miércoles, 27 de enero de 2010

Paseo por la cartelera (3)


La cinta blanca, de Michael Haneke

La última propuesta de Haneke es de esas que entusiasman a críticos y cinéfilos con pretensiones. Es una obra ejemplar de la narración en imágenes, un prodigio de planificación, encuadre y montaje, una lección de cómo transmitir sin mostrar, un paradigma de la sugerencia y la elipsis, y una alternativa elegante (y un tanto gélida) a ese cine europeo a veces tan cargante por estar encantado de ser tan comprometido.
Porque lo que aborda La cinta blanca no es poca cosa: bajo la apariencia de un dramón costumbrista de época, hierve un relato escalofriante sobre la tiranía, el fanatismo y todos los horrores domésticos que influyeron sin duda en la aparición y expansión de un monstruo universal llamado nazismo.
Pero Haneke, en este caso, no toma la estela de Funny Games, es decir, de lo abiertamente explícito. En La cinta blanca la violencia es una cuestión de atmósfera y no de incidentes visibles.
De hecho, los momentos más duros y sobrecogedores se producen en el transcurso de determinadas conversaciones entre los personajes (la niña explicando a su hermano menor lo que significa la muerte, el médico expresando su repugnancia sexual en la misma cara de su amante, el padre severo impartiendo su peculiar discurso sobre las consecuencias de la masturbación, la joven contando como un sueño premonitorio lo que sabemos que se cierne como ineludible certeza...). Aun así, tampoco faltan las imágenes impactantes marca de la casa (el destino final de un pájaro, todo lo referente a la agresión al niño deficiente, las estampas paisajísticas que recuerdan el clima de cuento terrorífico de La noche del cazador...).
Uno sale del cine contagiado de esa sensación de amenaza constante, amén de un tanto derrotado por haber asistido a algo que sabe espantoso pero que tampoco puede demostrar con pruebas palpables.
A veces encontramos el terror siendo testigos directos de los crímenes. El miedo de esta película es, en cambio, el de alguien que pasea por una calle desconocida, oscura y desierta; la ansiedad de saber que el peligro está ahí y al mismo tiempo de no saber cuándo hará realmente acto de presencia.
Por encontrarle algún defecto, decir que me hubiera gustado ver escenificadas algunas de las cosas que cuenta la voz en off, de la que quizá se abusa un poco. En suma, cine del bueno, pero sólo para gourmets. Sobresaliente de empollón.





Up in the air, de Jason Reitman

Jason Reitman se parece cada vez más a Alexander Payne (Election, A propósito de Schmidt, Entre copas) y cada vez menos a su padre, Ivan Reitman (Los cazafantasmas, Junior, Poli de guardería...), al que, en honor a la verdad, nunca se ha parecido, cinematográficamente hablando.
Sus dos primeros trabajos, la corrosiva Gracias por fumar y la simpática Juno, lo han colocado en la élite de la comedia, no tanto por su capacidad para provocar carcajadas como por su habilidad para hacernos sonreír y reflexionar a la vez.
Up in the air posee un doble valor: el que le otorgan sus cualidades artísticas y el que le corresponde como fiel testimonio de una realidad que todos conocemos y seguimos a nuestro pesar, en una época donde el paro es la estrella de los titulares de prensa. Una mezcla acertada que se mueve entre la profundidad intimista de El turista accidental y el desparpajo crítico de Casual day.
No es la película radical y cáustica que muchos esperarían, pero eso no quiere decir que se chupe el dedo. Reitman no vende ningún crecepelo milagroso, aunque tampoco renuncie a dotar de encanto a sus personajes. Personalmente, creo que aquí está uno de los mayores aciertos. El protagonista es un profesional del despido, un artista de la hipocresía al servicio del negocio. Hubiera sido muy facilón pintarlo también como un ogro en su vida privada. Sin embargo, este buen señor interpretado magistralmente por George Clooney tiene más de ensimismado que de misántropo, y del mismo modo todos los secundarios que pululan a su alrededor atesoran idénticas luces y sombras que las de cualquier espectador, con lo que resulta casi imposible detenerse a hacer eso tan feo de juzgar a los demás por sus deslices o sus decisiones.
Esta equilibrada mezcla de pesimismo y optimismo es la que solemos consentirle a gente como Frank Capra y otros clásicos ilustres, si bien Reitman, aun sin llegar a hacer sangre siempre, se permite ser algo más acerado y oscuro.
La película perfecta para cualquier tipo de público. Sobresaliente sin paliativos.


