viernes, 28 de mayo de 2010

Er fúrbol es asín

En uno de los textos incluidos en su libro Aquella mitad de mi tiempo, el escritor Javier Marías reconoce que el fútbol es quizá la única actividad ante la cual no parece haber madurado, y que viendo un partido se comporta, por tanto, exactamente de la misma manera que cuando tenía nueve o diez años.
El lunes de la semana pasada —el día siguiente a la proclamación del Barça como campeón de Liga— había un hombre y un niño sentados en un banco de la Plaza de Catalunya, con signos evidentes de ser padre e hijo. El adulto llevaba puesta una camiseta del Barcelona, y el niño sacaba en ese momento de una bolsa otra camiseta azulgrana, en cuya parte trasera, en lugar del habitual nombre de su ídolo futbolístico (o el suyo propio), tenía grabada la leyenda “Puta Madrid”.
Estoy convencido de que el niño de nueve años que evoca Marías en su libro no se corresponde con la imagen que acabo de describir. De hecho, me atrevo a sospechar que la idea del textito de marras estampado en la espalda de la camiseta proviene obviamente del adulto, y no del pequeño hincha.
Sea como sea, es lamentable que existan individuos tan trogloditas y estúpidos como para privar a sus hijos de esa pasión intensa, contagiosa y puramente lúdica que es la afición (sana) al fútbol, a cambio de inculcarles el fanatismo típico de esas manadas de criminales primates conocidos como ultras, y que muchos (incluidos algunos presidentes de clubes) parecen asumir como un mal necesario.
En un mundo ideal esto nunca ocurriría, porque cabe imaginar que el propio tendero se habría opuesto a atender la demanda del cretino que solicita grabar un insulto o una frase soez en una prenda. Sin embargo, y dejando de lado la obviedad de que nuestro mundo no es ideal, debe tenerse en cuenta que al vendedor de la camiseta —más que probablemente, un ciudadano de origen chino, indio o paquistaní— le traen al pairo las rivalidades locales o provincianas, y por tanto atenderá siempre lo que el cliente le pida.
Pero aún no he dicho lo más sorprendente de todo. Resulta que ambos, padre e hijo, eran extranjeros —sus rasgos y su acento no engañaban— procedentes de algún país latinoamericano que no fui capaz de concretar (Ecuador, tal vez; o Colombia, quizá).
En el caso de que se tratara de un par de turistas, volverán a su tierra con un souvenir ramplón que sin duda transmitirá una imagen manipulada e injusta de la realidad, pues aun siendo más que evidente la confrontación ancestral entre barceloneses y madrileños por motivos que trascienden la mera competición deportiva, la sensación generalizada sigue siendo afortunadamente la de que la tolerancia se impone al integrismo regional.
La otra posibilidad es todavía peor, amén de más triste. Puede que los dos protagonistas de la historia fuesen inmigrantes ya establecidos en Barcelona, lo que vendría demostrar que su integración en nuestra sociedad transita por la peor de las rutas, la del fundamentalismo geográfico y el patriotismo palurdo.
Cagarse en la puta madre o en los muertos del rival cuando se pierde no es que esté bonito, pero entra dentro del repertorio habitual de rabia y frustración asociado al perdedor. Por eso mismo, no es lógico que sea del entorno del equipo ganador de donde surjan los exabruptos y los lemas irrespetuosos y destructivos. Además, lo que seguramente no se han parado a pensar ni el padre ni mucho menos el hijo, es que ese “Puta Madrid” —obsérvese que la descalificación no abarca sólo al club merengue, sino a la condición madrileña en su totalidad— poco tiene que ver con su pasión futbolera, lo cual les convierte en títeres, en puros monigotes de determinados grupos (presuntamente) ideológicos que hacen de la animadversión y el odio el alimento de sus desquiciados panfletos.

