jueves, 18 de noviembre de 2010

¡Manos arriba, esto es un autor!

Una vez más, me permito recoger el testigo de Palimp, quien, en su Cuchitril Literario, vuelve a reflexionar sobre el candente asunto del libro electrónico, en este caso a colación de un artículo de Arturo Pérez-Reverte.
Por resumir mi postura al respecto —más o menos expuesta en la entrada titulada Algunas e-dudas—, diré que reniego de esa cosa tan nuestra del afán por la confrontación. Es decir, quiero creer que la introducción de la tecnología en el ámbito literario es una manera de aumentar posibilidades y prestaciones, una forma de mejorar cuestiones eminentemente prácticas (capacidad de almacenaje, facilidad de transporte, agilidad y simplificación para trabajos de consulta o documentación, etc.), amén de una oportunidad de hacer la lectura más accesible y asequible al bolsillo del lector.
Seguirán existiendo fetichistas del libro y ciberadictos alérgicos al papel, por supuesto. Pero eso no debería desembocar en la consolidación de dos ejércitos enemigos que luchen por aniquilarse mutuamente.
Cuando salimos a comer a un buen restaurante deseamos por regla general que la comida esté elaborada al modo tradicional, que nos la sirvan en platos de cerámica o de porcelana (nunca de papel o plástico), con cubertería metálica; y el vino, claro está, en copa de cristal. Esto no es incompatible con tener en casa un microondas o una cocina de vitrocerámica, vasos de duralex y taperguares. Se trata de una elección personal; cada cual escoge el momento y los medios apropiados. Nada más. Bien sencillo.
Así que me parece erróneo centrar las dudas respecto al libro electrónico en los usuarios lectores. Creo que los lectores (pese a lo que afirma Pérez-Reverte con su acostumbrada y despectiva contundencia) tenemos bastante claro a qué atenernos.
Una vez alguien quiso convencerme de que no leía porque los libros eran muy caros. A semejante excusa chusquera le argumenté que existían unos lugares desde tiempos inmemoriales denominados Bibliotecas Públicas, donde se podía leer gratis. O sea, el que quiere leer, lee.
Mis inquietudes, por tanto, apuntan a otros aspectos alejados de lo romántico y lo estrictamente cultural (están reflejadas, como ya he dicho, en la entrada Algunas e-dudas).
Lo que no podemos negar, me temo, es que este tipo de cambios se producen de forma calculada. No suceden cuando son técnicamente posibles, sino cuando alguien confirma que se va a beneficiar económicamente de los mismos (tenemos un ejemplo diáfano en el sector del automóvil; hasta donde yo sé, los vehículos que se mueven por medio de energías alternativas al petróleo existen desde antes de que muriera Chanquete, pero la pela —o el petrodólar— es la pela).
Aún no tengo del todo claro quién va a ganar dinero con el e-book. Podrían ser los fabricantes de hardware y electrodomésticos (los de software supongo que no, pues imagino que el asunto funcionará igual que en el terreno de la ofimática: ¿alguien conoce a alguien que se haya comprado, con su dinero, el paquete Microsoft Office?).
Imagino que todos los elementos que componen la cadena del negocio editorial en la actualidad (autor, agente, editor, distribuidor, librero) saldrán perdiendo en mayor o menor medida, además de otros empresarios o particulares relacionados (imprentas, transportistas, etc.). Si esto es en aras de facilitar la lectura e incluso —quién sabe— de convertir la literatura en una afición más popular, pues bienvenido sea el sacrificio.
Existe igualmente la amenaza de la piratería. También aquí conviene matizar.
Yo he grabado discos en casetes vírgenes, he fotocopiado fragmentos de libros por necesidades académicas, he grabado (y todavía lo hago) películas de la televisión. No nos engañemos: piratas somos todos, o casi.
Lo que nunca defenderé es esa idea presuntamente progre de la piratería como actitud antisistema o algo por el estilo; una postura que acostumbra a apoyarse en paupérrimos argumentos demagógicos más propios de una arrogante cazurra tipo Belén Esteban que de una persona realmente interesada en la literatura o la cultura en general.
He oído demasiadas veces en los últimos meses frases como “Yo no le voy a pagar el yate a Alejandro Sanz” para justificar la copia ilegal de una obra cualquiera. No os quepa duda de que quien esto afirme jamás ha comprado un disco de Alejandro Sanz. Tampoco ha ido a sus conciertos, y con seguridad que cambiará de emisora cuando suene por la radio un tema cualquiera del cantante famoso por tener el corazón partío.
Lo que estos aguerridos piratas hacen, por tanto, es no comprar los discos de sus cantantes favoritos para evitar que se forren otros cantantes que no les gustan. Un disparate, lo sé. Es lo mismo que esas otras personas (también muchas, lo prometo) que se jactan de haber “vetado”, por ejemplo, a Javier Bardem porque es un borde con la prensa, o por lo del no a la guerra, o porque sólo da exclusivas en el extranjero. Su supuesto veto consiste en no ver películas en las que intervenga el mencionado actor. Una ridiculez. Para empezar, el que decide no ver, pongamos, No es país para viejos, está vetando “artísticamente” a los hermanos Coen, a los actores Josh Brolin y Tommy Lee Jones, entre otros, y a quien está jodiendo de verdad es al dueño del cine donde se proyecta la película, que vende una entrada menos. Eso por no mencionar lo más absurdo de todo: que probablemente se esté haciendo la puñeta a sí mismo al hacer prevalecer la manía personal hacia Bardem sobre sus gustos cinematográficos (si nos limitáramos a ver películas o leer libros de gente buena y ejemplar, apañados iríamos).
Seguro que la SGAE, con su denodado afán recaudatorio, tiene mucha culpa de ello, pero el caso es que parece haberse instaurado en la opinión pública una definición del concepto “autor” injustamente negativa. Miles de ciudadanos cabreados aparentan estar convencidos de que TODOS los autores nos beneficiamos de lo que gana UN SOLO autor, y por ello pretenden castigar a quienes odian pirateando las obras de quienes admiran.
Por decirlo en versión Barrio Sésamo: La forma de fastidiar a Alejandro Sanz es no comprar discos de Alejandro Sanz. La forma de dar por saco a Paulo Coelho es no comprar libros de Paulo Coelho.
Si no pudiera comprarme la nueva novela de Paul Auster, tal vez la piratearía, pero lo haría para no prescindir del placer de leer ese libro en concreto, y no para evitar financiarle un chalet a Jorge Bucay.
No sé si ha quedado claro.

1 comentario:

Palimp dijo...

Clarísimo. Yo pirateo, pero no defiendo la piratería. Que una cosa es que te gusten las jovencitas y otra presumir de ello.

Será una pena no verte el sábado.