Avatar, de James Cameron

Esto no es lo que parece. Y he ahí el problema.
Si Avatar se hubiera concebido como una obra de género destinada al culto de sus fieles (véanse, por ejemplo, Bienvenidos a Zombieland, o, por no salirnos de la ciencia-ficción, la también reciente District 9), aparte de millones de dólares, a Cameron le hubieran llovido igualmente millones de elogios.
No basta con engordar la película a base de minutos para que con ello la historia parezca más ambiciosa y profunda. Avatar es un cuento simple de moralina elemental que podría haberse contado en 80 ó 90 minutos.
Pero imagino que Cameron quería otro Titanic. En fin.
Los primeros 40 minutos son interesantes y deslumbrantes. Pasado ese tiempo, uno ya se ha acostumbrado a los efectos y virguerías visuales, y es entonces cuando llega el bajón por culpa de una especie de folletín new age o chill out o neohippy o lo que sea, innecesario y tedioso. Así hasta los últimos 40 ó 45 minutos, cuando vuelve el espectáculo a lo grande, la especialidad del director, una demostración de poderío más que notable que no obstante uno recibe ya con cierto hastío por todo lo que su paciencia (y su vejiga) se ha visto obligada a soportar.
Algo más: así como Avatar es una maravilla en el terreno audiovisual, resulta por otra parte una horterada sublime en el apartado estético. El diseño de las criaturas y de algunos paisajes me recuerda a esos cuadros pintados con spray que venden en los paseos marítimos o que cuelgan de las paredes de ciertos pubs de barrio pasados de moda.
Puestos a disfrutar con un espectáculo de acción galáctica, lo siento, me sigo quedando con Star Wars.
Aprobado tecnológico (en el apartado dramático, necesita mejorar; y mucho).




Sherlock Holmes, de Guy Ritchie

Guy Ritchie es el gamberro oficial del cine actual, y sus películas no son por tanto alimento para banquetes, sino más bien alcohol a granel para una barra libre.
Es decir, disfrute instantáneo y epidérmico, juerga y despiporre, movida y cachondeo.
Quizá por ello se haya pasado esta vez tres o cuatro pueblos, ya que Sherlock Holmes es más que un simple personaje de ficción. Antes de que existieran oficialmente los frikis y demás estrafalarios devotos de Star Trek o El señor de los anillos, ya habitaban el planeta fans incondicionales del detective más sagaz y flemático del universo policíaco.
Ser iconoclasta tiene su mérito, siempre que esa voluntad transgresora vaya acompañada de un mínimo de ingenio. El punto flaco de la osadía de Ritchie está precisamente en que a uno le queda la sensación de que hubiera dado igual que, en vez de Holmes y Watson, los protagonistas de la aventura fueran Batman y Robin, Tintín y Milú o Epi y Blas.
Prescindir de la lupa, la pipa y la gorrilla es lo de menos. Lo malo es que, por mucho que se quiera reinventar el personaje, hay constantes mínimas que deben mantenerse para no convertirlo en otro individuo completamente distinto, que es lo que ha ocurrido finalmente.
Dejando a un lado el desacierto o la inconveniencia de dicha elección de personajes, la película funciona y da lo que promete. Acción y diversión sin pausa, bromas y mamporros a discreción, y esos artificios de montaje que hacen del ex marido de Madonna algo así como la versión videoclipera de Tarantino.
Los ortodoxos de Conan Doyle quedarán horrorizados. Los demás (incluidos los que también admiramos al Holmes original), nos limitamos a ingerir una dosis de evasión con envoltorio atractivo y con más calorías que vitaminas.
Ideal para grupos de amiguetes y palomiteros insaciables. Notable.

lunes, 25 de enero de 2010

Decati Sonde Teibol, finalista del premio "Revista de Letras"


El blog literario Decati Sonde Teibol, una singular creación de mi buen amigo Franco Chiaravalloti, ha sido seleccionado como finalista del premio Revista de Letras.

