domingo, 11 de abril de 2010

La conciencia reversible


I

Nunca había discutido con el jefe hasta aquel día. Lógicamente, fue una disputa desigual; se quiera o no, siempre existe un margen de inferioridad —ya sea implícito o incluso autoimpuesto— en la porfía con un mando superior.
Aquello le afectó más de lo predecible. En toda la mañana pudo ya cumplir con sus funciones, hacer algo a derechas, concentrarse en la más mínima tarea. Las secuelas de la bronca con su jefe infectaron su carácter —de una cordialidad sin fisuras hasta entonces— y chocó con tres o cuatro de sus compañeros por nimiedades, llegando casi a las manos en cierto momento.
Al concluir la jornada laboral más larga y penosa de su vida, se marchó a casa herido y avergonzado, del mismo modo en que regresan de la batalla los soldados que la han perdido.
Pensó que no era feliz. No disfrutaba con su trabajo, que le ocupaba media vida, y a eso debía añadirle ahora la violencia de tener que convivir con nuevos enemigos.
Cenó en silencio, comunicándose con su mujer a través de muecas y otros signos primarios orientados a recalcar la magnitud de su disgusto. Miraron las noticias en la tele mientras intentaban tragar —ella las croquetas, él la bilis— y se vieron abrumados por la sucesión diaria de crímenes, bombardeos, violaciones, golpes de estado, amenazas, epidemias, tornados y terremotos.
De pronto se sintió culpable e indigno por sus cuitas de oficinista. El mundo se desmoronaba, la raza humana se aniquilaba, el planeta entero se destruía, y él, sin embargo, sufría por fruslerías administrativas, por rivalidades de medio pelo.
Después de la información del tiempo, retransmitieron el sorteo del cupón de la ONCE.
“Nos han tocado cincuenta euros”, exclamó su mujer con comedido entusiasmo; y añadió: “Para una cenita nos llega”.
“Cojonudo”, dijo él. Un segundo después, decidió que no volvería a ver el telediario.


II


Tenía menos de cuarenta años y conocía medio mundo. Pero su amplia experiencia cosmopolita no provenía del turismo, sino del altruismo. Se había enrolado en todas las misiones humanitarias y proyectos solidarios que cayeron en su conocimiento. No quedaba ni una sola asociación “sin fronteras” con la que no hubiera colaborado, activa o económicamente. Dio de comer a hambrientos, curó a enfermos, ayudó a reconstruir pueblos devastados, alfabetizó a incultos, repobló bosques arrasados por vendavales o maremotos, encabezó manifestaciones de protesta contra la globalización económica, se encadenó a verjas y protagonizó huelgas de hambre, salvó ballenas de arpones furtivos, se desnudó para expresar su solidaridad con los roedores despellejados, ofició funerales laicos en memoria de las focas, confraternizó con las etnias más remotas y secundó airadamente sus revolucionarias causas, arremetió contra las dictaduras bananeras, desafió a los talibanes, su voz contestataria se oyó en Kosovo, en Palestina, en Guantánamo, en Somalia, en Chechenia, en Davos, en la asamblea de la ONU y en el tribunal de La Haya.
Un día decidió que debía tomarse un respiro. Se autoconcedió sus primeras vacaciones en muchos años y regresó a su barrio. No es que lo esperaran precisamente, pero allí seguían sus amigos de siempre, su familia, los bares, los cines, los libros. Durante el vuelo imaginó todo lo que le aguardaba: tomar el sol, beberse una cerveza, comerse un pincho de chistorra, jugar al balón con un sobrino o el hijo de un amigo, comentar la última jornada de Liga, ver la tele, hacer el crucigrama del suplemento dominical, mirar escaparates, tomarse un helado de tres bolas, follar en una cama, ir al teatro, bailar como un idiota una música que ni siquiera le gusta…
Lo intentó. Y ahí se quedó todo. No funcionó. De pronto advirtió que no soportaba las risas ni las bromas. La despreocupada cotidianidad de los demás le molestaba. Era incapaz de mirar nada sin cubrirlo de trascendencia, sin detectar necesidades de protesta, sin contener el impulso de movilizar a las masas contra el enemigo opresor o el aparato dominante.
Se convenció de que había perdido la noción del placer material y se diagnosticó en consecuencia una infelicidad crónica hasta el fin de sus días. Pero por la noche, mientras se duchaba, comprobó que estaba empalmado. Suspiró, y se ilusionó con la posibilidad de una cura.

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