viernes, 25 de junio de 2010

Sentido del humor y mal humor sin sentido

Nos gusta presumir a los españoles de ser los ciudadanos del mundo con más sentido del humor, y no termino yo de verlo claro.
Una cosa es que seamos los más simpáticos, fiesteros, dicharacheros, juerguistas y cachondos. Eso es casi seguro una verdad incuestionable. Nos gusta divertirnos, apreciamos nuestro tiempo de ocio, consideramos sagradas las vacaciones e imprescindibles los días festivos, tenemos el calendario con los puentes más largos del mundo mundial, nuestras ciudades están repletas de bares, de tiendas, de restaurantes, de discotecas, de parques tomados por las hordas del botellón; nos va la marcha, así, en términos generales. Y es fantástico. Yo no lo cambio por nada.
Sin embargo, creo que el sentido del humor es otra cosa. No tiene que ver tanto con el hecho de ser chistosos como con la forma de encajar según qué chistes. Y quien dice chistes dice cualquier otra cosa: reírnos de nuestro trabajo, nuestra familia, nuestro pueblo o nuestro propio careto.
Ahí creo yo que flaqueamos y que otros países de talante más serio nos llevan ventaja a la hora de aplicar el sentido del humor a la autocrítica (tendré que decir por enésima vez aquello de que divertido no es lo contrario de serio, sino de aburrido).
Para empezar, encajamos fatal que se metan con nuestro pueblo, región o ciudad natal, así como con sus tradiciones más sagradas (el término “sagrado”, ya de entrada, es incompatible con la tolerancia humorística). Uno puede ser la estrella de las sesiones de chistes en el bar de la esquina, pero cuando alguien hace intento de befa respecto a sus paisanos, a lo mejor el gracioso se convierte de repente en un energúmeno vengativo.
Esta especie de bipolaridad extrema es bastante común. Me he topado no pocas veces con personas sin capacidad para el término medio: llevan la voz cantante cuando se trata de hacer bromas, pero se cabrean hasta la agresión cuando algo les sienta mal. Hace tiempo que desconfío de las buenas referencias en este sentido. Cuando alguien me advierte de que un tipo que conoce “es un cachondo” me echo a temblar, porque es muy posible que el individuo en cuestión acabe siendo sencillamente un pesado narcisista o un juerguista desmesurado que confunde el sentido del humor con la guasa pedestre (generalmente soez), y que jamás tolerará que otra persona lo eclipse o le arrebate el título tácito (y absurdo) del más cachondo del lugar.
No digamos ya de aquellos que se coronan a sí mismos, que se autodenominan “cachondos” como si semejante honor les concediera a su vez licencias o permisos prohibidos para el resto de los mortales. Cuando alguien os diga “yo es que soy un cachondo”, lo que estará afirmando realmente es que “va cachondo”, o sea, salido. Este tipo de autodefinición suele emplearse para justificar chistes burdamente sexuales o de mal gusto en general. El autonombrado cachondo se cree con derecho a mentar el coño de tu novia o las tetas de tu hermana, y encima te impone la obligación de reírte, y te reprochará tu presunta mojigatería o ausencia de sentido del humor si no lo celebras igual que él.
Ahora bien, que no se te ocurra a ti insinuarle al cachondo de turno que su novia es promiscua, o que los de su pueblo son tacaños o incultos o racistas, o que él es homosexual (suelen ser bastante machistas, por cierto).
Si éste es el estereotipo de español con sentido del humor que exportamos allende nuestras fronteras, más vale que empecemos a arreglarlo.
Individualidades aparte, no nos olvidemos de ese corporativismo ñoño y quejica tan de moda (y en alza, me temo). Cada día sale un colectivo profesional, regional o social rasgándose las vestiduras por un chiste, un anuncio, un personaje de una serie o película, o un comentario informal en algún medio de comunicación. Dar por sentado que un médico, un bombero, un taxista, un tenista, un riojano o un parado representa a la totalidad de los médicos, los bomberos, los taxistas, los tenistas, los riojanos o los parados (más aún cuando el rol es ficticio, un personaje de película o un figurante de un anuncio) es un síntoma de enfermizo egocentrismo (bueno, policentrismo o colectivocentrismo, si lo preferís), de manía persecutoria gratuita y de profunda inmadurez para la convivencia. De continuar en auge el avance de esta estúpida corriente de susceptibilidad gremial, llegaremos al absurdo de obligar a los guionistas y escritores a omitir por norma la profesión, la nacionalidad o la condición social de los villanos. De este modo, los ladrones, estafadores, asesinos en serie, cobardes, infieles, traidores, violadores, terroristas y pederastas serán todos, sin excepción, vagos apátridas sin oficio ni ocupación aparente, y así nadie se ofenderá por verse representado. Qué ridiculez.

