lunes, 22 de febrero de 2010

Verde oscuro

Después de más de tres horas desgañitándose y agitando la pancarta en la manifestación antitaurina, el ecologista radical sintió que desfallecía de hambre.
Por suerte, su restaurante ultravegetariano favorito quedaba cerca de la plaza donde habían ido a parar los activistas dispersados tras la intervención policial, así que enfiló hacia allá mientras elegía mentalmente el primer plato, el segundo y el postre (se sabía el menú de memoria) para no perder tiempo con el trámite de pedir y leer la carta.
Se decidió por un caldo de berros y setas tempranas para comenzar, y a continuación le sirvieron unas albóndigas de calabacín y algas, acompañadas de salsa tibia especial de la casa (pimientos rojos, zumo de tomate y una pizca de albahaca) y un sucedáneo minimalista de guarnición al que denominaban Timbal de yuca al abrazo de brócoli y caricia de cayena.
Cuando se disponía a descomponer aquella veleidad culinaria a golpe de tenedor, el ecologista radical identificó un corpúsculo negro en el borde del plato, algo que no cuadraba en absoluto con la alambicada descripción de la receta que estaba a punto de engullir.
Acercó el dedo meñique al cuerpo extraño hasta tocarlo con escrupulosa desconfianza. No convencido del todo con aquella primera y remilgada maniobra, se inclinó para ver con mayor claridad de qué se trataba. Era una mosca. Un insecto tieso y panza arriba durmiendo el sueño eterno de los bichos en su plato.
Al ecologista radical le sobrevino una arcada que pudo contener milagrosamente, aunque supo que la náusea se apoderaría ya de él durante el día entero. Asqueado e indignado, reclamó la presencia del encargado para hacerle llegar la pertinente queja.
“Les denunciaré. Esto es intolerable”.
El encargado —flanqueado por el cocinero jefe y el camarero que había atendido la mesa— intentó en vano calmarle:
“Discúlpenos. Créame que lo sentimos. Le cambiaremos el plato y, por supuesto, está usted invitado”.
“Yo también lo siento. Llevo años viniendo a este sitio, pero hasta ahora no me había encontrado con algo tan repugnante”.
“Oh, vamos, por favor” —insistía el encargado—,“usted lo ha dicho; es una desgraciada casualidad, un accidente”.
“Sea lo que sea, me veo en la obligación de tomar medidas”.
“Haga lo que quiera” —añadió el cocinero—, “pero precisamente hace un mes hemos pasado la inspección de sanidad y está todo perfecto. Si quiere le traigo el papel…”.
“¿Sanidad?” —exclamó entonces el ecologista radical, en un tono hirientemente sarcástico— “No voy a denunciarles a Sanidad. Voy a denunciarles por asesinato”.

No hay comentarios: