domingo, 22 de agosto de 2010

Ahora me toca a mí


Pues sí.

Cuando leáis esto, un servidor estará ya disfrutando de sus vacaciones.

Provisto de los mejores combustibles autóctonos (la cerveza y el chocolate con porras, respectivamente), pasearé durante las próximas semanas por las calles de Berlín y de Madrid.

Hasta la vuelta.

viernes, 6 de agosto de 2010

Vulnerable intimidad inalámbrica

Pongamos que subo al autobús y me siento junto a una chica de unos escasos 20 años. Pongamos, ya puestos (y valga la redundancia), que a los treinta segundos me da por preguntarle a la joven desconocida qué tal está, qué va a hacer esa noche, si va salir con amigas o con su novio, en caso de que lo tenga. O, en caso contrario, es decir, si es soltera y libre, qué hará, ¿ira a una discoteca o a una fiesta vestida de forma provocativa para llamar la atención de posibles pretendientes? ¿Acaso hay alguien ya en el punto de mira (un amigo, un vecino, un simple conocido)? ¿Y un ex novio al que recuperar? ¿Tal vez el ex novio de otra amiga, ahora disponible?
Pongamos que en respuesta a mi arrebato chafardero la chica decide abofetearme los morros, asestarme un codazo en las costillas o patearme la entrepierna. Lo entenderíamos, ¿no es cierto? ¿Quién soy yo para meterme en la vida de los demás, así, por las buenas? Menuda falta de respeto a la intimidad.
Bien. Dejemos a un lado las hipótesis.
Os cuento ahora lo que me sucedió esta misma semana. Voy en el autobús. El asiento de al lado está libre. En una parada sube una chica de escasamente 20 años y se sienta a mi lado. No han pasado ni treinta segundos de trayecto y suena su móvil. La joven contesta y, por sus palabras y el tono de voz empleado, deduzco que habla con una amiga. Mi intuición se confirma cuando la conversación avanza. La chica habla con su amiga como si yo formara también parte de la tertulia, sin asomo de pudor y sin intención alguna de preservar sus confidencias de la curiosidad ajena. Me entero por tanto de que la tarde anterior ha tenido un encuentro fortuito con un chico que le gusta y que según parece había estado saliendo con su hermana. El muchacho iba acompañado de otras dos mujeres, y esto puso nerviosa (celosa, más bien) a mi vecina de asiento, quien confiesa a su amiga que para salir airosa del trance se aventuró a invitar al ex cuñado a salir por ahí un día, los dos solos. Aquella misma noche, la joven recibió una llamada del chico, quien se confesó un tanto violento por la situación vivida horas antes y asimismo insistió en lo mucho que le apetecería concertar la cita propuesta. Ella, por su parte, le revela a su amiga que, aunque se muere de ganas por quedar con el joven, lo hará sufrir un poco, se hará la dura, y, sobre todo, tratará de mantener a su hermana al margen, por si acaso.
En este instante, la amiga al otro lado del teléfono cambia el rumbo de la conversación, que de repente se transforma en un pase de modelos virtual. Ambas intercambian pareceres sobre la ropa que llevarán puesta esa misma noche a una fiesta. Al principio, todo son risas, bromas, banalidades de fondo de armario y latiguillos de consultorio Cosmopolitan sobre estrategias de seducción. Pero —oh, error—, en un momento dado, mi locuaz compañera de viaje comete la osadía de advertirle a su amiga: “A ver qué te vas a poner, ¿eh?, que te conozco”. A partir de aquí, comienza una discusión y un intercambio de reproches del que yo obviamente sólo percibo una parte, pero cuya cara oculta es igualmente fácil de adivinar. Tras dos o tres minutos de tensión (y, recordemos, sin atenuar en ningún momento el volumen de su voz), mi acompañante se esfuerza por dejar claro a la otra que no ha querido insinuar nada, ni mucho menos decirle que era una guarra o una fresca, para después tirar del baúl de los rencores y acusarla de aguafiestas, de que siempre hace igual, de que si no es ella el centro de universo los demás le importan un carajo.
En fin, por desgracia llegaba mi parada y tenía que apearme. Me quedé sin conocer el final del culebrón entre las dos amigas, aunque desde luego sé de ellas más de lo que entiendo que debería saber.
Y me hago la siguiente pregunta: ¿Por qué el móvil se está convirtiendo en el peor enemigo de la intimidad? ¿Qué clase de extraño poder ejerce sobre nosotros para despojarnos de pudores y discreciones? Es ponernos un teléfono móvil en la oreja y volvernos transparentes, despreocupados.
Que yo sepa, la violación de correspondencia ajena sigue siendo un delito. La mayoría de nosotros no va por ahí abriéndole las cartas a los demás. Sin embargo, aumentan día a día los testimonios de personas que declaran abiertamente haberle leído los mensajes del móvil a su pareja para justificar el descubrimiento de una infidelidad, o simplemente para tratar de verificar ciertas sospechas. Yo mismo he visto cómo en un determinado momento, mientras tomábamos una cerveza en un bar, o durante una reunión cualquiera de amigos o compañeros, alguien ha cogido el teléfono de otra persona para curiosear lo que sea (me da igual si iba a mirarle los mensajes SMS o si sólo pretendía navegar por los menús; como mínimo, pedir permiso, digo yo).
La evidente facilidad de acceso que proporcionan los soportes tecnológicos no debería traducirse en la total impunidad para los cotillas. Pero me temo que no todos lo entienden así.