domingo, 17 de octubre de 2010

Falacias populares 4 - Piensa mal, y acertarás

Cualquiera que sea más o menos fiel seguidor de esta bitácora, sabrá ya lo poco que a este peatón le agradan los refranes.
Hay uno de ellos que odio especialmente; aquél que afirma eso de “Piensa mal, y acertarás”.
Me consta que mucha gente promulga dicha sentencia como si fuera palabra divina. Allá ellos. A mí, sinceramente, me suena a latiguillo recurrente de amargados, refunfuñones, tocacojones, huraños y misántropos incurables.
Me encajaría como el mantra de la comunidad masoquista internacional, o como la consigna fundamental del libro de estilo de Intereconomía, o como el eslogan del congreso anual de hipocondríacos, o incluso como el as en la manga de los soberbios que nunca están dispuestos a reconocer el tan humano defecto de la equivocación.
Una dosis de escepticismo en la vida viene bien; es sano y recomendable para nuestra inteligencia. Innumerables individuos e instituciones se han ganado a la fuerza nuestra desconfianza crónica, o al menos nuestro derecho a la cautela y también al pataleo; faltaría más.
Pero debe de resultar muy poco práctico ir por la vida desconfiando de todo y de todos, aplicando presunción de culpabilidad a diestro y siniestro, aguando fiestas a discreción y jugando al profeta del Apocalipsis a jornada completa.
Seguro que los múltiples amantes del refranito dichoso se han relamido las bilis al enterarse de que el otrora heroico profesor Neira ha resultado ser, una vez superada su convalecencia, un individuo desagradable, de modales despóticos y conducta poco fiable.
Es posible que todos ellos ya adivinaran (ja, me troncho) la calaña del sujeto cuando permanecía en coma después de haber mediado en una pelea conyugal, con el fin, según parece, de impedir una agresión de esas que ahora se llaman “violencia de género”.
Confieso que yo no. O sea, con los datos de que uno disponía —los facilitados por la prensa y otros medios de comunicación— no había motivo alguno para sospechar que un diablo malencarado e incívico habitaba el alma de aquel señor; bien al contrario, su reacción merecía toda la admiración y el respeto que le fueron concedidos.
Aun cuando, al recibir el alta hospitalaria y reincorporarse al mundo de los vivos, Neira aceptó determinadas prebendas políticas, la censura hacia su persona quedaría limitada a legítimas discrepancias ideológicas. Hilando algo más fino, si acaso podría apelarse también al mal gusto de este hombre para elegir sus amistades, pero ahí quedaría la cosa.
A día de hoy, ya sabemos cómo se las gasta el tipo. A día de hoy —insisto—; pero, lo siento, no creo en los adivinos (menos aún en los agoreros).
Son compatibles, desde mi punto de vista, los defectos de la personalidad con las virtudes de las acciones. Tipos despreciables pueden protagonizar sucesos admirables, del mismo modo que personas intachables se desmarcan a veces con errores imperdonables.
Por supuesto que es más cómodo blindarse pensando mal por defecto. Más cómodo, pero también más aburrido.

3 comentarios:

T.M. dijo...

Nos encantan los héroes. Y nos fastidia pensar que son personas al fin y al cabo con sus miserias como todos. Pero así es.

Este refrán en concreto me pone los pelos de punta, es horroso de lo injusto que llega a ser.
saludos.

El último peatón dijo...

Imagina que en vez de aquello de "Pienso, luego existo", el filósofo hubiera dicho: "Pienso mal, luego tengo razón".
Qué mal rollo, ¿no?

Asun dijo...

"Homo homini lupus est"
y con este cuento nos cargamos todo aquello de la bondad del hombre.Pero no hay que ser ingenuos tampoco. Sencillos si,pero idiotas no.