jueves, 28 de octubre de 2010

La bolsa de los insultos

Hará un par de semanas, se supo que un árbitro había suspendido durante tres minutos el partido de la liga italiana entre el Cagliari y el Inter de Milán debido a los insultos “racistas” que un sector de la grada profirió contra el futbolista Samuel Eto’o.
Comparto la sensibilidad del colegiado ante tales injurias, pero no estoy de acuerdo con su decisión, ya que me parece —seamos honestos— un puro gesto para la galería.
Me explicaré antes de que algún internauta empiece a visualizarme ya con el capuchón del Ku Klux Klan sobre mi cabeza.
Sinceramente, no creo que los insultos hacia Eto’o fueran en realidad “racistas”. Infames, deleznables e intolerables, sí, pero también personales, individualizados hacia su persona. El contenido racial de los mismos obedece a la intención de ofender a ese individuo en concreto, y para ello, como mandan los cánones primitivos del insulto, se arremete contra lo más visible y/o más vulnerable.
Por ejemplo, si el jugador que se odia es pelirrojo, seguramente la grada gritará algo como “Zanahorio de mierda”, sin que el colectivo mundial de pelirrojos vaya a sentirse necesariamente aludido (ni, por supuesto, tampoco el de granjeros cultivadores de zanahorias). Lo mismo ocurrirá con calvos (puto pelao), cabezones (cabeza buque), narigones (muerte del loro), orientales (chino de los cojones), bajitos (enano de mierda), feos (cara de culo), etcétera.
Cualquiera que haya ido al fútbol alguna vez sabe que el exabrupto desde la grada es un deporte tanto o más secundado que el que se practica sobre el césped.
El mismo día en que aquel árbitro italiano enarboló la bandera de los derechos humanos para ganarse su espacio en todos los zappings del mundo, mucho más cerca de aquí, en el estadio Vicente Calderón, una multitud clamaba desde la grada la deliciosa estrofa “Michel, Michel, Michel maricón”, dirigida al entrenador del Getafe y ex jugador del Real Madrid.
Nadie hizo nada, por supuesto. Ni siquiera salió a la palestra alguien pensando que tal vez se trataba de insultos homófobos. Y ahí está la trampa. En amparar la protesta en grandilocuencias como la xenofobia, la homofobia, el racismo o el machismo.
Los insultos, insultos son. Si se ha de sancionar al que grita “negro de mierda”, también habrá que hacerlo con quien espete a los futbolistas infectas vulgaridades como “hijo de la gran puta” o “puto maricón”. Parece por ello injusto que exista un mercado de valores para el insulto, en el cual se cobre más caro el negro que el imbécil o el gilipollas.
A lo mejor, quién sabe, es preferible ignorar a los cafres que berrean para no concederles mayor importancia (los futbolistas, de hecho, parecen entenderlo así, excepto el mencionado Eto’o, que ya vivió idéntica situación en la liga española hace algunos años). Será porque los borregos que se dedican a insultar en los estadios son tan lerdos que no parecen darse cuenta de que se contradicen continuamente, y eso, sumado a la bajeza de sus modales, los descalifica por sí mismos.
A los aficionados que se meten con un jugador del equipo rival por ser negro, me gustaría recordarles que es más que probable que el club de sus amores también tenga futbolistas negros en su plantilla. Y esta norma es aplicable a la naturaleza de cualquier insulto.
Por ejemplo, en las gradas del Santiago Bernabéu es frecuente escuchar la consigna “Hijos de puta, vascos no” cuando lo visita el Athletic de Bilbao, todo ello a pesar de que sobre el terreno de juego haya jugadores como Alcorta, Karanka, Lasa o Xabi Alonso (vascos, claro) defendiendo los colores del Real Madrid.
Lo mismo sucede en San Mamés, cuando los merengues devuelven la visita y son calificados como “Hijos del puta, españoles”, como si aquello fuese un partido de la Premier League inglesa, o como si Fernando Llorente y Javi Martínez no hubiesen formado parte de la misma selección española que ganó el Campeonato del Mundo con Casillas o Sergio Ramos.
Quevedo y Góngora se valían de la poesía para descalificarse, y es verdad que de vez en cuando surgen personajes dispuestos a otorgar cierta dignidad retórica al insulto (véase El cansino histórico de Mota, o el antaño emperador de las ondas José María García), pero aquello que se escupe desde el graderío de cualquier estadio, por dañino y abyecto que sea, está más cerca del simple rebuzno que de otros sofisticados mecanismos de misantropía como el apartheid o el nazismo.

1 comentario:

Paulina dijo...

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