domingo, 28 de noviembre de 2010

Falacias populares 8 - Tengo muchos amigos gays

Existen infinidad de tópicos, dichos, sentencias, refranes, chascarrillos y aforismos sobre la amistad. Que si los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano, que si los amigos son quienes están en los buenos momentos cuando les llamas y en los malos cuando no les llamas, que si los hombres y las mujeres nunca pueden ser realmente amigos por culpa de la interferencia sexual, que si los amigos de mis amigos son mis amigos, etcétera.
Días atrás ya me referí a este tema en términos más o menos generales, al comentar la última película de David Fincher, La red social.
Tener muchos amigos es más una ilusión que una meta alcanzable. Y esto es independiente de la raza, el sexo, la clase social, la nacionalidad o la orientación sexual.
Así pues, quien afirme tener muchos amigos gays está obviamente mintiendo para defenderse o eludir una presunta acusación de homofobia. Ni siquiera los gays tienen muchos amigos gays.
Lo que sorprende sin duda es que haya tantos heterosexuales que presuman de su ingente elenco de amigos homosexuales. Sucede de manera sistemática, lo mismo que cuando alguien estornuda y otro se siente obligado a decir “Jesús”, o cuando alguien nos relata con visible entusiasmo una anécdota referente a un programa de televisión cutre, casposo o friki, e inmediatamente se siente en el deber de añadir que lo vio “haciendo zapping”, o sea, de casualidad.
La jactancia de tener muchos amigos gays suele ir, por tanto, precedida de una declaración que evidencia prejuicio respecto a la condición sexual de una persona. Es un parche, un precario intento de arreglar una metedura de pata o la revelación de una opinión impopular.
Me acuerdo de una chica a quien no correspondí en cierta ocasión, pese a sus intentos ostensibles de seducción. Ella, comprensiblemente ofendida, quiso defenderse no obstante espetándome: “¿Qué pasa? ¿Eres marica o qué?”. Estuve a punto de contestarle que sí para ver qué cara se le quedaba, pero como no tengo tanta mala leche, simplemente le dije algo así como: “Si crees que me insultas con eso, lo único que demuestras es que para ti la homosexualidad es un insulto”. Por supuesto, no tardó ni cinco segundos en aclararme que tenía muchos amigos gays (además lo dijo así, gays, y no maricas, tal como hubiera cabido esperar).
En fin. Yo no puedo decir que tenga amigos gays, pero tampoco le he llamado nunca “lesbiana” a una mujer cuando me ha dado calabazas. Algo es algo.

