miércoles, 29 de diciembre de 2010

Buen provecho

Si alguien tuviera la osada idea de tender un puente entre dos películas aparentemente tan distantes como El apartamento (Billy Wilder, 1960) y Pagafantas (Borja Cobeaga, 2009), lo que obtendría se parecería mucho a esta opera prima de David Pinillos, Bon appétit, que en teoría se suma a una cierta moda (ya un tanto abusiva) de mezclar comedia con cocina, pero que, en realidad y por suerte, termina por consolidarse como una obra con personalidad propia y valiente en su manera de abordar el universo sobreexplorado de las relaciones sentimentales.
Poco que ver, pues, con títulos como Fuera de carta (Nacho G. Velilla, 2008) o Dieta mediterránea (Joaquín Oristrell, 2009); ni siquiera con 18 comidas (Jorge Coira, 2010), a la que es no obstante más afín. Pensando estrictamente en un posible subgénero culinario, tendríamos que emparentarla, en todo caso, con Deliciosa Martha (Sandra Nettelbeck, 2000) o Soul kitchen (Fatih Akin, 2009), aunque nos estaríamos quedando igualmente en lo superficial.
Bon appétit pertenece a eso que se conoce como estilo indie, sí, pero conviene matizar que estamos ante un cine de espíritu indie cuyas señas de identidad reniegan de los clichés del romanticismo convencional y edulcorado que conduce invariablemente a un desenlace donde todo es comer perdices y completar naranjas (dentro del circuito supuestamente “independiente” existen obras tan tópicas y pacatas como los más calculados subproductos románticos de Hollywood).
De hecho, la película a la que más me ha recordado Bon appétit es a la entrañable Once (John Carney, 2006). En ésta no era la restauración, sino la música, el telón de fondo o macguffin para relatar una historia de personas que se quieren pero cuyos perfiles no encajan necesariamente en los moldes impuestos por la tradición y la fábula. Exactamente igual que en la película de Pinillos, que no es tan amarga como Two lovers (James Gray, 2008), pero que sí contiene un agradecido punto de veraz reticencia a lo categóricamente idílico que la distingue y la hace destacar pese a su ausencia de grandes pretensiones.
La pareja protagonista, formada por Unax Ugalde (uno de los mejores actores jóvenes del cine español) y Nora Tschirner (dan ganas de enamorarse de ella; se comprende el empeño del protagonista) derrocha encanto, naturalidad y sentimiento, defendiendo cada uno de ellos a personajes antiheroicos pero no por ello antipáticos.
Como en la mencionada El apartamento, en Manhattan (Woody Allen, 1979) o Entre copas (Alexander Payne, 2004) —y salvando todas las evidentes distancias—, el trayecto que propone el debutante Pinillos no es un desfile fatuo y festivo por la alfombra roja del éxito, sino más bien un paseo lento y reposado para que podamos detenernos a razonar sobre lo que sentimos, en vez de enfilar el camino a la bravas y con las emociones como único combustible.
En Bon appétit no se niega la belleza del sentimiento amoroso, pero sus enamorados no son títeres condenados a satisfacer a un público anquilosado y complaciente. De un típico flechazo puede surgir lo mismo un matrimonio que una amistad duradera, un abono de sexo eventual que una camaradería interesada, un amante o un pagafantas, una muesca en el revólver o un romance vacacional condenado al trastero de la memoria, un embarazo de penalty o un bonito recuerdo para toda la vida.
Idónea para los que piensen que las matemáticas y el corazón no se compenetran bien. Que aproveche.

2 comentarios:

T.M. dijo...

Me gustó mucho.

saludos peatón.

Anónimo dijo...

me encanto esta pelicula, es la primera que veo que se trate de este hermoso arte, tengo 14 años y me gradue como, chef de cocina internacional, en una academia, en san cristobal estado tachira, venezuela, y creo que por esto me gusto mucho! felicidades!!