jueves, 25 de marzo de 2010

Paseo por la cartelera (4)


Un profeta
, de Jacques Audiard

Cojonuda. Y es que, ya lo sabéis, siento debilidad por las historias de mafiosos y microuniversos criminales.
Me daba algo de miedo su apariencia de típico producto franco-fundamentalista (eso de sacrificar el atractivo visual y las emociones fuertes en aras de una concepción demasiado radical de la verosimilitud), pero por suerte Audiard es un tipo listo y profesional.
Un profeta tiene algo del ultranaturalismo desapasionado de Gomorra, pero también mucho de la intensidad operística de El Padrino, y otro tanto de la contundencia inmisericorde de Uno de los nuestros. Igualmente, sería algo así como una versión antiépica de Scarface, en la que la gloria se alcanza más bien con juegos de estrategia y no tanto a golpes de adrenalina.
En su primera hora, nos ofrece un relato ejemplar de género carcelario, para después, apoyada en una acertada idea de guión, sacar al protagonista a la calle y conseguir que la película “respire” y discurra también por los derroteros de los clásicos gangsteriles. Dos horas y media que no pesan lo más mínimo (este peatón habría aguantado una hora más en la butaca sin problema alguno).
Intensa, violenta, minuciosa, bien narrada y excelentemente interpretada, tanto por el debutante Tahar Rahim como por el veterano Niels Arestrup, auténticos amos de la función, pero sin olvidar a todo el plantel de secundarios, rostros desconocidos que conforman un elenco modélico y suman a favor de la autenticidad.
Hasta ahora estaba convencido de que La cinta blanca sería la indiscutible película europea del año. Después de ver Un profeta, ya no lo tengo tan claro.
Sobresaliente con reverencia.



Shutter Island, de Martin Scorsese

Misteriosa y retorcida, apabullante y efectista, delirante y visceral, racional y cinéfila. O sea, puro Scorsese.
Parece que el homenaje que le hizo a Hitchcock en el anuncio de Freixenet le supo a poco, y el tío Martin ha vuelto a echar mano de los referentes canónicos de la era del technicolor para componer su particular oda a la paranoia y la psicopatía, una pieza que remite sobre todo a Vertigo y Psicosis en su contenido dramático, y a toda la producción hitchcockiana de la década de los 50 en el apartado estético, con esos cielos plúmbeos, ese faro y ese hombre solitario e inocente sufriendo en el centro de una conspiración. Ah, y no nos olvidemos de la música; envolvente, siniestra, y con un punto de agresividad que, más que al mítico Hermann, recuerda a la partitura de Berstein que el propio director supo sabiamente respetar en su versión de El cabo del miedo.
Scorsese ha encontrado en Di Caprio a su nuevo De Niro, y aunque al primero aún le queda para llegar a ser tan grande como el segundo, si analizamos lo que ambos han hecho en la última década, tampoco parece que sea tanta la distancia actual.
El punto flaco quizá sea el desenlace, menos sorprendente de lo que pretende (ya hemos visto muchas películas con final sorpresa-revelación, al estilo de El corazón del ángel, El sexto sentido, Sospechosos habituales, Abre los ojos o El maquinista), pero aun así eficaz y coherente con lo narrado.
Por encima de todo, lo que cuenta para mí es esa forma de rodar tan peculiar y adictiva que hace que cualquier cosa que me cuente este hombre me acabe interesando. Muchos considerarán éste como un filme menor de Scorsese sólo porque no es tan magistral como Taxi driver, Toro salvaje o Uno de los nuestros. Tal como yo lo veo, ojalá cada semana se estrenara una de esas obras supuestamente “menores” (After hours, Casino, El cabo del miedo, La edad de la inocencia, Infiltrados…).
El sobresaliente de siempre.




Corazón rebelde, de Scott Cooper

El Oscar ya le venía tocando desde hace tiempo a Jeff Bridges, pero aunque ésta hubiera sido su primera película, se lo habría ganado igualmente con total merecimiento.
Bridges hace un ejercicio admirable de asimilación del personaje, más allá del mero trabajo interpretativo y de caracterización. Cualquiera diría que se ha pasado la vida tocando country en tugurios de carretera de esa América profunda y crepuscular de bribones, perdedores, borrachos y tarados que hemos conocido gracias a, entre otros, el difunto Peckimpah y los venerables hermanos Coen.
Su pinta de canalla en decadencia, su voz quebrada y viril (si la veis doblada, allá vosotros), su forma de moverse como un dinosaurio renqueante, todo es creíble y conmovedor.
Os habréis fijado en que sólo hablo de Bridges, y de la peli, ni palabra. Bueno, lo cierto es que Corazón rebelde no destaca por su originalidad. Es una historia francamente sencilla e incluso previsible, pero no importa. Se trata de una de esas obras que se sostienen con la sola aportación de su protagonista, excepto si uno es aficionado al country, claro; en ese caso, la música es sin duda otro atractivo a añadir.
Sería una película de aprobado sin más, aunque el sobresaliente en actuación la eleva hasta el notable.