No puedo resistirme a invitaros a que os dejéis caer por allí y, de paso (y si lo creéis conveniente), apoyéis a esta ingeniosa bitácora en su encarnizada lucha por el premio final.

Podéis acceder ya mismo desde aquí

Para aquellos a los que les baste mi palabra de peatón, pueden votar directamente a través del siguiente vínculo (no os arrepentiréis):

http://www.revistadeletras.net/votaciones/


Zenkiu verimach.

miércoles, 20 de enero de 2010

El ex

Hablemos hoy de otra figura peculiar e inevitable para todos aquellos que, aun en estos tiempos youtúbicos y blackbérricos que corren, seguimos practicando eso tan excéntrico de relacionarnos personalmente con nuestros semejantes.
Se trata —sí, amigos— del individuo conocido como “el ex novio de mi novia”.
Persona odiada aunque no se conozca, blanco de nuestras envidias, recelos y reproches, espada de Damocles sobre nuestro lecho conyugal y sospechoso habitual por decreto.
Éste sería el perfil más o menos estándar.
Lo que más curioso me resulta de esta definición (que por otra parte no deja de ser justificada en muchos casos) es que, si partimos de la base de que la mayoría de nosotros también somos o hemos sido ex novios, ¿por qué no somos capaces de identificarnos asimismo con el papel?
Dicho de otra forma: cuando rompemos una relación (especialmente cuando es la otra persona quien nos deja) no solemos asumir que desde ese mismo momento dejamos de ser la pareja formal para convertirnos automáticamente en la amenaza futura del futuro novio.
Desde luego que yo nunca me he visto desde esa perspectiva. De hecho, saber que soy el ex de algunas mujeres me provoca un raro sentimiento que tiene un poco de arrepentimiento y otro tanto de vergüenza ajena. Sé que tal vez es injusto sentir algo así, pero qué le vamos a hacer.
Lo que me da risa es imaginar que haya por ahí unos cuantos señores que piensen en mí como en el enemigo de su estabilidad sentimental. Me troncho. Sinceramente, cuando analizo el tema desde mi punto de vista, estoy convencido de que el ex es una figura condenada irremediablemente al olvido.
Sin embargo (manda huevos), cuando se observa el asunto desde el lado opuesto, la cosa cambia. A peor, claro.
No me hace gracia que mi novia hable de sus ex, y uno siempre prefiere, ya puestos, que sus anteriores relaciones hayan finalizado de la forma más radical posible, que no conserve contacto ni mucho menos afinidad alguna con amantes o parejas precedentes, que ni siquiera mantenga aún vigentes sus nombres y números de teléfono en su agenda.
Es decir, que el ex que uno mismo representa vendría a ser algo así como un patético perdedor sin derecho a segunda oportunidad, mientras que la sola mención a un ex de nuestra amada provoca que el fulano se nos aparezca como el demonio que regresará de las tinieblas para coronarnos con un par de cuernos al menor descuido.
Lo dicho. Qué raros somos.

