martes, 6 de abril de 2010

Paseo por la cartelera (5)


El escritor, de Roman Polanski

Hay quienes confunden lo clásico con lo anticuado y, del mismo modo, quienes creen que lo moderno ha de ir necesariamente unido a lo extravagante. Por suerte, existen autores como Polanski, con la habilidad y el talento suficientes para crear obras que no desentonen en su tiempo y que a la vez puedan ser disfrutadas en su plenitud por los espectadores venideros.
Polanski puede ser retorcido, sarcástico, estrafalario y provocador, pero sabe igualmente cómo se cuentan las buenas historias desde que el mundo es mundo y no precisa de artificios narrativos o de montajes espasmódicos para que su cine sea efectivo.
No se estrenan muchas películas como El escritor, y es una lástima. Misterio en estado puro, encajado en una atmósfera tan bien diseñada que a uno no le abandona nunca la sensación de que algo interesante va a ocurrir.
De igual manera que en los mejores momentos de Eyes wide shut (Stanley Kubrick), la tensión proviene de la incertidumbre, de la complicidad del espectador con el desconcierto del protagonista (un sobresaliente Ewan McGregor), de una amenaza en constante acecho y de una materialización del crimen que sustituye el golpe de efecto por la exposición diáfana de los hechos (aunque ocurran fuera de plano, lo cual aporta un mérito añadido).
Y al contrario de lo que afecta a no pocos de los thrillers contemporáneos, la intriga se resuelve limpiamente, sin trucos marrulleros y con todos los cabos bien ataditos (salvo, claro está, en aquellos puntos en que funciona mejor la duda o la oscura sugerencia, como en todo lo relativo al inquietante personaje de Tom Wilkinson).
El trasfondo político que da origen a la historia (muy bien sostenido por un inspirado Pierce Brosnan) es puro macguffin. Es verdad que tiene morbo reconocer al espectro de Tony Blair en la personalidad del turbio ex primer ministro encarnado por Brosnan, y también advertir irónicos guiños a la situación real que el propio director vive con la justicia desde hace años, pero sin duda el atractivo de esta excelente película reside en su capacidad de engancharte desde el primer fotograma y de conducirte (con la ayuda de una acertada partitura que te mete el suspense en las venas) hasta un plano final antológico, que deja el sabor de boca del mejor postre.
El autor de títulos gloriosos como La semilla del diablo, Chinatown, El baile de los vampiros o El pianista ha regresado en plena forma.
Sobresaliente categórico.



Ajami, de Scandar Copti y Yaron Shami

Sinceramente, no me apetecía ver una versión dramatizada de un informativo cualquiera sobre el tristemente eterno conflicto árabe-israelí. Ante todo, no quería panfletos de ningún tipo, ni una historia con “mensaje” destinada a remover mi conciencia de urbanita globalizado.
Lo que me atraía de Ajami era su apariencia de versión multiétnica de la estupenda Ciudad de Dios (Fernando Meirelles), cambiando las favelas brasileñas por los llamados “territorios ocupados”.
Por supuesto que no paso por alto el hecho de que la película está dirigida conjuntamente por un director palestino y otro hebreo, lo que añade un atractivo adicional al visionado, sobre todo a la hora de evitarnos sospechas de intoxicación moral.
Que se olviden también aquellos que van a ver una película israelí sólo para presumir precisamente de ello, o sea, de que no ven cine presuntamente “comercial” (pobrecicos). Ajami, si tiene a quien parecerse, es a títulos como Pulp Fiction, Amores Perros o incluso Uno de los nuestros, además de la mencionada Ciudad de Dios.
En realidad, nada demasiado nuevo: la odisea de unos jóvenes que malviven en barrios marginales gobernados por camellos, fanáticos de dioses diversos, jueces de andar por casa y chanchulleros de toda índole, contada con una estructura que fragmenta y desordena la cronología convencional pero que al final encaja todas las piezas.
Ajami fue una de las últimas cinco candidatas al Oscar como mejor película de habla no inglesa. En otra ocasión se hubiera postulado como una apuesta firme al premio, pero este año la competencia era insalvable teniendo en frente obras maestras como El secreto de sus ojos, Un profeta y La cinta blanca (excluyo a la quinta en liza, La teta asustada, pese a los elogios cosechados de parte de los ceñudos jurados de festivales y demás cinefilia vegetariana; en mi opinión, es la típica película relamida y afectada que intenta encubrir sus elevadas pretensiones de Arte supremo bajo el disfraz del minimalismo alternativo. En cristiano: un majestuoso peñazo).
Lo novedoso de Ajami, en definitiva, es el escenario, que por una vez no se nos muestra como campo de batalla en el sentido estrictamente militar del término, sino como hervidero de reyertas, traiciones y otras tragedias cotidianas comunes a esos reductos conocidos como guetos.
Un notable sobrado.



Las viudas de los jueves, de Marcelo Piñeyro

Hablando de guetos, tal vez convendría aplicar también dicha definición a cierta clase de barrios residenciales que se jactan precisamente de aparentar ser lo contrario.
Los protagonistas de Las viudas de los jueves viven recluidos en una comunidad tan endogámica y artificial como aquel pueblo anacrónico y acotado por las fronteras del miedo que creó M. Night Shyamalan en El bosque.
De hecho, este Altos de la Cascada que aquí se nos presenta bien podría pasar por el equivalente argentino de los Bullet Park o Shady Hill de Cheever, o de la Revolutionary Road de Yates, con el infausto “corralito” como telón de fondo.
Es decir, estamos ante un puñado de yuppies, nuevos ricos, pijos, trepas y lo que quieran, pero que, por encima de todo, son esclavos. Esclavos de su circo de las apariencias y también de la necesidad de aferrarse a sueños que ni siquiera su ilusión de privilegio podrá permitirles.
Piñeyro —autor de la brillante El método, las muy interesantes Cenizas del paraíso, Plata quemada y Caballos salvajes, y la empalagosa Kamchatka— monta un oscuro drama con tintes de suspense, pero que no termina de aposentarse en uno u otro lado (un pie en Buñuel y otro en Hitchcock, por así decir).
La película empieza igual que El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder), con muertos flotando en una piscina, y su desarrollo nos irá guiando hasta la revelación del porqué del suceso. Por el camino, muy buenas interpretaciones, diálogos jugosos y otros que chirrían un poco, momentos genuinos de misterio y una tendencia quizá demasiado acusada al estiramiento del tiempo, lo cual provoca un ligero bache en el tramo final, cuando estamos deseando ya que se nos desvele la verdad.
Posee algo que valoro especialmente: una vez terminada, me dejó pensativo, rumiando aún durante un rato lo que había visto. Tal vez la conexión con nuestra actualidad y con cierta literatura anglosajona que admiro influyera en ello. Sea como sea, se merece el notable.

3 comentarios:

T.M. dijo...

"El escritor" fuí a verla este finde pasado. Lástima del cabezón que tenía delante que no me dejó leer bien todos los subtítulos. Pero me gustó.
Me apunto la de los "pijos" para ir a verla.
Saludos.

NeverMore dijo...

"El escritor" me recordó a mi Polansky preferido, el de los años 60 con cul-de-sac, el cuchillo en el agua y repulsión. Genial el momento cuando a través de la ventana del despacho se percibe al barrendero. Y qué decir del mal rollo que produce la escena de la persecución o la prodigiosa (y ya comentada) escena final.

El último peatón dijo...

Esperemos que entre juicio y juicio, extradición y extradición, a este hombre le siga dando tiempo a filmar peliculones como éste.

Saludos a los dos.