lunes, 29 de marzo de 2010

Recochineo

Ocho de cada diez personas con las que hablo emplean el vocablo rintintín para referirse a algo que ha sido dicho con sorna o recochineo.
La palabra correcta que nuestro idioma posee para dicho significado es retintín, si bien el eco de cierta celebridad canina del siglo pasado se ha acabado por imponer asombrosamente en el lenguaje popular.
Porque Rin Tin Tin fue un pastor alemán que protagonizó una serie televisiva de cierto éxito (además de varias películas), sobre todo en los años 50 y 60.
Es verdad que su fama no llega al nivel de la de otros compañeros de especie, como Lassie, Pluto o Milú, pero de lo que sí puede presumir la mascota del cabo Rusty es de estar en boca de un gran número de hispanohablantes, que intuyo cada vez es mayor.
Al contrario de otros jocosos deslices del tipo “Quedarse delgado como una sífilis”, “Ponerse hecho un obelisco” o “Encontrar la hormona de su zapato”, este uso extendido y bastardo de rintintín no induce a la corrección ni al choteo del interlocutor, ya que, como he apuntado al principio, empiezo a pensar que la inmensa mayoría de los castellanoparlantes desconoce la existencia del término correcto, retintín, y de ahí que dé por buena la mutación perruna.
Sabemos que la lengua es como un organismo vivo y dinámico que evoluciona y se adapta progresivamente a las condiciones y demandas de su entorno, aunque no por ello deje de estar regido o mínimamente tutelado por unas normas que velen por facilitar la comunicación.
En este sentido, existen casos de normas aconsejadas por la Real Academia que resultan inútiles por puro rechazo popular (el caso, por ejemplo, de la feísima expresión cederrón, que nadie utiliza, pues a todos nos parece más apropiado y estético emplear la originaria CD Rom).
De ahí que me atreva a vaticinar que en el futuro se acabe acuñando la palabra rintintín como válida para definir la ironía o el recochineo, producto de este masivo desprecio por el hasta ahora oficial retintín.
La democracia es lo que tiene.

jueves, 25 de marzo de 2010

Paseo por la cartelera (4)


Un profeta
, de Jacques Audiard

Cojonuda. Y es que, ya lo sabéis, siento debilidad por las historias de mafiosos y microuniversos criminales.
Me daba algo de miedo su apariencia de típico producto franco-fundamentalista (eso de sacrificar el atractivo visual y las emociones fuertes en aras de una concepción demasiado radical de la verosimilitud), pero por suerte Audiard es un tipo listo y profesional.
Un profeta tiene algo del ultranaturalismo desapasionado de Gomorra, pero también mucho de la intensidad operística de El Padrino, y otro tanto de la contundencia inmisericorde de Uno de los nuestros. Igualmente, sería algo así como una versión antiépica de Scarface, en la que la gloria se alcanza más bien con juegos de estrategia y no tanto a golpes de adrenalina.
En su primera hora, nos ofrece un relato ejemplar de género carcelario, para después, apoyada en una acertada idea de guión, sacar al protagonista a la calle y conseguir que la película “respire” y discurra también por los derroteros de los clásicos gangsteriles. Dos horas y media que no pesan lo más mínimo (este peatón habría aguantado una hora más en la butaca sin problema alguno).
Intensa, violenta, minuciosa, bien narrada y excelentemente interpretada, tanto por el debutante Tahar Rahim como por el veterano Niels Arestrup, auténticos amos de la función, pero sin olvidar a todo el plantel de secundarios, rostros desconocidos que conforman un elenco modélico y suman a favor de la autenticidad.
Hasta ahora estaba convencido de que La cinta blanca sería la indiscutible película europea del año. Después de ver Un profeta, ya no lo tengo tan claro.
Sobresaliente con reverencia.