lunes, 24 de mayo de 2010

Grito, luego existo

Por qué será que hoy tengo ganas de gritar. Será porque este lunes con sabor a domingo es el ultimo día de estas mini vacaciones y no quisiera que se acabaran ya.
Pensar en gritar cuando se respira aire de domingo no es baladí, aunque os parezca que sí. No lo es, porque el domingo es el día que mejor representa esa dualidad existencial que tanto nos caracteriza y que nos permite combinar lo esperanzador y lo deprimente en un mismo contexto como si tal cosa.
Ya me diréis si no, el domingo, ese día tan ladino y traicionero, ese tramposo vestido de fiesta por la mañana y de luto por la noche, el mejor y el peor día de la semana concentrados en una misma jornada. Qué crueldad.
Bien es cierto que para gritar, chillar, berrear o hacer ruido hasta reventar tímpanos no nos hace falta buscar excusas en el calendario. Somos especialistas en reafirmarnos a través del estruendo; en poner la música a todo volumen en el coche para que se oiga afuera aunque llevemos las ventanillas cerradas, en ser el que más ruido hace con el tubo de escape de la moto o el que más alto habla o cuenta chistes en el bar.
Somos conocidos por ser el país más escandaloso de Europa (tal vez del mundo), y eso, a veces —es verdad—, es un síntoma de nuestro talante festivo y nuestra alegría latina congénita.
Pero otras veces es un burdo producto de esta sociedad de la crispación, de las prisas, del triunfo instantáneo y el deseo primitivo de destacar a costa de dormir en la oficina, o de hipotecarnos para presumir de coche deportivo o de vender nuestra alma de contribuyente a cambio de unos miles de euros contando en la tele que fuimos novios, amantes o concubinos de algún famoso de segunda división.
Ya no soportamos el silencio. Parece como si la ausencia de ruido delatara alguna carencia en el ciclo normal de la existencia, como si fuera la alarma que nos advierte de una avería en el sistema. Silencio igual a error, a emergencia.
Fijaos, si no, en el cine. Algunos no respetan ni los títulos de crédito, siguen hablando hasta que el primer personaje de la película pronuncia la primera palabra. Cada secuencia silenciosa se aprovecha para cuchichear, para comentar, para dar testimonio de que se sigue vivo, no sea que la ausencia de sonidos ponga en alerta a la Parca. El silencio nos inquieta, quizá porque es la música de la soledad, la sintonía de la muerte.
En fin. Mañana será martes con sabor a lunes, lo cual es mejor de lo que aparenta (que me digan dónde hay que firmar para que la semana laborable empiece siempre en martes). Sólo tendré ganas de gritar cuando suene el despertador, pero no seré capaz porque a esas horas no tengo fuerzas ni para parpadear. Como mucho, murmuraré algún que otro juramento, farfullaré la oda de mi desgracia obrera y oiré gritar al mundo mientras se despierta, en la radio, en los andamios, en los semáforos… Sólo así sabré que sigo vivo.

