jueves, 18 de marzo de 2010

Susto

Según indicaban las instrucciones del test de embarazo, corroboradas por la farmacéutica que nos lo vendió, bastaba con esperar cinco minutos para conocer el resultado, si bien, en caso de que saliera negativo, se recomendaba esperar hasta 30 minutos para estar completamente seguros.
Olvidaos de los poemas, las promesas, los piropos, la caricias y demás gaitas ornamentales. Compartir el pánico es la experiencia de unión más sublime que existe. Palabra.
A lo mejor es que yo, hasta ahora, estaba mal acostumbrado, que también puede ser. En todos estos años había llegado a la conclusión de que ninguna mujer decía la verdad acerca de sus intenciones maternales (especialmente en la primera fase de la conquista). Sería para prevenir, para no restar puntos de antemano, para cubrirse las espaldas, por desconfianza, por lo que fuera; el caso es que todas aquellas mujeres que a priori compartieron conmigo la ausencia de intenciones en lo que a tener hijos se refiere, no tardaban ni medio año en volver a emparejarse, casarse y embarazarse.
Por eso, cuando vi ayer la cara desencajada de mi novia supe que su miedo era igual o aun mayor que el mío. Y aunque estuviera fuera de lugar el permitirse cualquier mínimo asomo de felicidad en medio de semejante embolado, no puedo negar que yo lo tuve, quizá porque era el único consuelo al que agarrarse en caso de que el test resultara finalmente positivo; la felicidad de saber que de veras jugábamos en el mismo equipo, sin trampas, sin engaños, sin medias tintas.
Ocurrieron muchas cosas —físicas, verbales y mentales— en esos 30 minutos, pero necesitaría cuatro o cinco horas para contarlas. (Esto me recuerda al famoso relato El perseguidor, de Julio Cortázar, en el que se explica de manera brillante esta cualidad flexible, relativa e inabarcable de eso que llamamos tiempo.)
El contexto semántico nos situaba ya en una dimensión disparatada, por contradictoria: “negativo” significaba bien, bueno, alivio, libertad; mientras que “positivo” venía a decir maldición, catástrofe, miedo.
Así es como lo recuerdo hoy. Como un sueño de esos que se van difuminando a medida que avanza el día y terminan por olvidarse; una pesadilla, de hecho. O como un viaje fugaz a otra época o a un pliegue inhóspito del espacio temporal o a cualquiera sabe qué clase de limbo o recóndita abstracción.
Sé que cuando volvamos a vernos esta noche el hielo del susto se habrá derretido ya en buena parte, y posiblemente nos riamos de nosotros mismos, o a costa de nuestra buena suerte.
Lo más importante para mí es que gracias a este trance sé que, por el momento, he elegido bien, que no es poco.
Ah, fue negativo, claro. Uf.

3 comentarios:

Palimp dijo...

Compartimos fobia a los coches, pero en este caso... ¡no sabes lo que te pierdes! :P

T.M. dijo...

Pués si los dos lo tenéis tan claro, os habéis elegido bien mutuamente.
Saludos.

El último peatón dijo...

Creedme: la humanidad gana librándose de un padre como yo.
Quiero demasiado a los niños como para hacerles eso... Pobrets.