martes, 23 de noviembre de 2010

Ligera y digestiva

Una pareja cena en un restaurante. Ella es visiblemente más joven que él. Se adivina que llevan un tiempo considerable de novios, y la mujer quiere que se decidan a vivir juntos. Él se muestra reacio, y se da a entender que no es la primera vez que mantienen la misma conversación, y con idénticos resultados.
Entonces ella le pregunta: “¿De qué tienes miedo?”.
Y él responde algo así como: “Ahora vivo solo, pero no me siento solo. Y tengo miedo… no, miedo, no: tengo pánico. Pánico de que vengas a vivir conmigo, y al cabo del tiempo lo nuestro se acabe, y tú te marches. Y volveré a vivir solo. Y entonces sí me sentiré solo”.
La escena pertenece a la película 18 comidas, de Jorge Coira, que acaba de estrenarse en nuestros cines.
Es de suponer que buena parte del público (y en especial la mayoría de las espectadoras) interpretaría este discurso como una apología del egoísmo y la insensibilidad.
A mí, sin embargo, me parece uno de los razonamientos más honestos y coherentes que he escuchado en mucho tiempo. Además, creo que describe una forma de pensar y sentir quizá no demasiado común, pero sí bastante ajustada a la realidad, muy creíble y, bajo mi punto de vista, altamente defendible.
Se puede decir que toda la película respira ese aire de verosimilitud, o, al menos, de limpia naturalidad.
Al contrario de lo que sucede con determinadas obras, asfixiadas por las pretensiones minimalistas de sus autores, la espontaneidad de los personajes aquí no parece forzada, y de hecho hay una explicación lógica para ello. Según Coira, se trabajó la parte interpretativa con un método conceptualmente contradictorio que podría definirse como “improvisación calculada”. Se rodaron más de noventa horas de metraje en las que los actores se explayaron libremente y atendiendo a unas mínimas consignas de caracterización y guión.
No puedo decir que el método sea infalible y vaya a funcionar siempre, pero lo cierto es que en este caso ha sido un notable acierto.
Está claro que los prejuicios del público son aún numerosos respecto a todo lo que huela a cine español. Supongo que las apariencias engañan, y juegan en contra del filme de Coira. A primera vista, todo indica que estamos ante la típica producción ibérica amparada en el tirón de las series televisivas, con reparto coral y tono de comedia costumbrista de andar por casa, con el gancho de un actor en auge (Luis Tosar) y otros rostros conocidos de la pequeña pantalla (Sergio Peris-Mencheta y Esperanza Pedreño), y con el muy manido trasfondo de la cocina o la gastronomía como contexto.
La verdad es bien distinta, y me atrevo a intuir que esta película (estrenada casi pidiendo perdón, en tan sólo dos cines de Barcelona) tendría el beneplácito entusiasta de los espectadores más cinéfilos (los habituales de Verdi, Renoir y similares) si viniera firmada por un cineasta nórdico o centroeuropeo.
No hay nada espectacular, ni excesivamente original. El valor de 18 comidas está en algo tan simple como efectivo: la sensación de que estás ante la vida misma, la que has dejado antes de que la sala se quedara a oscuras y la que te espera al salir del cine. No es una película de atracón de palomitas ni tampoco un sesudo ejercicio con aspiraciones de inmortalidad. De vez en cuando se agradece que el director se guarde la ambición para otro momento. Que se conforme con caernos bien, sin necesidad de enamorarnos o de hacernos morir de admiración.
Como ocurrió el año pasado con la estupenda 25 kilates (¿alguien la vio?), de Patxi Amezcua, seguro que 18 comidas pasará desapercibida. Conste aquí que merecía mejor suerte.

jueves, 18 de noviembre de 2010

¡Manos arriba, esto es un autor!