Shutter Island, de Martin Scorsese

Misteriosa y retorcida, apabullante y efectista, delirante y visceral, racional y cinéfila. O sea, puro Scorsese.
Parece que el homenaje que le hizo a Hitchcock en el anuncio de Freixenet le supo a poco, y el tío Martin ha vuelto a echar mano de los referentes canónicos de la era del technicolor para componer su particular oda a la paranoia y la psicopatía, una pieza que remite sobre todo a Vertigo y Psicosis en su contenido dramático, y a toda la producción hitchcockiana de la década de los 50 en el apartado estético, con esos cielos plúmbeos, ese faro y ese hombre solitario e inocente sufriendo en el centro de una conspiración. Ah, y no nos olvidemos de la música; envolvente, siniestra, y con un punto de agresividad que, más que al mítico Hermann, recuerda a la partitura de Berstein que el propio director supo sabiamente respetar en su versión de El cabo del miedo.
Scorsese ha encontrado en Di Caprio a su nuevo De Niro, y aunque al primero aún le queda para llegar a ser tan grande como el segundo, si analizamos lo que ambos han hecho en la última década, tampoco parece que sea tanta la distancia actual.
El punto flaco quizá sea el desenlace, menos sorprendente de lo que pretende (ya hemos visto muchas películas con final sorpresa-revelación, al estilo de El corazón del ángel, El sexto sentido, Sospechosos habituales, Abre los ojos o El maquinista), pero aun así eficaz y coherente con lo narrado.
Por encima de todo, lo que cuenta para mí es esa forma de rodar tan peculiar y adictiva que hace que cualquier cosa que me cuente este hombre me acabe interesando. Muchos considerarán éste como un filme menor de Scorsese sólo porque no es tan magistral como Taxi driver, Toro salvaje o Uno de los nuestros. Tal como yo lo veo, ojalá cada semana se estrenara una de esas obras supuestamente “menores” (After hours, Casino, El cabo del miedo, La edad de la inocencia, Infiltrados…).
El sobresaliente de siempre.




Corazón rebelde, de Scott Cooper

El Oscar ya le venía tocando desde hace tiempo a Jeff Bridges, pero aunque ésta hubiera sido su primera película, se lo habría ganado igualmente con total merecimiento.
Bridges hace un ejercicio admirable de asimilación del personaje, más allá del mero trabajo interpretativo y de caracterización. Cualquiera diría que se ha pasado la vida tocando country en tugurios de carretera de esa América profunda y crepuscular de bribones, perdedores, borrachos y tarados que hemos conocido gracias a, entre otros, el difunto Peckimpah y los venerables hermanos Coen.
Su pinta de canalla en decadencia, su voz quebrada y viril (si la veis doblada, allá vosotros), su forma de moverse como un dinosaurio renqueante, todo es creíble y conmovedor.
Os habréis fijado en que sólo hablo de Bridges, y de la peli, ni palabra. Bueno, lo cierto es que Corazón rebelde no destaca por su originalidad. Es una historia francamente sencilla e incluso previsible, pero no importa. Se trata de una de esas obras que se sostienen con la sola aportación de su protagonista, excepto si uno es aficionado al country, claro; en ese caso, la música es sin duda otro atractivo a añadir.
Sería una película de aprobado sin más, aunque el sobresaliente en actuación la eleva hasta el notable.