viernes, 15 de enero de 2010

La comedia es algo muy serio

De lo mucho que me gustan las películas de los hermanos Coen ya hablé con motivo del estreno de No es país para viejos.
No me repetiré ahora, pues, pero sí que me gustaría añadir algo que en su día no dije y que viene muy al caso, ya que su última película, Un tipo serio, supone un ejemplo inmejorable de ello.
Me refiero a que, aparte de las muchas virtudes técnicas, creativas y narrativas que posee el cine de Joel y Ethan Coen, siempre me ha parecido que este par de genios tienen un talento especial para el dibujo de los personajes.
He utilizado el término dibujo a propósito. No he dicho perfil, ni diseño. No estoy hablando de la descripción humana y moral del personaje, de la definición de su carácter o las pautas de su comportamiento.
Empleo la palabra dibujo porque las películas made in Coen están siempre pobladas por personajes que parecen salidos de la mano del mejor dibujante de cómics. Son caricaturas perfectas pese a que sabemos que están interpretadas por personas de carne y hueso. Este acertado efecto (que casa a la perfección con el tono irónico habitual que impregna sus historias) no se consigue únicamente a través del maquillaje y la peluquería. También la forma de enfocar, de iluminar y de encuadrar influye para que podamos reconocer sin atisbo de duda el trazo de los Coen al ver un rostro humano en una pantalla de cine.
Quizá por ello se dé en su cine la paradoja de que brilla más cuando carece de estrellas. Los peculiares individuos que conforman el universo humano de este tándem fraternal resultan más creíbles y acertados cuando los actores que los encarnan son totalmente desconocidos o, como mínimo, solventes profesionales más acostumbrados a la interpretación de reparto que a los roles protagonistas (Steve Buscemi, John Turturro, Jon Polito, John Goodman, William H. Macy, M. Emmet Walsh).
En Un tipo serio los Coen se permiten un autohomenaje que corre el riesgo de desconcertar a sus recientemente incorporados fans de éxitos masivos, pero que al mismo tiempo regala un guiño de complicidad indie a sus seguidores de siempre.
Es una comedia ingeniosa y profunda, pero no es la sofisticada astracanada de Quemar después de leer ni el desternillante viaje lisérgico de El gran Lebowski.
El ritmo pausado de títulos como Sangre fácil, Barton Fink o El hombre que nunca estuvo allí predomina en este caso, y la comedia surge por acumulación de complicidad e identificación paulatina con el contexto, y no por el efecto de un gag contundente o una alocada puesta en escena.
En realidad, Un tipo serio, en términos estrictamente argumentales, es una tragedia superlativa, con la salvedad de que está contada por unos señores que saben reírse de todo, incluidos ellos mismos, sus familias, su religión y hasta la mismísima muerte.
En suma: me ha encantado. Como en sus mejores trabajos, los Coen vuelven a hacer de cada plano una viñeta perfecta, una estampa para enmarcar, una obra maestra del minimalismo bien entendido y una clase magistral de cómo aprovechar el lenguaje visual hasta el más mínimo detalle (el profesor empequeñecido ante una pizarra que muestra una fórmula matemática descomunal, la mirada recelosa del vecino al visitante coreano desde el fondo de la imagen...).
El año cinematográfico comienza de maravilla. Ya espero con ansia a mis queridos Haneke, Eastwood, Scorsese y Reitman, que están a punto de estrenar.

