miércoles, 6 de octubre de 2010

Falacias populares 2 - La realidad siempre supera a la ficción

Si pudiera extraerse cualquier sustancia o elemento químico a partir de la energía que gasta un editor en poner cara de asco cuando lee un texto que no le agrada, tendríamos sin duda el arma de destrucción masiva más cruel de la ya de por sí abominable historia de las armas.
El libro que les había enviado era una recopilación de dieciséis cuentos, cada uno de ellos protagonizado por un miembro de una misma familia, y todos ellos interrelacionados por los secretos y trapos sucios que los personajes se iban intercambiando de historia en historia.
Por este motivo, pensaba que para la valoración de la obra era imprescindible leer la totalidad del volumen, algo que el editor en absoluto compartía, y razón por la cual me pidió únicamente el primer cuento de la antología.
Lo leyó delante de mí, desde su privilegiado lado del escritorio (los escritorios delimitan a veces las fronteras con mayor solidez que los muros o las alambradas). Fueron cerca de veinte minutos de muecas, mohines y conatos de arcada. Algún que otro chasquido de lengua, también.
El veredicto se adivinaba inapelable, y no obstante me puse nervioso. Incluso cerré los ojos justo en el instante en que el editor comenzó a hablar, como si ese ínfimo ritual supersticioso pudiera cambiar algo (cerrar los ojos para no oír; menuda idiotez).
“No es creíble”, fue su última frase, con la que remató el discurso (que ahorraré aquí por limitarse a un chorreo de vaguedades y lugares comunes acerca de la ardua tarea editorial para distinguir entre el talento verdadero y el simple ingenio, entre la obra de arte y la ocurrencia brillante).
“¿De veras?”. Tampoco es que yo estuviera precisamente inspirado. Pero eran los nervios. Y la rabia contenida; lo prometo.
“Es inverosímil, y deberías saberlo” (A continuación venía el igualmente común discurso sobre no poner en tela de juicio mis aptitudes ni la calidad literaria del texto. Simplemente, en su opinión, no era creíble. Estaba bien escrito, pero no había quien se lo tragara.)
Entonces la rabia (la mala leche, vamos) se puso de mi lado. ¿Por qué no mentir? Ya que aquel arrogante magnate presumía de ser un detector infalible de la verdad absoluta, ¿por qué no jugársela y devolverle la moneda?
Fingí aceptar sus argumentos y me marché. Desde ese mismo momento empecé a urdir mi estrategia de contraataque. Aguardé unos meses. Mejor ser prudente, aunque lo más seguro era que se hubiera olvidado de mí y de mi libro a los cinco minutos de haber cerrado por fuera la puerta de su despacho.
Seis meses después, remití de nuevo el manuscrito. Idéntico. Sin modificar una palabra ni un signo de puntuación. Me limité a añadir una línea debajo del título; una única frase: “Basado en hechos reales”.
Recibí la llamada de la editorial en menos de una semana.
Es verdad que todavía hoy muchos de mis familiares siguen interrogándome (algunos bajo métodos de coacción sicilianos) acerca de determinados pasajes del libro, pero es un precio que pago a gusto.

2 comentarios:

Franco Chiaravalloti dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Franco Chiaravalloti dijo...

No hay dudas de que son los dueños de la verdad, juez y parte, Salomón, Atila, Pericles, Osiris, Damocles incluso, Venus alineado a Marte, todo sintetizado en un tío con perilla y en ocasiones barba de dos días que se ducha semana sí semana no. Y tras ellos, hordas de hambrientos buscando su ración alimentaria básica.
Me sumo a tu lucha :-)
Un abrazo.