jueves, 14 de octubre de 2010

En lista de espera

En la lista de espera del Premio Nobel llevaba Mario Vargas Llosa la tira de años, y en mi lista de espera particular he tenido yo a este autor desde hace casi treinta. Digo “he tenido” porque tal vez haya llegado el momento de concederle por fin su turno, aunque sé que resulta vulgar y poco imaginativo interesarse por un autor justo cuando acaban de premiarlo.
Esta injusta marginación a la que he sometido al escritor peruano se debe a una circunstancia que quizá sea un prejuicio y que se remonta a mi época estudiantil. Por entonces, todos los lectores que conocía se entusiasmaban con los autores del llamado boom latinoamericano. Mis compañeros de clase paseaban bajo sus orgullosos brazos las novelas de Rulfo, García Márquez, Allende y el propio Vargas Llosa, o las antologías de cuentos de Cortázar, Borges y Bioy Casares, entre otros tantos.
Mis favoritos de aquella oleada no eran precisamente (o al menos así lo advertía yo) los más célebres y populares. Disfruté enormemente con El túnel, de Sábato, y La tregua, de Benedetti. Sin embargo, La casa de los espíritus, de Allende, se me hizo eterno y plomizo (no fui capaz de terminarlo), y si llegué a leer completa Cien años de soledad, la obra magna de García Márquez, fue por una especie de amor propio y miedo al qué dirán, pero reconozco (aun sabiendo que incurro en herejía para millones de fans) que no caí rendido ante el barroquismo lírico de su prosa ni ante los misterios sobrenaturales de Macondo, por mucho que siga siendo algo así como La Meca literaria de un sinfín de lectores. Tampoco Pedro Páramo, de Rulfo, me contagió nada más allá de una curiosidad inicial que se fue desinflando a medida que avanzaba en su breve recorrido.
Ya se sabe que no hay nada que dé más rabia que contemplar cómo algo que apasiona a todo el mundo a uno no le deja ni frío ni caliente. Y posiblemente de ahí nazca el prejuicio.
En cuanto al recién galardonado Nobel, recuerdo haber leído un delgado volumen que incluía Los jefes y Los cachorros, además de la novela Pantaleón y las visitadoras, ésta última por obligación académica, que es lo mismo que nada, pues hoy por hoy ni siquiera me acuerdo de un solo detalle de la trama o los personajes.
La clase de autor que más me interesaba en aquella época ya era prácticamente la misma por la que me inclino ahora. Descubrí a gente como Millás, Mendoza, Delibes y Marsé, y también a Salinger, Wilde, Kafka y Nabokov. Sin desviarme demasiado de ese rumbo, llegaron después Cheever y Auster, Marías y Muñoz Molina, Barnes y Lodge, Casariego y Álamo, Roth y Bellow, Landero y Cercas... Cierto es que en ese tren cargado principalmente de mercancía ibérica y anglosajona hay vagones donde viajan los mencionados Sábato y Benedetti, junto a un notable surtido de piezas imprescindibles de los maestros de la brevedad, los también aludidos Borges, Cortázar y Bioy.
Así que, tal vez, en la próxima parada me espere el laureado Vargas Llosa con su ciudad, sus perros, su fiesta, su chivo y todo lo demás, y seguro que no podré resistirme a pedirle que suba al tren.

2 comentarios:

El veí de dalt dijo...

¿No te acuerdas de Psntaleón, el abnegado sargento que debe montar un prostíbulo para sus jefes en medio del Amazona? Una novela divertida. En fin, coincidimos en bastantes gustos.

El último peatón dijo...

Pues ahora que lo dices, algo me va viniendo a la mente, pero sigue sin ser demasiado nítido... Ay, la edad, qué mala es...