miércoles, 12 de mayo de 2010

Atrapado en el déjà vu

Pasado el primer trimestre del ejercicio, y como viene siendo habitual en los últimos años, los estrenos cinematográficos comienzan a adolecer de una sistemática monotonía que deriva en el aburrimiento continuo del espectador (al menos de éste que suscribe).
Se suceden películas anodinas o sencillamente correctas en el mejor de los casos, y ni siquiera el resucitado reclamo de la tridimensionalidad aporta grandes cosas, salvo un aumento en el precio de las entradas y quizá, eso sí (por sacarle algo positivo), una presumible recuperación de los ingresos en taquilla que parece haber detenido la epidemia de cierre de salas e incluso ha propiciado la reapertura de alguna (en Barcelona, el antiguo Casablanca Gracia, antes Scope Cinemas, y antes todavía Cinemes Lauren, vuelve a abrir sus puertas como Cinemes Girona).
Demasiado mal acostumbrado estaba uno después de una ristra suculenta de títulos como Up in the air, Shutter Island, La cinta blanca, El escritor, Ajami, Un profeta, En tierra hostil o Ciudad de vida y muerte, y tal vez por eso cuesta tanto encontrar alguna película digna de mención en las últimas semanas (haberlas, haylas, pero escasas: Nadie sabe nada sobre gatos persas, La nana y La isla interior estarían entre lo salvable de la hornada más reciente) .
Bien al contrario, lo que sí he advertido es un preocupante y cuasi alucinógeno fenómeno de repetición incansable, de déjà vu cinematográfico, y no hablo del tristemente expandido virus de los remakes.
Al fin y al cabo, los remakes no ocultan su condición de copia o remedo. Lo peor son todas esas películas supuestamente nuevas, que no hacen sino repetir literalmente argumentos, recursos y personajes usados, requeteusados y trillados, cuyas fuentes de referencia son además tan recientes que evidencian todavía más la falta de inspiración (y de vergüenza) de las mencionadas obras clónicas.
Por hablar de los últimos casos, viendo Noche loca (Shawn Levy), uno no puede evitar acordarse de After Hours (Martin Scorsese), Cita a ciegas (Blake Edwards) o Algo salvaje (Johnatan Demme), tres comedias dinámicas, trepidantes e ingeniosas, a las que el filme de Levy sólo hace honor en sus intenciones y su planteamiento inicial. Y poco más. Un comienzo prometedor que remite a las buenas telecomedias tipo Seinfeld se queda en un espejismo a medida que transcurren los minutos, hasta culminar en un desenlace de fórmula estandarizada que contradice incluso las supuestas buenas intenciones apuntadas al principio: es decir, lo que se nos presenta como un amago de reivindicación de la libertad y el derecho a disfrutar de la vida aun siendo parte de un matrimonio con hijos, se torna un enésimo canto a las bondades de la alienación doméstica bendecida por los sagrados votos. Tiene un par de momentos divertidos y algún que otro cameo curioso (los de Ray Liotta y Mark Ruffalo, por ejemplo), y es verdad que Steve Carell y Tina Fey demuestran ser buenos comediantes, si bien se agradecería verles actuar al son de un guión más inspirado.
Por otra parte, Un ciudadano ejemplar (F. Gary Gray) es un compendio desvergonzado de clichés y convenciones que serviría como paradigma de la ley del mínimo esfuerzo. Y eso que las referencias no son nada desdeñables. Hay ecos de Seven (David Fincher), de Saw (James Wan), de El caballero oscuro (Christopher Nolan) y hasta de Cadena perpetua (Frank Darabount), pero el resultado final hace pensar más bien en esas imitaciones cutres del tipo ginebra Lirios o vermouth Maritrini (prometo que existen).
De hecho, la influencia cinematográfica que más se hace notar es precisamente la de las infaustas odiseas vengativas de Charles Bronson (Yo soy la justicia y sus secuelas), con lo que las presumibles intenciones didácticas (sic) de la película (el recurrente dilema de servir a la ley o aplicar directamente la justicia) derivan en un irrisorio espectáculo de apologías peligrosamente reaccionarias (no se puede evitar pensar con aprensión en casos como los de Mary Luz, Sandra Palo o Marta del Castillo). Un filme ideal para la sobremesa del domingo en Intereconomía TV.
Tampoco los trailers (ni los títulos) se salvan de la epidemia. En estos días, asisto con estupor al anuncio de próximos estrenos: Vaya par de polis (el título en castellano, trillado hasta la arcada, ya lo dice todo: típica buddy movie o peli de colegas antagónicos que viven una aventura peligrosa y terminan siendo muy amigos). A continuación, el trailer de Jacuzzi al pasado, una copia descarada y nefasta de la fórmula de Regreso al futuro (Robert Zemeckis), esta vez con treintañeros tirando a frikis, que es lo que al parecer se lleva (me cago en Judd Appatow). Y por si no tenía suficiente, me anuncian también Sexo en Nueva York 2 (ni siquiera me molesté en ver la primera, así que no hay peligro), una de Jackie Chan que se llama El súper canguro (Chan es ya pura repetición en sí mismo, y lo de los súper canguros, en fin, para poner una querella criminal), y una vacuidad romanticona titulada El plan B (que, por increíble que parezca, no es una secuela de otra hipotética película titulada El plan A). Podría seguir, pero mejor me paro aquí.
No obstante, como siempre, la luz se adivina al final del túnel. Llega la nueva (aunque no exactamente, ya que se estrena con dos imperdonables años de retraso) del gran James Gray, Two lovers; asimismo, he podido disfrutar ya de los avances de Origen (Christopher Nolan), en la que el autor de Memento, Insomnio, El truco final y El caballero oscuro promete su habitual combinación de espectáculo y comida de tarro; y de Los amos de Brooklyn (Antoine Fuqua), que igualmente vaticina un regreso del director afroamericano a su mejor versión, la de la estupenda Training day, repitiendo con Ethan Hawke y devolviéndonos al mejor Richard Gere, el que se mete en la piel de un poli corrupto o ambiguo (al que lo dude, cosa que entiendo tratándose de Gere, le recomiendo Asuntos sucios, de Mike Figgis).

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