Pájaros de papel, de Emilio Aragón

No lo tenía fácil Emilio Aragón en su estreno como director de cine. Primero, resultaba muy complicado despojarle de su arraigada etiqueta de especialista en el melodrama familiar televisivo y políticamente correctísimo. Además, el argumento y el contexto de su película remiten inevitablemente a tres títulos clásicos de elevado prestigio: El viaje a ninguna parte (Fernando Fernán-Gómez), Ay, Carmela (Carlos Saura) y La niña de tus ojos (Fernando Trueba).
Sorprendentemente, Aragón demuestra en la gran pantalla una mayor voluntad de contención, además de un enfoque más maduro e incluso crítico de los temas, cualidades éstas ausentes en su producción televisiva.
Por supuesto que Pájaros de papel posee ciertas debilidades sensibleras (esa última secuencia en el teatro, por ejemplo, que parece responder a un simple deseo de homenaje filial, ajeno totalmente a la trama), pero aun así se deja ver sin molestias y sin que sintamos temor por nuestros índices de azúcar en sangre. La humanidad enjuta de Imanol Arias encaja a medida con su atormentado personaje. Lluís Homar también encarna con credibilidad a ese cómico bonachón cuyos temores ponen constante freno a sus deseadas fantasías. Hasta el niño Roger Princep (que no me gustó nada ni en El orfanato ni en Los girasoles ciegos) está desenvuelto y simpático.
Novedoso resulta también el hecho de que un director español que aborda el trillado universo histórico de la Guerra Civil apueste más por la supervivencia que por la revolución en sus intenciones divulgativas. Esto no afecta en absoluto al necesario trasfondo de denuncia y repulsión, pero sí que lo hace más digerible, pensando sobre todo en que el público mayoritario de Aragón estará compuesto por esas mismas familias que lo encumbraron en su día a las cimas de los medidores de audiencia catódica.
Así pues, la a priori temible unión entre el creador de Médico de familia y el guionista de El hijo de la novia se salda con un apreciable ejercicio de nostalgia que, si bien no deja huella por su convencionalismo dramático, como mínimo deja constancia de que se ha realizado un trabajo con la seriedad que se le exige a un verdadero profesional. Y, además, no engaña a nadie (en todo caso, a los que fuimos al cine cargando con el prejuicio a cuestas; y nos engañó, en esta ocasión, para bien).
Un honesto notable.



El mal ajeno, de Oskar Santos

Había unas cuantas personas en el cine que estaban convencidas de que la película que iban a ver era “de Amenábar”. Claro. La publicidad engañosa, que siempre funciona para manejar al público a su mercantil voluntad. El rótulo que reza “Alejandro Amenábar presenta”, unido a los rostros de Eduardo Noriega y Belén Rueda, componen un reclamo infalible para ese gran número de espectadores que no se toman la molestia de mirar el nombre del director antes de elegir una película de la cartelera.
No sé qué hubiera pasado con Amenábar tras la cámara, pero me atrevo a intuir que, como mínimo, la resolución final de la historia lo habría agradecido. Porque el mayor inconveniente que le veo a El mal ajeno es su aparente voluntad de trascender el género puro y duro para constituirse en dramón existencial sobre el dolor. De este modo, el suspense queda diluido por las pretensiones filosóficas (quizá religiosas), y hace que los últimos 20 minutos resulten decepcionantes. Una lástima.
Como thriller, el filme funciona bien, especialmente durante la primera mitad. En esa primera parte hace gala de méritos similares a los de la excelente Intacto (Juan Carlos Fresnadillo), es decir, coloca un elemento sobrenatural que genera misterio pero que no rompe ni distorsiona el contexto realista.
Se advierte que el director, Oskar Santos, ha estudiado el trabajo de M. Night Shyamalan (El sexto sentido, El protegido, El bosque), pero su intento de remedo queda finalmente en evidencia.
Tiene algo positivo, y es que te mantiene atento y no se hace larga. La pena, como digo, está en que el desenlace no cubre las expectativas y, además, está a mi juicio mal explicado, pese a que se adivina sin dificultad.
Roza el notable, pero necesita mejorar.

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