miércoles, 16 de junio de 2010

Michael Jackson. Controversia y fascinación

No soy precisamente un fan de Michael Jackson, y sin embargo creo que es uno de los personajes contemporáneos con más posibilidades de convertirse en materia cinematográfica interesante.
Cuento con antecedentes recientes para justificar esta paradoja. Por ejemplo, Tim Burton realizó la que es posiblemente su mejor película, Ed Wood, contando la vida y delirios de un deleznable cineasta, creador de bodrios grotescos, al cual muchos lo tienen catalogado para la posteridad como el peor director de la historia del cine.
Por otra parte, Milos Forman (que en Amadeus abordó con brillante grandilocuencia la figura de un grande entre los grandes: Mozart), es el autor de una estupenda y tal vez infravalorada biografía del cómico Andy Kauffmann (el Man on the Moon de la canción de R.E.M.), un personaje con cuyo humor no comulgo y que sin embargo logró divertirme y emocionarme al ser trasladado a la gran pantalla.
Tampoco voy a negar que en mi casa, como en todos los hogares del mundo desde hace treinta años, hay un ejemplar del álbum Thriller, y reconozco los méritos de Jackson, guste más o menos, para ser recordado como un músico de prestigio.
Pero la chicha, ya sabemos, está en otra cazuela. La del escándalo, la polémica, la depravación, la excentricidad, la provocación, la megalomanía, la temeridad…
Hablamos de un chico negro que acabó convertido en un esperpento blanco (además, literalmente blanco, blanco nuclear, como pasado por un baño de lejía), de alguien que profesó el amor a la infancia de una manera ambigua y sospechosa, de un tipo que construyó una réplica de Disneylandia en el jardín de casa, del autor del himno oficioso de las oenegés del mundo (We are the world, we are the children…, otra vez los niños, y Jackson erigido en portavoz del planeta Tierra), de un fabricante de superventas que podía contar con Scorsese o Landis para hacerle los videoclips, de un individuo tan ambicioso que, no conforme con el éxito y el dinero ganados con sus propias composiciones, jugó el órdago de adquirir los derechos de las canciones de los Beatles.
Dentro de nada se cumplirá el primer aniversario de la muerte de Michael Jackson, y a buen seguro que se avecina una avalancha de publicaciones, documentales y otros testimonios que darán continuidad a aquel apresurado y oportunista This is it, estrenado pocos días después del fallecimiento de la estrella del pop.

Uno de los primeros en rendir este esperado homenaje será Alexandro Tunnerman, que los próximos 19 y 20 de junio ofrece sendos pases de su película Michael Jackson. Controversia y fascinación en el cine Alexandra, de Barcelona.

Un personaje tan peculiar encajaría en la práctica totalidad de los géneros: comedia surrealista, tragedia, melodrama infantil, snuff movie pedófila, thriller (y perdón por el chiste fácil), terror gótico, musical, ciencia ficción, documental a secas o falso documental, que es la opción que parece haber escogido Alexandro.

Aquí os detallo la información sobre el estreno y algunas notas de producción que os ayudarán a entender mejor la naturaleza de este proyecto. Nos vemos en el cine.



Michael Jackson. Controversia y fascinación

ESTRENO: sábado 19 y domingo 20 junio, a las 12 horas
Sala 1 del cine ALEXANDRA, Rambla Catalunya, 90
Género: Ficción Documental
Duración: 135 min.
Reparto: Óscar Oliva, Sebastián Montecino, Alfonso Morales.

A partir del 25 de junio se podrá ver gratis en www.atpresenta.com

SINOPSIS DE LA HISTORIA
Conmocionados por la noticia de la muerte del rey del pop, tres estudiantes deciden elaborar un proyecto para presentarlo como trabajo final de carrera. Pretenden convencer al tribunal de la universidad para que apruebe la financiación del coste del producto audiovisual a desarrollar.