Pájaros de papel, de Emilio Aragón

No lo tenía fácil Emilio Aragón en su estreno como director de cine. Primero, resultaba muy complicado despojarle de su arraigada etiqueta de especialista en el melodrama familiar televisivo y políticamente correctísimo. Además, el argumento y el contexto de su película remiten inevitablemente a tres títulos clásicos de elevado prestigio: El viaje a ninguna parte (Fernando Fernán-Gómez), Ay, Carmela (Carlos Saura) y La niña de tus ojos (Fernando Trueba).
Sorprendentemente, Aragón demuestra en la gran pantalla una mayor voluntad de contención, además de un enfoque más maduro e incluso crítico de los temas, cualidades éstas ausentes en su producción televisiva.
Por supuesto que Pájaros de papel posee ciertas debilidades sensibleras (esa última secuencia en el teatro, por ejemplo, que parece responder a un simple deseo de homenaje filial, ajeno totalmente a la trama), pero aun así se deja ver sin molestias y sin que sintamos temor por nuestros índices de azúcar en sangre. La humanidad enjuta de Imanol Arias encaja a medida con su atormentado personaje. Lluís Homar también encarna con credibilidad a ese cómico bonachón cuyos temores ponen constante freno a sus deseadas fantasías. Hasta el niño Roger Princep (que no me gustó nada ni en El orfanato ni en Los girasoles ciegos) está desenvuelto y simpático.
Novedoso resulta también el hecho de que un director español que aborda el trillado universo histórico de la Guerra Civil apueste más por la supervivencia que por la revolución en sus intenciones divulgativas. Esto no afecta en absoluto al necesario trasfondo de denuncia y repulsión, pero sí que lo hace más digerible, pensando sobre todo en que el público mayoritario de Aragón estará compuesto por esas mismas familias que lo encumbraron en su día a las cimas de los medidores de audiencia catódica.
Así pues, la a priori temible unión entre el creador de Médico de familia y el guionista de El hijo de la novia se salda con un apreciable ejercicio de nostalgia que, si bien no deja huella por su convencionalismo dramático, como mínimo deja constancia de que se ha realizado un trabajo con la seriedad que se le exige a un verdadero profesional. Y, además, no engaña a nadie (en todo caso, a los que fuimos al cine cargando con el prejuicio a cuestas; y nos engañó, en esta ocasión, para bien).
Un honesto notable.



El mal ajeno, de Oskar Santos

Había unas cuantas personas en el cine que estaban convencidas de que la película que iban a ver era “de Amenábar”. Claro. La publicidad engañosa, que siempre funciona para manejar al público a su mercantil voluntad. El rótulo que reza “Alejandro Amenábar presenta”, unido a los rostros de Eduardo Noriega y Belén Rueda, componen un reclamo infalible para ese gran número de espectadores que no se toman la molestia de mirar el nombre del director antes de elegir una película de la cartelera.
No sé qué hubiera pasado con Amenábar tras la cámara, pero me atrevo a intuir que, como mínimo, la resolución final de la historia lo habría agradecido. Porque el mayor inconveniente que le veo a El mal ajeno es su aparente voluntad de trascender el género puro y duro para constituirse en dramón existencial sobre el dolor. De este modo, el suspense queda diluido por las pretensiones filosóficas (quizá religiosas), y hace que los últimos 20 minutos resulten decepcionantes. Una lástima.
Como thriller, el filme funciona bien, especialmente durante la primera mitad. En esa primera parte hace gala de méritos similares a los de la excelente Intacto (Juan Carlos Fresnadillo), es decir, coloca un elemento sobrenatural que genera misterio pero que no rompe ni distorsiona el contexto realista.
Se advierte que el director, Oskar Santos, ha estudiado el trabajo de M. Night Shyamalan (El sexto sentido, El protegido, El bosque), pero su intento de remedo queda finalmente en evidencia.
Tiene algo positivo, y es que te mantiene atento y no se hace larga. La pena, como digo, está en que el desenlace no cubre las expectativas y, además, está a mi juicio mal explicado, pese a que se adivina sin dificultad.
Roza el notable, pero necesita mejorar.

lunes, 22 de marzo de 2010

El arte de insultar

Me divierte mucho un personaje que se ha inventado el cómico José Mota, y al que ha bautizado como “El cansino histórico”.
Se trata del típico pelmazo cazador de autógrafos, al que Mota va enmarcando en épocas distintas y lo enfrenta así a una celebridad diferente en cada ocasión. La gracia del gag (siempre el mismo, calcado) es que el presunto admirador pasa del amor al odio en cuestión de segundos, por la sencilla razón de que el famoso —inmune a la abrumadora campechanía de su fan— no acepta tomarse con él una cerveza.
Una vez estalla el conflicto, el cansino se despacha con una retahíla de insultos de la más variopinta retórica e intención, dando todo un ejemplo de amplitud de recursos a la hora de poner a parir al prójimo.
Me parece digno de alabanza este intento por rescatar y aun inventar un repertorio de exabruptos que vaya más allá de los gilipollas, maricón, hijoputa y cabrón, de los que no hay quien nos saque hoy en día. (Y no digamos ya si lo que nos toca oír son melindrosos vocablos del tipo gilipichis, jopelines, jopetas, y demás morralla eufemística.)
Confieso que gran parte de las peculiares imprecaciones del cansino me hacen reír porque ya las conocía, al ser originarias o cuanto menos comunes de los paisanos de mi tierra manchega.
Tomad nota: pregonao, mugroso, piojoso, liendroso, sarnoso, potroso, cierrabares, hartosopas, bailaferia, pisamosto, tripas de hule, zumallo, hocico pollo, cuerpo tordo, zamarro, revientabaúles, cabeza buque, tapón de alberca, pelo rancio, bigote zorra, perilla chivo…
Estos son algunos de los que recuerdo haberle oído al cansino histórico, y a ellos les sumo ahora otros tantos extraídos de mi memoria y de mi propia experiencia (más por haberlos recibido que por haberlos empleado): caganvilo, cheflique, mollejón, mofufo, bejín, abanto, avilanao, baruto, pringuezorra, mausino, mandilón, abutragao, chinchorrero, voltregas, bollullo, cabezapuerro…
Si le ponemos imaginación a esto del insulto, a lo mejor hasta duele menos. Nunca se sabe.
Hala. A la mierda.

