lunes, 24 de mayo de 2010

Grito, luego existo

Por qué será que hoy tengo ganas de gritar. Será porque este lunes con sabor a domingo es el ultimo día de estas mini vacaciones y no quisiera que se acabaran ya.
Pensar en gritar cuando se respira aire de domingo no es baladí, aunque os parezca que sí. No lo es, porque el domingo es el día que mejor representa esa dualidad existencial que tanto nos caracteriza y que nos permite combinar lo esperanzador y lo deprimente en un mismo contexto como si tal cosa.
Ya me diréis si no, el domingo, ese día tan ladino y traicionero, ese tramposo vestido de fiesta por la mañana y de luto por la noche, el mejor y el peor día de la semana concentrados en una misma jornada. Qué crueldad.
Bien es cierto que para gritar, chillar, berrear o hacer ruido hasta reventar tímpanos no nos hace falta buscar excusas en el calendario. Somos especialistas en reafirmarnos a través del estruendo; en poner la música a todo volumen en el coche para que se oiga afuera aunque llevemos las ventanillas cerradas, en ser el que más ruido hace con el tubo de escape de la moto o el que más alto habla o cuenta chistes en el bar.
Somos conocidos por ser el país más escandaloso de Europa (tal vez del mundo), y eso, a veces —es verdad—, es un síntoma de nuestro talante festivo y nuestra alegría latina congénita.
Pero otras veces es un burdo producto de esta sociedad de la crispación, de las prisas, del triunfo instantáneo y el deseo primitivo de destacar a costa de dormir en la oficina, o de hipotecarnos para presumir de coche deportivo o de vender nuestra alma de contribuyente a cambio de unos miles de euros contando en la tele que fuimos novios, amantes o concubinos de algún famoso de segunda división.
Ya no soportamos el silencio. Parece como si la ausencia de ruido delatara alguna carencia en el ciclo normal de la existencia, como si fuera la alarma que nos advierte de una avería en el sistema. Silencio igual a error, a emergencia.
Fijaos, si no, en el cine. Algunos no respetan ni los títulos de crédito, siguen hablando hasta que el primer personaje de la película pronuncia la primera palabra. Cada secuencia silenciosa se aprovecha para cuchichear, para comentar, para dar testimonio de que se sigue vivo, no sea que la ausencia de sonidos ponga en alerta a la Parca. El silencio nos inquieta, quizá porque es la música de la soledad, la sintonía de la muerte.
En fin. Mañana será martes con sabor a lunes, lo cual es mejor de lo que aparenta (que me digan dónde hay que firmar para que la semana laborable empiece siempre en martes). Sólo tendré ganas de gritar cuando suene el despertador, pero no seré capaz porque a esas horas no tengo fuerzas ni para parpadear. Como mucho, murmuraré algún que otro juramento, farfullaré la oda de mi desgracia obrera y oiré gritar al mundo mientras se despierta, en la radio, en los andamios, en los semáforos… Sólo así sabré que sigo vivo.

2 comentarios:

Franco Chiaravalloti dijo...

Será por eso que los domingos por la tarde (la bisagra entre lo peor y lo mejor de la semana, ¿de la vida?) sean el germen de una angustia filosa, que nos ubica de pie sobre una pared, pared de la que nos podría derribar una simple ventisca. Pero ¿hacia qué lado? ¿Hacia el campo de fresas lleno de almohadas mullidas y comidas opíparas? ¿O hacia el paisaje tormentoso plagado de picos asesinos y mares oscuros? Los domingos por la tarde nos ponen a prueba. Mejor echarse una siesta hasta las nueve.

El último peatón dijo...

Por eso alguien avispado y solidario inventó un día el fútbol, para distraer la tarde dominical y hacernos olvidar nuestra rutina cíclica y proletaria.
No me extraña que el inventor del balompié fuera un inglés. No imagino nada más deprimente y plomizo que un atardecer de domingo británico... Buf.