miércoles, 20 de enero de 2010

El ex

Hablemos hoy de otra figura peculiar e inevitable para todos aquellos que, aun en estos tiempos youtúbicos y blackbérricos que corren, seguimos practicando eso tan excéntrico de relacionarnos personalmente con nuestros semejantes.
Se trata —sí, amigos— del individuo conocido como “el ex novio de mi novia”.
Persona odiada aunque no se conozca, blanco de nuestras envidias, recelos y reproches, espada de Damocles sobre nuestro lecho conyugal y sospechoso habitual por decreto.
Éste sería el perfil más o menos estándar.
Lo que más curioso me resulta de esta definición (que por otra parte no deja de ser justificada en muchos casos) es que, si partimos de la base de que la mayoría de nosotros también somos o hemos sido ex novios, ¿por qué no somos capaces de identificarnos asimismo con el papel?
Dicho de otra forma: cuando rompemos una relación (especialmente cuando es la otra persona quien nos deja) no solemos asumir que desde ese mismo momento dejamos de ser la pareja formal para convertirnos automáticamente en la amenaza futura del futuro novio.
Desde luego que yo nunca me he visto desde esa perspectiva. De hecho, saber que soy el ex de algunas mujeres me provoca un raro sentimiento que tiene un poco de arrepentimiento y otro tanto de vergüenza ajena. Sé que tal vez es injusto sentir algo así, pero qué le vamos a hacer.
Lo que me da risa es imaginar que haya por ahí unos cuantos señores que piensen en mí como en el enemigo de su estabilidad sentimental. Me troncho. Sinceramente, cuando analizo el tema desde mi punto de vista, estoy convencido de que el ex es una figura condenada irremediablemente al olvido.
Sin embargo (manda huevos), cuando se observa el asunto desde el lado opuesto, la cosa cambia. A peor, claro.
No me hace gracia que mi novia hable de sus ex, y uno siempre prefiere, ya puestos, que sus anteriores relaciones hayan finalizado de la forma más radical posible, que no conserve contacto ni mucho menos afinidad alguna con amantes o parejas precedentes, que ni siquiera mantenga aún vigentes sus nombres y números de teléfono en su agenda.
Es decir, que el ex que uno mismo representa vendría a ser algo así como un patético perdedor sin derecho a segunda oportunidad, mientras que la sola mención a un ex de nuestra amada provoca que el fulano se nos aparezca como el demonio que regresará de las tinieblas para coronarnos con un par de cuernos al menor descuido.
Lo dicho. Qué raros somos.

1 comentario:

Asun dijo...

No tan raros. Es lo que se llaman "celos". Alguien me dijo una vez, aludiendo a mi escasa capacidad, nula en realidad, para sentirlos que quien no siente celos, simplemente no ama.
Me quede alucinada, pero creo que es muy posible que tenga algo de razon.No en lo de que yo no amo!!!Todo lo contrario.De eso, todavia me estoy riendo.
Para mi la cosa esta en relacion directa con lo que llamamos el sentido de la propiedad. Muy arraigado en los niños de tres años, por cierto. Esa es,segun diversas orientaciones pedagogicas, la edad del " mio, mio, mio y solo mio" Patetico verdad? Pues algunos adultos siguen ahi.
Y es que nuestra pareja es nuestra, no?
Es ridiculo pero asi lo ve mucha gente.
Porque no lo es, no lo ha sido nunca y nunca lo sera. Esta con nosotros, no dentro de nosotros.No es un apendice por el amor de Dios.
Pero parece que esa sensacion de posesion desmedida, nos da coraje para sentirnos los duenos del mundo.
Y ahi empiezan los problemas claro. La mate porque era mia y cosas por el estilo.Tremendo.