jueves, 18 de marzo de 2010

Susto

Según indicaban las instrucciones del test de embarazo, corroboradas por la farmacéutica que nos lo vendió, bastaba con esperar cinco minutos para conocer el resultado, si bien, en caso de que saliera negativo, se recomendaba esperar hasta 30 minutos para estar completamente seguros.
Olvidaos de los poemas, las promesas, los piropos, la caricias y demás gaitas ornamentales. Compartir el pánico es la experiencia de unión más sublime que existe. Palabra.
A lo mejor es que yo, hasta ahora, estaba mal acostumbrado, que también puede ser. En todos estos años había llegado a la conclusión de que ninguna mujer decía la verdad acerca de sus intenciones maternales (especialmente en la primera fase de la conquista). Sería para prevenir, para no restar puntos de antemano, para cubrirse las espaldas, por desconfianza, por lo que fuera; el caso es que todas aquellas mujeres que a priori compartieron conmigo la ausencia de intenciones en lo que a tener hijos se refiere, no tardaban ni medio año en volver a emparejarse, casarse y embarazarse.
Por eso, cuando vi ayer la cara desencajada de mi novia supe que su miedo era igual o aun mayor que el mío. Y aunque estuviera fuera de lugar el permitirse cualquier mínimo asomo de felicidad en medio de semejante embolado, no puedo negar que yo lo tuve, quizá porque era el único consuelo al que agarrarse en caso de que el test resultara finalmente positivo; la felicidad de saber que de veras jugábamos en el mismo equipo, sin trampas, sin engaños, sin medias tintas.
Ocurrieron muchas cosas —físicas, verbales y mentales— en esos 30 minutos, pero necesitaría cuatro o cinco horas para contarlas. (Esto me recuerda al famoso relato El perseguidor, de Julio Cortázar, en el que se explica de manera brillante esta cualidad flexible, relativa e inabarcable de eso que llamamos tiempo.)
El contexto semántico nos situaba ya en una dimensión disparatada, por contradictoria: “negativo” significaba bien, bueno, alivio, libertad; mientras que “positivo” venía a decir maldición, catástrofe, miedo.
Así es como lo recuerdo hoy. Como un sueño de esos que se van difuminando a medida que avanza el día y terminan por olvidarse; una pesadilla, de hecho. O como un viaje fugaz a otra época o a un pliegue inhóspito del espacio temporal o a cualquiera sabe qué clase de limbo o recóndita abstracción.
Sé que cuando volvamos a vernos esta noche el hielo del susto se habrá derretido ya en buena parte, y posiblemente nos riamos de nosotros mismos, o a costa de nuestra buena suerte.
Lo más importante para mí es que gracias a este trance sé que, por el momento, he elegido bien, que no es poco.
Ah, fue negativo, claro. Uf.

