viernes, 8 de enero de 2010

El falso enemigo

A todos nos suena familiar ya el calificativo pagafantas, popularizado recientemente con motivo de una divertida película que se ocupaba de parodiar ese rol que uno de cada dos hombres (como mínimo) ha sufrido en sus carnes alguna vez.
Para quien no lo sepa, se conoce coloquialmente como pagafantas al pobre iluso que cree tener posibilidades de relación de pareja con una chica que sólo lo quiere como amigo. Las consecuencias de esta errónea interpretación de sentimientos e intenciones suele traducirse en fútiles dispendios (invitaciones a cenas, comidas, copas y aun viajes), amén de constantes inquietudes, dudas, disgustos y sufrimientos típicos del corazón enamorado y no correspondido, todo ello sumado a una inevitable sensación de constante ridículo.
Siempre he sentido curiosidad por esta clase de estereotipos o roles nacidos de la interrelación humana. Normalmente, tendemos a simplificarlos, hasta el punto de que a veces parece que sólo existieran dos o tres posibilidades: o se es novio o se es amigo, y, como mucho, amante.
Yo creo que entre uno y otro extremo caben múltiples opciones. Una de ellas sería, por ejemplo, la mencionada del pagafantas.
Otra sería la que me he atrevido a denominar “el falso enemigo”, la cual he elegido hoy para comentar por la simple razón de que me he visto identificado con ella más de una vez.
La condición de falso enemigo es una de las más ingratas que pueden adquirirse, ya que nos sobreviene precisamente por nuestro deseo de ser cordial, de permanecer fiel a nuestras afinidades o cariños y de fomentar el buen rollo a nuestro alrededor.
Puede que el riesgo de representar esta figura sólo nos amenace a quienes tenemos dificultad para el conflicto, a aquéllos a quienes nos ponen nerviosos las broncas y las discusiones, a los que preferimos la amabilidad desabrida (un “buenos días” protocolario a alguien que no nos cae bien) frente a la sinceridad provocativa (alardear con gestos, palabras o desplantes nuestras incompatibilidades sociales).
Teniendo en cuenta lo anterior, el falso enemigo sería un individuo condenado a encontrarse siempre en medio de fuegos cruzados y a ejercer de inútil puente entre orillas que están encantadas de ser opuestas.
Así, este rol contiene al mismo tiempo algo de Mata-Hari y algo de secreto profesional, como el que ejercen médicos, abogados y sacerdotes.
No sé a vosotros, pero a mí me ha sucedido a menudo encontrarme con que mantengo excelentes relaciones con varias personas que no se soportan entre ellas, cada una de las cuales, por separado, son tan encantadoras conmigo que al final me vuelvo loco porque me cuesta asimilar que no puedan llevarse bien con los demás igual que con un servidor.
Esta situación a veces causa estrés y no poca incomodidad. Uno se siente a menudo como un traidor o un espía, cuando lo único que hace es ser coherente con lo que siente y opina.
Pero, aparte de las desazones emocionales, hay otra consecuencia en la que seguramente nadie repara y que, en mi opinión, es la más perjudicial en la práctica para el falso enemigo.
Por una vez, y sin que sirva de precedente, me valdré de un ejemplo verídico. En cierta ocasión, quise organizar un encuentro de amigos y conocidos para celebrar un pequeño éxito personal. A la hora de pensar en las personas a las que me apetecía convocar, me di cuenta de que tres de ellas no se aguantaban, se llevaban a matar.
Me surgió entonces la duda. Sabía que invitar a una equivalía a descartar a las otras dos, y (doblemente) viceversa. Asumido que era imposible contar con todas, sólo me quedaba elegir a una, pero no quería discriminar a nadie, con lo que hube de convencerme de que lo mejor sería dejar fuera a las tres.
Por otra parte, y al margen de protocolos, deseaba de corazón compartir con estas tres personas dicho momento. Era incoherente y surrealista montar una fiesta sólo con gente menos afín y unida a mí que ellas, pero no tenía más remedio.
Lo que tampoco podía hacer era excluirlas totalmente, así que decidí que, aparte de la mencionada celebración colectiva, tendría que quedar con cada una de estas personas por separado y ofrecerles de este modo una especie de celebración especial y a medida.
Me podía el temor a enemistarme con alguna de ellas por esta tontería, aun cuando un servidor era el único que no tenía inconvenientes ni reparos.
Sin embargo, poco después pensé algo así como: “Manda cojones que yo, precisamente yo, que no tengo conflicto alguno con nadie, tenga que forzar un despilfarro de tiempo y dinero porque nadie sea capaz de hacer un mínimo esfuerzo por mí”.
En estos casos siempre debería primar nuestra deferencia hacia el amigo que nos invita, pero os aseguro que no siempre ocurre eso. Hay a quien le puede más el desagrado de tener que ver a quien no soporta que el placer de corresponder a un amigo (los amigos todo lo perdonan y comprenden, ya se sabe).
En fin, y para no aburriros más, lo que pasó finalmente fue que no organicé nada. Ni evento multitudinario ni citas íntimas. Me quedé sin celebrar lo que deseaba por culpa de mi tendencia natural a no generar conflictos.
No creáis que no me arrepiento de ello. Si hoy me viera en la misma tesitura reaccionaría de otra manera. Convocaría a todo el mundo y allá cada cual con su decisión.
Sin embargo, estoy seguro de que, de obrar así, terminaría convirtiéndome, en contra de mi voluntad, en el enemigo de alguien. Al menos ésa es la impresión que tengo. Qué raros somos.

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