domingo, 16 de mayo de 2010

Elegancia y deportividad

El amor no es un deporte. Que no le vengan a alguien que sufre mal de amores con la cantinela de que lo importante es participar. En asuntos del corazón sólo parecen caber ganadores y perdedores, triunfadores y fracasados, sin matices intermedios. La condición de subcampeón o finalista no sirve de consuelo en la competición por conquistar a la persona amada. Ni siquiera la posición de suplente o primer reserva, que en determinados deportes podría aportar un resquicio de esperanza (una mala racha del titular indiscutible, una lesión), evita al desengañado o el pretendiente frustrado el estigma del ridículo.
De los infinitos valores y hallazgos que podréis encontrar en Two lovers, la última lección magistral de James Gray (Little Odessa, La otra cara del crimen, La noche es nuestra), quisiera destacar uno por arriesgado y original: su defensa del subcampeonato romántico como solución digna y aun redentora, algo inimaginable si revisamos el recetario canónico del género, que limita las historias de amor a epopeyas idílicas abocadas a dos únicas opciones, la tragedia desgarrada o el banquete de perdices.
Two lovers nos muestra un triángulo atípico precisamente por su extrema fidelidad al mundo real. Un duelo a tres bandas en el que aparecen temas recurrentes como el platonismo, el matrimonio de conveniencia, el adulterio, el voyeurismo o la desconcertante facultad del amor para convertirse lo mismo en la causa de la locura que en el remedio para curarla, pero todo ello puesto en un contexto que relega a Cupido y San Valentín a la categoría de veleidades propias de un extraterrestre chiflado.
Lo afirma el propio director: “A menudo es muy difícil abordar el amor con seriedad. Habitualmente adopta el formato de comedia romántica porque el estado de estar enamorado es, en sí mismo, casi ridículo”.
Así pues, que nadie espere lugares comunes. Aquí los amantes no viven en lofts situados en barrios bohemios a los que se accede subiendo por un montacargas, ni echan polvos furtivos en lujosas suites o inhóspitos moteles, ni forman sus familias felices en casas coloniales emplazadas en paraísos residenciales ubicados a kilómetros de la polución y el neón.
El protagonista —intachable Joaquin Phoenix— ha tenido que volver a vivir con sus padres tras un duro golpe sentimental (intento de suicidio incluido). Esta circunstancia, tan común en nuestros días (bien porque los hijos tardan en independizarse, bien porque la demoledora fusión entre divorcio y crisis económica así lo exige), rara vez aparece en el cine, y posee aquí un valor extraordinario, especialmente como elemento de veracidad incontestable. Gray desgrana con elegancia y sutileza detalles de cotidianidad doméstica que explican mil cosas más que los retorcidos artificios (aprende, Medem) a los que recurren otros autores en su afán por erigirse en apóstoles de la naturalidad y la autenticidad antihollywoodiense. Las escuetas pero contundentes apariciones de la madre interpretada por Isabella Rossellini —apenas un puñado de frases y gestos— hablan de la preocupación y el instinto protector inherentes a la condición maternal con un laconismo elocuente que recuerda al mejor Haneke, al que dice más con una puerta cerrada que abierta, aunque nada tiene que ver el estilo de Gray —discreto y clásico hasta casi el fundamentalismo, como los Coppola o Eastwood más inspirados— con la retórica narcisista habitual de los grandes autores europeos.
Densa pero en absoluto espesa, de tempo lento y obligada digestión reposada, Two lovers se aleja felizmente de los prototipos contemporáneos del cine sentimental, en el que sólo parece haber hueco para los treintañeros pueriles y frikis enganchados a la PS y el porno al estilo Judd Appatow o Kevin Smith, o para las comedias empalagosas de fórmula industrial y amantes de (cirujano) plástico. Lejos de toda esta morralla, la película de Gray es una historia adulta sobre las aristas del amor, como Los puente de Madison (Clint Eastwood), Lejos del cielo (Todd Haynes), Tierras de penumbra (Richard Attemborough), Entre copas (Alexander Payne), Revolutionary Road (Sam Mendes) o La edad de la inocencia (Martin Scorsese).
Las actrices que causan el dilema al protagonista, Gwyneth Paltrow y Vinessa Shaw, están perfectas, entiendes la dificultad de tener que elegir entre una u otra, ambas guapas y a la vez terrenales, irresistibles y a la vez vulnerables, cada una de ellas defendiendo su candidatura con honesta deportividad, sin marrullerías de adolescente ni paroxismos de culebrón.
Así, el pobre cateto de este triángulo (que vendría a ser, de algún modo, la versión dramática del pagafantas), cae preso de una de nuestras más frecuentes debilidades: no nos gusta que nos lo pongan todo a tiro, en bandeja, pues el enamorado es un individuo enfermo de masoquismo que siempre se sentirá más atraído por aquello que entrañe un mayor riesgo y que esté menos al alcance de sus posibilidades.
El amor, en suma, no es una ciencia exacta ni un cuento de hadas. Es contradicción y ambigüedad, es capricho y también cálculo, impulso y estrategia, aventura y refugio, dispendio e inversión, y por eso juega cruelmente con el enamorado, arriesgado y cobarde, altruista y egoísta, todo al mismo tiempo, porque la monogamia, amigos, no es la solución de una fórmula, sino el resultado de una resta.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Atrapado en el déjà vu