jueves, 11 de marzo de 2010

El banquete de Darwin

Un familiar que ha recorrido prácticamente el planeta entero me contó que, estando en Nigeria, el propietario de un puesto callejero les invitó a él y a sus acompañantes a que probaran un guiso de carne especial.
Dudaron algo al principio, como es natural, pero al final accedieron a comer, y no se arrepintieron, pues el guiso resultó ser francamente suculento. A continuación, el hombre del puesto les retó a que adivinaran el animal que había servido de ingrediente principal. Descartaron de antemano las especies más o menos convencionales (cordero, aves tipo pollo, gallina o pavo; cerdo, etcétera), centrando su especulación en animales más propios de la zona y dando por sentado que la respuesta sería sorprendente y exótica.
Gacela, hiena, leopardo, avestruz, hipopótamo, cocodrilo, elefante, jirafa…
Tras enumerar la casi totalidad de animales que recordaban de sus libros escolares de ciencias, de las películas de Tarzán o de los documentales de Rodríguez de la Fuente, decidieron rendirse y escuchar la verdad de boca del propio cocinero.
“Es mono. Han comido carne de mono”.
En estos tiempos en que comer carne se está convirtiendo cada vez más en un estigma (a veces tengo la sensación de que debería pedir perdón a todas la oenegés del mundo por seguir fiel al bocata de chorizo o el guiso castellano, entre otras delicias cárnicas), la revelación de que hay por ahí quien se come a los monos será para algunos un desafío a los sagrados cimientos de la tolerancia. Lo cierto es que algo de morboso hay en el hecho de que sea el mono y no otro el animal que metamos en la olla. Haciendo memoria, me consta que he probado la carne de las siguientes criaturas: cerdo, jabalí, cabra, oveja, vaca, buey, toro, búfalo, pavo, pollo/gallina, perdiz, pato, faisán, codorniz, paloma, venado, ciervo, liebre, conejo, avestruz, canguro, rana, decenas de variedades de pescados y mariscos (si las enumerara todas se colapsaría el sistema informático), el gato lo pongo en suspenso (con el conejo nunca se sabe, y con los restaurantes chinos, según dicen, tampoco), y dejo también en el aire la posibilidad de haber engullido cualquier otra especie mezclada o escondida entre la comida. En cuanto a los insectos, ni los he probado ni me apetece hacerlo, si bien una vez, con doce o trece años, se me coló una mosca en la boca mientras iba en bicicleta y llegué a masticarla, aunque afortunadamente logré escupirla a tiempo. Repugnante.
Decía lo del mono porque hasta los más escépticos de la teoría de la evolución se rinden a la evidencia morfológica y jamás podrían negar el enorme grado de semejanza que compartimos con los simios, primates, macacos y demás familia.
Más aún (y perdonadme los escrupulosos y los aprensivos), si me imagino cómo sería un mono ya despellejado y listo para llenar el puchero, el escalofrío lo tengo casi asegurado…
Pero tampoco conviene exagerar. Sabemos de sobra que existe siempre un factor cultural muy importante en todo lo relacionado con la gastronomía y la costumbres culinarias de cada pueblo. En ciertos países sienten arcadas cuando se enteran de que aquí nos zampamos a las pobres gambas, y en otros lugares, como Corea, parece ser que consideran comestibles a determinadas razas de perros.
Nuestra naturaleza es omnívora. Por algo será.

lunes, 8 de marzo de 2010

El miércoles en Bertrand


El que no pueda asistir en persona, tendrá la oportunidad de seguir la tertulia por Internet, a través de Canal L

