domingo, 16 de mayo de 2010

Elegancia y deportividad

El amor no es un deporte. Que no le vengan a alguien que sufre mal de amores con la cantinela de que lo importante es participar. En asuntos del corazón sólo parecen caber ganadores y perdedores, triunfadores y fracasados, sin matices intermedios. La condición de subcampeón o finalista no sirve de consuelo en la competición por conquistar a la persona amada. Ni siquiera la posición de suplente o primer reserva, que en determinados deportes podría aportar un resquicio de esperanza (una mala racha del titular indiscutible, una lesión), evita al desengañado o el pretendiente frustrado el estigma del ridículo.
De los infinitos valores y hallazgos que podréis encontrar en Two lovers, la última lección magistral de James Gray (Little Odessa, La otra cara del crimen, La noche es nuestra), quisiera destacar uno por arriesgado y original: su defensa del subcampeonato romántico como solución digna y aun redentora, algo inimaginable si revisamos el recetario canónico del género, que limita las historias de amor a epopeyas idílicas abocadas a dos únicas opciones, la tragedia desgarrada o el banquete de perdices.
Two lovers nos muestra un triángulo atípico precisamente por su extrema fidelidad al mundo real. Un duelo a tres bandas en el que aparecen temas recurrentes como el platonismo, el matrimonio de conveniencia, el adulterio, el voyeurismo o la desconcertante facultad del amor para convertirse lo mismo en la causa de la locura que en el remedio para curarla, pero todo ello puesto en un contexto que relega a Cupido y San Valentín a la categoría de veleidades propias de un extraterrestre chiflado.
Lo afirma el propio director: “A menudo es muy difícil abordar el amor con seriedad. Habitualmente adopta el formato de comedia romántica porque el estado de estar enamorado es, en sí mismo, casi ridículo”.
Así pues, que nadie espere lugares comunes. Aquí los amantes no viven en lofts situados en barrios bohemios a los que se accede subiendo por un montacargas, ni echan polvos furtivos en lujosas suites o inhóspitos moteles, ni forman sus familias felices en casas coloniales emplazadas en paraísos residenciales ubicados a kilómetros de la polución y el neón.
El protagonista —intachable Joaquin Phoenix— ha tenido que volver a vivir con sus padres tras un duro golpe sentimental (intento de suicidio incluido). Esta circunstancia, tan común en nuestros días (bien porque los hijos tardan en independizarse, bien porque la demoledora fusión entre divorcio y crisis económica así lo exige), rara vez aparece en el cine, y posee aquí un valor extraordinario, especialmente como elemento de veracidad incontestable. Gray desgrana con elegancia y sutileza detalles de cotidianidad doméstica que explican mil cosas más que los retorcidos artificios (aprende, Medem) a los que recurren otros autores en su afán por erigirse en apóstoles de la naturalidad y la autenticidad antihollywoodiense. Las escuetas pero contundentes apariciones de la madre interpretada por Isabella Rossellini —apenas un puñado de frases y gestos— hablan de la preocupación y el instinto protector inherentes a la condición maternal con un laconismo elocuente que recuerda al mejor Haneke, al que dice más con una puerta cerrada que abierta, aunque nada tiene que ver el estilo de Gray —discreto y clásico hasta casi el fundamentalismo, como los Coppola o Eastwood más inspirados— con la retórica narcisista habitual de los grandes autores europeos.
Densa pero en absoluto espesa, de tempo lento y obligada digestión reposada, Two lovers se aleja felizmente de los prototipos contemporáneos del cine sentimental, en el que sólo parece haber hueco para los treintañeros pueriles y frikis enganchados a la PS y el porno al estilo Judd Appatow o Kevin Smith, o para las comedias empalagosas de fórmula industrial y amantes de (cirujano) plástico. Lejos de toda esta morralla, la película de Gray es una historia adulta sobre las aristas del amor, como Los puente de Madison (Clint Eastwood), Lejos del cielo (Todd Haynes), Tierras de penumbra (Richard Attemborough), Entre copas (Alexander Payne), Revolutionary Road (Sam Mendes) o La edad de la inocencia (Martin Scorsese).
Las actrices que causan el dilema al protagonista, Gwyneth Paltrow y Vinessa Shaw, están perfectas, entiendes la dificultad de tener que elegir entre una u otra, ambas guapas y a la vez terrenales, irresistibles y a la vez vulnerables, cada una de ellas defendiendo su candidatura con honesta deportividad, sin marrullerías de adolescente ni paroxismos de culebrón.
Así, el pobre cateto de este triángulo (que vendría a ser, de algún modo, la versión dramática del pagafantas), cae preso de una de nuestras más frecuentes debilidades: no nos gusta que nos lo pongan todo a tiro, en bandeja, pues el enamorado es un individuo enfermo de masoquismo que siempre se sentirá más atraído por aquello que entrañe un mayor riesgo y que esté menos al alcance de sus posibilidades.
El amor, en suma, no es una ciencia exacta ni un cuento de hadas. Es contradicción y ambigüedad, es capricho y también cálculo, impulso y estrategia, aventura y refugio, dispendio e inversión, y por eso juega cruelmente con el enamorado, arriesgado y cobarde, altruista y egoísta, todo al mismo tiempo, porque la monogamia, amigos, no es la solución de una fórmula, sino el resultado de una resta.

4 comentarios:

letras de arena dijo...

El resultado de una resta,menudo final de crítica...Es curioso que lo que puede parecer una suma sea en realidad una resta, es que ni las matemáticas son una ciencia exacta, muchos menos el amor.
Un saludo, siempre es un placer leerte.

T.M. dijo...

No sabía qué película ir a ver esta tarde...me has convencido.
Al cine de cabeza que me voy!
Saludos.

El último peatón dijo...

Gracias por vuestra visita, también es un placer para mí.

Besos.

Asun dijo...

Lo que da verdadero miedo es que al protagonista le cueste decidir entre una y otra. Que desquilibrio tiene?