lunes, 27 de septiembre de 2010

H.G. Wells low cost

Esto va del día en que pensé que Iberia había inventado la máquina del tiempo.
No me refiero a las secuelas derivadas de los múltiples y vergonzosos retrasos que sufren los vuelos ya por norma, como si la impuntualidad hubiera pasado de ser una contingencia no deseada a convertirse en una especie de regla de cortesía (porque lo cierto es que los viajeros, a fuerza de soportar la vejación continua y de toparnos sucesivamente con la futilidad de la ventanilla de reclamaciones, hemos terminado sucumbiendo y resignándonos a regalar una media de veinte a treinta minutos, en el mejor de los casos, a las compañías aéreas, así, por la patilla).
Pero no; no van por ahí los tiros.
La experiencia sobrenatural de este verano, que en paz descanse, comenzó a nuestra llegada al hotel de Berlín, cansados del madrugón y del trayecto. A las nueve de la noche, tal como habíamos comprobado antes de partir, Televisión Española retransmitía en directo la final de Supercopa europea entre el Atlético de Madrid y el Inter de Milán. Sonaba a un plan perfecto (y que me disculpen los integristas del turismo cultural y las vacaciones de misionero) para cargar baterías de cara a los días de excesos peatonales que se avecinaban. En la lista de canales del televisor canijo típico de la era pre-perestroika identifiqué TVE Internacional, de lo cual deduje (inepto de mí) que podríamos ver el partido en la habitación, con unas cervezas y unas kartofen friten para picar.
Estábamos en el año 2010, no cabía duda. Descartamos la posibilidad de que nos hubieran embarcado en un vuelo de la NASA por error; sobre todo, atendiendo al precio del billete (uno se imagina que la tarifa por un viaje espacio-temporal debe de estar lejos del low cost y ofertas similares). Pero ahí estaban. El Algarrobo, Curro Jiménez y compañía. También La Barraca de Blasco Ibáñez. El mismísimo Rodríguez de la Fuente narrando con su inconfundible voz pomposa y nasal las peripecias de roedores fluviales y aves de rapiña. El Hombre y la Tierra. Sí, y también esos documentales soporíferos sobre oficios extinguidos y costumbrismos rurales con aroma de NO-DO. De pronto temí por los españoles exiliados. Concretamente, por aquéllos que aún no hubieran descubierto la opción de Internet. ¿Pensarán que Franco aún vive? ¿Y si no han vuelto a España por eso? Si su único vínculo con la patria es el canal internacional de TVE, ¿qué delirante concepto del escenario ibérico contemporáneo habrán albergado? Y aún hubo más: culebrones y telenovelas apolilladas, reportajes de Informe Semanal de hace veinte años (palabra de honor), entre los cuales, eso sí, una joya impagable: el crimen de Puerto Hurraco.
Igual que un Charlton Heston cualquiera arrodillado en la playa y maldiciendo a sus antepasados ante los restos maltrechos de la Estatua de la Libertad, pensé por un instante que mi futuro se había reducido a la angustiosa idea de revivir el pasado reciente. Mis próximos veinte o veinticinco años serían un calco de los últimos veinte o veinticinco vividos. Otra vez la muerte de Chanquete, Naranjito, la Expo de Sevilla, Jesús Gil, Hugo Sánchez, el Dioni, los GAL, Aznar, el efecto 2000, cielo santo…
Un simple zapeo de emergencia sirvió para deshacer mis temores. Aunque envueltas en sonidos guturales indescifrables, las imágenes dejaban constancia de que el mundo no había dado media vuelta para retirarse por la retaguardia. Tan sólo el ente público español parecía haber adoptado aquella incomprensible maniobra retrógrada y anacrónica, quién sabe si poseídos sus responsables por una idea ciertamente errónea de lo que significa la nostalgia y la añoranza (la misma esperpéntica idea que mantiene con vida un espacio como “Cine de Barrio“, por poner sólo un ejemplo).
En fin. De todas formas, merece la pena sufrir este shock inicial si lo que viene después es una ciudad como la capital alemana. Muy recomendable.