NOTAS DE PRODUCCIÓN

ANTECEDENTES: Viví la muerte de Michael Jackson con total estupefacción y absoluta sorpresa. La noticia me llegó mientras me afeitaba, como una broma, que se confirmó en cuanto encendí mi teléfono. Muchos amigos sabían de mi devoción, y me preguntaron... “¿Qué ha sido para ti?”. Respondo así: un artista que me deja sin habla. Una persona interesante a nivel humano, por toda su bondad, sencillez, sensibilidad, ingenuidad, pureza… Y a su vez un maestro, como la máxima expresión de la autodestrucción. Es la víctima de una sociedad cruel e injusta. Un alma atormentada. Un niño al que le robaron sus dibujos. Un árbol que creció torcido y, adulto, ya jamás pudo enderezarse.

Alexandro Tunnerman

miércoles, 9 de junio de 2010

El sentido de la vista

Que levante la mano quien no haya tenido que soportar alguna vez el visionado de la boda o las vacaciones de unos amigos o familiares registradas en una interminable grabación de video —acompañada además de la entusiasta voz en off de sus autores, intentando en vano contagiarnos de esas sensaciones placenteras que sólo ellos son capaces de evocar—. Uf.
Se cumple así aquello de que el valor real de cada cosa se halla más allá de su superficie o sustancia material. Cualquiera de esas películas caseras que sufrimos estoicamente por respeto, amistad o educación hacia sus creadores, pueden constituir auténticos tesoros para quienes las realizaron, igual que un mechón de pelo lacio y reseco ejercerá a menudo de talismán o trofeo, o un pétalo mustio extraviado entre las páginas de un libro puede trenzar nudos en las gargantas o estremecer un corazón curtido al paso de decenas de inviernos.
Pensemos en la filmación típica de una fiesta de cumpleaños cualquiera. Una niña cumple cinco años e invita a sus amigos del colegio a comer tarta. Inflan globos, abren regalos, se manchan la ropa de chocolate, mastican chucherías. De vez en cuando alguno llora, otro se mea encima, dos o tres se pelean tímidamente o se tiran del pelo, juegan a la pelota, cantan a voz en grito las canciones de sus películas favoritas de dibujos animados y luego el cumpleaños feliz a la anfitriona, alguno vomita una amalgama de patatas fritas y Fanta aún sin digerir, otro se pilla una rabieta porque quiere volver a casa, o porque quiere ver la tele, o porque siente envidia de la niña protagonista y su aluvión de regalos, llegan los padres y las madres de los invitados, besos, abrazos, achuchones varios, despedida y cierre.
Nada nuevo. Lo de siempre. Otro vulgar y anodino ejemplar más para la videoteca personal de una de tantas familias normales y corrientes.
Imaginemos ahora que contamos con un dato importante antes de disponernos a ver la película: la niña murió al día siguiente de rodarse el vídeo. Es decir, falleció justo el día después de cumplir los cinco años. Esto, además de una tragedia incomparable, significa que ese cutre video casero es la última imagen que existe de la criatura con vida.
¿Con qué ojos lo miraríamos ahora?
Es la misma grabación. Igual de aburrida, igual de monótona, igual de insulsa, pero ahora ha adquirido un componente implícito que reescribe el guión primitivo. Ahora miraremos con lánguida ternura y con agravada vocación pericial cada gesto, cada guiño, cada risa. Las migas, las babas, los globos, los pedazos de pastel abandonados en cada plato de cartón, los envoltorios rasgados y esparcidos por el suelo, los surcos pegajosos del llanto en las mejillas o los tiznones de chocolate en las comisuras, los tropezones, las demandas caprichosas, los tirones de pelo, las palmas y vítores en honor de la homenajeada, la voz inocente que llama a su madre o que pide pis o caca a su padre, la enunciación sistemática y ya paradójica del futuro (“hasta mañana”) y el latiguillo festivo “que cumplas muchos más”, convertido en el más cruel de los epitafios.
Esto tiene que ver con Pavlov y con Kulechov, con los teóricos de la sugestión y con los maestros de la narración visual, como el irrepetible Alfred Hitchcock.
Muchos autores del género policíaco o de intriga se valen del factor sorpresa, del giro inesperado, del golpe de efecto para resolver sus tramas. Hitchcock huía de este recurso y defendía el uso del suspense: "La diferencia entre el suspense y la sorpresa es muy simple y hablo de ella muy a menudo. Sin embargo, en las películas existe frecuentemente una confusión entre ambas nociones”. Esta cita es del libro El cine según Hitchcock, de François Truffaut, donde el mago del suspense añade el siguiente ejemplo para ilustrar sus argumentos:


“SORPRESA. Dos personajes están hablando sentados a una mesa y su conversación es muy anodina, no sucede nada especial. De repente: ¡Bum!, una explosión. Resulta que había una bomba bajo la mesa. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena completamente insípida, desprovista de interés.


