lunes, 1 de marzo de 2010

Amor virtual, decepción real

Cuatro años, diez meses y nueve días después de su divorcio, A. cayó por fin en la cuenta de que el fracaso matrimonial no era exactamente lo mismo que la viudedad, y que, por tanto, no había razón para prolongar aquella absurda castidad como si de un arcaico concepto del luto se tratase.
Más allá de la impuesta fidelidad durante los años de casado, lo cierto era que a A. nunca se le habían dado precisamente bien los asuntos de faldas. En su interior se enquistaba la hiriente idea de que su mujer lo había abandonado por ser poco ambicioso, por haber ejercido de celoso guardián en vez de haberse desvelado como un aventurero de lo desconocido o un incansable investigador en busca de los límites del placer.
Y así lo tuvo en cuenta cuando elaboró su reseña personal para después publicarla en una página de Internet dedicada a la prospección sexual (aunque publicitada como el mercadillo de los corazones de segunda mano, o algo parecido).
Las mujeres que solían rodearlo, ya fueran de la familia, el trabajo o el barrio, suspiraban por los temerarios y los canallas. De manera inexplicable, ninguna parecía buscar a un hombre bueno que la respetara y le garantizara su compromiso inquebrantable. Preferían el riesgo a cambio de la extrema emoción, o eso decían.
Amparado en dicha hipótesis, A. redactó su texto promocional haciendo hincapié en falsas intenciones y virtudes inexistentes, vendiéndose como un tipo duro, castigador, sobrado y un punto narcisista, pero al mismo tiempo amante de la naturaleza, los viajes exóticos, los coches veloces y las motos de gran cilindrada, y, cómo no, confesándose un adicto incurable a la belleza femenina.
Las respuestas no tardaron en llegar a su buzón de correo.
Una de las mujeres que respondió a su anuncio fue E. Para ella, el flirteo virtual era el único posible, ya que nunca se habría atrevido a dirigirse directamente a un hombre (a casi ninguna otra persona, de hecho), de no ser por el vasto parapeto cibernético.
E. también se había fabricado un perfil apócrifo, una máscara basada en lo que ella deducía que los hombres esperaban de sus conquistas. Se presentaba así ante sus pretendientes internautas como una mujer desenfadada, independiente, escéptica respecto a las tradiciones del romance y con un punto de sarcasmo a la hora de revisar sus antecedentes amorosos. La realidad, sin embrago, constataba que E. era una mujer insegura y acomplejada, alguien cuyo concepto del querer se había detenido en mitad de la adolescencia y que aún soñaba (aunque se cuidaba de no manifestarlo públicamente) con un emisario del destino que la convirtiera en madre y esposa. Se avergonzaba de su físico, pero no hacía nada para solventarlo. Mientras otras mujeres recurrían a ardides cosméticos o diseñaban planes estratégicos para definir la caída de un escote o la izada de una falda, E. se recreaba en la autocompasión y desdeñaba sus hipotéticos encantos practicando una versión fundamentalista del recato, que ella pretendía defender como una variante intelectual del verdadero feminismo. Pero no colaba, claro. Bastaba observar su aspecto monjil y escuchar sus ñoños anhelos para que el único sentimiento no agresivo que aflorase entre sus semejantes fuese la lástima.
Se pasó dos meses llorando cuando descubrió que los compañeros del trabajo la apodaban Sor Citroën, y lo que nunca supo fue que su ginecólogo llegó a fantasear furtivamente con el Nobel de la Ciencia imaginando que se produciría en ella un fenómeno de regeneración espontánea del himen.
Con todo, E. se permitió considerar que tal vez A. sería el elegido. Tumbada boca arriba en la cama de su habitación repleta de alcanforados peluches, con las manos entrelazadas y reposadas sobre el esternón, entonó su platónica plegaria, dejando escapar algún que otro suspiro de culebrónica vehemencia. Llegada la hora, se vistió para la ocasión como una aldeana endomingada y se encaminó —el corazón encogido y nueve metros de miedo correteando por sus tripas— rumbo al bar donde se había citado con A..
Ella llegó algo antes, no más de diez minutos. Los hombres que bebían en la barra no coincidían con la descripción que traía memorizada al máximo detalle. Ninguno, de hecho, se inmutó al verla entrar. Tras más de tres horas esperando a su e-príncipe en una esquina del bar, sentada en el sillón más recóndito y con las manos licuándose por su propio sudor, dio el último trago a su segundo mosto y se marchó trotando al ritmo de histriónicos hipidos.
Algo similar le ocurrió a él. Al entrar en el garito oteó discretamente el interior y no halló rastro de su prometedora aspirante. Se acodó en la barra y se armó de paciencia. No fue muy consciente del tiempo trascurrido, pero al apurar el tercer cubata comprendió que el periodo de gracia estaba más que superado. Abandonó el bar con un cabreo monumental, y en la puerta de salida a punto estuvo de arrollar a una mujer con pinta de mojigata que parecía estar llorando.
“Pobre desgraciada”, se dijo A.. “Seguro que también le han dado plantón”.

5 comentarios:

T.M. dijo...

Peatón, por experiencia te digo, que no todas las citas a ciegas virtuales salen mal, jajajaja. Hay de todo, como en la vida real, y depende mucho de cada persona, claro. Pero en muchas ocasiones, es más natural y sincero de lo que nos imaginamos.
Saludos.

El último peatón dijo...

Vaya, vaya, así que tenemos a una experta en citas a ciegas, ¿eh?...
Bueno, sobre todo recuerda que si te llaman de "El diario de Patricia" para que conozcas a tu cybernovio, mejor no vayas...

T.M. dijo...

Diario de Patricia? eso qué es? por favor...que sea experta en citas a ciegas no quiere decir nada ehhhh. Las circunstancias son las que son, y ya está, jajaja.

letras de arena dijo...

Esto del amor nunca ha sido fàcil, ni virtual ni real.

Un saludo.

El último peatón dijo...

Yo incluso diría que esto del amor siempre ha sido virtual, por ordenador o en persona.