martes, 23 de noviembre de 2010

Ligera y digestiva

Una pareja cena en un restaurante. Ella es visiblemente más joven que él. Se adivina que llevan un tiempo considerable de novios, y la mujer quiere que se decidan a vivir juntos. Él se muestra reacio, y se da a entender que no es la primera vez que mantienen la misma conversación, y con idénticos resultados.
Entonces ella le pregunta: “¿De qué tienes miedo?”.
Y él responde algo así como: “Ahora vivo solo, pero no me siento solo. Y tengo miedo… no, miedo, no: tengo pánico. Pánico de que vengas a vivir conmigo, y al cabo del tiempo lo nuestro se acabe, y tú te marches. Y volveré a vivir solo. Y entonces sí me sentiré solo”.
La escena pertenece a la película 18 comidas, de Jorge Coira, que acaba de estrenarse en nuestros cines.
Es de suponer que buena parte del público (y en especial la mayoría de las espectadoras) interpretaría este discurso como una apología del egoísmo y la insensibilidad.
A mí, sin embargo, me parece uno de los razonamientos más honestos y coherentes que he escuchado en mucho tiempo. Además, creo que describe una forma de pensar y sentir quizá no demasiado común, pero sí bastante ajustada a la realidad, muy creíble y, bajo mi punto de vista, altamente defendible.
Se puede decir que toda la película respira ese aire de verosimilitud, o, al menos, de limpia naturalidad.
Al contrario de lo que sucede con determinadas obras, asfixiadas por las pretensiones minimalistas de sus autores, la espontaneidad de los personajes aquí no parece forzada, y de hecho hay una explicación lógica para ello. Según Coira, se trabajó la parte interpretativa con un método conceptualmente contradictorio que podría definirse como “improvisación calculada”. Se rodaron más de noventa horas de metraje en las que los actores se explayaron libremente y atendiendo a unas mínimas consignas de caracterización y guión.
No puedo decir que el método sea infalible y vaya a funcionar siempre, pero lo cierto es que en este caso ha sido un notable acierto.
Está claro que los prejuicios del público son aún numerosos respecto a todo lo que huela a cine español. Supongo que las apariencias engañan, y juegan en contra del filme de Coira. A primera vista, todo indica que estamos ante la típica producción ibérica amparada en el tirón de las series televisivas, con reparto coral y tono de comedia costumbrista de andar por casa, con el gancho de un actor en auge (Luis Tosar) y otros rostros conocidos de la pequeña pantalla (Sergio Peris-Mencheta y Esperanza Pedreño), y con el muy manido trasfondo de la cocina o la gastronomía como contexto.
La verdad es bien distinta, y me atrevo a intuir que esta película (estrenada casi pidiendo perdón, en tan sólo dos cines de Barcelona) tendría el beneplácito entusiasta de los espectadores más cinéfilos (los habituales de Verdi, Renoir y similares) si viniera firmada por un cineasta nórdico o centroeuropeo.
No hay nada espectacular, ni excesivamente original. El valor de 18 comidas está en algo tan simple como efectivo: la sensación de que estás ante la vida misma, la que has dejado antes de que la sala se quedara a oscuras y la que te espera al salir del cine. No es una película de atracón de palomitas ni tampoco un sesudo ejercicio con aspiraciones de inmortalidad. De vez en cuando se agradece que el director se guarde la ambición para otro momento. Que se conforme con caernos bien, sin necesidad de enamorarnos o de hacernos morir de admiración.
Como ocurrió el año pasado con la estupenda 25 kilates (¿alguien la vio?), de Patxi Amezcua, seguro que 18 comidas pasará desapercibida. Conste aquí que merecía mejor suerte.

1 comentario:

T.M. dijo...

Gracias peatón, iré a verla. Me gusta el cine español, no todo claro, pero sí es verdad que hay veces que nos sorprende gratamente.
saludos.