Una vez más, me permito recoger el testigo de Palimp, quien, en su Cuchitril Literario, vuelve a reflexionar sobre el candente asunto del libro electrónico, en este caso a colación de un artículo de Arturo Pérez-Reverte.
Por resumir mi postura al respecto —más o menos expuesta en la entrada titulada Algunas e-dudas—, diré que reniego de esa cosa tan nuestra del afán por la confrontación. Es decir, quiero creer que la introducción de la tecnología en el ámbito literario es una manera de aumentar posibilidades y prestaciones, una forma de mejorar cuestiones eminentemente prácticas (capacidad de almacenaje, facilidad de transporte, agilidad y simplificación para trabajos de consulta o documentación, etc.), amén de una oportunidad de hacer la lectura más accesible y asequible al bolsillo del lector.
Seguirán existiendo fetichistas del libro y ciberadictos alérgicos al papel, por supuesto. Pero eso no debería desembocar en la consolidación de dos ejércitos enemigos que luchen por aniquilarse mutuamente.
Cuando salimos a comer a un buen restaurante deseamos por regla general que la comida esté elaborada al modo tradicional, que nos la sirvan en platos de cerámica o de porcelana (nunca de papel o plástico), con cubertería metálica; y el vino, claro está, en copa de cristal. Esto no es incompatible con tener en casa un microondas o una cocina de vitrocerámica, vasos de duralex y taperguares. Se trata de una elección personal; cada cual escoge el momento y los medios apropiados. Nada más. Bien sencillo.
Así que me parece erróneo centrar las dudas respecto al libro electrónico en los usuarios lectores. Creo que los lectores (pese a lo que afirma Pérez-Reverte con su acostumbrada y despectiva contundencia) tenemos bastante claro a qué atenernos.
Una vez alguien quiso convencerme de que no leía porque los libros eran muy caros. A semejante excusa chusquera le argumenté que existían unos lugares desde tiempos inmemoriales denominados Bibliotecas Públicas, donde se podía leer gratis. O sea, el que quiere leer, lee.
Mis inquietudes, por tanto, apuntan a otros aspectos alejados de lo romántico y lo estrictamente cultural (están reflejadas, como ya he dicho, en la entrada Algunas e-dudas).
Lo que no podemos negar, me temo, es que este tipo de cambios se producen de forma calculada. No suceden cuando son técnicamente posibles, sino cuando alguien confirma que se va a beneficiar económicamente de los mismos (tenemos un ejemplo diáfano en el sector del automóvil; hasta donde yo sé, los vehículos que se mueven por medio de energías alternativas al petróleo existen desde antes de que muriera Chanquete, pero la pela —o el petrodólar— es la pela).
Aún no tengo del todo claro quién va a ganar dinero con el e-book. Podrían ser los fabricantes de hardware y electrodomésticos (los de software supongo que no, pues imagino que el asunto funcionará igual que en el terreno de la ofimática: ¿alguien conoce a alguien que se haya comprado, con su dinero, el paquete Microsoft Office?).
Imagino que todos los elementos que componen la cadena del negocio editorial en la actualidad (autor, agente, editor, distribuidor, librero) saldrán perdiendo en mayor o menor medida, además de otros empresarios o particulares relacionados (imprentas, transportistas, etc.). Si esto es en aras de facilitar la lectura e incluso —quién sabe— de convertir la literatura en una afición más popular, pues bienvenido sea el sacrificio.
Existe igualmente la amenaza de la piratería. También aquí conviene matizar.
Yo he grabado discos en casetes vírgenes, he fotocopiado fragmentos de libros por necesidades académicas, he grabado (y todavía lo hago) películas de la televisión. No nos engañemos: piratas somos todos, o casi.
Lo que nunca defenderé es esa idea presuntamente progre de la piratería como actitud antisistema o algo por el estilo; una postura que acostumbra a apoyarse en paupérrimos argumentos demagógicos más propios de una arrogante cazurra tipo Belén Esteban que de una persona realmente interesada en la literatura o la cultura en general.
He oído demasiadas veces en los últimos meses frases como “Yo no le voy a pagar el yate a Alejandro Sanz” para justificar la copia ilegal de una obra cualquiera. No os quepa duda de que quien esto afirme jamás ha comprado un disco de Alejandro Sanz. Tampoco ha ido a sus conciertos, y con seguridad que cambiará de emisora cuando suene por la radio un tema cualquiera del cantante famoso por tener el corazón partío.
Lo que estos aguerridos piratas hacen, por tanto, es no comprar los discos de sus cantantes favoritos para evitar que se forren otros cantantes que no les gustan. Un disparate, lo sé. Es lo mismo que esas otras personas (también muchas, lo prometo) que se jactan de haber “vetado”, por ejemplo, a Javier Bardem porque es un borde con la prensa, o por lo del no a la guerra, o porque sólo da exclusivas en el extranjero. Su supuesto veto consiste en no ver películas en las que intervenga el mencionado actor. Una ridiculez. Para empezar, el que decide no ver, pongamos, No es país para viejos, está vetando “artísticamente” a los hermanos Coen, a los actores Josh Brolin y Tommy Lee Jones, entre otros, y a quien está jodiendo de verdad es al dueño del cine donde se proyecta la película, que vende una entrada menos. Eso por no mencionar lo más absurdo de todo: que probablemente se esté haciendo la puñeta a sí mismo al hacer prevalecer la manía personal hacia Bardem sobre sus gustos cinematográficos (si nos limitáramos a ver películas o leer libros de gente buena y ejemplar, apañados iríamos).
Seguro que la SGAE, con su denodado afán recaudatorio, tiene mucha culpa de ello, pero el caso es que parece haberse instaurado en la opinión pública una definición del concepto “autor” injustamente negativa. Miles de ciudadanos cabreados aparentan estar convencidos de que TODOS los autores nos beneficiamos de lo que gana UN SOLO autor, y por ello pretenden castigar a quienes odian pirateando las obras de quienes admiran.
Por decirlo en versión Barrio Sésamo: La forma de fastidiar a Alejandro Sanz es no comprar discos de Alejandro Sanz. La forma de dar por saco a Paulo Coelho es no comprar libros de Paulo Coelho.
Si no pudiera comprarme la nueva novela de Paul Auster, tal vez la piratearía, pero lo haría para no prescindir del placer de leer ese libro en concreto, y no para evitar financiarle un chalet a Jorge Bucay.
No sé si ha quedado claro.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Falacias populares 7 - Pan y circo

