea de esta anciana que debe luchar contra la adversidad en todas sus manifestaciones posibles (materiales, laborales, emocionales, biológicas) resulta tan creíble y emotiva.
La idea de la poesía como último recurso al que aferrarse o como medicina para paliar el avance de lo inevitablemente trágico encaja sin chirriar en un contexto de veracidad cotidiana trasladable a cualquier pueblo o comunidad.
En contraste con el sombrío mundo interior de los personajes principales, el cineasta coreano apuesta por la luminosidad y la presencia predominante del sol para su puesta en escena, además de otorgarle a la naturaleza un papel importante como escenario donde transcurren algunos momentos decisivos de la película (el encuentro de la anciana con la madre de la niña, por ejemplo).
Es decir, da la impresión de que, más allá de la propia historia, el filme representa en sus criterios de realización la propia definición o la finalidad teórica de la poesía, pero lo hace sin dejar que la metáfora se imponga a la narración, evitando que lo simbólico o lo abstracto le coman el terreno a lo epidérmico y tangible.

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