lunes, 1 de marzo de 2010

Amor virtual, decepción real

Cuatro años, diez meses y nueve días después de su divorcio, A. cayó por fin en la cuenta de que el fracaso matrimonial no era exactamente lo mismo que la viudedad, y que, por tanto, no había razón para prolongar aquella absurda castidad como si de un arcaico concepto del luto se tratase.
Más allá de la impuesta fidelidad durante los años de casado, lo cierto era que a A. nunca se le habían dado precisamente bien los asuntos de faldas. En su interior se enquistaba la hiriente idea de que su mujer lo había abandonado por ser poco ambicioso, por haber ejercido de celoso guardián en vez de haberse desvelado como un aventurero de lo desconocido o un incansable investigador en busca de los límites del placer.
Y así lo tuvo en cuenta cuando elaboró su reseña personal para después publicarla en una página de Internet dedicada a la prospección sexual (aunque publicitada como el mercadillo de los corazones de segunda mano, o algo parecido).
Las mujeres que solían rodearlo, ya fueran de la familia, el trabajo o el barrio, suspiraban por los temerarios y los canallas. De manera inexplicable, ninguna parecía buscar a un hombre bueno que la respetara y le garantizara su compromiso inquebrantable. Preferían el riesgo a cambio de la extrema emoción, o eso decían.
Amparado en dicha hipótesis, A. redactó su texto promocional haciendo hincapié en falsas intenciones y virtudes inexistentes, vendiéndose como un tipo duro, castigador, sobrado y un punto narcisista, pero al mismo tiempo amante de la naturaleza, los viajes exóticos, los coches veloces y las motos de gran cilindrada, y, cómo no, confesándose un adicto incurable a la belleza femenina.
Las respuestas no tardaron en llegar a su buzón de correo.
Una de las mujeres que respondió a su anuncio fue E. Para ella, el flirteo virtual era el único posible, ya que nunca se habría atrevido a dirigirse directamente a un hombre (a casi ninguna otra persona, de hecho), de no ser por el vasto parapeto cibernético.
E. también se había fabricado un perfil apócrifo, una máscara basada en lo que ella deducía que los hombres esperaban de sus conquistas. Se presentaba así ante sus pretendientes internautas como una mujer desenfadada, independiente, escéptica respecto a las tradiciones del romance y con un punto de sarcasmo a la hora de revisar sus antecedentes amorosos. La realidad, sin embrago, constataba que E. era una mujer insegura y acomplejada, alguien cuyo concepto del querer se había detenido en mitad de la adolescencia y que aún soñaba (aunque se cuidaba de no manifestarlo públicamente) con un emisario del destino que la convirtiera en madre y esposa. Se avergonzaba de su físico, pero no hacía nada para solventarlo. Mientras otras mujeres recurrían a ardides cosméticos o diseñaban planes estratégicos para definir la caída de un escote o la izada de una falda, E. se recreaba en la autocompasión y desdeñaba sus hipotéticos encantos practicando una versión fundamentalista del recato, que ella pretendía defender como una variante intelectual del verdadero feminismo. Pero no colaba, claro. Bastaba observar su aspecto monjil y escuchar sus ñoños anhelos para que el único sentimiento no agresivo que aflorase entre sus semejantes fuese la lástima.
Se pasó dos meses llorando cuando descubrió que los compañeros del trabajo la apodaban Sor Citroën, y lo que nunca supo fue que su ginecólogo llegó a fantasear furtivamente con el Nobel de la Ciencia imaginando que se produciría en ella un fenómeno de regeneración espontánea del himen.
Con todo, E. se permitió considerar que tal vez A. sería el elegido. Tumbada boca arriba en la cama de su habitación repleta de alcanforados peluches, con las manos entrelazadas y reposadas sobre el esternón, entonó su platónica plegaria, dejando escapar algún que otro suspiro de culebrónica vehemencia. Llegada la hora, se vistió para la ocasión como una aldeana endomingada y se encaminó —el corazón encogido y nueve metros de miedo correteando por sus tripas— rumbo al bar donde se había citado con A..
Ella llegó algo antes, no más de diez minutos. Los hombres que bebían en la barra no coincidían con la descripción que traía memorizada al máximo detalle. Ninguno, de hecho, se inmutó al verla entrar. Tras más de tres horas esperando a su e-príncipe en una esquina del bar, sentada en el sillón más recóndito y con las manos licuándose por su propio sudor, dio el último trago a su segundo mosto y se marchó trotando al ritmo de histriónicos hipidos.
Algo similar le ocurrió a él. Al entrar en el garito oteó discretamente el interior y no halló rastro de su prometedora aspirante. Se acodó en la barra y se armó de paciencia. No fue muy consciente del tiempo trascurrido, pero al apurar el tercer cubata comprendió que el periodo de gracia estaba más que superado. Abandonó el bar con un cabreo monumental, y en la puerta de salida a punto estuvo de arrollar a una mujer con pinta de mojigata que parecía estar llorando.
“Pobre desgraciada”, se dijo A.. “Seguro que también le han dado plantón”.