SUSPENSE. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el terrorista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa en la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: "No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar".


En el primer caso, se han ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión, pero a cambio ha tenido que soportar quince minutos de tedio. En el segundo caso, le hemos ofrecido quince minutos de suspense. La conclusión de ello es que se debe informar al público siempre que se puede, salvo cuando lo inesperado de la conclusión constituye la sal de la anécdota”.


Usted sí que sabía, don Alfredo.

miércoles, 2 de junio de 2010

¿Fin?

Para muchos, la novela revelación de la última temporada ha sido Fin, de David Monteagudo.
He de admitir que el libro posee una mecánica narrativa que engancha por bien armada, por su desarrollo modélico del suspense basado en la incógnita y por su sencillez en el estilo, lo cual convierte a la novela en una lectura ágil y más que cómoda.
Las descripciones de paisajes naturales, así como las escenas en las que aparecen animales, están muy bien elaboradas, son ricas en detalles y muy visuales (como simple curiosidad, me llama la atención el uso excesivo que el autor hace del verbo avizorar, tan poco corriente en el habla común).
Sin embargo, creo que es exagerada la comparación con La carretera, de Cormac McCarthy, con la que sólo comparte la noción contextual de un paisaje apocalíptico o mundo devastado por el que transitan unos pocos humanos supervivientes de no se sabe bien qué.
Por otra parte, los personajes y sus conflictos son excesivamente tópicos, demasiado esclavos de unos estereotipos que intentan definir —con más convencionalismo que acierto— a la generación treintañera e hija de la Transición que pasó de la chaqueta de pana al chalet en la sierra, por resumirlo sucintamente.
En la misma línea, los diálogos (y hay muchos) suenan a algo mil veces leído y oído, pero no por familiar o realista, sino por trillado: más que a testimonios de personajes genuinos remiten a fórmulas y latiguillos de tertuliano televisivo del montón.
Pero lo peor sin duda es el desenlace. El fin al que se refiere el título, obviamente, se presta a interpretaciones más profundas, metafísicas o existenciales, aunque por mucho que el lector se esfuerce (el autor no parece haberse esforzado ni un ápice) la decepción está garantizada.
Por supuesto que no voy a revelar el final para no fastidiarle a nadie la presunta o futura lectura (podéis dejar de leer a partir de aquí, si preferís). Me limitaré a manifestar mi cabreo por lo que considero una estafa mayúscula y a conjeturar acerca de las posibles razones de semejante dislate (no creo que Monteagudo tenga tanta mala leche como para haberlo hecho así adrede).
Un final abierto puede ser el mejor de los finales, no hace falta decirlo. Supongo que la intención del autor va por ahí, pero le ha salido otra cosa: un final capado, mutilado, inexistente.
Si es producto de la torpeza, la pereza o el exceso de pretensiones, no puedo asegurarlo. Lo que no me sirve como justificación es el argumento torticero de que al lector no hay que dárselo todo mascado, que la buena literatura es la que hace las preguntas para que el lector encuentre por sí mismo las respuestas, etc. Tampoco la posible interpretación alegórica, poética, simbólica o mística (si es que la tiene) me vale.
Antepongo a todo ello el hecho de que se trata de una novela de suspense, de intriga. Quizá en otro tipo de texto o género la resolución de Monteagudo encaje mejor, pero cuando se abren incógnitas y expectativas, cuando la tensión narrativa se apoya al cien por cien en el avance para llegar a la resolución de un misterio y se desarrolla la historia siguiendo unos patrones genéricos inequívocos, es una canallada dejar al lector con la miel en los labios (por no decir con cara de idiota).
Agradezco, no obstante, que la novela no se resuelva por medio del típico deus ex machina del tipo “todo ha sido un sueño” o cualquier otro recurso metido con calzador. Aun así, la sensación final es la de que el autor no sabía muy bien cómo terminar y decidió entonces encomendarse al ardid del capricho disfrazado de propuesta contracorriente, una triquiñuela que se emplea bastante a menudo en nombre del Arte supremo.