Pasado el primer trimestre del ejercicio, y como viene siendo habitual en los últimos años, los estrenos cinematográficos comienzan a adolecer de una sistemática monotonía que deriva en el aburrimiento continuo del espectador (al menos de éste que suscribe).
Se suceden películas anodinas o sencillamente correctas en el mejor de los casos, y ni siquiera el resucitado reclamo de la tridimensionalidad aporta grandes cosas, salvo un aumento en el precio de las entradas y quizá, eso sí (por sacarle algo positivo), una presumible recuperación de los ingresos en taquilla que parece haber detenido la epidemia de cierre de salas e incluso ha propiciado la reapertura de alguna (en Barcelona, el antiguo Casablanca Gracia, antes Scope Cinemas, y antes todavía Cinemes Lauren, vuelve a abrir sus puertas como Cinemes Girona).
Demasiado mal acostumbrado estaba uno después de una ristra suculenta de títulos como Up in the air, Shutter Island, La cinta blanca, El escritor, Ajami, Un profeta, En tierra hostil o Ciudad de vida y muerte, y tal vez por eso cuesta tanto encontrar alguna película digna de mención en las últimas semanas (haberlas, haylas, pero escasas: Nadie sabe nada sobre gatos persas, La nana y La isla interior estarían entre lo salvable de la hornada más reciente) .
Bien al contrario, lo que sí he advertido es un preocupante y cuasi alucinógeno fenómeno de repetición incansable, de déjà vu cinematográfico, y no hablo del tristemente expandido virus de los remakes.
Al fin y al cabo, los remakes no ocultan su condición de copia o remedo. Lo peor son todas esas películas supuestamente nuevas, que no hacen sino repetir literalmente argumentos, recursos y personajes usados, requeteusados y trillados, cuyas fuentes de referencia son además tan recientes que evidencian todavía más la falta de inspiración (y de vergüenza) de las mencionadas obras clónicas.
Por hablar de los últimos casos, viendo Noche loca (Shawn Levy), uno no puede evitar acordarse de After Hours (Martin Scorsese), Cita a ciegas (Blake Edwards) o Algo salvaje (Johnatan Demme), tres comedias dinámicas, trepidantes e ingeniosas, a las que el filme de Levy sólo hace honor en sus intenciones y su planteamiento inicial. Y poco más. Un comienzo prometedor que remite a las buenas telecomedias tipo Seinfeld se queda en un espejismo a medida que transcurren los minutos, hasta culminar en un desenlace de fórmula estandarizada que contradice incluso las supuestas buenas intenciones apuntadas al principio: es decir, lo que se nos presenta como un amago de reivindicación de la libertad y el derecho a disfrutar de la vida aun siendo parte de un matrimonio con hijos, se torna un enésimo canto a las bondades de la alienación doméstica bendecida por los sagrados votos. Tiene un par de momentos divertidos y algún que otro cameo curioso (los de Ray Liotta y Mark Ruffalo, por ejemplo), y es verdad que Steve Carell y Tina Fey demuestran ser buenos comediantes, si bien se agradecería verles actuar al son de un guión más inspirado.
Por otra parte, Un ciudadano ejemplar (F. Gary Gray) es un compendio desvergonzado de clichés y convenciones que serviría como paradigma de la ley del mínimo esfuerzo. Y eso que las referencias no son nada desdeñables. Hay ecos de Seven (David Fincher), de Saw (James Wan), de El caballero oscuro (Christopher Nolan) y hasta de Cadena perpetua (Frank Darabount), pero el resultado final hace pensar más bien en esas imitaciones cutres del tipo ginebra Lirios o vermouth Maritrini (prometo que existen).
De hecho, la influencia cinematográfica que más se hace notar es precisamente la de las infaustas odiseas vengativas de Charles Bronson (Yo soy la justicia y sus secuelas), con lo que las presumibles intenciones didácticas (sic) de la película (el recurrente dilema de servir a la ley o aplicar directamente la justicia) derivan en un irrisorio espectáculo de apologías peligrosamente reaccionarias (no se puede evitar pensar con aprensión en casos como los de Mary Luz, Sandra Palo o Marta del Castillo). Un filme ideal para la sobremesa del domingo en Intereconomía TV.
Tampoco los trailers (ni los títulos) se salvan de la epidemia. En estos días, asisto con estupor al anuncio de próximos estrenos: Vaya par de polis (el título en castellano, trillado hasta la arcada, ya lo dice todo: típica buddy movie o peli de colegas antagónicos que viven una aventura peligrosa y terminan siendo muy amigos). A continuación, el trailer de Jacuzzi al pasado, una copia descarada y nefasta de la fórmula de Regreso al futuro (Robert Zemeckis), esta vez con treintañeros tirando a frikis, que es lo que al parecer se lleva (me cago en Judd Appatow). Y por si no tenía suficiente, me anuncian también Sexo en Nueva York 2 (ni siquiera me molesté en ver la primera, así que no hay peligro), una de Jackie Chan que se llama El súper canguro (Chan es ya pura repetición en sí mismo, y lo de los súper canguros, en fin, para poner una querella criminal), y una vacuidad romanticona titulada El plan B (que, por increíble que parezca, no es una secuela de otra hipotética película titulada El plan A). Podría seguir, pero mejor me paro aquí.
No obstante, como siempre, la luz se adivina al final del túnel. Llega la nueva (aunque no exactamente, ya que se estrena con dos imperdonables años de retraso) del gran James Gray, Two lovers; asimismo, he podido disfrutar ya de los avances de Origen (Christopher Nolan), en la que el autor de Memento, Insomnio, El truco final y El caballero oscuro promete su habitual combinación de espectáculo y comida de tarro; y de Los amos de Brooklyn (Antoine Fuqua), que igualmente vaticina un regreso del director afroamericano a su mejor versión, la de la estupenda Training day, repitiendo con Ethan Hawke y devolviéndonos al mejor Richard Gere, el que se mete en la piel de un poli corrupto o ambiguo (al que lo dude, cosa que entiendo tratándose de Gere, le recomiendo Asuntos sucios, de Mike Figgis).

