miércoles, 9 de junio de 2010

El sentido de la vista

Que levante la mano quien no haya tenido que soportar alguna vez el visionado de la boda o las vacaciones de unos amigos o familiares registradas en una interminable grabación de video —acompañada además de la entusiasta voz en off de sus autores, intentando en vano contagiarnos de esas sensaciones placenteras que sólo ellos son capaces de evocar—. Uf.
Se cumple así aquello de que el valor real de cada cosa se halla más allá de su superficie o sustancia material. Cualquiera de esas películas caseras que sufrimos estoicamente por respeto, amistad o educación hacia sus creadores, pueden constituir auténticos tesoros para quienes las realizaron, igual que un mechón de pelo lacio y reseco ejercerá a menudo de talismán o trofeo, o un pétalo mustio extraviado entre las páginas de un libro puede trenzar nudos en las gargantas o estremecer un corazón curtido al paso de decenas de inviernos.
Pensemos en la filmación típica de una fiesta de cumpleaños cualquiera. Una niña cumple cinco años e invita a sus amigos del colegio a comer tarta. Inflan globos, abren regalos, se manchan la ropa de chocolate, mastican chucherías. De vez en cuando alguno llora, otro se mea encima, dos o tres se pelean tímidamente o se tiran del pelo, juegan a la pelota, cantan a voz en grito las canciones de sus películas favoritas de dibujos animados y luego el cumpleaños feliz a la anfitriona, alguno vomita una amalgama de patatas fritas y Fanta aún sin digerir, otro se pilla una rabieta porque quiere volver a casa, o porque quiere ver la tele, o porque siente envidia de la niña protagonista y su aluvión de regalos, llegan los padres y las madres de los invitados, besos, abrazos, achuchones varios, despedida y cierre.
Nada nuevo. Lo de siempre. Otro vulgar y anodino ejemplar más para la videoteca personal de una de tantas familias normales y corrientes.
Imaginemos ahora que contamos con un dato importante antes de disponernos a ver la película: la niña murió al día siguiente de rodarse el vídeo. Es decir, falleció justo el día después de cumplir los cinco años. Esto, además de una tragedia incomparable, significa que ese cutre video casero es la última imagen que existe de la criatura con vida.
¿Con qué ojos lo miraríamos ahora?
Es la misma grabación. Igual de aburrida, igual de monótona, igual de insulsa, pero ahora ha adquirido un componente implícito que reescribe el guión primitivo. Ahora miraremos con lánguida ternura y con agravada vocación pericial cada gesto, cada guiño, cada risa. Las migas, las babas, los globos, los pedazos de pastel abandonados en cada plato de cartón, los envoltorios rasgados y esparcidos por el suelo, los surcos pegajosos del llanto en las mejillas o los tiznones de chocolate en las comisuras, los tropezones, las demandas caprichosas, los tirones de pelo, las palmas y vítores en honor de la homenajeada, la voz inocente que llama a su madre o que pide pis o caca a su padre, la enunciación sistemática y ya paradójica del futuro (“hasta mañana”) y el latiguillo festivo “que cumplas muchos más”, convertido en el más cruel de los epitafios.
Esto tiene que ver con Pavlov y con Kulechov, con los teóricos de la sugestión y con los maestros de la narración visual, como el irrepetible Alfred Hitchcock.
Muchos autores del género policíaco o de intriga se valen del factor sorpresa, del giro inesperado, del golpe de efecto para resolver sus tramas. Hitchcock huía de este recurso y defendía el uso del suspense: "La diferencia entre el suspense y la sorpresa es muy simple y hablo de ella muy a menudo. Sin embargo, en las películas existe frecuentemente una confusión entre ambas nociones”. Esta cita es del libro El cine según Hitchcock, de François Truffaut, donde el mago del suspense añade el siguiente ejemplo para ilustrar sus argumentos:


“SORPRESA. Dos personajes están hablando sentados a una mesa y su conversación es muy anodina, no sucede nada especial. De repente: ¡Bum!, una explosión. Resulta que había una bomba bajo la mesa. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena completamente insípida, desprovista de interés.


SUSPENSE. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el terrorista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa en la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: "No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar".


En el primer caso, se han ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión, pero a cambio ha tenido que soportar quince minutos de tedio. En el segundo caso, le hemos ofrecido quince minutos de suspense. La conclusión de ello es que se debe informar al público siempre que se puede, salvo cuando lo inesperado de la conclusión constituye la sal de la anécdota”.


Usted sí que sabía, don Alfredo.

1 comentario:

carlos de la parra dijo...

Si,pero aún en éstos géneros familiares se ven calidades y variantes;que pueden sacar una boda a destacar;cómo ejemplo traigo a la memoria la boda de la hija de "El Padrino",la boda que representa la riqueza y el poder;y por otro lado la boda mostrada en
"El francotirador",la boda de la clase obrera,donde sueltan sus pasiones como válvula de escape.