lunes, 1 de noviembre de 2010

Falacias populares 6 - Di que vas de mi parte

Cuando vamos a cualquier sitio de parte de alguien, lo fundamental es estar absolutamente seguros de que ese “alguien” es realmente una persona de confianza.
Sé que es tentador sentirse distinguido o privilegiado. A todos nos fastidian los enchufados, siempre y cuando sean otros, claro. Si es a nosotros a quienes nos hacen el favor, en ningún momento nos paramos a pensar que tal vez estamos perjudicando a un tercero que lleva más tiempo esperando su turno o que necesita mucho más el descuento o la prebenda.
Reconocida esta debilidad del ego, conviene andarse con cuidado, pues la tentación del privilegio nos lleva a veces a convertirnos en el recomendado de personas a las que apenas conocemos y que, probablemente, obren movidas por idéntico influjo de su vanidad: también ellos se sienten importantes diciéndonos “Di que vas de mi parte” o “Di que eres amigo mío”.
En cierta ocasión, alguien me instó a sacar mis billetes de avión en una agencia de viajes donde al parecer lo conocían y la sola mención de su nombre era sinónimo de trato preferencial.
En efecto fui a dicha agencia, convencido de que sacaría alguna ventaja. Nada más aclarar que iba de parte de aquel señor, la cara del hombre de la agencia me reveló ya que lo mismo podría haberle dicho que iba de parte de Harry Potter o de Paquirrín.
No dudo de que mi supuesto mentor y el tipo de la agencia se conocieran, pero lo que era evidente es que su relación no era tan estrecha como para ejercer influencia alguna. Como el agente de viajes era un profesional, se esforzó en sonreír y responderme “Ah, sí” (que era como decir “Ah, sí, es mi cuñado el fantasma” o “Ah, sí, el pesao aquél que estudió conmigo”, o incluso “Ah, sí, el novio de una vecina mía al que, por cierto, todavía no conozco en persona”).
Me aseguró que me había buscado la mejor oferta y yo me sentí obligado a creerle, pese a que, desde luego, no era ninguna ganga (y no afirmo con ello que lo hiciese a mala leche; seguramente no tenía ni capacidad ni poder para ofrecerme nada mejor).
Esto me hace pensar en lo poco que en realidad sabemos acerca de la impresión que causamos en los demás. Tal vez quien me mandó a aquella agencia no lo hizo tan sólo por el deseo de fingir que era un individuo influyente. Quizá creía de verdad que el otro tipo lo apreciaba o aun lo admiraba. Puede que sólo coincidieran en una ocasión, durante una boda o una cena de amigos comunes; a lo mejor se conocían superficialmente por haber trabajado en la misma empresa o compartir escalera de vecinos. Y eso, aunque no sea demasiado, nos basta a menudo para hacernos impresiones sobre otras personas y, al mismo tiempo, deducir lo que éstas pensarán de nosotros; si caemos mal o bien, si entablaríamos una relación más estrecha o no, si le gustamos o le atraemos sexualmente a alguien, si le prestaríamos dinero o no le daríamos ni las buenas tardes, si su amabilidad es genuina o busca algo a cambio, si los encantadores modales ocultan a un futuro gorrón o pelmazo, si tal o cual persona ha tenido un pasado turbio o difícil, si es un homosexual encubierto o si guarda millones debajo de un ladrillo aunque va de humilde por la vida... En fin, parece mentira, pero la de cosas que nos atrevemos a extraer de la gente con sólo intercambiar un par de minutos en un descansillo o compartir un fugaz trayecto en ascensor.

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