Me asombra que todavía nos creamos este latiguillo.
No sé por qué nos gusta presumir de tontos o ineptos, la verdad. Desconocía que el masoquismo estuviera tan extendido.
Cada vez que hay un torneo deportivo o un partido de fútbol importante, o cada vez que un programa de televisión, una película o un espectáculo acapara el interés casi unánime de la ciudadanía, sale el listillo o el tertuliano de turno con aquello del pan y el circo.
O sea, que somos gilipollas, y nos gustan el fútbol, el cine, el teatro, los bares y las discotecas porque nos lo dicen los políticos y los poderosos, para distraernos así de los verdaderos (sic) problemas del país.
Por favor. Seamos serios.
¿Es incompatible la conciencia de la realidad con la necesidad del ocio y el placer? ¿De verdad os lo creéis?
Según este criterio, los pobres desgraciados que sufrimos los efectos de la crisis estaríamos obligados a pasarnos el día rumiando nuestras penurias, hablando de economía y finanzas, crispados, cabreados, amargados, sin evadirnos ni divertirnos, sin beber, fumar ni follar, sin vacaciones. Esto es, ocupados en “las cosas importantes”, como si el hecho de disfrutar del fin de semana o de un momento de asueto significara que damos la espalda a la realidad, que somos insolidarios e inconscientes, temerarios y desaprensivos.
Manda cojones que tengamos que sentirnos culpables por pensar en el derby del domingo o el estreno del viernes, en el reality show del martes o en el cumpleaños del niño. Todos conocemos perfectamente la salud de nuestra cuenta bancaria y los agujeros que hemos tenido que ir sumando a la hebilla del cinturón. Sabemos que el paro, el terrorismo, el acoso escolar o la contaminación medioambiental son problemas más graves que la lesión de un delantero centro o los desamores de Miss España. No hace falta ser Einstein para deducirlo. Lo que tampoco hace falta, digo yo, es renegar tajantemente de lo lúdico para sentirnos más responsables.
¿No será que ocurre lo contrario? ¿No será que los políticos saben que cada vez interesan menos y por eso se empeñan en tratar de convencernos de que lo que ellos hacen y dicen es “lo verdaderamente importante”? ¿No es la política el auténtico pan y circo? (Sobre todo el circo.)
Tenemos un ejemplo a la vuelta de la esquina. El partido de fútbol más esperado de la temporada, el Barça-Real Madrid, se jugará en lunes, el día laborable por excelencia y el menos identificable con el espíritu festivo del hincha futbolero. ¿La razón de esta herejía balompédica?: las elecciones catalanas, que se celebran el domingo 28, la fecha en que estaba programado inicialmente el partido.
Me pregunto qué temen los políticos. Está claro que quien quiera ir a votar lo hará; tiene todo el día, desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche (el partido dura sólo 90 minutos, y probablemente no se empezaría a jugar hasta las 21 h.).
Pero, claro, el problema es otro. La cuestión es de qué se hablará durante ese fin de semana. Qué argumentos nutrirán las conversaciones en los bares y en las sobremesas. Y, sobre todo, a quién querrán más los medios de comunicación. ¿A mamá política o a papá fútbol?
Con el delirante cambio de fecha del encuentro de Liga entre los eternos rivales, si algo están evidenciando nuestros políticos, es su flagrante falta de popularidad. Saben que las elecciones son una garantía de protagonismo y acaparamiento total del territorio informativo, salvo, claro está, que tengan que competir con un enemigo tan poderoso como el fútbol.
Así que, nada de echarnos las culpas a los demás. Si los ilustres candidatos no interesan, que se lo hagan mirar, pero que nadie me quiera convencer de que soy un lerdo con el cerebro lavado porque ese día prefiera estar más atento a Casillas y a Xavi que a Montilla y a Mas.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Conjeturas que dan miedo

