miércoles, 2 de junio de 2010

¿Fin?

Para muchos, la novela revelación de la última temporada ha sido Fin, de David Monteagudo.
He de admitir que el libro posee una mecánica narrativa que engancha por bien armada, por su desarrollo modélico del suspense basado en la incógnita y por su sencillez en el estilo, lo cual convierte a la novela en una lectura ágil y más que cómoda.
Las descripciones de paisajes naturales, así como las escenas en las que aparecen animales, están muy bien elaboradas, son ricas en detalles y muy visuales (como simple curiosidad, me llama la atención el uso excesivo que el autor hace del verbo avizorar, tan poco corriente en el habla común).
Sin embargo, creo que es exagerada la comparación con La carretera, de Cormac McCarthy, con la que sólo comparte la noción contextual de un paisaje apocalíptico o mundo devastado por el que transitan unos pocos humanos supervivientes de no se sabe bien qué.
Por otra parte, los personajes y sus conflictos son excesivamente tópicos, demasiado esclavos de unos estereotipos que intentan definir —con más convencionalismo que acierto— a la generación treintañera e hija de la Transición que pasó de la chaqueta de pana al chalet en la sierra, por resumirlo sucintamente.
En la misma línea, los diálogos (y hay muchos) suenan a algo mil veces leído y oído, pero no por familiar o realista, sino por trillado: más que a testimonios de personajes genuinos remiten a fórmulas y latiguillos de tertuliano televisivo del montón.
Pero lo peor sin duda es el desenlace. El fin al que se refiere el título, obviamente, se presta a interpretaciones más profundas, metafísicas o existenciales, aunque por mucho que el lector se esfuerce (el autor no parece haberse esforzado ni un ápice) la decepción está garantizada.
Por supuesto que no voy a revelar el final para no fastidiarle a nadie la presunta o futura lectura (podéis dejar de leer a partir de aquí, si preferís). Me limitaré a manifestar mi cabreo por lo que considero una estafa mayúscula y a conjeturar acerca de las posibles razones de semejante dislate (no creo que Monteagudo tenga tanta mala leche como para haberlo hecho así adrede).
Un final abierto puede ser el mejor de los finales, no hace falta decirlo. Supongo que la intención del autor va por ahí, pero le ha salido otra cosa: un final capado, mutilado, inexistente.
Si es producto de la torpeza, la pereza o el exceso de pretensiones, no puedo asegurarlo. Lo que no me sirve como justificación es el argumento torticero de que al lector no hay que dárselo todo mascado, que la buena literatura es la que hace las preguntas para que el lector encuentre por sí mismo las respuestas, etc. Tampoco la posible interpretación alegórica, poética, simbólica o mística (si es que la tiene) me vale.
Antepongo a todo ello el hecho de que se trata de una novela de suspense, de intriga. Quizá en otro tipo de texto o género la resolución de Monteagudo encaje mejor, pero cuando se abren incógnitas y expectativas, cuando la tensión narrativa se apoya al cien por cien en el avance para llegar a la resolución de un misterio y se desarrolla la historia siguiendo unos patrones genéricos inequívocos, es una canallada dejar al lector con la miel en los labios (por no decir con cara de idiota).
Agradezco, no obstante, que la novela no se resuelva por medio del típico deus ex machina del tipo “todo ha sido un sueño” o cualquier otro recurso metido con calzador. Aun así, la sensación final es la de que el autor no sabía muy bien cómo terminar y decidió entonces encomendarse al ardid del capricho disfrazado de propuesta contracorriente, una triquiñuela que se emplea bastante a menudo en nombre del Arte supremo.

2 comentarios:

carlos de la parra dijo...

Concuerdo con usted al 88.7 de lo que ha expresado,y me ha gustado su blog.Un final a veces se le dá al autor en forma de revelación en su propia mente,más cuándo no aparece de tal forma,se le complica al más pintado.Especialmente si ha hecho una construcción con grados de dificultad que le superen,de ser ésto así admitirlo quedaría como comprensible para parte de los lectores.¿Para los demás? Quien sabe.

El último peatón dijo...

Así es. El final de la historia muchas veces surge como consecuencia espontánea del propio recorrido literario (se puede trabajar con brújula, y no con mapa, como dice Marías).
Pero, en mi opinión, cuando se juega la baza del rompecabezas, lo primero que hay que tener claro antes de ponerse a escribir es cuál será la última pieza.
Gracias por la visita y por el 88.7(sin olvidar que ese 11.3 restante es uno de los motivos fundamentales por los que existe este blog).