lunes, 19 de abril de 2010

Los armarios de Ricky

Uno de los protagonistas de Quiz show —una gran película de Robert Redford que reconstruía un escándalo ocurrido en la televisión estadounidense en los años 50— comparecía ante el tribunal para confesar su implicación en un concurso amañado, del cual él mismo se había beneficiado sustancialmente.
El acusado era Charles Van Doren, hijo de prestigiosos literatos y profesor de Inglés en la universidad de Columbia; miembro, en suma, de una familia y una clase social distinguidas. Cuando Van Doren confiesa su culpa, los jueces del tribunal elogian su gesto y su sinceridad, excepto uno de ellos, que apunta algo así como: “No creo que una persona de su inteligencia, educación y posición deba ser felicitado por el simple hecho de decir la verdad”.
Hago esta introducción cinematográfica para hablar de Ricky Martin, actualmente en primera línea mediática debido a la declaración pública y abierta de su homosexualidad, después de años vendiendo la imagen de mito erótico de adolescentes y jovencitas. Y es que, aunque aparentemente el cantante puertorriqueño no tenga nada que ver con el intelectual que Ralph Fiennes interpretó en el filme de Redford, creo que el valor de su tan impactante confesión es equiparable al relativo mérito que el juez discrepante le echó en cara al arrepentido Van Doren al reconocer su complicidad en la manipulación de aquel concurso.
Me sorprende haber leído y oído tantas palabras de apoyo, agradecimiento, loa y alabanza hacia Martin, cuyo gesto ha sido calificado por muchos como “valiente”.
¿Perdón?
Resulta que este señor se ha pasado casi un par de décadas aparentando lo que no era (aconsejado en mayor o menor medida por sus managers, representantes, agentes, promotores y demás codiciosos intermediarios) sencillamente porque así se garantizaba un número más elevado (y entregado) de fans y, en consecuencia, unas cifras mucho más jugosas derivadas de las ventas de discos y entradas de conciertos.
Un señor que se pasa la tira de años engañando al personal por razones puramente económicas, decide un día destapar la estafa (quizá movido por las vacas flacas de la industria discográfica, y posiblemente también por la oportunidad estratégica del público gay como un nuevo filón), y resulta que de repente es un héroe.
Pues no. Lo siento.
Lo que sí queda claro es que la carrera de Ricky Martin estará siempre ligada a los armarios. Ahora, por haber salido del mismo, y hasta ese momento, por haber sido el protagonista de una de las leyendas urbanas más populares de los últimos tiempos, aquélla del perro, la niña, la mermelada (algunas versiones la sustituyen por helado o incluso Nocilla) y, claro está, el armario.

2 comentarios:

T.M. dijo...

Hola peatón, qué razón tienes. Pienso que los homosexuales deberían estar enfadados con él. Aunque por otro lado, seguro que ha sido víctima de todos los parásitos que viven a su costa, y que se ha debido sentir en más de una ocasión más solo que la una.
A mí dentro o fuera del armario, no me gusta, y va a seguir siendo así...
saludos.

El último peatón dijo...

A mí, mientras no me obliguen a escuchar un disco suyo, ya me vale.

Saludos.