viernes, 8 de enero de 2010

El falso enemigo

A todos nos suena familiar ya el calificativo pagafantas, popularizado recientemente con motivo de una divertida película que se ocupaba de parodiar ese rol que uno de cada dos hombres (como mínimo) ha sufrido en sus carnes alguna vez.
Para quien no lo sepa, se conoce coloquialmente como pagafantas al pobre iluso que cree tener posibilidades de relación de pareja con una chica que sólo lo quiere como amigo. Las consecuencias de esta errónea interpretación de sentimientos e intenciones suele traducirse en fútiles dispendios (invitaciones a cenas, comidas, copas y aun viajes), amén de constantes inquietudes, dudas, disgustos y sufrimientos típicos del corazón enamorado y no correspondido, todo ello sumado a una inevitable sensación de constante ridículo.
Siempre he sentido curiosidad por esta clase de estereotipos o roles nacidos de la interrelación humana. Normalmente, tendemos a simplificarlos, hasta el punto de que a veces parece que sólo existieran dos o tres posibilidades: o se es novio o se es amigo, y, como mucho, amante.
Yo creo que entre uno y otro extremo caben múltiples opciones. Una de ellas sería, por ejemplo, la mencionada del pagafantas.
Otra sería la que me he atrevido a denominar “el falso enemigo”, la cual he elegido hoy para comentar por la simple razón de que me he visto identificado con ella más de una vez.
La condición de falso enemigo es una de las más ingratas que pueden adquirirse, ya que nos sobreviene precisamente por nuestro deseo de ser cordial, de permanecer fiel a nuestras afinidades o cariños y de fomentar el buen rollo a nuestro alrededor.
Puede que el riesgo de representar esta figura sólo nos amenace a quienes tenemos dificultad para el conflicto, a aquéllos a quienes nos ponen nerviosos las broncas y las discusiones, a los que preferimos la amabilidad desabrida (un “buenos días” protocolario a alguien que no nos cae bien) frente a la sinceridad provocativa (alardear con gestos, palabras o desplantes nuestras incompatibilidades sociales).
Teniendo en cuenta lo anterior, el falso enemigo sería un individuo condenado a encontrarse siempre en medio de fuegos cruzados y a ejercer de inútil puente entre orillas que están encantadas de ser opuestas.
Así, este rol contiene al mismo tiempo algo de Mata-Hari y algo de secreto profesional, como el que ejercen médicos, abogados y sacerdotes.
No sé a vosotros, pero a mí me ha sucedido a menudo encontrarme con que mantengo excelentes relaciones con varias personas que no se soportan entre ellas, cada una de las cuales, por separado, son tan encantadoras conmigo que al final me vuelvo loco porque me cuesta asimilar que no puedan llevarse bien con los demás igual que con un servidor.
Esta situación a veces causa estrés y no poca incomodidad. Uno se siente a menudo como un traidor o un espía, cuando lo único que hace es ser coherente con lo que siente y opina.
Pero, aparte de las desazones emocionales, hay otra consecuencia en la que seguramente nadie repara y que, en mi opinión, es la más perjudicial en la práctica para el falso enemigo.
Por una vez, y sin que sirva de precedente, me valdré de un ejemplo verídico. En cierta ocasión, quise organizar un encuentro de amigos y conocidos para celebrar un pequeño éxito personal. A la hora de pensar en las personas a las que me apetecía convocar, me di cuenta de que tres de ellas no se aguantaban, se llevaban a matar.
Me surgió entonces la duda. Sabía que invitar a una equivalía a descartar a las otras dos, y (doblemente) viceversa. Asumido que era imposible contar con todas, sólo me quedaba elegir a una, pero no quería discriminar a nadie, con lo que hube de convencerme de que lo mejor sería dejar fuera a las tres.
Por otra parte, y al margen de protocolos, deseaba de corazón compartir con estas tres personas dicho momento. Era incoherente y surrealista montar una fiesta sólo con gente menos afín y unida a mí que ellas, pero no tenía más remedio.
Lo que tampoco podía hacer era excluirlas totalmente, así que decidí que, aparte de la mencionada celebración colectiva, tendría que quedar con cada una de estas personas por separado y ofrecerles de este modo una especie de celebración especial y a medida.
Me podía el temor a enemistarme con alguna de ellas por esta tontería, aun cuando un servidor era el único que no tenía inconvenientes ni reparos.
Sin embargo, poco después pensé algo así como: “Manda cojones que yo, precisamente yo, que no tengo conflicto alguno con nadie, tenga que forzar un despilfarro de tiempo y dinero porque nadie sea capaz de hacer un mínimo esfuerzo por mí”.
En estos casos siempre debería primar nuestra deferencia hacia el amigo que nos invita, pero os aseguro que no siempre ocurre eso. Hay a quien le puede más el desagrado de tener que ver a quien no soporta que el placer de corresponder a un amigo (los amigos todo lo perdonan y comprenden, ya se sabe).
En fin, y para no aburriros más, lo que pasó finalmente fue que no organicé nada. Ni evento multitudinario ni citas íntimas. Me quedé sin celebrar lo que deseaba por culpa de mi tendencia natural a no generar conflictos.
No creáis que no me arrepiento de ello. Si hoy me viera en la misma tesitura reaccionaría de otra manera. Convocaría a todo el mundo y allá cada cual con su decisión.
Sin embargo, estoy seguro de que, de obrar así, terminaría convirtiéndome, en contra de mi voluntad, en el enemigo de alguien. Al menos ésa es la impresión que tengo. Qué raros somos.