viernes, 5 de febrero de 2010

Las vidas de Lindger

Klaus Lindger, excombatiente laureado reconvertido en piloto de una aerolínea finlandesa privada al concluir la guerra, falleció el 26 de agosto de 1977 cuando el avión que comandaba se estrelló mientras cubría la ruta Helsinki-Oslo.
Junto a Lindger murieron otras 107 personas (no hace falta especificar que repartidas entre pasajeros y otros miembros de la tripulación, pero aun así lo especificaremos, ya que es lo que siempre se suele hacer en estos casos).
La inefable caja negra no logró esclarecer nada concreto sobre las posibles causas del accidente. Casi todo el mundo convino en asumir que, como humano, Lindger no era infalible. Tal vez un despiste, una falta de concentración, el cansancio acumulado, un imprevisto del trayecto, una mala nube, un pájaro de mal agüero...
Su viuda lo lloró exactamente durante trece días. Catorce jornadas después de la catástrofe, la desconsolada esposa, al revolver en su bolso en busca de un mechero (o quizá era un pintalabios; poco importa este detalle en sí), encontró un sobre cerrado y dirigido a ella. No había datos del remitente, pero la caligrafía era tan reveladora como cualquier nombre o apellido.
Dentro del sobre halló una cuartilla doblada en cuatro pliegues y recorrida también por la inconfundible letra de su difunto marido. El texto, tan conciso como lastimero, revelaba la intención de Klaus Lindger de quitarse la vida y anunciaba que llevaría a cabo su suicidio precisamente de la manera en que lo hizo, masacrando la belleza del fiordo y abrasando las vidas de los inocentes viajeros a fuerza de queroseno.
Las razones de su desesperación no quedaban del todo claras, si bien las secuelas de la guerra —que ya habían hecho mella en su vida matrimonial durante años— parecían adivinarse entre líneas.
La señora de Lindger decidió que no arrojaría basura sobre la memoria de su esposo. Desde luego que su profesionalidad había quedado algo en entredicho tras el accidente, pero eso no era nada comparado con la verdad —con la retorcida verdad—, la cual demostraba que el otrora valiente soldado se había despedido de este mundo como alguien tan desaprensivo y egoísta que, no conforme con ser un suicida, puso fin a su vida ejerciendo de asesino en masa.
Para evitar que un despiste futuro pudiera revelar el secreto y, a la sazón, convertirla a ella misma en encubridora del crimen, la buena mujer prendió fuego al papel con la confesión póstuma de su cónyuge y tiró las cenizas resultantes por el retrete.
Aproximadamente un año después, Ingrid Lindger recibió una enigmática llamada telefónica. Al otro lado del hilo, una mujer que se identificó como familiar directa de una de las víctimas le expresó su deseo de visitarla para conocerla en persona. Ella receló en un principio, pero no pudo resistirse finalmente a la insistencia de aquella desconocida, que logró convencerla argumentando que poseía información sobre su marido que seguramente ella ignoraba.
Quedaron para verse en la cafetería de un hotel. Tomaron un té mientras compartieron sus respectivas cuitas, antes de entrar de lleno en materia. Ingrid Lindger le preguntó a la mujer por su familiar fallecido: “¿Su marido? ¿Un hijo tal vez?”.
“En efecto, mi marido”, respondió. Y añadió a continuación: “Klaus Lindger”.
Antes de que Ingrid perdiera los nervios y pudiera encararse con ella de forma violenta, la desconocida abrió su bolso y sacó de él una hoja de papel que parecía doblada a conciencia.
“Apuesto a que usted tiene una igual”, dijo.

8 comentarios:

El veí de dalt dijo...

¡Parece real y todo! Un conte rodó!

オテモヤン dijo...
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El último peatón dijo...

Gracias veí!
Y no creas, a veces ocurren historias así en la realidad. Por ejemplo, la que cuenta la novela "El adversario", de Emmanuel Carrere.

Palimp dijo...

Veo que no te felicité por esta narración que me encantó. Pues lo hago: felicidades.

El último peatón dijo...

Zenkiu verimach!!

Raquel F dijo...

Genial, como siempre :) Atrapando al lector hasta la última letra.

El último peatón dijo...

Me alegra que te guste. ¡Gracias!

C. Martín dijo...

Con retraso me adhiero a las felicitaciones, plas plas.