Mi elucubración no se basa en datos contrastados ni en argumentos realmente sólidos. Se trata de una de esas cosas que se piensan justo al meterse en la cama, mientras esperamos a que el sueño nos capture, o nada más despertarnos, mientras un locutor de radio cualquiera nos murmura las primeras noticias del día desde la mesilla.
Me entero de que Obama no vive precisamente sus momentos de mayor popularidad en Estados Unidos. El hombre que simbolizó el cambio hacia posturas menos reaccionarias y hacia un clima de mayor tolerancia comienza a perder fans en las urnas, y eso trae como consecuencia un avance de los republicanos, esto es, de los más radicalmente conservadores.
Las causas de que aquel prometedor sueño se haya desvanecido en tan sólo un par de años serán sin duda diversas, aunque parece que existe una fundamental (y común a todo el planeta, de hecho), relacionada con la puñetera y omnipresente crisis económica global.
Al mismo tiempo, todo indica que las próximas elecciones que se celebren en España darán el triunfo al Partido Popular, donde obviamente hay de todo (y lo digo en serio), pero donde, igualmente, militan más o menos ocultos los elementos de la derecha más retrógrada y siniestra.
Hilando este par de hebras me he retrotraído hasta el año 1929, una fecha tristemente histórica por ser la del crack de la bolsa de Nueva York y el inicio de la época conocida como La Gran Depresión.
O sea, hablamos de una gran crisis económica mundial, que se parecerá mucho o poco a la de ahora —sinceramente, no lo alcanzo a saber— pero que podría haber servido de escenario idóneo para que en los años inmediatamente posteriores emergieran triunfales personajes como Hitler en Alemania o Franco en España, además de reforzar a otros que ya se habían adelantado, como Mussolini en Italia.
No lo veo yo tan negro, tampoco nos volvamos locos. No obstante, mi propia asociación de ideas respecto a lo acontecido en aquella gran crisis del siglo pasado me ha provocado, eso sí, una mínima inquietud.
Puedo entender que ante las penurias del hambre nos obliguemos a ser algo más primarios y pragmáticos, que dejemos las utopías para tiempos de futura bonanza. Lo que me preocupa de alguna manera es que nos pasemos de frenada y en nuestro ímpetu por salir del atolladero nos saltemos según qué fronteras.
La alternancia es un imponderable de la democracia, en mi opinión. Unas veces nos tocará circular por el carril izquierdo y otras por el derecho, independientemente de que llueva o no a gusto de nuestras afinidades. El temor aparece cuando empiezas a percibir que la desesperación y la urgencia de los ciudadanos se convierte en la moneda de curso legal para los más oscuramente extremos, y compruebas paulatinamente cómo se van enriqueciendo día a día y van perdiendo el pudor para desnudar su discurso, despojándolo del disfraz retórico que les impuso la democracia y alardeándolo cada vez con mayor impunidad.
Eso es lo que asusta; no que se arremeta contra la inoperancia de un gobierno concreto, de izquierdas o de donde sea, sino que se empiece a cargar contra el sistema democrático en sí, que vuelvan a la lista de grandes éxitos arcaicos y deleznables conceptos como la “mano dura”, que se confunda “autoridad” con “despotismo”, “control” con “prohibición” o “justicia” con “castigo”.
Por si acaso, aquí queda dicho.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Falacias populares 6 - Di que vas de mi parte

Cuando vamos a cualquier sitio de parte de alguien, lo fundamental es estar absolutamente seguros de que ese “alguien” es realmente una persona de confianza.
Sé que es tentador sentirse distinguido o privilegiado. A todos nos fastidian los enchufados, siempre y cuando sean otros, claro. Si es a nosotros a quienes nos hacen el favor, en ningún momento nos paramos a pensar que tal vez estamos perjudicando a un tercero que lleva más tiempo esperando su turno o que necesita mucho más el descuento o la prebenda.
Reconocida esta debilidad del ego, conviene andarse con cuidado, pues la tentación del privilegio nos lleva a veces a convertirnos en el recomendado de personas a las que apenas conocemos y que, probablemente, obren movidas por idéntico influjo de su vanidad: también ellos se sienten importantes diciéndonos “Di que vas de mi parte” o “Di que eres amigo mío”.
En cierta ocasión, alguien me instó a sacar mis billetes de avión en una agencia de viajes donde al parecer lo conocían y la sola mención de su nombre era sinónimo de trato preferencial.
En efecto fui a dicha agencia, convencido de que sacaría alguna ventaja. Nada más aclarar que iba de parte de aquel señor, la cara del hombre de la agencia me reveló ya que lo mismo podría haberle dicho que iba de parte de Harry Potter o de Paquirrín.
No dudo de que mi supuesto mentor y el tipo de la agencia se conocieran, pero lo que era evidente es que su relación no era tan estrecha como para ejercer influencia alguna. Como el agente de viajes era un profesional, se esforzó en sonreír y responderme “Ah, sí” (que era como decir “Ah, sí, es mi cuñado el fantasma” o “Ah, sí, el pesao aquél que estudió conmigo”, o incluso “Ah, sí, el novio de una vecina mía al que, por cierto, todavía no conozco en persona”).
Me aseguró que me había buscado la mejor oferta y yo me sentí obligado a creerle, pese a que, desde luego, no era ninguna ganga (y no afirmo con ello que lo hiciese a mala leche; seguramente no tenía ni capacidad ni poder para ofrecerme nada mejor).
Esto me hace pensar en lo poco que en realidad sabemos acerca de la impresión que causamos en los demás. Tal vez quien me mandó a aquella agencia no lo hizo tan sólo por el deseo de fingir que era un individuo influyente. Quizá creía de verdad que el otro tipo lo apreciaba o aun lo admiraba. Puede que sólo coincidieran en una ocasión, durante una boda o una cena de amigos comunes; a lo mejor se conocían superficialmente por haber trabajado en la misma empresa o compartir escalera de vecinos. Y eso, aunque no sea demasiado, nos basta a menudo para hacernos impresiones sobre otras personas y, al mismo tiempo, deducir lo que éstas pensarán de nosotros; si caemos mal o bien, si entablaríamos una relación más estrecha o no, si le gustamos o le atraemos sexualmente a alguien, si le prestaríamos dinero o no le daríamos ni las buenas tardes, si su amabilidad es genuina o busca algo a cambio, si los encantadores modales ocultan a un futuro gorrón o pelmazo, si tal o cual persona ha tenido un pasado turbio o difícil, si es un homosexual encubierto o si guarda millones debajo de un ladrillo aunque va de humilde por la vida... En fin, parece mentira, pero la de cosas que nos atrevemos a extraer de la gente con sólo intercambiar un par de minutos en un descansillo o compartir un fugaz trayecto en ascensor.