jueves, 6 de mayo de 2010

Bisutería espiritual

De un tiempo a esta parte, me asaltan por la calle numerosos repartidores de tarjetas, panfletos u octavillas, cuyo contenido siempre hace referencia a asuntos relacionados con esoterismo, espiritualidad o búsqueda de respuestas a los misterios de la vida y otras eternas inquietudes existenciales.
Pese a lo pomposo de las propuestas, no me cabe duda de que se trata de simples camelos, estafas propias de charlatanes y espabilados que juegan con las debilidades de los incultos y los desesperados.
Baste decir que la mayoría de dichos soportes publicitarios demuestran una carencia absoluta de gusto por la estética o por los fundamentos esenciales del diseño gráfico; y, más grave aún, a menudo están repletos de aberraciones gramaticales y horrores ortográficos que desnudan su naturaleza cutre y fraudulenta (lo superficial importa, no lo olvidemos, pues forma parte del conjunto. Si acudimos a una entrevista de trabajo y no nos seleccionan, no es igual que nos lo digan educadamente a que nos manden literalmente a la mierda o se rían en nuestra cara; en el caso de la publicidad, aplico el mismo criterio: un anunciante que no cuida la forma de dirigirse a mí, potencial cliente, nunca gozará de mi crédito ni de mi respeto).
En la última de esas tarjetas que me entregaron a la salida de una estación de metro, leo grandilocuencias como “Investigaciones sobre la verdad y la vida” (¡casi nada!) o “Hacia un mundo sin fronteras” (que podría ser lo mismo el título de una nueva entrega de la saga Star Trek que el eslogan del próximo congreso del G-8, el G-16 o cualquier camarilla de poderosos manejantes).
Acompañando a tales fanfarronadas retóricas, figura una lista de las materias sobre las que los gurús de turno ofrecen su supuesta sabiduría y sus presuntas soluciones, un batiburrilo que abarca conceptos más o menos comunes como Filosofía, Cristianismo, Metafísica y Teología, mezclados con otros que suenan a las típicas creaciones nacidas del onanismo de un iluminado, cosas como Testamento de la Nueva Era, Nuevo Idioma Cultural Científico y Espiritual, o Universalismo del Amor Universal (literal, no me invento nada, y todo en la misma tarjeta; lo prometo).
Vale que un servidor sea quizá alguien excesivamente apegado a lo terreno (en asuntos del espíritu, también soy un peatón aferrado a su acera), y tal vez mi sensibilidad hacia las posibles respuestas que habiten en los recovecos intangibles del universo sea prácticamente nula, pero de ahí a creerse a toda esta sarta de farsantes lenguaraces, me vais a perdonar, pero me parece que media un sinfín de opciones cabales.
No obstante, compruebo continuamente que el número de personas que se interesan por esta clase de dudosas disciplinas es creciente (las secciones dedicadas a ellas en las librerías ganan espacio), lo cual, para qué engañaros, me provoca más pavor que las profecías de Nostradamus, las siete plagas bíblicas, la gripe A, el crimen de Puerto Hurraco o la madre de Norman Bates.
No vale de nada, digo yo, jactarnos continuamente de nuestro escepticismo hacia los políticos si luego demostramos ser unas criaturas cerriles y maleables al antojo de estos pirotécnicos del timo.
Allá cada cual. Estamos en crisis, sí; puede que nuestra desesperación nos arrastre a veces a la necesidad de encontrar placebos y distracciones que nos proporcionen cierto alivio. Pero, coño, ¿tan difícil es reconocer al estafador, cuando la mayoría ni se molestan en disimularlo?
El éxito de los libros de autoayuda y demás subgéneros de su calaña, según parece, me quita la razón. Pues que no nos pase nada.


Foto: National Communication Association