miércoles, 28 de julio de 2010

Nocturno y desconocido


Me he dado cuenta de que el poder de la costumbre afecta sobre todo a la sensibilidad de nuestros sentidos. Con el tiempo, uno se familiariza con aquellos ruidos que tal vez de inicio lo intrigaban, sobresaltaban o aun asustaban.
Un intempestivo camión de la basura, una riña vecinal subida de tono, música machacona que perfora las paredes, muebles que se arrastran, modestos seísmos domésticos que estremecen las lámparas colgadas del techo. Un cóctel sonoro, en definitiva, que se traduce alternativamente en simples molestias o en irritantes insomnios. Pero pasa el tiempo y las interferencias se integran paulatinamente en el entorno, hasta el punto de que nuestros oídos alcanzan la capacidad de ignorarlas (no me atrevo a decir que no las perciben, ya que seguramente lo hagan, si bien es la mente la que posee la habilidad para hacernos creer que no existen).
Y un día vas y te cambias de casa. En el exterior, la porción de calle es casi idéntica, incluso algo menos bulliciosa. Hay también un patio interior, en este caso más animado (el edifico está más poblado; el número de vecinos se ha multiplicado por diez).
Todo es más confortable, está mejor cuidado, los materiales son más modernos, el cambio ha sido para bien, pero... los sonidos. Mis oídos los extrañan, no los reconocen. Mejor dicho, sí los reconocen, pero no logran atribuirles origen ni autor. Son versiones de las canciones de siempre interpretadas por músicos ignotos que desafinan y pervierten las melodías.
Puertas que se abren o que golpean contra el marco. El ascensor que sube, baja o se detiene. Pasos, martillazos, agua que ebulle o corretea por las tuberías. Una lavadora displicente que baila claqué a las once de la noche. Gritos indescifrables en idiomas que se me resisten, la campana de un microondas que completa el ciclo de calentado, el despertador insolente de alguien que madruga más que yo, el televisor de un paisano teniente o tan sólo despreocupado (por supuesto, el camión de la basura, quizá el mismo de siempre, ahora en un punto diferente de su recorrido).
Nada ha cambiado, en el fondo. Es el mismo entorno, casi idéntico. La misma dosis de decibelios. Me siento más a gusto y, sin embargo, me muerdo las uñas esperando el momento en que por fin mi cerebro asimile todos esos sonidos y pasen por el filtro de lo cotidiano hasta convertirse en una ilusión de silencio.

1 comentario:

C. Martín dijo...

Pues no sé la real, pero ésta suya virtual es mucho más refrescante que la anterior.
Además de los sonidos nuevos-viejos, el cambio de piso supone que los mismos muebles están dispuestos de otra forma con lo que lo de levantarse sin dar la luz cuesta unas cuantas semanas. Y cuando ocurre ese deambular sin golpes en la espinilla realmente se puede decir que uno ya se encuentra como en casa.
Bienvenido.